jueves, 24 de abril de 2014

JUAN XXIII. SÓLO POR HOY...

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de m i vida todo de una vez.

2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mi mismo.

3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en este también.

4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos procuraré que nadie se entere.

8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9. Sólo por hoy creeré firmemente aunque las circunstancias demuestren lo contrario- que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.

10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

Juan XXIII

JUAN PABLO II y el mendigo...

Un sacerdote norteamericano de la diócesis de Nueva York se disponía a rezar en una de las parroquias de Roma cuando, al entrar, se encontró con un mendigo. Después de observarlo durante un momento, el sacerdote se dio cuenta de que conocía a aquel hombre. ¡Era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el mismo día que él¡. Ahora mendigaba por las calles.


El sacerdote, tras identificarse y saludarle, escuchó de labios del mendigo cómo había perdido su fe y su vocación. Quedó profundamente estremecido. Al día siguiente el sacerdote llegado de Nueva York tenía la oportunidad de asistir a la Misa privada del Papa al que podría saludar al final de la celebración, como suele ser la costumbre. Al llegar su turno sintió el impulso de arrodillarse ante el santo Padre y pedir que rezara por su antiguo compañero de seminario, y describió brevemente la situación al Papa.

Un día después recibió la invitación del Vaticano para cenar con el Papa, en la que solicitaba llevara consigo al mendigo de la parroquia. El sacerdote volvió a la parroquia y le comentó a su amigo el deseo del Papa. Una vez convencido el mendigo, le llevó a su lugar de hospedaje, le ofreció ropa y la oportunidad de asearse. El Pontífice, después de la cena, indicó al sacerdote de Nueva York que los dejara solos, y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado, respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: "una vez sacerdote, sacerdote siempre". "Pero estoy fuera de mis facultades de presbítero", insistió el mendigo. "Yo soy el obispo de Roma, me puedo encargar de eso", dijo el Papa.


El hombre escuchó la confesión del Santo Padre y le pidió a su vez que escuchara su propia confesión. Después de ella lloró amargamente. Al final Juan Pablo II le preguntó en qué parroquia había estado mendigando, y le designó asistente del párroco de la misma, y encargado de la atención a los mendigos.

miércoles, 23 de abril de 2014

BEATO JUAN PABLO II: LAS VICTORIAS VENDRÁN POR MARÍA

«¡No tengáis miedo!», decía Cristo a los apóstoles (Lucas 24,36) y a las mujeres (Mateo 28,10) después de la Resurrección. En los textos evangélicos no consta que la Señora haya sido destinataria de esta recomendación; fuerte en Su fe, Ella «no tuvo miedo».

El modo en que Maria participa en la victoria de Cristo yo lo he conocido sobre todo por la experiencia de mi nación. De boca del cardenal Stefan Wyszynski sabía también que su predecesor, el cardenal August Hlond, al morir, pronunció estas significativas palabras: «La victoria, si llega, llegará por medio de Maria.»

Durante mi ministerio pastoral en Polonia, fui testigo del modo en que aquellas palabras se iban realizando.Mientras entraba en los problemas de la Iglesia universal, al ser elegido Papa, llevaba en mí una convicción semejante: que también en esta dimensión universal, la victoria, si llega, será alcanzada por María. Cristo vencerá por medio de Ella, porque Él quiere que las victorias de la Iglesia en el mundo contemporáneo y en el mundo del futuro estén unidas a Ella.


(Tomado del libro Cruzando el umbral de la esperanza, capítulo: No tengais miedo)

jueves, 17 de abril de 2014

HANS URS VON BALTHASAR: JUEVES SANTO


La liturgia de esta celebración se sale de lo normal en cuanto que la primera lectura describe la anticipación veterotestamentaria de la cena: la comida del cordero pascual, y la segunda lectura, de san Pablo, su consumación en el Nuevo Testamento, que lo que el evangelio no necesita narrar otra vez la institución de la Eucaristía, sino que más bien describe la actitud interior de Jesús en esta su sangre a la Iglesia y al mundo: en la conmovedora escena del lavatorio de los pies. Esta escena, seguramente Esta escena, seguramente histórica, debe abrir los ojos de los discípulos para que comprendan lo que en verdad se realiza en la Eucaristía en toda celebración eucarística de la Iglesia.

El cordero pascual. En este primer relato, que se comprende de diversos elementos, de la cena pascual todo debe comprenderse en función de su futura consumación en la celebración cristiana. Primero se exige, un animal sin defecto, macho (de un año), cordero o cabrito como víctima: sólo el mejor será lo bastante bueno para ello, pues debe ser sin tacha. Después la cena ha de comerse, con la cintura ceñida, las sandalias en los pies y un bastón en la mano, y toda prisa. Cristianamente hablando esto sólo puede significar que el cristiano debe estar dispuesto a dejar el mundo de los mortales para ir hacia Dios a través del desierto de la muerte, para entrar en la tierra prometida, y vivir al lado de Dios; no para continuar viviendo en la comodidad o caminar sin preocupaciones hacia un futuro terrestre. Porque el Cordero cristiano es el Resucitado que nos introduce, tras resucitar con él, en una vida escondida con el Mesías en Dios (Col 3,3). Y finalmente con la sangre del cordero debemos rociar las jambas y dinteles de nuestras puertas para que el juicio de Dios pase de largo. Sólo si se encuentra sobre nosotros la sangre de Cristo nos liberaremos del justo juicio, porque él ha salido airoso en el juicio sobre el pecado y se ha convertido como redentor en nuestro juez.

