martes, 28 de febrero de 2017

GIACOMO BIFFI: LA CUARESMA UNA AVENTURA DEL ESPÍRITU


Hoy iniciamos una aventura: una aventura del espíritu, que puede ser más emocionante y es ciertamente más seria y decisiva que cualquier aventura exterior. Justamente en estos términos debemos afrontar la experiencia cuaresmal, que una vez más nos propone la Iglesia, y que comenzamos desde este Miércoles de Ceniza.

La Cuaresma - como dijimos en la oración de apertura - es un "camino": un camino que comienza desde la oscuridad y llega a la luz; un camino que comienza con pensamientos melancólicos sobre la muerte y la destrucción aparente del hombre ("recuerda que eres polvo y al polvo regresarás") y arriba al anuncio de la vida resucitada que iluminará de alegría y de esperanza la noche de Pascua; un camino que en la partida nos ofrece el programa áspero de la penitencia para hacernos después llegar a la serenidad de una transformación de nuestro interior, como reflejo de la gran renovación de los corazones y del universo obtenida para nosotros por el sacrificio y el triunfo de Cristo.

Este es el "camino de Dios", y va en sentido contrario a aquel al que trata de seducirnos el "mundo"; el "mundo", comprende aquí en el sentido de "principado de Satanás" (Cf. Jn 12, 31).

El Enemigo del hombre y de la verdad - "homicida" y "mentiroso", como lo llama Jesús (Cf. Jn.8, 44)- primero nos encandila con los espejismos apetecibles del placer sin ley, de la prevaricación que parece querer asimilarse a la omnipotencia del Creador, de insólitos y afectados paraísos terrestres. Pero después nos dirige y nos incita hacia el disgusto, la desesperación, la disgregación física, la muerte sin consolación: de la ilusión a la desilusión, ese es su recorrido.

Dios que nos ama, en cambio, nos lleva de nuestra oscuridad a su luz; nos mueve de la consideración amarga de nuestras culpas, del confesar y del llorar, y de la incontestable endeblez, a la espera de un estado de felicidad sin fin, hacia el cual somos encaminados con la vida cristiana.

Bien mirado, este paso hacia la gratificadora certeza del perdón obtenido, de los pensamientos de muerte a la exultación de poder alcanzar la verdadera vida, recoge y reproduce el dinamismo que es propio del Sacramento del Bautismo.

Y, a decir verdad, nosotros sabemos que la Cuaresma es precisamente un itinerario "bautismal". Lo es ante todo para aquellos que se preparan de hecho a ser regenerados por el agua y el Espíritu Santo en la noche de Pascua (ellos son los catecúmenos, por los cuales elevamos especiales oraciones); pero también para todos nosotros que en estas semanas debemos redescubrir nuestra historia de Redención.

El Bautismo es un tema perenne en la espiritualidad de los discípulos de Jesús, su riqueza es imborrable y siempre activa, y la guardamos en la profundidad de nuestro ser. Pero en este tiempo nuestro, este tema asume una nueva actualidad.

Estamos llamados, ahora como nunca antes, a la comparación con tantos hermanos en la humanidad que no son cristianos; y es importante que hagamos emerger y robustecer nuestra propia identidad. 
Más todavía, estamos envueltos por una mentalidad ilustrada que todo lo reduce a la pura naturaleza, y así no deja espacio a Cristo y a su acción de rescate y renovación. 
Frecuentemente nos vemos enfrentados nada menos que con el retorno de la vieja mentalidad pagana, por tanto no se distingue más al creyente del no creyente, y ahora se llega incluso a no hacer mucha diferencia entre los hombres y los animales.

Es urgente entonces que regresemos a la plena consciencia de nuestra dignidad y de nuestras riquezas.

Dios nos concede un nuevo nacimiento en el Bautismo Así podemos reconocer en Él a un Padre deseoso de hacernos partícipes de su herencia de amor, de luz, de alegría.

El Bautismo, incorporándonos a Cristo, nos permite volver a recorrer su mismo itinerario victorioso y vivificante: "Fuimos, pues, con él sepultados por el Bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rom 6,4)

El Bautismo nos confiere el "sacerdocio real", nos agrega a la "nación santa", nos introduce en el "Pueblo que Dios se ha adquirido" (Cf. 1Pe.2,9); por lo tanto nos hace pertenecer a la Santa Iglesia Católica.

He aquí entonces el programa de esta Cuaresma.Se trata de renovar nuestro Bautismo, en toda su verdad y en toda su belleza. Debemos limpiar aquello que lo ofusca y cortar aquello que lo aprisiona y le impide fructificar.
Una superficialidad o una ausencia de una cultura religiosa, o al menos catequética, escondiendo a nuestra mirada las sublimes realidades bautismales, lo ofuscan.
Las incoherencias, las componendas, las infidelidades lo tienen encadenado en la inercia.

Que en esta Cuaresma sea más asidua y más comprometida la contemplación de la Palabra de Cristo, para que el Bautismo resplandezca como merece ante nuestra mente. Convirtámonos de una conducta culpable o incluso solamente mediocre, para que el Bautismo pueda verdaderamente desarrollar toda su espléndida eficacia de gracia, de caridad actuante, de alegría del alma.

BENEDICTO XVI: LA IMPOSICIÓN DE LAS CENIZAS


En todas las comunidades parroquiales se realiza hoy un gesto austero y simbólico: la imposición de las cenizas, y este rito es acompañado por dos fórmulas llenas de significado que constituyen un apremiante llamamiento a reconocerse pecadores y a volver a Dios. La primera fórmula dice: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (Cf. Génesis 3, 19). Estas palabras, tomadas del libro del Génesis, evocan la condición humana sometida al signo de la caducidad y de la limitación, y quieren llevarnos a poner únicamente la esperanza en Dios.

La segunda fórmula se remonta a las palabras pronunciadas por Jesús al inicio de su ministerio itinerante: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Marcos 1, 15). Es una invitación a hacer de la adhesión firme y confiada al Evangelio el fundamento de la renovación personal y comunitaria. La vida del cristiano es vida de fe, fundamentada en la Palabra de Dios y alimentada por ella. En las pruebas de la vida y en cada tentación, el secreto en la victoria consiste en escuchar la Palabra de verdad y en rechazar con decisión la mentira del mal. Éste es el programa auténtico y central del tiempo del Cuaresma: escuchar la Palabra de vedad, vivir, hablar y hacer la verdad, rechazar la mentira que envenena a la humanidad y que es la puerta de todos los males. Es urgente, por tanto, volver a escuchar, en estos cuarenta días, el Evangelio, la Palabra del Señor, Palabra de verdad, para que en todo cristiano, en cada uno de nosotros, se refuerce la conciencia de la verdad que le ha dado, que nos ha dado, para vivirla y ser sus testigos. La Cuaresma nos estimula a dejar que la Palabra de Dios penetre en nuestra vida y a conocer de este modo la verdad fundamental: quiénes somos, de dónde venimos, adónde tenemos que ir, cuál es el camino que hay que tomar en la vida. De este modo, el período de Cuaresma nos ofrece un camino ascético y litúrgico que, ayudándonos a abrir los ojos ante nuestra debilidad, nos hace abrir el corazón al amor misericordioso de Cristo.



