sábado, 11 de noviembre de 2017

BENEDICTO XVI: CRISTO REY!!!

 La solemnidad de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XI en 1925 y más tarde, después del Vaticano II, se colocó al final del año litúrgico. El Evangelio de san Lucas presenta, como en un gran cuadro, la realeza de Jesús en el momento de la crucifixión. 
Los jefes del pueblo y los soldados se burlan del "primogénito de toda criatura" (Colosenses 1,15) y le ponen a prueba para ver si tiene el poder para salvarse de la muerte (cf. Lucas 23, 35-37). Sin embargo, "precisamente en la cruz, Jesús está a la altura de Dios, que es Amor. Allí se le puede 'conocer'. [...] Jesús nos da 'vida' porque nos da a Dios. Nos lo puede dar porque él mismo es uno con Dios".
De hecho, mientras que el Señor parece pasar desapercibido entre dos malhechores, uno de ellos, consciente de sus pecados, se abre a la verdad, alcanza la fe e implora "al rey de los judíos": "Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino" (Lucas 23,42). De quien "es antes de todas las cosas y en él todas subsisten" (Colosenses 1, 17) el llamado "buen ladrón" recibe inmediatamente el perdón y la alegría de entrar en el Reino de los Cielos. "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lucas 23, 43). 
Con estas palabras, Jesús, desde el trono de la cruz, da la bienvenida a todos con la misericordia infinita. San Ambrosio comenta que "es un buen ejemplo de conversión al que debemos aspirar: muy pronto al ladrón se le concede el perdón, y la gracia es más abundante que la petición; el Señor, de hecho, dice san Ambrosio, siempre concede lo que se le pide [...] La vida consiste en estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino" (Expositio Evangelii secundum Lucam X, 121:.. CCL 14, 379).
Queridos amigos, el camino del amor, que el Señor nos revela y nos invita a recorrer, se puede contemplar incluso en el arte cristiano. De hecho, antiguamente, "en la configuración de los edificios sagrados [...] se hizo habitual representar en el lado oriental al Señor que regresa como rey --imagen de la esperanza--, mientras en el lado occidental estaba el Juicio final, como imagen de la responsabilidad respecto a nuestra vida" (encíclica Spe Salvi, 41): esperanza en el amor infinito de Dios y compromiso para ordenar nuestra vida según el amor de Dios. 
Cuando contemplamos las representaciones de Jesús inspiradas en el Nuevo Testamento, como enseña un antiguo Concilio, se nos lleva a "comprender [...] la sublimidad de la humillación del Verbo de Dios y [...] a recordar su vida en la carne, su pasión y muerte salvífica y la redención que de ella se deriva para el mundo" (Concilio de Trullo [año 691 ó 692], canon 82). "Sí, la necesitamos para ser capaces de reconocer en el corazón traspasado del Crucificado el misterio de Dios".

martes, 7 de noviembre de 2017

DECÁLOGO DE JUAN XXIII- LLAMADO DE LA SERENIDAD

1.-Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.


2-Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto, cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.



3-Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también.



4-Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.



5-Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura, recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.



6-Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7-Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer, y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.



8-Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades : la prisa y la indecisión.



9-Sólo por hoy creeré firmemente ( aunque las circunstancias demuestren lo contrario ) que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.



10-Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

LA ATENCIÓN A LO CONCRETO UN RASGO MARIANO


María está atenta a lo concreto ¿Qué significa lo concreto?  Lo concreto es la justa relación entre escucha, decisión y acción, es el equilibrio entre oído y ojo, corazón y manos. Lucas muestra este equilibrio en María. En la Visita a su prima (Lc 1,36-45), María escucha, decide y obra.

Ante todo escucha: lo concreto es la capacidad de escuchar y de reflexionar ¿Qué escucha María? Un hecho del que participa su prima Isabel; "tu parienta, ha concebido también un hijo en su ancianidad; y la que se llamaba estéril está ya en el sexto mes". Pero, no escucha solamente un hecho, sino también su significado: "Nada es imposible para Dios"

La escucha se prolonga en la memoria, María guarda los hechos y los medita en la presencia de Dios, ella va rumiando e intuyendo. María capta con el oído una realidad y su profundo sentido: esta es la escucha, y hasta descubrir el significado de esta palabra divina para mi y mi historia. El hombre permanece él mismo y crece como persona gracias a la escucha prolongada. María guardaba las cosas (palabras dichas o acontecidas)…¿Cuáles palabras?

María vivía la memoria de los acontecimientos y de su sentido, expresaba la capacidad de interpretar, por medio de la repetida memoria de la palabra y de los acontecimientos, el hilo de su vida, escuchándolo como un discurso de Dios a ella y sobre ella. Desde Nazaret hasta la cruz, María vive la escucha prolongada en la memoria y por esto puede entrar en ese universo de sentido que es el plan de Dios sobre ella y sobre la historia humana.

En segundo lugar, María decide. Ha meditado, por el texto anterior sabemos que se ha preguntado.¿Qué significa éste saludo? E incluso ¿Cómo será esto? Después de profundizar en la meditación y la escucha, decide: he aquí la esclava del Señor…
Impresiona la escena final en la vida de Tomás Moro, cuando lo están llevando a la torre de Londres en donde será torturado y asesinado, y a lo largo del Támesis, en el silencio de la noche, exclama:"¡Me he decidido! Evidentemente, el arresto por parte de los enviados del Rey había suscitado en él turbación y desánimo, pero a un cierto punto de ese su último viaje, llega  la elección y decide jugarse la vida hasta el fondo por la pureza de su fe y de su honestidad. Lo concreto salta en el momento en el que la elección se convierte en decisión.

En tercer lugar María obra. "Se puso en camino, y fue de prisa a la montaña…" Es interesante reflexionar sobre lo extraño de este viaje.. Tal vez, los comentarios surgieran, malintencionadamente; ¿cómo se te ocurre irte precisamente ahora?
Pero, María tiene claro en el corazón lo que quiere hacer, su espíritu concreto no se detiene ante nada ni nadie. Fue de prisa y san Ambrosio comenta; "la gracia del Espíritu Santo no admite duda. Es como si hubiera dicho que una cosa, decidida dentro del corazón con profundidad, hay que hacerla, porque de lo contrario se pudre por dentro.
El hombre que no está atento a lo concreto, está dividido, está invadido por secretos temores. Mirando la imagen de  María en Lucas se descubre el equilibrio entre el ojo y oído con el corazón y las manos.


