jueves, 29 de abril de 2010

HANS URS VON BALTHASAR: V DOMINGO DE PASCUA (C)

Me queda poco de estar con vosotros. El evangelio de hoy anuncia ya la ascensión del Señor, el tiempo en que Jesús ya no estará visiblemente en su Iglesia. Pero Jesús enseña ya a sus discípulos como deberán comportarse entonces para que él permanezca a su lado de un modo invisible, pero eficaz y vivo. Esta enseñanza es tan breve como clara: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”: Es lo que Jesús llama un mandamiento nuevo, porque aunque en el Antiguo Testamento había muchos mandamientos, éste aún no podía haber sido formulado porque Jesús todavía no se había presentado como modelo del amor al prójimo. Ahora basta con mirarle a él para conocer y guardar el único mandamiento que nos da y que vale por todos. Ciertamente este mandamiento exige de todos nosotros: al igual que Jesús da su vida por nosotros, sus amigos, así también nosotros debemos poner toda nuestra vida al servicio del prójimo, que debe ser nuestro amigo. Pero este mandamiento nuevo y que vale por todos es también, como la quintaesencia el cristianismo, el que le garantiza su permanencia: esta será la señal por la que conocerán que sois discípulos míos. Esta y solamente ésta. Ninguna otra peculiaridad de la iglesia puede convencer al mundo de la verdad y de la necesidad de la persona y de la doctrina de Cristo. El amor vivido y repartido por los cristianos será la demostración de todas las doctrinas, de todos los dogmas y de todas las normas morales de la Iglesia de Cristo


Hay que pasar mucho. La primera lectura muestra que precisamente es este mandamiento nuevo de Jesús el que hace que la Iglesia que predica el evangelio tenga que pasar mucho. Loso hombres no están preparados para esto: porque buscan por lo general su propio interés espiritual o material, conocen ciertamente también algo algo que se asemeja al amor, pero que en la mayoría de los casos lleva en sí la marca del egoísmo y por eso mismo está rodeado de limitaciones y reservas. Pablo había tenido ocasión de constatarlo, en el viaje apostólico del que acaba de regresar, especialmente entre los judíos, que, para mantener sus fronteras, le habían cerrado la puerta. A su regreso puede contar que, por el contrario, “ Dios había abierto a los gentiles la puerta de la fe". La apertura de la puerta, la renuncia a las delimitaciones del amor, se describe aquí como una acción de la gracia divina, sin la que el hombre no tiene ninguna posibilidad de superar su limitación: Pero debe salir realmente de sí mismo a través de la puerta abierta para él.


Acamparé entre ellos. La segunda lectura muestra cómo el mandamiento nuevo que el Señor nos dejó produce su efecto allí donde un día determinará nuestra existencia. Si en el evangelio del amor mutuo es el testamento del Señor, al que le queda poco de estar con sus discípulos, y que mediante el amor permanece en su Iglesia de forma invisible, ésta presencia se hace ahora visible. La ciudad santa que desciende del cielo a la tierra, n es más que la manifestación visible de este eterno estra de Dios con los hombres. Los hombres no realizarán jamás por sí mismos esta convivencia, nunca conseguirán el regalo que Dios nos hace, así también la manifestación definitiva de este amor mostrará que Dios y el hombre están unidos en él, del mismo modo que ya en Cristo y la humanidad formaban una unidad, como él demostró con su amor " COMO YO OS HE AMADO".

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