miércoles, 10 de agosto de 2016

MICHEL SCHOOYANS: RADICALIZACIÓN DE LAS IDEOLOGÍAS CONTRARIAS A LA VIDA



Maltusianismo obstinado

Mientras que la fecundidad baja en todas partes del mundo, la ideología maltusiana continúa a ser divulgada y celebrada en el plano internacional. La tesis central de esta ideología es bien conocida: según ella, la población crece según una progresión geométrica, mientras que la producción alimentaria crece según una progresión aritmética. Para hacerlo más científico se utiliza una expresión alarmante: el crecimiento de la población sería «exponencial». Ya contestado en vida de Malthus (1766-1834), rechazado regularmente por los especialistas, desmentido por los hechos, esta ideología es la fuente prebenda de los tecnócratas internacionales que vaticinan una «explosión demográfica» mundial. Este aviso de temporal conviene mucho a ciertos funcionarios de agencias de la ONU, tales como el Fondo de las Naciones Unidas para la Población (FNUAP) o la Organización Mundial de la Salud (OMS), o también las Organizaciones no Gubernamentales (ONG), tales como la International Planned Parenthood Federation (IPPF). No obstante, como la ideología maltusiana está perdiendo credibilidad, hacía falta preconizar otras «justificaciones» en vista a yugular el crecimiento de las poblaciones mundiales.

Hacia nuevas «justificaciones»

Sin que se pueda hablar de una verdadera novedad, lo que más impresiona, desde la publicación de Evangelium vitae a nuestros días, es que los programas hostiles a la vida y a la familia proceden de tres corrientes ideológicas (EV 8) que terminan por confundirse: corrientes materialista, atea y cientista.

La primera corriente es materialista: sólo la materia es real y es solo en la materia que deben ser buscadas todas las respuestas a las preguntas que el hombre se hace. Entre los autores a los cuales se relaciona esta corriente figura La Mettrie (1709-1751) : «El cuerpo humano es una máquina que ella misma monta sus resortes: imagen viviente del movimiento perpetuo.» (p. 25). «De los animales al hombre, la transición no es violenta.» (p. 35). «El cuerpo del hombre solo es un reloj» (pp. 68, 73, etc.). «El Hombre es una Máquina, y en todo el Universo hay una sola sustancia diversamente modificada.» (p. 82).

Este materialismo es afirmado más sistemáticamente y con más vigor por Darwin (1809-1882). El hombre es el producto de una evolución puramente material, y esta evolución está marcada por la lucha por la vida y la selección de los más fuertes. Primo de Darwin, Galton (1822-1911) precisa que hay que ayudar a la naturaleza a operar esta selección y precisa el papel de los médicos en esta selección artificial.

Estos temas florecen hoy en día en los medios impregnados de filosofía materialista. En estos medios, el hombre es percibido como una máquina súper sofisticada, que puede ser desconstruida con vistas a, por ejemplo, un proyecto de transplante por canibalización, o construida por manipulación de células madre embrionarias. La eliminación de los molestos de todo orden y de todas las edades es considerada como una oportuna cooperación del hombre al trabajo selectivo de la naturaleza. Sólo queda, pues, una moral residual: una moral natural, en este sentido que el hombre debe cooperar con la naturaleza, y no dudar en ser despiadado, como ella misma lo es. Los escritos del New Age y la Carta de la Tierra están entre los documentos más reveladores de la actualidad de estas ideas.

Del humanismo deísta al humanismo ateo

La segunda corriente que se reafirmó fuertemente desde 1995, es el humanismo ateo. En sus formas hoy más vivaces, esta corriente encuentra su origen en el deísmo y en el Iluminismo de los tiempos modernos. No se niega la existencia de un ser supremo, pero él no puede ser conocido por la Revelación. Estos deístas son igualmente racionalistas: Dios sólo puede ser conocido por la razón. Según este deísmo y este racionalismo, los derechos del hombre están arraigados únicamente en la naturaleza humana, sin referencia a Dios. La idea de una participación personal del hombre a la existencia de Dios no tiene ningún lugar. La relación primordial, la relación creadora, es considerada como desprovista de sentido. Resulta que el hombre es un individuo librado a su subjetividad (EV 19). Su relación hacia el otro se caracteriza por el miedo. Frente a los otros, el hombre se coloca en unidad de fuerza. Solo su conciencia subjetiva define sus normas de conducta, variables a merced de sus placeres y de sus intereses (EV 20,24, 95). Según esta corriente, estamos inmersos en el relativismo absoluto, la tolerancia doctrinal, el consenso, la regla de la mayoría (EV 70).

A partir de semejante reducción antropológica, el humanismo deísta solo puede derivar hacia el humanismo ateo.
La sola evocación de la Revelación, que admite el teísmo, y de la Creación despierta en el hombre un violento sentimiento de envidia con relación a Dios, un sentimiento de rebelión y de repulsión frente a este Dios del cual depende existencialmente (EV 34, 36). Entonces, le queda al hombre autodeificarse. Se pone como fuente última de su propia existencia. Que esta existencia cese de ser atribuida a Dios es la condición a priori que hay que poner para que la existencia pueda ser atribuida al hombre. Así liberado de lo que él percibía como una alineación existencial, el hombre - ¿genéricamente? ¿individualmente? – puede comportarse como dios, conociendo el árbol de la vida, definiendo soberanamente el bien y el mal.

Resurgencia del cientificismo

El humanismo ateo recordado más arriba encuentra un poderoso aliado en el cientismo actual. Liberado de tormentos metafísicos y teológicos, el hombre se debe el proclamar que los únicos conocimientos válidos provienen de la Ciencia. Sin embargo, mientras que el cientismo del siglo XIX celebraba el valor cognitivo de las ciencias físicas y químicas, el cientismo actual exalta principalmente los conocimientos procurados por las disciplinas biomédicas. El horizonte que le fascina, es la fabricación del ser humano, es el dominio total de la vida (EV 22s., 89). Hay que privar a la metafísica y a la teología de su objeto: el ser y Dios. Los problemas antes tratados por dos estas disciplinas recibirán sus respuesta de las hazañas de las cuales el hombre se siente, se sabe o se imagina capaz.

La muerte: ineludible

Queda, es verdad, la cuestión ineludible de la muerte. Esta nos recuerda que nosotros somos ineluctablemente seres finitos, incluso si hemos rechazado nuestra condición de criatura. ¿Cómo entonces dar sentido a lo que parece imponerse a nosotros como el sin sentido absoluto? La respuesta está en una palabra: por el suicidio (EV 66). Darse muerte es la expresión suprema de la libertad humana. Nuestros contemporáneos precisarán que hacerse asistir en la ejecución suicida, hacerse suicidar en cierta manera, dar a otro el «derecho» de darme la muerte, e incluso imponerle el deber, son tantas expresiones del dominio de la vida.

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