También se desliza esta actitud concreta en el nacimiento de Jesús."Lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre". Hizo todo lo que concretamente se podía hacer en esa situación. Los pañales son un signo de cuidado y de cálida atención.

lunes, 6 de noviembre de 2017

ROMANO GUARDINI: EXISTO PARA TI...

Creo que todo fue creado por Ti, oh Dios. 

Enséñame a comprender esta verdad. Es la verdad de mi existencia. Si se olvida, se hunde todo en la sinrazón y la insensatez.

Mi corazón está de acuerdo con ella. No quiero vivir por derecho propio, sino emancipado por Ti. 

Nada tengo por mí mismo; todo es don Tuyo y sólo será mío si lo recibo de Ti. Constantemente estoy recibiéndome de Tu mano. Así es y así debe ser. 

Ésta es mi verdad y mi alegría. Incesantemente me miran Tus ojos, y yo vivo de Tu mirada, Creador y Salvador mío. 

Enséñame a comprender, en el silencio de Tu presencia, el misterio de que yo exista. Y de que exista por Ti, ante Ti y para Ti. Amen

JOSEPH RATZINGER: EL FUTURO DE LA IGLESIA

(Este texto fue escrito por J.Ratzinger (luego Benedicto XVI) en el año 1970, siendo todavía sacerdote, se lo conoce como la profecía de 1970)

El futuro de la Iglesia puede venir y vendrá también hoy sólo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. 

El futuro no vendrá de quienes sólo dan recetas. 

No vendrá de quienes sólo se adaptan al instante actual. 

No vendrá de quienes sólo critican a los demás y se toman a sí mismos como medida infalible. 

Tampoco vendrá de quienes eligen sólo el camino más cómodo, de quienes evitan la pasión de la fe y declaran falso y superado, tiranía y legalismo, todo lo que es exigente para el ser humano, lo que le causa dolor y le obliga a renunciar a sí mismo. 

Digámoslo de forma positiva: el futuro de la Iglesia, también en esta ocasión, como siempre, quedará marcado de nuevo con el sello de los santos. Y, por tanto, porseres humanos que perciben más que las frases que son precisamente modernas. Por quienes pueden ver más que los otros, porque su vida abarca espacios más amplios. La gratuidad que libera a las personas se alcanza sólo en la paciencia de las pequeñas renuncias cotidianas a uno mismo. [...]

¿Qué significa esto para nuestra pregunta? Significa que las grandes palabras de quienes nos profetizan una Iglesia sin Dios y sin fe son palabras vanas. 

No necesitamos una Iglesia que celebre el culto de la acción en «oraciones» políticas. Es completamente superflua y por eso desaparecerá por sí misma. 

Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte. 

De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia.

Demos un paso más. También en esta ocasión, de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. 

Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. 

Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. 

Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros. 

Ciertamente conocerá también nuevas formas ministeriales y ordenará sacerdotes a cristianos probados que sigan ejerciendo su profesión: en muchas comunidades más pequeñas y en grupos sociales homogéneos la pastoral se ejercerá normalmente de este modo. 

Junto a estas formas seguirá siendo indispensable el sacerdote dedicado por entero al ejercicio del ministerio como hasta ahora. 

Pero en estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo y con toda la determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin. La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro y experimentará nuevamente los sacramentos como celebración y no como un problema de estructura litúrgica.

Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha. 

Le resultará muy difícil. En efecto, el proceso de la cristalización y la clarificación le costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una Iglesia de los pequeños. 

El proceso resultará aún más difícil porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la voluntariedad envalentonada. 

Se puede prever que todo esto requerirá tiempo. El proceso será largo y laborioso, al igual que también fue muy largo el camino que llevó de los falsos progresismos, en vísperas de la revolución francesa –cuando también entre los obispos estaba de moda ridiculizar los dogmas y tal vez incluso dar a entender que ni siquiera la existencia de Dios era en modo alguno segura– hasta la renovación del siglo XIX. 

Pero tras la prueba de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza.

Porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas. 

A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, que fracasó ya en Gobel, sino la Iglesia de la fe. 

Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanoscomo la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte.

viernes, 3 de noviembre de 2017

MAMERTO MENAPACE osb:LA OSTRA PERLÍFERA



Era una ostra marina. No un caracol. Marina era un bicho de profundidad y, como todas las de su raza, había buscado la roca del fondo para agarrarse firmemente a ella. Una vez que lo consiguió, creyó haber dado con el destino claro que le permitiría vivir sin contratiempos su ser de ostra.

Pero el Señor había puesto su mirada en Marina. Y todo lo que en su vida sucedería, tendría como gran responsable al mismo Señor Dios. Porque el Señor Dios en su misterioso plan para ella, había decidido que Marina fuera valiosa. Ella simplemente había deseado ser feliz.

Y un día el Señor Dios colocó en Marina su granito de arena. Literalmente: un granito de arena. Fue durante una tormenta de profundidad. De ésas que casi no provocan oleaje en la superficie, pero que remueven el fondo de los océanos.

Cuando el granito de arena entró en su existencia, marina se cerro violentamente. Así lo hacía siempre que algo entraba en su vida. Porque es la manera de alimentarse que tienen las ostras. Todo lo que entra en su vida es atrapado, desintegrado y asimilado. Si esto no es posible, se expulsa hacia el exterior del objeto extraño.

Pero con el granito de arena, la Ostra Marina no pudo hacer lo de siempre. Bien pronto constató que aquello era sumamente doloroso. La hería por dentro. Lejos de desintegrarse, más bien la lastimaba a ella. Quiso entonces expulsar ese cuerpo extraño. Pero no pudo.

Ahí comenzó el drama de Marina. Lo que Dios le había mandado pertenecía a aquellas realidades que no se dejan integrar y tampoco se pueden suprimir. El granito de arena era indigerible e inexpulsable. Y cuando trató de olvidarlo, tampoco lo pudo. Porque las realidades dolorosas que Dios envía son imposibles de olvidar o de ignorar. Están siempre presentes.