El camino cuaresmal, al acercarnos a Dios, nos permite mirar con nuevos ojos a los hermanos y a sus necesidades. Quien comienza a ver a Dios, a contemplar el rostro de Cristo, ve con otros ojos al hermano, descubre al hermano, su bien, su mal, sus necesidades. Por este motivo, la Cuaresma, como tiempo de escucha de la verdad, es un momento propicio para convertirse al amor, pues la verdad profunda, la verdad de Dios, es al mismo tiempo amor. Un amor que sepa asumir la actitud de compasión y de misericordia del Señor, como he querido recordar en el Mensaje para la Cuaresma, que tiene por tema las palabras del Evangelio: “Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas” (Mateo 9, 36).


Consciente de su misión en el mundo, la Iglesia no deja de proclamar el amor misericordioso de Cristo, que sigue dirigiendo la mirada conmovida a los hombres y los pueblos de todos los tiempos: “Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad --escribía en el citado Mensaje cuaresmal--, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a la ”mirada” de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son una ocasión propicia para conformarnos con esa –mirada-” (párrafo 3), la mirada de Cristo, y para vernos a nosotros mismos, a la humanidad, a los demás, con su mirada. Con esto espíritu, entramos en el clima austero y orante de la Cuaresma, que es precisamente un clima de amor por el hermano.

Que sean días de reflexión y de intensa oración, en los que nos dejemos guiar por la Palabra de Dios, que la liturgia nos propone abundantemente. Que la Cuaresma sea, además, un tiempo de ayuno, de penitencia y de vigilancia sobre nosotros mismos, conscientes de que la lucha contra el pecado no termina nunca, pues la tentación es una realidad de todos los días y la fragilidad y los espejismos son experiencias de todos. Que la Cuaresma sea, por último, a través de la limosna, hacer el bien a los demás, que sea una ocasión sincera para compartir los dones recibidos con los hermanos para prestar atención a las necesidades de los más pobres y abandonados.

Que en este camino de penitencia nos acompañe María, la Madre del Redentor, que es maestra de escucha y de fiel adhesión a Dios. Que la Virgen María nos ayude a celebrar, purificados y renovados en la mente y en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de Cristo. Con estos sentimientos deseo a todos una buena y fecunda Cuaresma”.

miércoles, 22 de febrero de 2017

DESCUBRIMIENTO DE MARÍA EN EL TIEMPO: SEGUNDO PERÍODO

SEGUNDO PERÍODO: DEL EVANGELIO DE JUAN AL CONCILIO DE ÉFESO (90-431)

Al período de la Sagrada Escritura sigue un período complejo al que se puede asignar como término el año 431, año del Concilio de Éfeso en Oriente y que sigue a la muerte de San Agustín en Occidente. En este período, en el que se iluminan progresivamente el misterio de la maternidad divina, de la virginidad integral y de la santidad de María, se pueden distinguir, de un modo general, tres momentos: tiempo de calma y de silencio (90-190), tiempo de laboriosa vacilación (190-373), y tiempo de armoniosas soluciones (373-431).
1. Silenciosa maduración, descubrimiento de la antítesis Eva- María.

Después del período de la Sagrada Escritura, asistimos primariamente a un fenómeno regresivo. En la literatura cristina del siglo II, por lo que nosotros conocemos, la Virgen ocupa un lugar ínfimo. Son pocos los textos y se limitan generalmente a pálidas repeticiones de lo que Mt y Lc habían dicho de manera tan sabrosa: María es madre de Jesús; lo ha concebido virginalmente.
Sin embargo, al final de este siglo de reserva, el desarrollo se centra sobre un punto en particular. El paralelismo entre María y Eva, sugerido por san Juan se hace explícito en dos autores: San Justino (+163), que lo inaugura, e Ireneo (+202). Este último da, repentinamente, a este tema capital tal grado de desarrollo que en algunos puntos ya no será superado. Llega hasta llamar a María (cuya obediencia ha devuelto al mundo la vida perdida por la desobediencia de Eva), causa de salvación para todo el género humano.
Es preciso subrayar la importancia de este paralelismo, repetido por muchos autores. No será objeto de discusión, sino de meditaciones eminentemente positivas. Será el factor de un progreso decisivo. En efecto, el pensamiento de los Padres es intuitivo más que deductivo, simbólico más que lógico. Progresan no por silogismos, sino por confrontación de símbolos portadores de la verdad.
Entre María y Eva aparece un claro paralelismo de situaciones y una oposición interior: paralelismo de situación, porque en ambos casos se trata de la función de una mujer virgen y destinada a una maternidad universal, por un acto en el que está en juego la salvación de la humanidad; oposición interior, porque Eva desconfía de Dios y desobedece, mientras que María cree y obedece. Y el resultado es, por un aparte, el pecado y la muerte; y por otro, la salud y la vida para todos. Paralelamente a este contraste entre Eva y María, entre Eva, madre universal de la muerte, y María, madre universal de la vida, se dibuja otro: el contraste entre Eva, esposa de Adán, y la Iglesia, esposa de Cristo.
Este doble contraste engendra una relación totalmente armoniosa entre Eva y la Iglesia, según el esquema siguiente:
EVA
MARÍA IGLESIA
De estas tres figuras femeninas se desprende, pues, una idea general de lo que son la transfiguración de la humanidad salvada por Dios y su cooperación a su propia salvación. María aparece como la realización típica y eminente de esta cooperación y transfiguración. Aquí apareció una línea maestra, a cuyo derredor se desarrollará una gran parte de los progresos de la doctrina mariana, un eje al que se refieren las demás cuestiones.
2. Maternidad divina; Virginidad; santidad: tiempo de vacilaciones.

Después de esta fase casi silenciosa, al final de la cual se eleva la gran voz aislada de Ireneo, se asiste a un conjunto de esfuerzos penosos y contrarios. Cuatro puntos constituyen el objeto de esta primera reflexión teológica: el título de Madre de Dios; la virginidad de María después del nacimiento y en el nacimiento de Jesús (virginitas partum et virginitas in partu), y en fin, la santidad de María.
El título de Madre de Dios es atestiguado desde el siglo IV en la plegaria Sub tuum. No se comenzará a discutirlo seriamente hasta el tiempo en que esté universalmente propagado. Nestorio, que lo somete a discusión, parece haberlo empleado antes en su predicación. Los otros tres hechos, por el contrario, se precisan en la controversia.
La virginidad perpetua de María (virginitas post partum) fue negada por Tertuliano, y en pos de él, por algunos otros autores de los que el último conocido es Bonoso, condenado hacia 392.
La tesis de la integridad virginal de María en su alumbramiento (virginitas in partu) ofreció igualmente dificultad e hizo dudar al menos a san Jerónimo, intrépido defensor, por lo demás, de la virginidad perpetua.

Con más dificultad aún se descubre la santidad de María. Muchos son los que no sienten dificultad para hallar en María alguna duda u otros pecados, sobre todo entre los griegos. Son San Ambrosio y Agustín los que asientan definitivamente en Occidente la creencia en estas dos últimas verdades; más despacio, y sin grandes controversias, Oriente llegará pronto al mismo resultado. Después de Éfeso, desaparecen rápidamente los últimos rastros del error y de indecisión.