La Eucaristía. Pablo refiere la “tradición que ha recibido”: la oración de acción de gracias de Jesús sobre el pan: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lo mismo con el cáliz, que es la nueva alianza sellada con mi sangre. Y añade que toda comida eucarística es proclamación de la muerte del Señor. La ceremonia veterotestamentaria adquiere todo su sentido, de una profundidad insondable: El cuerpo que se entrega por vosotros la alianza sellada con su sangre, significa abnegación, entrega de amor hasta el extremo, y esto hasta tal punto que el que se sacrifica se convierte en comida y bebida de aquellos por los que se ha ofrecido: se dice haced esto y no simplemente recibid esto. Lo mismo se repetirá en Pascua cuando el Resucitado diga: A quienes les perdonéis los pecados, y no simplemente recibid mi perdón y el de mi Padre. Es como si lo máximo que podríamos imaginarnos, que el Hombre-Dios se entrega a nosotros, sus asesinos, como comida para la vida eterna, quedara superado una vez más: que nosotros mismos debemos realizar lo que ha sido hecho por nosotros, ofreciendo el sacrificio del Hijo del Padre.


El lavatorio de los pies es una prueba del amor hasta el extremo (Jn 13,1), un acto de amor que Pedro percibe, y es comprensible que así lo perciba, como algo completamente inadmisible, como el mundo al revés. Pero precisamente esta inversión de la realidad es lo más correcto, lo que hay que dejar que suceda primero en uno, y exactamente así como lo hace Jesús, ni más ni menos, en la humillación por su amor infinito, para después tomar ejemplo de ello (Jn 13,14) y realizar el mismo abajamiento de amor con los hermanos. En el evangelio esto es la demostración tangible de lo que se dará inmediatamente después a la Iglesia en el misterio de la Eucaristía: en correspondencia, los cristianos deben convertirse en comida y bebida agradables los unos para los otros.

PAPA FRANCISCO: HAY QUE TOMAR EL CRUCIFIJO Y BESAR LAS LLAGAS...

CIUDAD DEL VATICANO, 16 de abril de 2014 (Zenit.org) - 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! 


Hoy, a mitad de la Semana Santa, la liturgia nos presenta un episodio triste, el relato de la traición de Judas, que va donde los jefes del Sanedrín para negociar y entregarles a su Maestro. '¿Cuánto me dais si os lo entrego?' Y Jesús desde ese momento tiene un precio. Este acto dramático marca el inicio de la Pasión de Cristo, un doloroso camino que Él elige con libertad absoluta. Él mismo lo dice claramente: "Yo doy mi vida ... Nadie me la quita: la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y el poder de recobrarla" (Jn 10, 17-18). Y así comienza el camino de la humillación, del despojo, con esta traición. Es como si Jesús estuviera en el mercado. 'Este cuesta treinta denarios'. Y Jesús recorre este camino de la humillación y el despojo hasta el final.

Jesús alcanza la humillación completa con la "muerte en la cruz". Se trata de la peor de las muertes, la destinada a los esclavos y a los delincuentes. Jesús era considerado un profeta, pero muere como un delincuente. Mirando a Jesús en su pasión, vemos como en un espejo también el sufrimiento de toda la humanidad y encontramos la respuesta divina al misterio del mal, del dolor, de la muerte. Muchas veces sentimos horror por el mal y el dolor que nos rodea y nos preguntamos: '¿Por qué Dios permite esto?'. Es una herida profunda para nosotros ver el sufrimiento y la muerte, ¡especialmente la de los inocentes! Cuando vemos sufrir a los niños, es una herida en el corazón, el misterio del mal, y Jesús toma todo este mal, todo este sufrimiento sobre sí. Esta semana nos hará bien a todos nosotros mirar el crucifijo, besar las llagas de Jesús, besarlas en el crucifijo. Él ha tomado sobre sí el sufrimiento humano, se ha endosado todo ese sufrimiento.


Nosotros creemos que Dios en su omnipotencia derrote la injusticia, el mal, el pecado y el sufrimiento con una triunfante victoria divina. Dios nos muestra en cambio una humilde victoria que humanamente parece un fracaso. Y podemos decir:'¡Dios vence precisamente en la derrota!' El Hijo de Dios, de hecho, aparece en la cruz como un hombre derrotado: padece, es traicionado, es insultado y finalmente muere. Jesús permite que el mal se encarnice con él y lo toma sobre sí mismo para vencerlo. Su pasión no es un accidente; su muerte -esa muerte- estaba "escrita". Verdaderamente no tenemos mucha explicación. Es un misterio desconcertante, el misterio de la gran humildad de Dios: "Dios amó tanto al mundo que le entregó a su Hijo unigénito" (Jn 3, 16).


Esta semana pensemos mucho en el dolor de Jesús y digámonos a nosotros mismos: 'Y esto es por mí, aunque yo hubiera sido la única persona en el mundo, él lo habría hecho, lo ha hecho por mí'. Besemos al crucificado y digamos: 'Por mí, gracias Jesús, por mí'.