Frente a esta situación, se hubiera pensado que a Marina no le quedaba más que un camino: luchar contra su dolor, rodeándolo con el pus de su amargura, generando un tumor que terminaría por explotarle envenenando su vida y la de todos lo que la rodeaban.

Pero en su vida había una hermosa cualidad. Era capaz de producir sustancias sólidas. Normalmente las ostras dedican esta cualidad a su tarea de fabricarse un caparazón defensivo, rugoso por fuera y terso por dentro. Pero también pueden dedicarlo a la construcción de una perla. Y eso fue lo que realizó Marina. Poco a poco, y con lo mejor de sí misma, fue rodeando el granito de arena del dolor que Dios le había mandado, y a su alrededor comenzó a nuclear una hermosa perla.

Me han comentado que normalmente las ostras no tienen perlas. Que éstas son producidas sólo por aquéllas que se deciden a rodear, con lo mejor de sí mismas, el dolor de un cuerpo extraño que las ha herido.

Muchos años después de la muerte de Marina, unos buzos bajaron hasta el fondo del mar. Cuando la sacaron a la superficie, se encontró en ella la hermosa perla de su vida. Al verla brillar con todos los colores del cielo y del mar, nadie se preguntó si Marina había sido feliz. Simplemente supieron que había sido valiosa.

ALONSO AMPUERO: NO CREAR OBSTÁCULOS AL EVANGELIO

Con ocasión del problema de los idolotitos (1 Cor. 8), Pablo aconseja a los corintios que la caridad hacia los hermanos «débiles» debe sobreponerse a la libertad particular de cada uno, y les propone que deben estar dispuestos a renunciar incluso a los propios derechos cuando está en juego el bien de un hermano.

Para ello no duda en ponerse a sí mismo como modelo (1 Cor. 9), con lo que esta circunstancia de la comunidad de Corinto nos ofrece la oportunidad de conocer un rasgo precioso del alma de Pablo: consagrado por entero al anuncio y difusión del Evangelio, todo lo subordina a este fin supremo; de este modo, renuncia al uso de sus propios derechos «para no crear obstáculo alguno al Evangelio de Cristo» (1 Cor. 9,12).


Particularmente, Pablo ha renunciado al derecho a «vivir del Evangelio». Desde luego, él conoce las palabras de Jesús acerca de que «el obrero merece su sustento» (Mt. 10,10; cf. 1 Cor. 9,14); sabe que el que se dedica al anuncio del Evangelio debe poder quedar libre de otras ocupaciones y preocupaciones y tiene derecho a recibir el alimento de cada día de aquellos a quienes sirve... 

Sin embargo, una constante de su estilo apostólico ha sido el renunciar a este derecho (1 Cor. 9,15). Ha preferido trabajar «día y noche, con fatiga y cansancio, para no ser una carga para ninguno» (2 Tes. 3,8); además del peso de las fatigas apostólicas ha cargado sobre sus hombros la fatiga de ganarse el pan de cada día para sí y para sus compañeros (He. 20,34); trabajando como tejedor de tiendas (He. 18,3), ha preferido «no ser gravoso a nadie» (1 Tes. 2,9).

De este modo ha testimoniado nítidamente su más absoluto desprendimiento (He. 20,33). En un mundo en que no era infrecuente la aparición de predicadores de religiones extranjeras en busca de ganancias materiales (cf. 2 Cor. 2,17), Pablo quiere dejar muy clara la gratuidad del Evangelio. Puesto que la salvación otorgada por Dios en Jesucristo es gratuita (Rom. 3,24), Pablo quiere manifestar esta gratuidad en todo el estilo de su obrar apostólico.

A los corintios les recalcará que esta norma de su actuación la seguirá manteniendo como timbre de gloria (2 Cor. 11,9-11). Y eso no porque no los ame, sino todo lo contrario: porque está convencido de que el peso debe llevarlo el padre y no los hijos y porque no le interesan sus cosas sino ellos mismos, Pablo se muestra dispuesto a gastar lo que haga falta y a desgastarse él mismo en favor de sus amados corintios (2 Cor. 12,14-15).

Y cuando agradezca a los filipenses las ayudas que le han enviado, Pablo se alegrará más por la caridad y la vida cristiana que ello testimonia en sus cristiano que por la ayuda en sí: «no es que yo busque el don, sino que busco que aumenten los intereses en vuestra cuenta» (Fil. 4,17). Y la misma insistencia encontraremos cuando motive a los corintios a socorrer a los hermanos necesitados de Jerusalén (2 Cor. 8,10ss; 9,6ss).

Además con este total desprendimiento, Pablo sirve de modelo de trabajo (2 Tes. 3,9) y de generosidad (He. 20,35) a sus cristianos. Más aún, con ocasión de la mencionada colecta a favor de los cristianos pobres de Jerusalén, que debió alcanzar una suma considerable, Pablo tiene mucho cuidado en mostrar absoluta transparencia y desinterés; pide que cada comunidad envíe un delegado encargado no sólo de transportar los bienes, sino de supervisar y testimoniar la total limpieza, «pues procuramos el bien no sólo ante el Señor sino también ante los hombres» (2 Cor. 8,20-21). Todo «para no crear obstáculo alguno al Evangelio».

Esta sinceridad de motivos y este desprendimiento no aparece sólo en referencia a los bienes materiales. Pablo subraya en diversos pasajes su total rectitud de intención y su limpieza de miras: no actúa ni por error, ni por astucia, ni por motivos turbios, inconfesables o impuros, ni por adulación para conseguir el aplauso de los hombres, ni por ambición, ni por deseo de alcanzar honores (1 Tes. 2,3-6; 2 Cor. 4,2)...

Sabiendo que su juez es el Señor (1 Cor. 4,4) y que debe ser puesto al descubierto ante el tribunal de Cristo (2 Cor. 5,10), Pablo predica para «agradar no a los hombres, sino a Dios» (1 Tes. 2, 5), pues «si tratara de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo» (Gal. 1, 10). Actúa en todo momento «delante de Dios» (2 Cor. 2, 17), estando ante Él al descubierto (2 Cor. 5,11), afanándose por agradarle (2 Cor 5,9). Esta rectitud es la que le recomienda también ante los hombres (2 Cor. 4,2). Y cuando algunos, a pesar de todo, se obstinen en no aceptarle, Pablo apelará a los hechos: «nuestra carta de recomendación sois vosotros» (2 Cor. 3,1-2).