¿Por qué éstos titubeos iniciales?

Dios quiere dejar a la labor de la inteligencia humana el descubrimiento de algunos aspectos de la verdad, para lo cual ha dado los suficientes principios. Tal misión tiene su grandeza, es uno de los numerosos aspectos del designio que Dios tiene de asociar activamente a la humanidad a su propia salvación. Aquí, como en otros casos, la posibilidad de fracaso es el reverso de la libertad creada.

Con una comparación se podría ilustrar el proceso de estas defecciones. Cuando en un monumento antiguo se descubre un fresco oculto debajo de una capa de pintura, los primeros golpes del cincel dados sobre el revestimiento dañan a veces la imagen subyacente. Absorto el obrero en su trabajo de búsqueda no se da cuenta prontamente del desperfecto que está realizando. Algo semejante sucede en los siglos III y IV, y sucederá cada vez que se descubra un nuevo rasgo del semblante de la Virgen. Preocupados por algún otro tema, los predicadores, en busca de sorprendentes ejemplos, y los controversistas, arrastrados por el ardor de sus refutaciones tropiezan, como al azar, con la Madre del Señor, y, sin detenerse en ella, ávidos de otra cosa, niegan alguno de sus privilegios no declarados aún. Felizmente estos errores momentáneos, estos errores materiales son reparables (al contrario de los sufridos en el fresco), pues estamos en un orden de realidades vitales y espirituales: la verdad revelada lleva en sí misma un principio de regeneración.

Las vacilaciones se explican ordinariamente por la dificultad de conciliar dos aspectos complementarios del misterio cristiano, cuya dificultad no se deja reducir a una simplificación geométrica. Al principio se tiene de la Virgen una idea vaga, es objeto de una experiencia espiritual confusa. Una nueva cuestión surge con motivo de una cierta afinidad conceptual, o bajo la presión continua de un gran movimiento de ideas. A las soluciones parciales y opuestas sucede, con más o menos rapidez, la solución total, la solución verdadera. Ella satisface las exigencias de ambas partes y se integra armónicamente en el conjunto de la doctrina cristiana. La verdad, a la que conduce cada fase de la evolución del dogma, no es tanto la reacción contra un error cuanto el justo medio entre dos errores o (más exactamente y para eliminar la idea de compromiso que sugiere la expresión “justo medio”), es como la cumbre en donde se juntan dos vertientes de la verdad, es decir, dos aspectos parciales y complementarios que la constituyen en su integridad.

3. Solución progresiva

Estas observaciones aclaran el sentido de los conflictos que suscitaron en la Iglesia, desde el fin del siglo III hasta el año 431, las cuatro grandes cuestiones marianas.

La virginidad perpetua de María (virginitas post partum) debía hallar su justa expresión entre dos desviaciones. Sería un grave error proponerla como corolario de las tesis maniqueas sobre la perversidad intrínseca del matrimonio. Elvidio, adversario de los maniqueos (viendo en sus ideas una cierta reminiscencia de los promotores del ascetismo) y dejado llevar por su ardor, quiso privar a sus adversarios hasta de este pretexto. Quemándolo todo, como acaece en el ardor de la polémica, interpreta prematuramente los textos, interpreta prematuramente los textos evangélicos que tratan sobre los hermanos del Señor y propuso a María como modelo de madre de familia numerosa ¿Quién tenía razón? Ni los maniqueos ni estos adversarios intemperantes.
Estos puntos los esclarecieron San Jerónimo, Ambrosio y Agustín.
La cuestión de la virginidad de María en el nacimiento de Cristo (virginitas in partu) se hallaba en una situación más delicada aún. Los más inclinados a proponer esta doctrina eran los docetas, para quienes en cuerpo de Cristo no era más que una apariencia. Explicada en este sentido la tesis de la virginidad in partu, quedaba mancillada por el error. Durante un largo período debía ser objeto de desconfianza. Las dos exigencias de la fe: maternidad integral física y corporal, virginidad integral física y corporal, no eran fáciles de conciliar. Aun era preciso separa el hecho de los falsos principios de los que algunos la habían comprometido. Es lo que hizo San Ambrosio del modo que después veremos.
En lo referente a la santidad de María, la oposición, más compleja y menos perfilada, se resolvería sin gran controversia. Por un lado el descubrimiento progresivo de la santidad de la Virgen (íntimamente unida al de su Virginidad);por otro, la tendencia a subrayar frente a la tendencia farisaica de algunos ascetas, de que sólo Cristo es “santo” y todos los hombres pecadores. Solo Cristo es santo por sí mismo, el único metafísicamente impecable, el único que no tenía necesidad de Redención.
La oposición teológica más caracterizada surgió en torno al título Theotokos. Había que hallar la interpretación exacta entre dos errores opuestos. Uno el que inquietaba a Nestorio, hacía de la Virgen la madre de Cristo según su divinidad; interpretación tanto más peligrosa, cuánto que la mitología dejaba flotar en la imaginación el recuerdo de una madre de los dioses. Otro error, este de Nestorio en contra del primero, proscribía dicho título y no se reconocía la verdad en él contenida: negar que la madre de Cristo es madre de Dios era negar que Cristo fuese Dios. La Virgen es madre de Dios por haber engendrado, según la humanidad, un hijo que es personalmente Dios.

Aparte de una sana reacción contra los cultos paganos creaba un clima favorable para valorar las grandezas de María, los más dispuestos a poner de relieve alguno de estos privilegios eran los menos sensibles a su contrapartida dogmática. Los maniqueos estaban más dispuestos que los demás a defender la virginidad de María después de su alumbramiento; los docetas a defender su virginidad “in partu”; los pelagianos, a resaltar su perfecta santidad; y los espíritus mal desprendidos de los cultos paganos a ponderar el título de Theotokos. No diremos, sin embargo, que fueran los herejes los promotores de los privilegios marianos, sus enseñazas envolvían a María en una falsa luz.

No sería fácil discernir entre esas caricaturas y las primeras afirmaciones auténticas de los privilegios de María. Los que investigaron el error bajo todas sus formas se verían tentados a considerarlos en bloque, como ramas de un árbol enfermo que es preciso arrancar de cuajo.

4. Posición del problema de la Inmaculada

Los pelagianos contra el pesimismo maniqueo, defendía un excesivo optimismo sobre la capacidad de la naturaleza humana con detrimento de la función necesaria de la gracia. Durante la primera fase de la controversia Pelagio opuso a San Agustín el caso de la Virgen “a quien es preciso reconocer sin pecado”. Nadie había propuesto hasta aquel momento una fórmula tan decidida acerca de la santidad de María. Agustín resuelve la dificultad de manera genial. Acepta la afirmación de su adversario, pero le da un sentido distinto: esta santidad es una excepción y tiene por principio la gracia de Dios, no sólo el libre albedrío.