Y cuando todo parece perdido, cuando ya no queda nadie porque golpearán "al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño" (Mt 26, 31), es entonces cuando interviene Dios con el poder de la resurrección. La resurrección de Jesús no es el final feliz de un bonito cuento, no es el "happy end" de una película, sino la intervención de Dios Padre, y es allí donde se funda la esperanza humana. En el momento en el que todo parece perdido, en el momento del dolor en el que tantas personas sienten como la necesidad de bajar de la cruz, es el momento más cercano a la resurrección. La noche se hace más oscura precisamente antes de que empiece la mañana, antes de que empiece la luz. En el momento más oscuro interviene Dios y resucita.


Jesús, que ha elegido pasar por este camino, nos llama a seguirlo en su mismo camino de humillación. Cuando en ciertos momentos de la vida no encontramos ninguna vía de escape a nuestras dificultades, cuando nos hundimos en la oscuridad más espesa, es el momento de nuestra humillación y despojo total, la hora en la que experimentamos que somos frágiles y pecadores. Es precisamente entonces, en ese momento, que no debemos enmascarar nuestro fracaso, sino abrirnos confiados a la esperanza en Dios, como hizo Jesús.


Queridos hermanos y hermanas, esta semana nos hará bien tomar el crucifijo en la mano y besarlo muchas veces, y decir: 'Gracias Jesús, gracias Señor'.

miércoles, 9 de abril de 2014

PAPA FRANCISCO : DON DE LA SABIDURÍA

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Iniciamos hoy un ciclo de catequesis sobre los dones del Espíritu Santo. Saben que el Espíritu Santo constituye el alma, el alma vital de la Iglesia y de todo símbolo cristiano: es el Amor de Dios que hace de nuestro corazón su morada y entra en comunión con nosotros. Él está siempre con nosotros.

El Espíritu mismo es “el don de Dios” por excelencia (cfr Gv 4,10), y a su vez comunica a quien lo recibe diversos dones espirituales. La Iglesia especifica siete, número que simbólicamente dice plenitud, lo completo; son los que se aprenden cuando nos preparamos para el sacramento de la Confirmación y que invocamos en la antigua oración llamada “Secuencia al Espíritu Santo”: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, y temor de Dios. Ya el profeta Isaías los menciona, hablando del Espíritu que se posaría sobre el Mesías y que habría guiado su acción de salvación (cfr 11,2).

1. El primer don del Espíritu Santo, según la lista tradicional, es por tanto la sabiduría. No se trata sencillamente la sabiduría humana, fruto del conocimiento y de la experiencia. En la Biblia se relata que a Salomón, en el momento de su coronación como rey de Israel, Dios le ofrece el don que él quiera. Salomón no le pide la riqueza, el éxito, la fama o una vida larga y feliz sino que le pide “un corazón dócil, que sepa distinguir el bien del mal” (1Re 3,9).

La sabiduría es exactamente esto: es la gracia de poder ver todas las cosas con los ojos de Dios. A veces vemos las cosas según nuestro parecer, según la situación de nuestro corazón, con amor, con odio, con envidia, esto no es el ojo de Dios. La sabiduría es lo que el Espíritu Santo hace en nosotros para que veamos todas las cosas con los ojos de Dios. Se trata de una luz interior, que solo el Espíritu Santo puede dar y que nos hace capaces de reconocer la impronta de Dios en nuestra vida y en nuestra historia.

2. La sabiduría, por tanto, no nace tanto de la inteligencia o del conocimiento que podamos tener, sino de la intimidad con Dios. ¡Cuántas veces encontramos personas que no han estudiado y ciertamente tienen este don! Cuando estamos en comunión con el Señor, el Espíritu es cómo si transfigurase nuestro corazón y les hiciese percibir todo su calor y su predilección. Esto quiere decir que el don de la sabiduría hace de un cristiano un contemplativo: todo le dice cosas sobre Dios y se convierte en signo de su misericordia y de su amor. Se trata verdaderamente de una experiencia sobrenatural: significa sentirse siempre con el Señor, sentirse entre sus manos y compartir su alegría, su paz y su irrefrenable pasión por todos los hombres. El todo en un espíritu de profunda gratitud, donde en todas las cosas aparece su belleza y se convierte en un motivo para dar gloria a Dios.

3. El Espíritu Santo hace del cristiano un “sabio”. Esto, no en el sentido de que tiene respuesta para todas las cosas, que sabe todo, sino en el sentido de que “sabe” de Dios, que su corazón y su vida tienen el gusto, el sabor de Dios. ¡Lo importante que es que en nuestras comunidades haya cristianos así! Todo en ellos habla de Dios y se convierte en un signo bello y vivo de su presencia y de su amor. Y es algo que no podemos improvisar, que no podemos procurarnos por nosotros mismos: es un don que Dios hace a los que son dóciles a su Espíritu.