Porque no quiere crear obstáculo alguno al Evangelio, Pablo contrasta su predicación con los Apóstoles de Jerusalén, para evitar correr en vano (Gal. 2,2). Se alegra de que Cristo sea anunciado, y eso aun en el caso de que algunos lleguen a hacerlo por rivalidad (Fil. 1,15-18). 
Para no crear obstáculo alguno al Evangelio, Pablo se muestra desprendido incluso de su vida. En un pasaje memorable, mientras está en la cárcel y con posibilidad de ser ejecutado, muestra su deseo de «partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor»; sin embargo, ante la posibilidad de trabajo fecundo a favor del Evangelio prefiere permanecer en este mundo, pues es más necesario para los suyos (Fil. 1,20-26)



FUENTE: FUNDACIÓN GRATIS DATE

jueves, 26 de octubre de 2017

MAMERTO MENAPACE osb: LOS TRES ÁRBOLES

Había una vez tres árboles en una colina de un bosque. Hablaban acerca de sus sueños y esperanzas y el primero dijo:
"Algún día seré cofre de tesoros. Estaré lleno de oros, plata y piedras preciosas. Estaré decorado con labrados artísticos y tallados finos, todos verán mi belleza".

El segundo árbol dijo:
"Algún día seré una poderosa embarcación. Llevaré a los más grandes reyes y reinas a través de los océanos, e iré a todos los rincones del mundo. Todos se sentirán seguros por mi fortaleza, fuerza y mi poderoso casco".
Finalmente el tercer árbol dijo:
"Yo quiero crecer para ser el más recto y grande de todos los árboles en el bosque. La gente me verá en la cima de la colina, mirará mis poderosas ramas y pensarán en el Dios de los cielos, y cuán cerca estoy de alcanzarlo. Seré el más grande árbol de todos los tiempos y la gente simpre me recordará".

Después de unos años de que los árboles oraban para que sus sueños se convirtieran en realidad, un grupo de leñadores vino donde estaban los árboles.Cuando uno vio al primer árbol dijo: "Este parece un árbol fuerte, creo que podría vender su madera a un carpintero", y comenzó a cortarlo. El árbol estaba muy feliz debido a que sabía que el carpintero podría convertirlo en cofre para tesoros. El otro leñador dijo mientras observaba al segundo árbol: "Parece un árbol fuerte, creo que lo podré vender al carpintero del puerto". El segundo árbol se puso muy feliz porque sabía que estaba en camino a convertirse en una poderosa embarcación.

El último leñador se acercó al tercer árbol, este muy asustado, pues sabía que si lo cortaban, su sueño nunca se volvería realidad. El leñador dijo entonces: "No necesito nada especial del árbol que corte, así que tomaré éste", y cortó el tercer árbol.

Cuando el primer árbol llegó donde el carpintero, fue convertido en un cajón de comida para animales, y fue puesto en un pesebre y llenado con paja. Se sintió muy mal pues eso no era por lo que tanto había orado.El segundo árbol fue cortado y convertido en una pequeña balsa de pesca, ni siquiera lo suficientemente grande para navegar en el mar, y fue puesto en un lago. Y vio como sus sueños de ser una gran embarcación cargando reyes habían llegado a su final. El tercer árbol fue cortado en largas y pesadas tablas y dejado en la oscuridad de una bodega.

Años más tarde, los árboles olvidaron sus sueños y esperanzas por las que tanto habían orado. Entonces un día un hombre y una mujer llegaron al pesebre. Ella dio a luz un niño, y lo colocó en la paja que había dentro del cajón en que fue transformado el primer árbol. El hombre deseaba haber podido tener una cuna para su bebé, pero este cajón debería serlo. El árbol sintió la importancia de este acontecimiento y supo que había contenido el más grande tesoro de la historia.

Años más tarde, un grupo de hombres entraron en la balsa en la cual habían convertido al segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado y se durmió en la barca. Mientras ellos estaban en el agua una gran tormenta se desató y el árbol pensó que no sería lo suficientemente fuerte para salvar a los hombres. Los hombres despertaron al que dormía, éste se levantó y dijo: "¡Calma! ¡Quédate quieto!" y la tormenta y las olas se detuvieron. En ese momento el segundo árbol se dio cuenta de que había llevado al Rey de Reyes y Señor de Señores.

Finalmente un tiempo después alguien vino y tomó al tercer árbol convertido en tablas. Fue cargado por las calles al mismo tiempo que la gente escupía, insultaba y golpeaba al Hombre que lo cargaba. Se detuvieron en una pequeña colina y el Hombre fue clavado al árbol y levantado para morir en la cima de la colina. Cuando llegó el domingo, el tercer árbol se dio cuenta que él fue lo suficientemente fuerte para permanecer erguido en la cima de la colina, y estar tan cerca de Dios como nunca, porque Jesús había sido crucificado en él.

La moraleja de esta Historia es:
Cuando parece que las cosas no van de acuerdo a tus planes, debes saber que siempre Dios tiene un plan para uno. Si pones tu confianza en él, te va a dar grandes regalos a su tiempo. Recuerda que cada árbol obtuvo lo que pidió, sólo que no en la forma en que pensaba.No siempre sabemos lo que Dios planea para nosotros, sólo sabemos que:
Sus caminos no son nuestros caminos, pero sus caminos siempre son los mejores!!!

JESÚS ES OLVIDADO POR LOS SUYOS


Querido padre Tomás:


La obra "Los miserables" de Victor Hugo tiene un mensaje de mucha actualidad. Trata de un pobre carpintero sin trabajo. Su crimen: haber robado un pedazo de pan para alimentar a sus hijos hambrientos. Su sentencia: cinco años de prisión.Al pretender escapar, es capturado para servir a la cruel justicia del gobierno por quince años más. En la prisión es olvidado por los suyos.