Julio de Eclana centró la discusión sobre un punto más delicado aún: no ya sobre los pecados actuales, sino sobre la del pecado original. Este pelagiano fue, por este motivo, el primero en explicitar la idea de la Inmaculada Concepción de la madre del Señor. En una palabra, aquí, como en otros muchos casos, el aparente defensor de la Virgen (Julián) es un hereje. Propone un atributo verdadero bajo una luz falsa: la Inmaculada Concepción no es para él un privilegio único; ni siquiera un efecto particular de la divina gracia sino algo común de todos los cristianos. Agustín tiene razón en oponerle el alcance universal del pecado original y la necesidad de la gracia para vencer al pecado. Al afirmar el carácter único del privilegio mariano y su carácter de preservación por gracia, que es su esencia misma, la definición dogmática de la Inmaculada Concepción se encuentra infinitamente más cerca de Agustín que de su adversario.

viernes, 17 de febrero de 2017

DIÁCONO JORGE NOVOA: ESCUCHAR A LA MADRE ES ESCUCHAR AL PADRE


La Virgen visita la tierra con un mensaje del cielo. La Iglesia Católica a lo largo de la historia, con la seriedad que la caracteriza, ha estudiado las presuntas apariciones de la santísima Virgen María en distintas partes del mundo.


Muchas están hoy aprobadas: como Fátima, Lourdes y Guadalupe, por mencionar algunas, otras han sido rechazadas como falsas, y otras están a estudio de las autoridades competentes, como Medjugorje o Salta. Obviamente, no todas se encuentran en la misma situación. Cómo deben comportarse los católicos ante las apariciones de la Virgen aprobadas por la Iglesia?

La Virgen es portadora de abundantes gracias para la humanidad, ésta es la característica de sus visitas, sus mensajes y santuarios, se vuelven lugares para el arrepentimiento y la conversión. Se constituyen como potentes focos de oración, como selvas que oxigenan el planeta, los santuarios marianos son irradiación de salud y Vida eterna.

La Madre siempre es portadora de un mensaje para la humanidad, un mensaje que tiene su origen en Dios, no se trata de una decisión personal de la Virgen, o una suerte de “golpe de estado” dado por Ella, contra la voluntad de las personas divinas. Su presencia y mensajes son gracias que el Padre envía y comunica por la Madre de su Hijo. Los bienaventurados en el cielo tienen absoluta comunión con la voluntad divina.

Si en la Cruz, se nos ha revelado su misión maternal, su presencia entre nosotros, es el ejercicio de esa realidad. Ciertamente que son revelaciones privadas, pero la actitud de indiferencia ante ellas, cuando no de rechazo, puede encerrar la ausencia del vínculo al que alude el pasaje del calvario. El texto de Jn 19, concluye diciendo que el discípulo la llevó a su casa, otros prefieren traducir “y el discípulo la hizo propia”, ésta traducción más acorde nos muestra que no se trata de un preocupación puramente material, sino de una nueva misión, que incluye la preocupación material, pero que tiene un alcance más profundo.

“Hacerla propia”, es aceptarla por Madre y vivir con Ella esta relación, de allí que un hijo no debe pasar indiferentemente ante el mensaje de su Madre que tiene su origen en el cielo. Escuchar a la Madre es escuchar al Padre, Ella es el eco de su Voz, actuar con indiferencia ante las palabras de la Madre es obrar con cierta insensatez.

Concluimos con estas palabras de San Juan Pablo II, en el libro  en Cruzando el umbral de la esperanza:

"El modo en que María participa en la victoria de Cristo yo lo he conocido sobre todo por la experiencia de mi nación. De boca del cardenal Stefan Wyszynski sabía también que su predecesor, el cardenal August Hlond, al morir, pronunció estas significativas palabras: «La victoria, si llega, llegará por medio de María.» Durante mi ministerio pastoral en Polonia, fui testigo del modo en que aquellas palabras se iban realizando.


Mientras entraba en los problemas de la Iglesia universal, al ser elegido Papa, llevaba en mí una convicción semejante: que también en esta dimensión universal, la victoria, si llega, será alcanzada por María. Cristo vencerá por medio de Ella, porque Él quiere que las victorias de la Iglesia en el mundo contemporáneo y en el mundo del futuro estén unidas a Ella.

martes, 14 de febrero de 2017

DESCUBRIMIENTO DE MARÍA EN EL TIEMPO: FASE PRELIMINAR Y PRIMER PERÍODO


La doctrina mariana se desarrolla en al Iglesia de acuerdo con una curva característica: no existe un crecimiento continuo, sino un crecimiento rítmico que hace pensar en el movimiento de una marea.

Tres series de hechos manifiestan este ritmo: la cantidad de los escritos, su cualidad y la rapidez de los progresos realizados. Siguiendo estos criterios se pueden distinguir seis grandes etapas: Escritura; edad patrística hasta Éfeso; de Éfeso a la reforma gregoriana; desde finales del s. XI hasta el fin del Concilio de Trento; ss.XVII-XVIII; en fin, los siglos XIX y XX.

FASE PRELIMINAR: PRESENCIA Y SILENCIO

Todo el desarrollo que vamos a seguir arranca de una presencia silenciosa hacia un reconocimiento explícito de la función de esta presencia en el misterio cristiano. Además, antes de abordar la primera enseñanza mariológica de la Iglesia, conviene subrayar esta silencio inicial, esta fase durante la cual María vive en la Iglesia sin ser, de ninguna manera, objeto de predicación.

En su primer estadio, la catequesis cristiana no comienza con el relato de la anunciación. El testimonio de los apóstoles descansa exclusivamente sobre la vida pública de Jesús: desde el Bautismo por Juan hasta la Ascensión (Hch 1,22). Es Pedro quien fija estos límites ya antes de Pentecostés; a ellos permanecerá fiel durante toda su predicación; y de ella nos dan los Hch un resumen característico (10, 36-43), cuyos últimos desenvolvimientos toman cuerpo en el evangelio de Marcos. María no es nombrada ni siquiera en ésta última elaboración.

Así, durante un tiempo cuya duración precisa no conocemos, la Madre de Jesús, había llegado al cenit de su perfección, vive en la Iglesia, sin que se haga mención explícita de ella. Su plegaria y su intercesión existen, pero ocultas. María parece ignorar el alcance de su influencia, y se la desconoce también a su alrededor. Es un órgano vivo del cuerpo místico de Cristo, más no es objeto de enseñanza. Al igual que algunos sacramentos, María es una realidad en la vida de la Iglesia, antes de ser objeto del Dogma. Paulatinamente esta realidad, oscuramente experimentada, en la comunión de los santos, va a encontrar su fórmula explícita.

PRIMER PERÍODO: LA ESCRITURA (HACIA EL 50-90)

La primera explicación de la misión de María, está contenida en el NT, cuya redacción dura medio siglo. María ocupará en él un lugar materialmente poco importante, pero profundamente significativo. La Virgen aparece, en primer lugar, de modo totalmente episódico. El primer testimonio que hallamos, la epístola a los Gálatas, es característica a este respecto (Gál 4,4-5).

La Madre de Cristo es aquí “una mujer” anónima; se la nombra de modo ocasional, y se la pone en paralelo con la ley, la cual no es ningún título de gloria. Ninguno de sus privilegios se hallan subrayados. Pablo afirma su razón de ser: asegurar la inserción del Salvador en la raza humana, al llegar la plenitud de los tiempos.

Los dos textos de Marcos sobra la Madre de Jesús (3,31-35;6,1-6) revisten el mismo carácter anónimo y ocasional. Tienen incluso un carácter marcadamente negativo. En uno Jesús atiende la intervención de su familia en su ministerio, y precisa que su verdadera familia son sus discípulos (Mc 3,31-35).

