Homilía de S.S. Juan Pablo II durante el rezo de Vísperas «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (...) para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Ga 4, 45). Hemos llegado al final de un año solar: dentro de algunas horas, el año 1996 dejará su sitio al año nuevo, después de haber alcanzado, por decirlo así, su plenitud cronológica y la meta del camino comenzado hace 366 días. La expresión «plenitud de los tiempos» tiene una dimensión que podríamos definir «histórica», porque nos recuerda que el año que está llegando a su fin nos acerca a grandes pasos al inicio del tercer milenio. Sin embargo, con esa expresión, que se encuentra en la carta a los Gálatas, san Pablo desea evocar una dimensión más profunda que se refiere a todo lo que se realizó en la cueva de Belén: «envió Dios» al mundo «a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4, 4). En estas palabras revive el acontecimiento misterioso de la Noche santa: el unigénito y eterno Hijo de Dios «por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre» (Símbolo niceno-constantinopolitano). Entró en la historia de los hombres y, en cierto sentido, la superó.
Homilía de S.S. Juan Pablo II durante el rezo de Vísperas
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Hemos llegado al final de un año solar: dentro de algunas horas, el año 1996 dejará su sitio al año nuevo, después de haber alcanzado, por decirlo así, su plenitud cronológica y la meta del camino comenzado hace 366 días.
La expresión «plenitud de los tiempos» tiene una dimensión que podríamos definir «histórica», porque nos recuerda que el año que está llegando a su fin nos acerca a grandes pasos al inicio del tercer milenio. Sin embargo, con esa expresión, que se encuentra en la carta a los Gálatas, san Pablo desea evocar una dimensión más profunda que se refiere a todo lo que se realizó en la cueva de Belén: «envió Dios» al mundo «a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4, 4). En estas palabras revive el acontecimiento misterioso de la Noche santa: el unigénito y eterno Hijo de Dios «por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre» (Símbolo niceno-constantinopolitano). Entró en la historia de los hombres y, en cierto sentido, la superó.