¿No podría ser ésta la historia de Jesús en el Santísimo Sacramento? Para alimentar espiritualmente a los hambrientos hijos de su Padre, Jesús se convierte en el Pan vivo bajado del cielo. Este es su crimen. Él no es retribuido con agradecimeinto y adoración y es castigado poniéndolo en la prisión del sagrario.. Ahí en el calabozo es olvidado y abandonado por los suyos. Nos avergonzamos y no lo exponemos. Por estar demasiado ocupados, no lo honramos. La custodia es su trono de donde Él quiere librarse para reinar con Rey de Amor.Pero, por el contrario, se le encierra y se le trata como a aquel "criminal" de los Miserables.

Jesús se describe a sí mismo como un prisionero de Amor.No hay exageración en lo que te digo. Todo esto es lo que Jesús reveló a Santa Margarita María. Ella estaba orando cuando se le apareció en el Santísimo Sacramento y le dijo: "He aquí este Corazón que ama tanto y, a cambio, es tan poco amado". Le explicó que la corona de espinas alrededor de su Corazón es un símbolo del dolor que sufre por la ingratitud e indiferencia de sus sacerdotes y de su pueblo a su amor en el Santísimo Sacramento. Luego, Jesús le manifestó que Él sufría más por esta indiferencia e ingratitud de lo que sufrió durante su Pasión. Por esta razón Jesús nos llama a cada uno diciéndonos: "tengo sed, una ardiente sed de ser amado por ustedes en el Santísimo Sacrmaneto".

El Santísimo Sacramento es el Sagrado Corazón de Jesús en medio de nosotros. Hoy Él llora como lloró por Jesrusalén ¡Cuánto desea Él reunir a cada uno de nosotros en su Corazón, así como la gallina reúne a sus polloelos debajo de sus alas!

Cambia su llanto en una sonrisa. Establece la adoración perpetua en tu parroquia y cambiarás las espinas de su Corazón en muchas flores de consuelo. Cada hora santa repará toda la indiferencia e ingratitud del mundo.¡Qué gracias tan grandes!

Fraternalmente tuyo en su Amor Eucarístico.

martes, 24 de octubre de 2017

ENCUENTROS CON JESÚS: SÁBADO 28 DE OCTUBRE

ENCUENTROS CON JESÚS
(RETIRO GRATUITO Y ABIERTO)
SÁBADO 28 DE OCTUBRE DE 2017

16 A 20 HS
PARROQUIA MARÍA REINA DE LA PAZ

Resultado de imagen para TRIGO Y CIZAÑA
"MIENTRAS LA GENTA DORMÍA, VINO SU ENEMIGO Y SEMBRÓ CIZAÑA" (MT 13,25)


16 HS- ADORACIÓN Y SANTO ROSARIO
            BENDICIÓN MATERNAL IMAGEN DE LA VIRGEN

17 HS- ENCUENTRO CON LA PALABRA DEL SEÑOR
            "EL TRIGO Y LA CIZAÑA" DIÁC. JORGE NOVOA

18 HS- PASEO CON EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

19 HS- SANTA MISA
            PRESIDE PADRE MARCELO MARCIANO

LUEGO DE LA MISA HABRÁ ORACIÓN CON IMPOSICIÓN DE MANOS.
CONFESIONES DESDE LAS 17HS

jueves, 19 de octubre de 2017

SANTO TOMÁS DE AQUINO: BAJO EL VELO DE LA FE

Oh Dios todopoderoso y eterno, he aquí que me acerco al sacramento de tu unigénito Hijo Jesucristo, nuestro Señor; me acerco como  enfermo al médico de la vida, como  inmundo a la fuente de la misericordia, como  ciego a la luz de la claridad eterna, como pobre y necesitado al Señor de los cielos y de la tierra.

Imploro la abundancia de tu infinita generosidad para que te dignes curar mi enfermedad, lavar mi impureza, iluminar mi ceguera, remediar mi pobreza y vestir mi desnudez, para que me acerque a recibir el Pan de los ángeles, al Rey de reyes y Señor de señores con tanta reverencia y humildad, con tanta pureza y fe, con tal propósito e intención como conviene a la salud de mi alma.

Te pido que me concedas recibir no sólo el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, sino la gracia y la virtud de ese sacramento.

Oh Dios benignísimo, concédeme recibir el cuerpo de tu unigénito Hijo Jesucristo, Señor nuestro, nacido de la Virgen María, de tal modo que merezca ser incorporado a su cuerpo místico y contado entre tus miembros.

Oh Padre amantísimo, concédeme contemplar eternamente a tu querido Hijo, a quien, bajo el velo de la fe, me dispongo a recibir ahora. Que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. 

Amén.

HORACIO BOJORGE SJ: MARÍA A TRAVES DE LOS EVANGELISTAS

miércoles, 18 de octubre de 2017

BENEDICTO XVI: QUÉ ES LA FE?

Hoy desearía reflexionar con vosotros sobre una cuestión fundamental: ¿qué es la fe? ¿Tiene aún sentido la fe en un mundo donde ciencia y técnica han abierto horizontes hasta hace poco impensables? ¿Qué significa creer hoy? De hecho en nuestro tiempo es necesaria una renovada educación en la fe, que comprenda ciertamente un conocimiento de sus verdades y de los acontecimientos de la salvación, pero que sobre todo nazca de un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo, de amarle, de confiar en Él, de forma que toda la vida esté involucrada en ello.

Hoy, junto a tantos signos de bien, crece a nuestro alrededor también cierto desierto espiritual. A veces se tiene la sensación, por determinados sucesos de los que tenemos noticia todos los días, de que el mundo no se encamina hacia la construcción de una comunidad más fraterna y más pacífica; las ideas mismas de progreso y bienestar muestran igualmente sus sombras. A pesar de la grandeza de los descubrimientos de la ciencia y de los éxitos de la técnica, hoy el hombre no parece que sea verdaderamente más libre, más humano; persisten muchas formas de explotación, manipulación, violencia, vejación, injusticia... Cierto tipo de cultura, además, ha educado a moverse sólo en el horizonte de las cosas, de lo factible; a creer sólo en lo que se ve y se toca con las propias manos. Por otro lado crece también el número de cuantos se sienten desorientados y, buscando ir más allá de una visión sólo horizontal de la realidad, están disponibles para creer en cualquier cosa. En este contexto vuelven a e
merger algunas preguntas fundamentales, que son mucho más concretas de lo que parecen a primera vista: ¿qué sentido tiene vivir? ¿Hay un futuro para el hombre, para nosotros y para las nuevas generaciones? ¿En qué dirección orientar las elecciones de nuestra libertad para un resultado bueno y feliz de la vida? ¿Qué nos espera tras el umbral de la muerte?