En el otro sus compatriotas rehúsan creer en Él, precisamente porque Jesús no es otro que “el hijo de María” (Mc 6,1-6) El conocimiento de Jesús según los sentidos les cierra el paso al conocimiento según el Espíritu.

Las profundizaciones marianas nos vienen de los otros tres evangelistas, Mateo y Lucas nos revelan el papel de María en el misterio de la Encarnación. Y Juan hacia el final del siglo abrirá nuevas perspectivas sobra la misión de la virgen en el misterio de la Redención. Esta primera explicitación parece relacionarse estrechamente con la presencia viva de María en la Iglesia primitiva. Parece que Lc recibe de ella lo que sabe sobre el Evangelio de la infancia: por dos veces se refiere a los recuerdos que María meditaba en su corazón (Lc 2,19 y 51). Por lo que a Juan se refiere el Señor le confió a su Madre cuando moría (19,27). Conoce por experiencia filial lo que a nosotros nos deja entrever del misterio de María.

Los textos que vamos a recorrer son breves, como breve sería su trascripción. Más si se presta atención a los lazos que los unen entre sí, lo mismo que a aquellos que los ligan al AT, su densidad se hace patente. No solamente se confirman, sino que a veces se multiplican los unos por los otros. Son respecto a aquellos anuncios misteriosos, cuales son particularmente los de Gn 3,15, Is 7,14; Miq 5,2.

Mt nos da la clave de la profecía de Isaías: “ He aquí que la virgen grávida (ha almah) da a luz un hijo y le llama Emmanuel”. Texto misterioso: la virgen de que se trata de un modo tan determinado no ha podido ser identificada con ningún personaje determinado. Detalle sintomático: ejerce un derecho que competía normalmente al padre, ella es quien recibe el encargo de dar nombre a su Hijo ¿Se puede deducir de esto que no es padre y que se trata de una virgen? El contexto no bastaría para establecer esta conclusión, pero lo sugiere, y tres siglos antes de Cristo, la versión de los 70, precisa: “He aquí que una virgen concebirá”. Mateo que se refiere a esta versión reconocía en María a la virgen misteriosa; y afirma con claridad el carácter virginal de su concepción, que tiene por principio al Espíritu Santo (Mt 1,21;Is 2,2) e insiste sobre el carácter mesiánico de esta maternidad.

“Dios con nosotros”: Estas palabras, que sólo tenían en el contexto de Isaías un sentido bastante indeterminado y podían entenderse de una asistencia divina, comienzan a tomar aquí el sentido que la Iglesia reconocer hoy en ellas: la divinidad del Mesías. En este sentido pleno se opera la unión de dos grandes líneas de textos que cruzan todo el AT: la que ensalzaba al Mesías con atributos divinos, y la que describía el descenso de Dios (la palabra, la sabiduría) entre los hombres.

En Lc volvemos a encontrar todos estos elementos, pero en puntos más completados y desarrollados. Como (Mt 1,1-17), Lc nos notifica la inserción del Mesías en la raza humana al darnos su genealogía (Lc 3,23-38), pero amplía la perspectiva. Más allá de Abraham, se remonta por los patriarcas hasta a Adán y hasta Dios, su Creador. El misterio de la concepción virginal adquiere así valor universal y parece como una repetición de la creación original. Como Mt, Lc subraya la descendencia davídica del Mesías, pero le veremos acudir explícitamente al oráculo dirigido a David por Natán. Como Mt, afirma que Jesús ha sido concebido por el Espíritu Santo, sin que José halla tenido en ello parte alguna (I ,34-35), pero insinúa nuevos datos. En primer lugar, el voto de virginidad hecho por María antes de la Anunciación. Al ángel que le anuncia una maternidad dichosa, María responde “¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?” (Lc 1,34). Extraña respuesta de una prometida sobre todo en este tiempo en que los esponsales entrañaban ya todos los derechos del matrimonio. Para algunos autores María había decidido, en el sentido bíblico de la expresión, “ no conocer varón” (Gn 4,1-17 y 25; 15,5.8; 38,26,etc). Al final de un viaje fatigoso, después de inútiles tentativas en busca de alojamiento (Lc 1,7), en la falta de comodidad de un establo, María da a luz a su hijo y, sin embargo, ella misma cuida del recién nacido. Lo envolvió en pañales y le acostó en un pesebre (2,7). Lc confirma y precisa los dos hechos principales: la obra del Espíritu Santo y la divina mesianidad del Hijo de María.

Lc no solo desarrolla los datos de Mt, sino que aporta otros nuevos. Tales son la visitación, la circuncisión por la que el Salvador se somete a un rito sacrificial , y las dos visitas de Jesús al templo cuando la presentación y a la edad de doce años, en la subida anual a Jerusalén: se ve como Lc se interesa especialmente por poner de relieve los vínculos de Jesús con el Templo, el sacrificio y el sacerdocio.

Pero lo más original del tercer evangelio es que nos hace entrar en el interior de la VIDA de la Virgen. La sitúa al término de esta familia de pobres y humildes que son, según la Escritura, la porción elegida de Israel. María habla de su pobreza por la que el Señor la ha mirado (1,48); se presenta como el prototipo de estos pobres a los que el Señor llenó de bienes (1,52).Lc nos da también el secreto de las meditaciones de la Virgen (2,19 y 51) sus reacciones (1,29), sus diligencias (1,39;2,24.39.41.44) sus palabras: “he aquí la esclava del Señor” (1,44-47), revela por esto su actitud respecto a Dios: fe, humildad, obediencia, acción de gracias. Es necesario insistir sobre su fe, semejante a la nuestra por su condición oscura (2,50;1,29), pero tan viva en su interioridad (2,19.51), tan pura y espontánea en su expresión (1,38;2,47.55)
Esta fe aparece expresada claramente en (Lc 11,27-29). Por dos veces Lc atestigua que María es Bienaventurada (1,45) y eternamente bienaventurada(1,48) precisamente por su fe. Además presenta a María como la primera que escuchó la Palabra de Dios (1,29) y la guardó en su corazón (2,19.51).

La anunciación 1,26-38

Hecho sorprendente; este texto es un verdadero tejido de alusiones escriturarias. Así por ejemplo, las palabras del ángel concernientes a la concepción milagrosa (1,37) son la repetición literal de las palabras de Gn 18,14 a Sara refiriéndose igualmente a la concepción milagrosa. El examen del Magnificat nos da la clave para responder. Cada frase de este cántico es el eco de algún pasaje de la Biblia. Se ve en él a María tan penetrada de la Palabra de Dios, que incluso la usa literalmente. Tampoco nos extrañaremos que Dios les responda del mismo modo. A la Virgen, embebida en las Escrituras, el mensajero divino le habla el lenguaje de las Escrituras. Y para quien ignore este lenguaje el mensaje permanece hermético. Tratemos de descubrir las principales claves.

El Evangelio de la anunciación se compone de tres partes: en primer lugar, la irrupción de la buena nueva (1,28.29); después dos series de precisiones, una referente al origen humano del Mesías (30,33),otra, más velada, a su origen divino (34,36).