Todo esto nos interpela personalmente. Cada uno de nosotros puede preguntarse: “Mi persona y mi vida ¿tienen sabor o no saben a nada, son insípidas? ¿Puedo decir que tienen el sabor del Evangelio? ¿El perfume de Cristo?”. El que nos encuentra percibe enseguida si somos hombres o mujeres de Dios o no… Si nos movemos por nosotros mismos, en base a nuestras ideas, nuestros propósitos, o bien por su Espíritu que habita en nuestro corazón… Y si está en nosotros la sabiduría que viene de Dios, podemos distinguir el bien del mal, y convertirnos en expertos de las cosas de Dios, comunicar a los demás su dulzura y su amor.+ 

lunes, 7 de abril de 2014

SAN AGUSTÍN : LA MISERABLE Y LA MISERICORDIA


Considerad ahora cómo pusieron a prueba su mansedumbre los enemigos del Señor. Los escribas y fariseos le presentan una mujer sorprendida en adulterio, la colocan en el medio y le dicen: Maestro, esta mujer acaba de ser sorprendida en adulterio. Moisés, en su ley, nos manda apedrear esta clase de mujeres; tú ¿qué dices? Palabras que decían tentándole con el fin de poderle acusar (Jn 8,3-6). 
Mas ¿de qué podían acusarle? ¿Le habían sorprendido a él en algún crimen o se ponía de algún modo aquella mujer en relación con él? ¿Qué significan pues, las palabras: Tentándole para tener de qué acusarle? Aquí se ve, hermanos, cómo descuella la admirable mansedumbre del Señor. Se dieron cuenta de que era dulce y manso en extremo, ya que estaba predicho de él: Ciñe tu espada al muslo, ; oh poderosísimo! Avanza, camina felizmente y reina con tu belleza y hermosura en atención a tu verdad, mansedumbre y justicia (Sal 44,4-5). Él nos trajo la verdad como maestro, la mansedumbre como libertador y la justicia como juez. Por eso el profeta predijo que reinaría en el Espíritu Santo (Is 11). Cuando hablaba se reconocía la verdad; cuando no reaccionaba a los ataques de los enemigos, se elogiaba su mansedumbre.


Sus enemigos se consumían de odio y envidia por ambas cosas, por su verdad y su mansedumbre, y quisieron echarle un lazo en la tercera, es decir, en su justicia. ¿Cómo? La ley ordenaba lapidar a las adúlteras; la ley que no podía ordenar injusticia alguna. Si él decía algo distinto de lo ordenado por la ley, se le debería considerar injusto. Cuchicheaban ellos entre sí: Se le considera amigo de la verdad y parece lleno de mansedumbre; debemos de tenderle una trampa respecto a la justicia; presentémosle una mujer sorprendida en adulterio y recordémosle lo que está mandado en la ley al respecto. Si ordena que sea lapidada, habrá perdido su mansedumbre, y si juzga que se la debe absolver, no salvará la justicia. Para no perder su mansedumbre, decían, por la que se ha hecho tan amable para el pueblo, dirá indudablemente que debe ser absuelta. Ésta será la ocasión de acusarle y declararle reo como trasgresor de la ley, objetándole: «Tú eres enemigo de la ley; sentencias contra Moisés; más aún, contra quien dio la ley; eres reo de muerte y has de ser apedreado con ella».

¡Qué palabras y razonamientos tan adecuados para encender más la pasión de la envidia y avivar aún más el fuego de la acusación y para exigir con insistencia la condenación! Y todo esto, ¿contra quién? La perversidad contra la rectitud, la falsedad contra la verdad, el corazón pervertido contra el corazón recto y la necedad contra la sabiduría. ¿Cuándo iban a preparar lazos en que no cayeran antes ellos? Mirad como la respuesta del Señor deja a salvo la justicia sin detrimento de su mansedumbre. No cayó prendido aquel a quien se tendía el lazo, sino quienes lo tendían: es que no creían en quien podía librarlos de los lazos.

¿Qué respuesta dio, pues, el Señor Jesús? ¿Cuál fue la respuesta de la verdad? ¿Cuál la de la sabiduría? ¿Cuál la de la justicia en persona a la que iba dirigida la trampa? La respuesta no fue: «No se la lapide», para no dar la impresión de que actuaba contra la ley; tampoco esta otra: «Sea lapidada», pues no había venido a perder lo que había hallado, sino a buscar lo que se había perdido (Lc 10,10). ¿Qué respondió? Observad qué respuesta saturada de justicia, de mansedumbre y de verdad: El que de vosotros esté sin pecado, arroje el primero la piedra contra ella (Jn 8,7).

¡Contestación digna de la sabiduría! ¡Cómo les hizo entrar dentro de sí mismos! Dedicados a calumniar continuamente a los demás, no se examinaban a sí mismos; clavaban los ojos en la adúltera, pero no en sí mismos. Siendo personalmente transgresores de la ley, querían que se cumpliese, en base a toda clase de argucias, no según las exigencias de la verdad, como sería condenar el adulterio en nombre de la propia castidad. Acabáis de oír, judíos, fariseos y doctores de la ley, acabáis de oírle como cumplidor de la ley, pero aún no habéis advertido que es el dador de la misma. ¿Qué quiere darnos a entender cuando escribe con el dedo en la tierra? La ley fue escrita con el dedo de Dios, pero en piedra, por la dureza de sus corazones. Ahora el Señor escribía ya en tierra porque quería sacar de ella algún fruto. Lo acabáis de oír. Cúmplase la ley; sea lapidada.