De estas preguntas insuprimibles surge como el mundo de la planificación, del cálculo exacto y de la experimentación; en una palabra, el saber de la ciencia, por importante que sea para la vida del hombre, por sí sólo no basta. El pan material no es lo único que necesitamos; tenemos necesidad de amor, de significado y de esperanza, de un fundamento seguro, de un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico también en la crisis, las oscuridades, las dificultades y los problemas cotidianos. La fe nos dona precisamente esto: es un confiado entregarse a un «Tú» que es Dios, quien me da una certeza distinta, pero no menos sólida que la que me llega del cálculo exacto o de la ciencia. La fe no es un simple asentimiento intelectual del hombre a las verdades particulares sobre Dios; es un acto con el que me confío libremente a un Dios que es Padre y me ama; es adhesión a un «Tú» que me dona esperanza y confianza. Cierto, esta adhesión a Dios no carece de contenidos: con ella somos conscientes de que Dios mismo se ha mostrado a nosotros en Cristo; ha dado a ver su rostro y se ha hecho realmente cercano a cada uno de nosotros.

Es más, Dios ha revelado que su amor hacia el hombre, hacia cada uno de nosotros, es sin medida: en la Cruz, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra en el modo más luminoso hasta qué punto llega este amor, hasta el don de sí mismo, hasta el sacrificio total. Con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, Dios desciende hasta el fondo de nuestra humanidad para volver a llevarla a Él, para elevarla a su alteza. La fe es creer en este amor de Dios que no decae frente a la maldad del hombre, frente al mal y la muerte, sino que es capaz de transformar toda forma de esclavitud, donando la posibilidad de la salvación. Tener fe, entonces, es encontrar a este «Tú», Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible que no sólo aspira a la eternidad, sino que la dona; es confiarme a Dios con la actitud del niño, quien sabe bien que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados en el «tú» de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres. Pienso que deberíamos meditar con mayor frecuencia -en nuestra vida cotidiana, caracterizada por problemas y situaciones a veces dramáticas- en el hecho de que creer cristianamente significa este abandonarme con confianza en el sentido profundo que me sostiene a mí y al mundo, ese sentido que nosotros no tenemos capacidad de darnos, sino sólo de recibir como don, y que es el fundamento sobre el que podemos vivir sin miedo. Y esta certeza liberadora y tranquilizadora de la fe debemos ser capaces de anunciarla con la palabra y mostrarla con nuestra vida de cristianos.

Con todo, a nuestro alrededor vemos cada día que muchos permanecen indiferentes o rechazan acoger este anuncio. Al final del Evangelio de Marcos, hoy tenemos palabras duras del Resucitado, que dice: «El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado» (Mc 16, 16), se pierde él mismo. Desearía invitaros a reflexionar sobre esto. La confianza en la acción del Espíritu Santo nos debe impulsar siempre a ir y predicar el Evangelio, al valiente testimonio de la fe; pero, además de la posibilidad de una respuesta positiva al don de la fe, existe también el riesgo del rechazo del Evangelio, de la no acogida del encuentro vital con Cristo. Ya san Agustín planteaba este problema en un comentario suyo a la parábola del sembrador: «Nosotros hablamos -decía-, echamos la semilla, esparcimos la semilla. Hay quienes desprecian, quienes reprochan, quienes ridiculizan. Si tememos a estos, ya no tenemos nada que sembrar y el día de la siega nos quedaremos sin cosecha. Por ello venga la semilla de la tierra buena» (Discursos sobre la disciplina cristiana, 13,14: PL 40, 677-678). El rechazo, por lo tanto, no puede desalentarnos. Como cristianos somos testigos de este terreno fértil: nuestra fe, aún con nuestras limitaciones, muestra que existe la tierra buena, donde la semilla de la Palabra de Dios produce frutos abundantes de justicia, de paz y de amor, de nueva humanidad, de salvación. Y toda la historia de la Iglesia con todos los problemas demuestra también que existe la tierra buena, existe la semilla buena, y da fruto.

Pero preguntémonos: ¿de dónde obtiene el hombre esa apertura del corazón y de la mente para creer en el Dios que se ha hecho visible en Jesucristo muerto y resucitado, para acoger su salvación, de forma que Él y su Evangelio sean la guía y la luz de la existencia? Respuesta: nosotros podemos creer en Dios porque Él se acerca a nosotros y nos toca, porque el Espíritu Santo, don del Resucitado, nos hace capaces de acoger al Dios viviente. Así pues la fe es ante todo un don sobrenatural, un don de Dios. El concilio Vaticano II afirma: «Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede “a todos gusto en aceptar y creer la verdad”» (Const. dogm. Dei Verbum, 5). En la base de nuestro camino de fe está el bautismo, el sacramento que nos dona el Espíritu Santo, convirtiéndonos en hijos de Dios en Cristo, y marca la entrada en la comunidad de fe, en la Iglesia: no se cree por uno mismo, sin el prevenir de la gracia del Espíritu; y no se cree solos, sino junto a los hermanos. Del bautismo en adelante cada creyente está llamado a revivir y hacer propia esta confesión de fe junto a los hermanos.

La fe es don de Dios, pero es también acto profundamente libre y humano. El Catecismo de la Iglesia católica lo dice con claridad: «Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre» (n. 154). Es más, las implica y exalta en una apuesta de vida que es como un éxodo, salir de uno mismo, de las propias seguridades, de los propios esquemas mentales, para confiarse a la acción de Dios que nos indica su camino para conseguir la verdadera libertad, nuestra identidad humana, la alegría verdadera del corazón, la paz con todos. Creer es fiarse con toda libertad y con alegría del proyecto providencial de Dios sobre la historia, como hizo el patriarca Abrahán, como hizo María de Nazaret. Así pues la fe es un asentimiento con el que nuestra mente y nuestro corazón dicen su «sí» a Dios, confesando que Jesús es el Señor. Y este «sí» transforma la vida, le abre el camino hacia una plenitud de significado, la hace nueva, rica de alegría y de esperanza fiable.