La primera parte, el anuncio de la alegría mesiánica (expresada por el verbo jaire, que se debe traducir por alégrate) proviene de las fórmulas con las que muchos profetas (Zac 9,9;Joel 2,21.27) y en especial Sofonías 3,14.17, habían anunciado esta misma alegría y su razón profunda: Yahvéh presente “en medio” de Israel o (para traducir en su sentido etimológico la palabra beqirbek aquí empleada) en las entrañas de Israel. Pero este anuncio que los profetas habían hecho a la “Hija de Sión”, personificación simbólica de Israel, lo dirige el ángel a María personalmente. En ella, la hija de Sión deja de ser un símbolo para convertirse en una realidad personal, y la presencia de Yahvéh en el seno de Israel adquiere un sentido nuevo, el de la maternidad divina.

Sofonías 3,14-17-------- -------Lc 1,32-35
¡Alégrate! Jaire------------------- ¡Alégrate! Jaire
hija de Sión! ----------------------llena de gracia,
El rey de Israel, ------------------Yahveh El Señor
Está en medio de ti (biquirebek) --es contigo...
No temas, Sión... ------------------He aquí que
está en medio de ti (literalmente) --concebirás en tu seno
en tu seno (bequirbek)------------- y darás a luz un hijo
como poderoso Salvador. -----------y le darás por nombre Salvador,
Él reinará.

Se comprende que María se turbe ante tal anuncio. Y su emoción no proviene de la incomprensión o del temor pusilánime a los que a veces, se tiende a reducirla. Proviene del choque de uno de esos encuentros con Dios, de una de esas alegrías inmensas, que sacude a las más templadas naturalezas. María es el nuevo Israel, donde Dios viene a residir, y entrevé el modo de la realización de esta promesa: una maternidad que, cosa inaudita, parece tener por objeto a Yahveh mismo.El ángel determina la ascendencia humana del Mesías, empleando los términos de la profecía mesiánica fundamental: el oráculo de Natán a David.

2 Re 7,12-16 Lc 1,32-35.

La última parte de la perícopa (respuesta del ángel a María) precisa el origen divino del Mesías, como la segunda había precisado su origen humano.

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios”.

El alcance de este título Hijo de Dios resulta de la comparación con los otros pasajes, en los que le es conferido solemnemente a Jesús: las manifestaciones del Padre en el bautismo de Jesús (3,22) y en la transfiguración (9,55), la confesión de Cesarea (Mt 16,16), el testimonio definitivo que costará la vida de Jesús (Lc 16,61). En cuanto a la sombra que cubre a María, evoca con mucha precisión la sombra de la nube que cubría el arca de la Alianza (Ex 40,35) y que era el signo de la presencia divina. En la Transfiguración esta nube reposará encima de Jesús para atestiguar su divinidad, mientras que la voz del Padre lo declara Hijo de Dios. Lo mismo en la Anunciación, reposa sobra María para atestiguar la divinidad de su Hijo, que el ángel ha proclamado Hijo de Dios.
El fin del mensaje recobra así con nuevos términos uno de los rasgos más típicos del principio. El juego de los paralelismos en Sofonías designaba a María como la “Hija de Sión”, el resumen personal de Israel La evocación de la Shekinah la designa ahora como la nueva arca de la Alianza, en la que se realiza esta presencia. María es la Hija de Sión en el sentido de que ella es la parte más santa de Israel, el lugar consagrado en el que Dios viene a residir.Finalmente recojamos una última nota, la profecía de Simeón: “Una espada atravesará tu alma” (2,35). Esta espada que es, según el contexto, la repercusión en María de las contradicciones que sufrirá su Hijo, es el anuncio velado de la compasión dolorosa. Esta asociación de María a la pasión redentora es más manifiesta en el evangelio según san Juan. El interés que este concede a la madre de Jesús es; entre otros muchos uno de los rasgos característicos de la imagen de María.

DOS SANTOS CONTEMPORÁNEOS


lunes, 13 de febrero de 2017

LA HISTORIA DEL MOSAICO DE LA VIRGEN EN LA PLAZA SAN PEDRO

Unos días después del treinta aniversario del atentado que San Juan Pablo II sufrió el 13 de mayo de 1981, fiesta de la Virgen de Fátima, el prefecto emérito de la Congregación para los Obispos, el cardenal Giovanni Battista Re, explica la asombrosa historia de la colocación, en la plaza de San Pedro, de un mosaico que representa a la Virgen Mater Ecclesiae –Madre de la Iglesia- como muestra de agradecimiento del papa polaco por la protección de María.
La imagen, de más de 2,5 metros, fue instalada en una fachada del Palacio apostólico situado a la derecha de la Basílica de San Pedro entre noviembre y diciembre de 1981, unos seis meses después del atentado.
En la base de este mosaico de la Virgen con el Niño  se representó el escudo de Juan Pablo II con su lema Totus tuus.
“Cuando Juan Pablo II regresó al Vaticano tras su primera hospitalización en el políclínico Gemelli, los responsables del Gobernatorato evaluaron la posibilidad de colocar un signo visible en la plaza de San Pedro, en el lugar donde el papa recibió el disparo, para recordar una página dolorosa de la historia de la Iglesia pero también para testimoniar un signo de protección celestial”, explica el cardenal Re.
Juan Pablo II expresó inmediatamente su intención: “en recuerdo del atentado, deseó que se colocara una imagen de la Virgen en un lugar bien visible”.
“Estaba convencido de que la Virgen María lo había protegido. No tenía, pues, mejor manera de recordar ese 13 de mayo”.
San Juan Pablo II confesó también que él ya había observado esta “falta” en la plaza de San Pedro, donde la estatua de Cristo estaba rodeada de los apóstoles y de numerosos santos diseminados por la columnata pero “no había ninguna imagen de la Virgen”.
En realidad, hay una imagen de la Virgen, pero se encuentra encima de la puerta de bronce y por eso no es visible para todos.
Monseñor Fallani encontró una solución: colocar el mosaico en una ventana que ya existía, una propuesta que les pareció a todos “viable”, dado “un complejo arquitectónico que muchos han considerado intocable”.
“Pero sobre todo el proyecto complació al santo, que nos exhortó a seguir adelante”.
Después llegó la elección del mosaico: “Juan Pablo II hizo saber que le gustaría mucho una representación de la Virgen como Madre de la Iglesia” porque la Virgen “siempre ha estado unida a la Iglesia” y “especialmente cercana en los momentos difíciles de su historia”.
Juan Pablo II dijo que “estaba personalmente convencido de que el 13 de mayo, la Virgen María había estado presente en la plaza de San Pedro para salvar la vida del Papa”.
La representación de una Virgen con el Niño situada en la Basílica de San Pedro y titulada Mater Ecclesiae sirvió de modelo para este mosaico.
Se hicieron, sin embargo “algunos retoques” en la representación del Niño Jesús, así como en el color, “para que fuera más visible a larga distancia”.
El 8 de diciembre de 1981, fiesta de la Inmaculada Concepción, Juan Pablo II “antes de recitar el Ángelus, bendijo la imagen mariana, signo de protección celestial al soberano pontífice, a la Iglesia y a quien se encuentre en la plaza de San Pedro”.
Y el cardenal Re concluye: “Después, en el pavimento de la plaza, una placa de mármol con el escudo d Juan Pablo II se colocó en el “lugar preciso” donde fue alcanzado por la bala.