Pero, ¿es justo que ejecuten el castigo prescrito por la ley quienes deben ser castigados con ella? Mire cada uno a sí mismo; entre en su interior y póngase ante el tribunal de su corazón y de su conciencia y se verá obligado a hacer su confesión. Sabe quien es: No hay nadie que conozca la interioridad del hombre, sino el espíritu del hombre que mora en él (1 Cor 2,11). Todo el que dirige la mirada a su interior se descubre pecador. Está claro que es así. Luego, o tenéis que dejarla libre o tenéis que someteros juntamente con ella al peso de la ley. Si la sentencia del Señor hubiese ordenado que no se lapidara a la adúltera, pasaría por injusto. Si ordenaba la lapidación perdería la mansedumbre. La sentencia del justo y manso no podía ser otra: Quien de vosotros esté sin pecado, que arroje el primero la piedra contra ella. Es la justicia la que la sentencia: «Sufra el castigo la pecadora, pero no por manos de pecadores; cúmplase la ley, pero no por manos de sus transgresores». He aquí la sentencia de la justicia. Heridos por ella como por un grueso dardo, se miran a si mismos, se ven reos y salen todos de allí uno detrás de otro (Jn 8,9). Sólo quedan dos allí: la miserable y la Misericordia. Y el Señor, después de haberles clavado en el corazón el dardo de su justicia, no se digna ni siquiera mirar cómo van desapareciendo; aparta de ellos su vista y se pone de nuevo a escribir con el dedo en la tierra (Jn 8,8).

Sola aquella mujer e idos todos, levantó sus ojos y los fijó en ella. Ya hemos oído la voz de la justicia. ¡Qué aterrada debió quedar aquella mujer cuando oyó decir al Señor: Quien de vosotros esté sin pecado arroje contra ella el primero la piedra! Mas ellos se miran a sí mismos y, confesándose reos con su fuga, dejan sola a aquella mujer con su gran pecado en presencia de quien no tenía pecado. Como ella le había oído decir: El que esté sin pecado arroje contra ella el primero la piedra, esperaba que ejecutase el castigo aquel en quien no podía hallarse pecado alguno. Mas el que había alejado de sí a sus enemigos con las palabras de la justicia, clava en ella los ojos de la mansedumbre y le pregunta: ¿Nadie te ha condenado? Nadie, Señor, confiesa ella. Y él: Ni yo mismo te condeno; ni yo mismo, por quien tal vez temiste ser castigada, porque no hallaste en mí pecado alguno. Ni yo mismo te condeno. ¿Qué es esto? ¿Favoreces los pecados? Es claro que no es verdad. Mira lo que sigue: Vete y no peques más en adelante (Jn 8,10-11). El Señor dio la sentencia de condenación contra el pecado, no contra el hombre. Si fuera favorecedor del pecado, le habría dicho: «Ni yo mismo te condeno, vete y vive como quieras; bien segura puedes estar de mi absolución; peques lo que peques, yo mismo te libraré de las penas, incluidas las del infierno, y de sus verdugos». Pero no fue esta la sentencia.

PAPA FRANCISCO: LA MISERICORDIA DIVINA ES UNA GRAN LUZ DE AMOR Y DE TERNURA...