Queridos amigos: nuestro tiempo requiere cristianos que hayan sido aferrados por Cristo, que crezcan en la fe gracias a la familiaridad con la Sagrada Escritura y los sacramentos. Personas que sean casi un libro abierto que narra la experiencia de la vida nueva en el Espíritu, la presencia de ese Dios que nos sostiene en el camino y nos abre hacia la vida que jamás tendrá fin. Gracias.

viernes, 13 de octubre de 2017

BENEDICTO XVI: SANTA TERESA DE JESÚS

[Vídeo]
A lo largo de las catequesis que he querido dedicar a los Padres de la Iglesia y a grandes figuras de teólogos y de mujeres del Medievo me detuve también a hablar de algunos santos y santas que fueron proclamados doctores de la Iglesia por su eminente doctrina. Hoy quiero iniciar una breve serie de encuentros para completar la presentación de los doctores de la Iglesia. Y comienzo con una santa que representa una de las cimas de la espiritualidad cristiana de todos los tiempos: santa Teresa de Ávila (de Jesús).

Nace en Ávila, España, en 1515, con el nombre de Teresa de Ahumada. En su autobiografía ella misma menciona algunos detalles de su infancia: su nacimiento de «padres virtuosos y temerosos de Dios», en el seno de una familia numerosa, con nueve hermanos y tres hermanas. Todavía niña, cuando tiene menos de nueve años, lee las vidas de algunos mártires que le inspiran el deseo del martirio, hasta el punto de que improvisa una breve huida de casa para morir mártir y subir al cielo (cf. Vida 1, 5); «quiero ver a Dios» dice la pequeña a sus padres. Algunos años más tarde, Teresa hablará de sus lecturas de la infancia y afirmará que en ellas descubrió la verdad, que resume en dos principios fundamentales: por un lado «el hecho de que todo lo que pertenece al mundo de aquí, pasa»; y, por otro, que sólo Dios es «para siempre, siempre, siempre», tema que se reitera en la famosísima poesía 
«Nada te turbe / nada te espante; / todo se pasa. / Dios no se muda; / la paciencia todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta / ¡Sólo Dios basta!». Al quedar huérfana de madre a los 12 años, pide a la santísima Virgen que le haga de madre (cf. Vida 1, 7).

Aunque en la adolescencia la lectura de libros profanos la había llevado a las distracciones de una vida mundana, la experiencia como alumna de las religiosas agustinas de Santa María de las Gracias de Ávila y la lectura de libros espirituales, sobre todo clásicos de la espiritualidad franciscana, le enseñan el recogimiento y la oración. A la edad de 20 años, entra en el monasterio carmelita de la Encarnación, también en Ávila; en la vida religiosa toma el nombre de Teresa de Jesús. Tres años después, enferma gravemente; tanto que permanece cuatro días en coma, aparentemente muerta (cf. Vida 5, 9). Incluso en la lucha contra sus enfermedades la santa ve el combate contra las debilidades y las resistencias a la llamada de Dios: «Deseaba vivir —escribe—, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tornado a sí y yo dejádole» (Vida 8, 2). En 1543 pierde la cercanía de sus familiares: su padre muere y todos sus hermanos emigran, uno tras otro, a América. En la Cuaresma de 1554, a los 39 años, Teresa alcanza la cima de la lucha contra sus debilidades. El descubrimiento fortuito de la estatua de «un Cristo muy llagado» (Vida 9, 1) marca profundamente su vida. La santa, que en aquel período encuentra profunda consonancia con el san Agustín de las Confesiones, describe así el día decisivo de su experiencia mística:
«Acaecíame... venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en él» (Vida 10, 1).

Paralelamente a la maduración de su interioridad, la santa comienza a desarrollar concretamente el ideal de reforma de la Orden carmelita: en 1562 funda en Ávila, con el apoyo del obispo de la ciudad, don Álvaro de Mendoza, el primer Carmelo reformado, y poco después recibe también la aprobación del superior general de la Orden, Giovanni Battista Rossi. En los años sucesivos prosigue las fundaciones de nuevos Carmelos, en total diecisiete. Es fundamental el encuentro con san Juan de la Cruz, con quien, en 1568, constituye en Duruelo, cerca de Ávila, el primer convento de Carmelitas Descalzos. En 1580 obtiene de Roma la erección como provincia autónoma para sus Carmelos reformados, punto de partida de la Orden religiosa de los Carmelitas Descalzos. 

La vida terrena de Teresa termina precisamente mientras está comprometida en la actividad de fundación. En efecto, en 1582, después de haber constituido el Carmelo de Burgos y mientras se encuentra camino de regreso a Ávila, muere la noche del 15 de octubre en Alba de Tormes, repitiendo humildemente dos expresiones: «Al final, muero como hija de la Iglesia» y «Ya es hora, Esposo mío, de que nos veamos». Una existencia consumida dentro de España, pero entregada por toda la Iglesia. Beatificada en 1614 por el Papa Pablo V y canonizada por Gregorio xv en 1622, el siervo de Dios Pablo vi la proclama «doctora de la Iglesia» en 1970.

Teresa de Jesús no tenía una formación académica, pero siempre sacó provecho de las enseñanzas de teólogos, literatos y maestros espirituales. Como escritora, siempre se atuvo a lo que personalmente había vivido o había visto en la experiencia de otros (cf. Prólogo al Camino de perfección), es decir, a la experiencia. Teresa teje relaciones de amistad espiritual con numerosos santos, en particular con san Juan de la Cruz. Al mismo tiempo, se alimenta con la lectura de los Padres de la Iglesia, san Jerónimo, san Gregorio Magno, san Agustín. Entre sus principales obras hay que recordar ante todo la autobiografía, titulada Libro de la vida, que ella llama Libro de las misericordias del Señor. Compuesta en el Carmelo de Ávila en 1565, refiere el itinerario biográfico y espiritual, escrito, como afirma la propia Teresa, para someter su alma al discernimiento del «Maestro de los espirituales», san Juan de Ávila. El objetivo es poner de relieve la presencia y la acción de Dios misericordioso en su vida: por esto, la obra refiere a menudo su diálogo de oración con el Señor. Es una lectura que fascina, porque la santa no sólo cuenta, sino que muestra que revive la experiencia profunda de su relación con Dios. En 1566, Teresa escribe el Camino de perfección, que ella llama Avisos y consejos que da Teresa de Jesús a sus hermanas. Las destinatarias son las doce novicias del Carmelo de san José en Ávila. Teresa les propone un intenso programa de vida contemplativa al servicio de la Iglesia, cuya base son las virtudes evangélicas y la oración. Entre los pasajes más preciosos está el comentario al Padre nuestro, modelo de oración. 