J.A .FORTEA: EXISTE EL MALEFICIO, HECHIZO Y MAL DE OJO?


Mucha gente se pregunta si tiene efectividad el maleficio, es decir aquello que se hace para dañar a alguien con la intervención del demonio. Algunos inadecuadamente lo llaman mal de ojo, aunque nada tiene que ver con la mirada ni el ojo. Lo primero que hay que decir es que el que hace un maleficio, como el que lo encarga, serán los primeros perjudicados por el demonio. Sin duda serán perjudicados o con algún tipo de influencia demoniaca o con la posesión o con enfermedades. Nunca se invoca al demonio en vano. Después la gente se pregunta si tiene efectividad contra el que se ha hecho. Pues eso depende de la voluntad de Dios. Es decir, de esto se afirma lo mismo que de un accidente, enfermedad o desgracia. Dios permite que en nuestra existencia sobre la tierra haya bienes y males, porque la vida es una prueba antes del Juicio. Por supuesto que la persona que ora y vive en gracia de Dios está protegida por Dios. Cuanto más se ora y se lleva una vida espiritual uno está más protegido.


¿Cómo se puede saber si alguien es víctima de un maleficio? Pues no hay manera posible, ya que la acción del demonio es invisible. Sólo es seguro cuando se produce una posesión o una influencia demoniaca en la persona cuyos signos sí que son visibles al exorcista. También es posible saber que un mal es fruto de un maleficio cuando ese mal viene acompañado de hechos preternaturales malignos. Pero salvo que aparezcan cosas externas que delaten una causa demoniaca, no se podrá nunca saber si algo viene de causas naturales o no.

¿Qué hacer si uno tiene alguna sospecha de que alguien ha hecho un maleficio contra él? Como ya se ha dicho no es posible casi nunca llegar a la certeza en esta materia ni siquiera para el especialista, mucho menos para una persona particular sin grandes conocimientos sobre el tema. Pero si un maleficio ha sido practicado el único modo de destruirlo es hacer justo lo contrario: invocar a Dios. Es decir, si una persona ha invocado al demonio para hacer el mal, se trata de que la víctima invoque a Dios para que le proteja, le ayude y le bendiga. El bien siempre es más fuerte que el mal.

A la gente que viene a mi parroquia diciendo que sufren un maleficio les digo que, salvo excepciones, es imposible comprobar la causalidad demoniaca, pero que si sufren de verdad un maleficio la única medicina y remedio es que hagan cada día lo siguiente:
-rezar un misterio del rosario
-leer cinco minutos el Evangelio
-hablar con Dios durante unos instantes

-la misa (dominical o con más frecuencia)
-colocar en la casa un cruficijo bendecido
-colocar una imagen bendecida de la Virgen María
-santiguarse con agua bendita una vez al día

Haciendo estas cosas el mal que sufren si es del demonio irá remitiendo. Pero si no remite en ninguna medida, eso sería signo de que no estaba provocado por un maleficio.

lunes, 6 de febrero de 2017

ORACIÓN DE SANTA BERNARDITA

Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas; y por mi constante cansancio... te doy gracias, Jesús.
Te doy las gracias, Dios mío, por el fiscal y por el comisario, por los gendarmes y por las duras palabras del padre Peyremale...
No sabré cómo agradecerte, si no es en el paraíso, por los días en que viniste, María, y también por aquellos en los que no viniste. Por la bofetada recibida, y por las burlas y ofensas sufridas; por aquellos que me tenían por loca, y por aquellos que veían en mí a una impostora; por alguien que trataba de hacer un negocio..., te doy las gracias, Madre.
Por la ortografía que jamás aprendí, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, te doy las gracias.
Te doy las gracias porque, si hubiese existido en la tierra un niño más ignorante y estúpido, tú lo hubieses elegido...
Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó "hermana María Bernarda"..., te doy las gracias.
Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y que me colmaste de amargura...
Porque la madre Josefa anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la madre maestra, por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación... te doy gracias.
Gracias por haber sido como soy, porque la madre Teresa pudiese decir de mí: " Jamás le cedáis lo suficiente"...
Doy las gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos, y que otras hermanas pudieran decir: "Qué suerte que no soy Bernardita"...
Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevarla a la cárcel porque te vi a ti, Madre... Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y tan miserable que, cuando me veían, la gente decía: "¿Esa cosa es ella?" la Bernardita que la gente miraba como si fuese el animal más exótico...
Por el cuerpo que me diste, digno de compasión y putrefacto... por mi enfermedad, que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento... te doy las gracias, Dios mío.
Y por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por tus noches y por tus relámpagos, por tus rayos... por todo. Por ti mismo, cuando estuviste presente y cuando faltaste... te doy las gracias, Jesús.

(Algunos  consideran que esta oración no fue escrita por la santa, sino por Marcelle Auclair, quien al escribir la vida de la santa, expresó en esta oración lo que estaba presente en su vida. Otros consideran que es una recopilación de frases suyas esparcidas por distintos lugares)

domingo, 5 de febrero de 2017

JOSÉ MARÍA BOVER SJ: EL ANTICRISTO (2 Tes 2,3-10)


“Que nadie los engañe de ninguna manera. Porque antes tiene que venir la apostasía y manifestarse el hombre impío, el Ser condenado a la perdición, el Adversario, el que se alza con soberbia contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta llegar a instalarse en el Templo de Dios, presentándose como si fuera Dios. 
 ¿No recuerdan que cuando estuve con ustedes les decía estas cosas? Ya saben qué es lo que ahora lo retiene, para que no se manifieste sino a su debido tiempo. El misterio de la iniquidad ya está actuando. Sólo falta que desaparezca el que lo retiene, resplandor de su Venida. La venida del Impío será provocada por la acción de Satanás y está acompañada de toda clase de demostraciones de poder, de signos y falsos milagros, y de toda clase de engaños perversos, destinados a los que se pierden por no haber amado la verdad que los podía salvar.” (2 Tes 2,3-10)

Conviene distinguir en esta declaración de san Pablo lo que es suficientemente claro y lo que es más o menos problemático o enigmático.

Primeramente, resultan claros, aún ahora para nosotros, algunos puntos sobremanera interesantes. Es claro el advenimiento y manifestación del Anticristo, su perversidad satánica, su irreligiosidad  y ateísmo, su enorme fuerza de seducción, su acción diabólica. Es también claro que este misterio de iniquidad actúa y cunda ya de presente, pero que culminará en el Anticristo que será como la concreción de todas las fuerzas del mal. No es menos claro que su exterminio será radical y fulminante, y facilísimo de parte de Cristo, que lo destruirá con el soplo de su boca. Por fin, tampoco es dudoso que el advenimiento del Anticristo precederá inmediatamente al advenimiento de Cristo.