(RV).- (Con audio)  La misericordia divina es una gran luz de amor y de ternura, es la caricia de Dios sobre las heridas de nuestros pecados. Lo afirmó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.
A partir del Evangelio de la adúltera perdonada el Papa Francisco explicó el significado de la misericordia de Dios. Se trata del conocido episodio en que los fariseos y los escribas llevan ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio y le preguntan qué hacer de ella, teniendo en cuenta que la ley de Moisés preveía la lapidación, por tratarse de un pecado considerado gravísimo.
“El matrimonio – afirmó el Papa – es el símbolo y también una realidad humana de la relación de Dios con su pueblo. Y cuando se arruina el matrimonio con un adulterio, se ensucia esta relación de Dios con el pueblo”. Pero los escribas y los fariseos plantean esta pregunta para tener un motivo para acusarlo: “Si Jesús hubiera dicho: ‘Sí, sí, adelante con la lapidación’, habrían dicho a la gente: ‘Pero éste es su maestro tan bueno… ¡Miren qué cosa ha hecho con esta pobre mujer!’. Y si Jesús hubiera dicho: ‘¡No, pobrecita! ¡Perdónenla!’, habrían dicho: ‘¡No cumple la ley!’… A ellos no les importaba la mujer; no les importaban los adúlteros, quizá alguno de ellos era adúltero… ¡No les importaba! ¡Sólo les importaba tender una trampa a Jesús!”. De ahí la respuesta del Señor: “¡Quien de ustedes esté sin pecado, arroje la primera piedra contra ella!”.
El Evangelio – observó el Papa – con “cierta ironía”, dice que los acusadores “se fueron, uno a uno, comenzando por los más ancianos. Se ve – dijo Francisco – que éstos en el banco del cielo tenían una buena cuenta corriente contra ellos”. Y Jesús permanece solo con la mujer, como un confesor, diciéndole: “Mujer, ¿dónde estoy? ¿Nadie te ha condenado? ¿Dónde estoy? Estamos solos, tú y yo. Tú ante Dios, sin las acusaciones, sin las habladurías. ¡Tú y Dios! ¿Nadie te ha condenado?”. La mujer responde: “¡Nadie Señor!”, pero no dice: “¡Ha sido una falsa acusación! ¡Yo no cometí adulterio!”, “reconoce su pecado”. Y Jesús afirma: “¡Ni siquiera yo te condeno! Ve, ve y de ahora en adelante no peques más, para no pasar un feo momento como este; para no pasar tanta vergüenza; para no ofender a Dios, para no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo”. “¡Jesús perdona! – afirmó el Papa –. Pero aquí se trata de algo más que el perdón”:
“Jesús supera la ley y va más allá. No le dice: ‘¡El adulterio no es pecado!’. ¡No lo dice! Pero no la condena con la ley. Y éste es el misterio de la misericordia. Éste es el misterio de la misericordia de Jesús”.
“La misericordia – observó Francisco – es algo difícil de comprender”:
“Pero, ‘Padre, la misericordia ¿borra los pecados?’. ‘No, ¡lo que borra los pecados es el perdón de Dios!’. La misericordia es el modo con que Dios perdona. Porque Jesús podía decir: ‘Yo te perdono. ¡Ve!’, como dijo a aquel paralítico que le habían presentado desde el techo: ‘¡Te son perdonados tus pecados!’. Aquí dice: ‘¡Ve en paz!’. Jesús va más allá. Le aconseja que no peque más. Aquí se ve la actitud misericordiosa de Jesús: defiende al pecador de sus enemigos; defiende al pecador de una condena justa. También nosotros, cuántos de nosotros, quizá deberíamos ir al infierno, ¿cuántos de nosotros? Y esa condena es justa… y Él perdona más allá. ¿Cómo? ¡Con esta misericordia!”.
“La misericordia – afirmó el Papa – va más allá y hace la vida de una persona de tal modo que el pecado es arrinconado. Es como el cielo”:
“Nosotros miramos el cielo, tantas estrellas, tantas estrellas; pero cuando sale el sol, por la mañana, con tanta luz, las estrellas no se ven. Y así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura. Dios perdona pero no con un decreto, sino con una caricia, acariciando nuestras heridas del pecado. Porque Él está implicado en el perdón, está implicado en nuestra salvación. Y así Jesús hace de confesor: no la humilla, no le dice ‘¡Qué has hecho, dime! ¿Y cuándo la has hecho? ¿Y cómo lo has hecho? ¿Y con quién lo has hecho?’. ¡No! ‘¡Ve, ve y de ahora en adelante no peques más!’. Es grande la misericordia de Dios, es grande la misericordia de Jesús. ¡Perdonarnos, acariciándonos!”.

domingo, 6 de abril de 2014

DIÁCONO JORGE NOVOA: LÁZARO SAL FUERA


Cada año recibimos la llegada de la Cuaresma con renovada esperanza, pero en muchas ocasiones pensamos que esta palabra obrará en nosotros mágicamente, y esperamos que cual artilugio de mago, por el solo hecho de pronunciarla nos dispondrá a recibir frutos abundantes. La Cuaresma es un tiempo de decisión que expresa la invitación de Dios a abandonar la vida de pecado. Esta invitación a partir, se ve claramente en la lectura de la salida de Abraham, que se nos propone al inicio de la Cuaresma. " Sal de tu tierra..."

Hay que aceptar partir de la tierra del egoísmo, la injusticia, la ambición desmedida, la explotación, el orgullo, la vanidad, la lujuria y tantas otras manifestaciones del pecado en la vida de los hombres. Hay que partir y abandonarlo todo. En realidad, la vida que llevamos alejados de Dios, es un "espejismo vital", una forma aparente de vida que no sacia y que conduce lenta y paulatinamente a la desolación, más que vida es muerte y por ello parece ser que el sepulcro es el lugar escogido para habitar.

Cuántos sepulcros culturales son propuestos como verdaderos palacios! Cuántos compramos en cuotas, e incluso, de cuántos somos arquitectos nosotros mismos. Nuestros sepulcros se fueron construyendo a partir de esas realidades que nos han ido encerrando, aislando, incomunicando y debilitando, y así, poco a poco, hemos ido entrando en ellos.
El pecado comunica únicamente la muerte, pues no da ningún signo vital, en el venial será preparación para ella o participación y en el mortal experiencia de oscuridad y desesperanza. Nosotros por la vida de pecado nos vamos introduciendo lentamente en el sepulcro, y el mal espíritu nos susurra al final de nuestro camino, que corramos la loza que lo cierra definitivamente. Hay lozas en nuestros sentidos y en nuestro corazón que nosotros mismos ponemos a veces sin darnos cuenta. El pecado claramente se manifiesta como un suicidio espiritual…

El Señor se detiene delante de nuestros sepulcros para liberarnos de la loza que nos impide ver la luz y desde la puerta grita nuestros nombres.
Para nosotros el sepulcro es también toda situación límite. El temor a la muerte, el desaliento, el sentir que nos han dejado de lado, la falta de afecto, la ausencia de diálogo, la soledad, y tantas otras situaciones que nos van debilitando. La vida vivida así, queda reducida a la espera de la muerte. Este sepulcro condiciona toda nuestra vida, la llena de angustia, pesimismo e intranquilidad.