La obra mística más famosa de santa Teresa es el Castillo interior, escrito en 1577, en plena madurez. Se trata de una relectura de su propio camino de vida espiritual y, al mismo tiempo, de una codificación del posible desarrollo de la vida cristiana hacia su plenitud, la santidad, bajo la acción del Espíritu Santo. Teresa se refiere a la estructura de un castillo con siete moradas, como imagen de la interioridad del hombre, introduciendo, al mismo tiempo, el símbolo del gusano de seda que renace mariposa, para expresar el paso de lo natural a lo sobrenatural. La santa se inspira en la Sagrada Escritura, en particular en el Cantar de los cantares, por el símbolo final de los «dos esposos», que le permite describir, en la séptima morada, el culmen de la vida cristiana en sus cuatro aspectos: trinitario, cristológico, antropológico y eclesial. A su actividad de fundadora de los Carmelos reformados Teresa dedica el Libro de las fundaciones, escrito entre 1573 y 1582, en el cual habla de la vida del grupo religioso naciente. Como en la autobiografía, la narración trata de poner de relieve sobre todo la acción de Dios en la obra de fundación de los nuevos monasterios.

No es fácil resumir en pocas palabras la profunda y articulada espiritualidad teresiana. Quiero mencionar algunos puntos esenciales. En primer lugar, santa Teresa propone las virtudes evangélicas como base de toda la vida cristiana y humana: en particular, el desapego de los bienes o pobreza evangélica, y esto nos atañe a todos; el amor mutuo como elemento esencial de la vida comunitaria y social; la humildad como amor a la verdad; la determinación como fruto de la audacia cristiana; la esperanza teologal, que describe como sed de agua viva. Sin olvidar las virtudes humanas: afabilidad, veracidad, modestia, amabilidad, alegría, cultura.  

En segundo lugar, santa Teresa propone una profunda sintonía con los grandes personajes bíblicos y la escucha viva de la Palabra de Dios. Ella se siente en consonancia sobre todo con la esposa del Cantar de los cantares y con el apóstol san Pablo, además del Cristo de la Pasión y del Jesús eucarístico.Asimismo, la santa subraya cuán esencial es la oración; rezar, dice, significa «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Vida 8, 5). La idea de santa Teresa coincide con la definición que santo Tomás de Aquino da de la caridad teologal, como «amicitia quaedam hominis ad Deum», un tipo de amistad del hombre con Dios, que fue el primero en ofrecer su amistad al hombre; la iniciativa viene de Dios (cf. Summa Theologiae ii-ii, 23, 1). La oración es vida y se desarrolla gradualmente a la vez que crece la vida cristiana: comienza con la oración vocal, pasa por la interiorización a través de la meditación y el recogimiento, hasta alcanzar la unión de amor con Cristo y con la santísima Trinidad. Obviamente no se trata de un desarrollo en el cual subir a los escalones más altos signifique dejar el precedente tipo de oración, sino que es más bien una profundización gradual de la relación con Dios que envuelve toda la vida. Más que una pedagogía de la oración, la de Teresa es una verdadera «mistagogia»: al lector de sus obras le enseña a orar rezando ella misma con él; en efecto, con frecuencia interrumpe el relato o la exposición para prorrumpir en una oración.

Otro tema importante para la santa es la centralidad de la humanidad de Cristo. Para Teresa, de hecho, la vida cristiana es relación personal con Jesús, que culmina en la unión con él por gracia, por amor y por imitación. De aquí la importancia que ella atribuye a la meditación de la Pasión y a la Eucaristía, como presencia de Cristo, en la Iglesia, para la vida de cada creyente y como corazón de la liturgia. Santa Teresa vive un amor incondicional a la Iglesia: manifiesta un vivo «sensus Ecclesiae» frente a los episodios de división y conflicto en la Iglesia de su tiempo. Reforma la Orden carmelita con la intención de servir y defender mejor a la «santa Iglesia católica romana», y está dispuesta a dar la vida por ella (cf. Vida 33, 5).

Un último aspecto esencial de la doctrina teresiana, que quiero subrayar, es la perfección, como aspiración de toda la vida cristiana y meta final de la misma. La santa tiene una idea muy clara de la «plenitud» de Cristo, que el cristiano revive. Al final del recorrido del Castillo interior, en la última «morada» Teresa describe esa plenitud, realizada en la inhabitación de la Trinidad, en la unión con Cristo a través del misterio de su humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, santa Teresa de Jesús es verdadera maestra de vida cristiana para los fieles de todos los tiempos. En nuestra sociedad, a menudo carente de valores espirituales, santa Teresa nos enseña a ser testigos incansables de Dios, de su presencia y de su acción; nos enseña a sentir realmente esta sed de Dios que existe en lo más hondo de nuestro corazón, este deseo de ver a Dios, de buscar a Dios, de estar en diálogo con él y de ser sus amigos. Esta es la amistad que todos necesitamos y que debemos buscar de nuevo, día tras día. Que el ejemplo de esta santa, profundamente contemplativa y eficazmente activa, nos impulse también a nosotros a dedicar cada día el tiempo adecuado a la oración, a esta apertura hacia Dios, a este camino para buscar a Dios, para verlo, para encontrar su amistad y así la verdadera vida; porque realmente muchos de nosotros deberían decir: «no vivo, no vivo realmente, porque no vivo la esencia de mi vida».

Por esto, el tiempo de la oración no es tiempo perdido; es tiempo en el que se abre el camino de la vida, se abre el camino para aprender de Dios un amor ardiente a él, a su Iglesia, y una caridad concreta para con nuestros hermanos. Gracias.