De ese sepulcro nos viene a liberar el Señor
. Jesús es el único que con voz potente anuncia una palabra de vida en todas las situaciones de muerte, solo su voz potente resquebraja las densas oscuridades que se nos presentan como límites, para iluminar nuestra existencia.

Su Palabra nos invita a partir. Sal de esta tierra de pecado y muerte, y dirígete hacia una que mana leche y miel. La Cuaresma es un tiempo de "escucha" de la Palabra del Señor destinada a ser la luz que ilumina este caminar.
Este camino que comienza en la oscuridad y llega hasta la luz; "comienza con pensamientos melancólicos sobre la muerte y la destrucción aparente del hombre (recuerda que eres polvo y al polvo regresarás) y arriba al anuncio de la vida resucitada que iluminará de alegría y de esperanza la noche de pascua; un camino que en la partida nos ofrece el camino áspero de nuestro interior, como reflejo de la transformación de los corazones y del universo obtenida para nosotros por la entrega de Cristo" (G. Biffi).

Jesús visita a sus amigos que sufren, no se desentiende del sufrimiento de ellos. Tampoco se desentiende de nuestros sufrimientos ¿Recurrimos a él como Marta y María? ¿Le pedimos que nos ayude a salir de éstas situaciones de muerte?¿Oramos con fe? La única oración que se pierde es aquella que no se realiza, aún aquella que hacemos distraídos o cansados la recoge el Señor.

Reconocemos su voz que nos invita a salir de nuestros sepulcros? Estamos dispuestos a partir en la dirección que nos envíe? La Cuaresma es un tiempo de limosna, ayuno y oración, estas acciones no son un fin en sí mismo, son medios para ayudarnos a salir de nuestros sepulcros. Son caminos por los que transita el corazón que quiere volverse a su Señor rechazando el pecado y sus consecuencias. La Cuaresma es peregrinación en dirección del Señor. Ayudamos Señor, a quitar a otros las piedras que cubren la salida del sepulcro? Grita el Señor en nosotros a otros, Sal fuera……..?

sábado, 5 de abril de 2014

HAN URS VON BALTHASAR: V DOMINGO DE CUARESMA (A)

Yo mismo abriré vuestros sepulcros. A medida que se aproxima la pasión de Jesús, el tiempo de Cuaresma acrecienta la esperanza de los pecadores que hacen penitencia. Si el hombre está espiritualmente muerto por su culpa, el Dios vivo es más grande que la muerte, su poder más fuerte que cualquier corrupción terrena. En ningún pasaje de la Antigua Alianza está esto más enérgicamente expresado que en la visión de Ezequiel (primera lectura), donde el profeta ve los huesos dispersos por el suelo revestirse de carne y ponerse en pie formando una muchedumbre inmensa.Dios, dice el libro de la Sabiduría, no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes.Todo lo creó para que subsistiera (Sb 1,13s).Israel se ha precipitado en la muerte con su rechazo del Dios viviente, pero la vitalidad de Dios es más fuerte y puede volver la vida y la fuerza de los huesos muertos.

En la Antigua Alianza esto es sólo una profecía para el futuro del pueblo,pero se convertirá inopinadamente en realidad por la resurrección de Cristo.Ahora, en la segunda lectura, se trata de nosotros los cristianos, que ciertamente debemos morir, pero que, en virtud de la resurrección de Jesús y de su Espíritu Santo que habita en nosotros, tenemos la seguridad de que Dios, por este Espíritu, vivificará también nuestros cuerpos mortales. La condición dice la epístola, es que no nos dejemos conducir por la carne, es decir, por lo mundano y perecedero sino por el Espíritu de Dios Padre y de Cristo. Con este Espíritu habita ya en nosotros el germen de la vida eterna de Dios y tenemos ya la prenda, la entrada asegurada, por así decirlo, en la vida de Dios. El cristiano que hace penitencia por sus pecados, no puede hacerla con tristeza, sino con la secreta alegría del que sabe a ciencia cierta que va el encuentro de la vida

La resurrección de Lázaro es el último signo de Jesús antes de su pasión; y se convierte también en un motivo inmediato de su arresto (Jn 11,47-56). El que va al encuentro de la muerte, quiere antes ver la muerte cara a cara. Por eso deja expresamente morir a Lázaro, a pesar de los ruegos de sus amigas, Marta y María, Jesús quiere postrarse ante el sepulcro de su amigo, cerrado con una losa, y llorar conmovido, consternado, irritado (sea cual sea la traducción elegida) a causa del terrible poder de este último enemigo (1 Cor 16,26), que sólo puede ser vencido desde dentro, desde lo más profundo de sí mismo. Sin estas lágrimas ante el sepulcro de Lázaro, Jesús no sería el hombre que es. Pero enseguida todo se precipita: primero viene la orden de quitar la piedra ( a pesar de la objeción de Marta); después la oración dirigida al Padre -porque el Hijo implora la fuerza de lo alto siempre que hace un milagro: nunca se trata de magia, sino de una fuerza que le viene desde arriba -finalmente la orden: ¡Lázaro, sal fuera!. Su poder sobre la muerte es parte de su misión, pero no será aún pleno poder hasta que,exhalando el Espíritu Santo hacia Dios y hacia la Iglesia, muera en la cruz. Esta muerte no será ya el destino de los hijos de Adán, sino la manifestación de la suprema entrega de Dios a los hombres en Cristo. Sólo porque muere de esta muerte de amor obediente, puede Jesús designarse a sí mismo como la resurrección y la vida y pronunciar estas palabras que acaban con el poder de la muerte :El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá.

viernes, 4 de abril de 2014

PAPA FRANCISCO: LOS PROFETAS SON SIEMPRE PERSEGUIDOS

BENEDICTO XVI: QUÉDATE CON NOSOTROS...!

ImagenQuédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre hayamos sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros se van haciendo más densas las sombras, y tú eres la Luz; en nuestros corazones se insinúa la desesperanza, y tú los haces arder con la certeza de la Pascua. Estamos cansados del camino, pero tú nos confortas en la fracción del pan para anunciar a nuestros hermanos que en verdad tú has resucitado y que nos has dado la misión de ser testigos de tu resurrección.

Quédate con nosotros, Señor, cuando en torno a nuestra fe católica surgen las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad:  tú, que eres la Verdad misma como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu Palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti.

Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día, cuando en torno a ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú que eres la Vida, quédate en nuestros hogares, para que sigan siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural.

Quédate, Señor, con aquellos que en nuestras sociedades son más vulnerables; quédate con los pobres y humildes, con los indígenas y afroamericanos, que no siempre han encontrado espacios y apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad. Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, que son la esperanza y la riqueza de nuestro continente, protégelos de tantas insidias que atentan contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas. ¡Oh buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos! ¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!

miércoles, 2 de abril de 2014

STANISLAO DZIWISZ: EL SUFRIMIENTO DE JUAN PABLO II


Sólo ahora, al final de este relato que he intentado hacer sobre los casi 40 años que pasé junto a Karol Wojtyla, sólo ahora, repito, me doy cuenta de que, cómo decirlo, he pasado totalmente por alto la parte relativa a las enfermedades, a los sufrimientos que padeció el Santo Padre.

Y debe hablar de ello. Porque- y lo digo, sin ningún énfasis. Ha sido un largo e ininterrumpido martirio. Juan Pablo II ha sufrido duramente en la carne, en su cuerpo, y ha sufrido en su espíritu, al verse obligado en determinados períodos a reducir, e incluso a interrumpir, las actividades ligadas a su misión de pastor universal. “En su vida la palabra cruz no es sólo una palabra”, dijo el cardenal Ratzinger, luego su sucesor.

Con todo- y probablemente ése es el motivo por el que no he hablado de ello hasta ahora-, Karol Wojtila había prendido a hacerle sitio al sufrimiento, en cuanto también es parte de la existencia humana, y, por tanto, sabía convivir con el dolor, con la enfermedad. Esto se debía, ante todo, a su espiritualidad, a la relación personal que había estrechado con Dios. “Deseo seguirlo”… iniciaba su testamento. Quería seguir al Señor, ésa era su elección fundamental, y por ello había comprendido que la vida es un don que hay que vivir totalmente, plenamente, hasta el fondo, y aceptaba cuanto Dios le reservaba.

Además hay que recordar que había conocido el dolor desde niño. Había perdido muy pronto a sus padres y a su hermano. Había sufrido un grave accidente cuando un camión alemán lo atropelló. Muchos de sus amigos desaparecieron en la guerra. Y había padecido bajo el nazismo, primero, y luego, con todas las responsabilidades que tenía como obispo, bajo el régimen comunista.

Igual que hay que recordar-ya siendo Papa- el dramático suceso del atentado. El dolor que experimentó entonces no se redujo a lo que sufrió cruelmente en su carne, al que le llevó ante las puertas de la misma muerte; estaba también ese otro dolor, el que siente quien ha sido herido en el espíritu, en lo más profundo de sí mismo, quién no consigue entender porqué otro hombre ha apuntado una pistola contra él con la intención de asesinarlo. A él, que siempre había estado en contra de la violencia. De todo tipo de violencia.

Recuerdo que cuando abandonamos el Gemelli dijo que le estaba agradecido a Dios por haberle salvado la vida, pero también porque le había concedido formar parte de la comunidad de los enfermos que sufrían allí, en aquel hospital…
Fuente: Una vida con Karol, Stanislao Dziwisz pag 232 (un libro oportuno para leer en este tiempo)

jueves, 27 de marzo de 2014

DIÁCONO JORGE NOVOA: LA TENTACIÓN Y LA CAIDA (Gn 3)

El relato de la caída, tomado del capítulo 3 del libro del Génesis, nos enseña la psicología de la
tentación y la estrategia del enemigo..

martes, 25 de marzo de 2014

MEDJUGORJE: MENSAJE 25 DE MARZO

Medjugorje-Gospa“¡Queridos hijos! Los invito de nuevo: comiencen la lucha contra el pecado como en los primeros días, vayan a la confesión y decídanse por la santidad. El amor de Dios fluirá al mundo a través de ustedes, la paz reinará en vuestros corazones y la bendición de Dios los llenará. Yo estoy con ustedes y ante mi Hijo Jesús intercedo por todos ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”