Podemos dar como cosa segura la personalidad del Anticristo? Será una persona o una colectividad? 
Las declaraciones de san Pablo deciden resueltamente en el sentido de la personalidad. Tal es, en efecto, el sentido obvio de sus expresiones, repetidas y variadas: el hombre del pecado, el hijo de la perdición, el impío. Y no hay razón alguna seria que nos obligue a abandonar este sentido obvio. Al contrario, existen razones positivas y eficaces que nos mueven mantenerlo. Por una parte, contrastan estas expresiones personales con la expresión impersonal el misterio de la iniquidad, que precede y prepara la aparición del anticristo. Naturalmente esta personalidad del Anticristo no impide que a su alrededor y a sus órdenes actúen otros muchos, que formarán colectividad, pero semejante colectividad tendrá un jefe, a quien todos acatarán y quien será propiamente el Anticristo.

En cambio, son oscuros y casi indescifrables otros puntos. Por de pronto, desconocemos en absoluto el tiempo de la manifestación del Anticristo. Lo que dice el apóstol, que el misterio de la iniquidad está ya en acción acaba de desorientarnos. Hace ya veinte siglos que está actuando, o comenzó a actuar, este misterio de la iniquidad, y no ha aparecido todavía en tanto tiempo el anticristo. Si consideramos en el curso de la historia el desenvolvimiento de las fuerzas del mal, notaremos fácilmente un constante vaivén de avances y retrocesos, que nos aconsejan cautela y reserva para no aventurar predicciones sobre la mayor o menor proximidad del fin del mundo, que siempre hasta ahora han sido desmentidas en los hechos. Qué nos asegurará que tal o cual avance del mal sea ya el definitivo, es decir, la general apostasía, precursora inmediata de la aparición del anticristo?

No es menos enigmático el misterioso obstáculo que, frenado los avances del mal, impide la aparición del anticristo. Insinúa san Pablo, si sus expresiones no son casuales, que semejante obstáculo es a la vez real (lo que le detiene) y personal ( el que lo detiene). Pero qué es o quién es este obstáculo? Y cómo actúa en su obra de frenar el misterio de la iniquidad?

FUENTE: La teología de San Pablo. BAC

sábado, 4 de febrero de 2017

HANS URS VON BALTHASAR: QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A)


En el evangelio aparecen tres imágenes, las tres introducidas por un apostrofe que Jesús dirige a sus discípulos: "Vosotros sois". En este indicativo se encuentra también, como claramente muestra lo que sigue, un optativo: "Debéis ser esto", tenéis que serlo aunque la amenaza que sigue ( ser arrojado fuera) no deba cumplirse. Estas imágenes son muy sencillas y evidentes para todos. Los tres tienen algo en común. La sal no existe para sí misma, sino para condimentar; la luz no existe para sí misma, sino para iluminar su entorno; la ciudad está puesta en lo alto del monte para ser visible para otros e indicarles el camino.El valor de cada una de ellas consiste en la posibilidad de prodigar algo a otros seres. Esto, que para Jesús es evidente, se expresa de un modo muy peculiar en la primera lectura, donde se habla dos veces de la luz y una vez del mediodía: la luz brilla allí donde alguien parte su pan con el hambriento, viste al desnudo y hospeda a los pobres que no pueden dormir bajo techo. En la segunda lectura la fuerza de la luz y de la sal se manifiesta en el hecho de que el apóstol "no quiere saber" ni anunciar cosa alguna "sino a Jesucristo y éste crucificado" este es un don espiritual.

El desfallecimiento, Jesús lo explica en dos de las tres imágenes del evangelio: el discípulo que debe ser sal puede volverse soso; entonces ya no puede salar nada y toda la comida se vuelve insípida para la comunidad que la rodea. Jesús dice "vosotros sois": se dirige tanto a la Iglesia o a la comunidad que la rodea como a cada cristiano en particular. El cristianismo que no vive las bienaventuranzas, cada una de ellas, ya no alumbra más; no debe extrañarse de que se le tire a la calle y de que le pise la gente. En la parábola de la vid, el labrador poda las cepas, corta los sarmientos estériles y los hecha al fuego, los quema. A una comunidad, a la iglesia de un país, puede sucederle algo similar: quizá una cruel persecución sea el único medio de devolverle su capacidad de alumbrar y de salar.Por esta razón Pablo teme difundir, con "sublime elocuencia" o con "persuasiva sabiduría humana", difundir una luz falsa, una luz que no remitiría la fe de la comunidad a la fuerza y a la luz de Dios ni construiría sobre ella.Entonces el apóstol no sería una luz y haría justamente lo que Jesús quiere decir con la imagen de la vela que se mete debajo del celemín. quien se pone sobre la luz, la apaga inmediatamente por falta de aire.

Alumbrar ¿para qué?"Para que vean los hombres vuestras buenas obras y den gloria a nuestro Padre que está en el cielo"Aquí hay un peligro evidente: si los hombres ven nuestra buenas obras, podrían alabarnos como cristianos buenos y santos, y entonces ya habríamos cobrado nuestra paga (Mt 6,2.5). El justo del Antiguo Testamento está expuesto a este peligro porque todavía no conoce a Cristo:"Te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor 2(Is 58,8). Pero Cristo jamás ha irradiado su luz y su sabiduría a partir de sí mismo, sino siempre desde el Padre. Y por eso el cristiano debe ser plenamente consciente de que todo lo que él puede trasmitir le ha sido dado para los demás.Santificado sea tu nombre, hágase tu voluntad.El hombre que reza verdaderamente aprende a experimentar más profundamente que debe entregarse del todo porque Dios en sí mismo es el amor trinitario que se da, un amor en el que cada una de las personas sólo existe para las otras y no conoce ningún ser para sí.

viernes, 3 de febrero de 2017

P. ELIÉCER SÁLESMAN: SAN BLAS (OBISPO-316 dC)


Blas significa "arma de la divinidad". San Blas fue obispo de Sebaste, Armenia al sur de Rusia.

Al principio ejercía la medicina, y aprovechaba la gran influencia que le daba su calidad de excelente médico para hablarles a sus pacientes en favor de Jesucristo y de su santa religión, y conseguir así muchos adeptos para el cristianismo.

Al conocer su gran santidad, el pueblo lo eligió obispo. Cuando estalló la persecución de Diocleciano, se fue san Blas a esconderse en una cueva de la montaña, y desde allí dirigía y animaba a los cristianos perseguidos y por la noche bajaba a escondidas a la ciudad a ayudar y a socorrer y consolar a los que estaban en las cárceles, y a llevar la Sagrada Eucaristía.

Cuenta la tradición que a la cueva donde estaba escondido el santo, llegaban las fieras heridas o enfermas y él las curaba. Y estos animales venían en gran cantidad a visitarlo cariñosamente. Pero un día el vio que por la cuesta arriba llegaban los cazadores del gobierno y entonces espantó a las fieras y así las libro de ser víctimas de la cacería.

Entonces los cazadores, en venganza, se lo llevaron preso. Su llegada a la ciudad fue una verdadera apoteosis, o paseo triunfal, pues todas las gentes, aún las que no pertenecían a nuestra religión, salieron aclamarlo como a un verdadero santo y un gran benefactor y amigo de todos.

El gobernador le ofreció muchos regalos y ventajas temporales si dejaba la religión de Jesucristo, y si se pasaba a la religión pagana, pero san Blas proclamó que él sería amigo de Jesús y de su religión hasta el último momento de su vida.

Entonces fue apaleado brutalmente y desgarraron con garfios sus espaldas. Pero durante todo ese feroz martirio, el santo no profirió una sola queja. Él rezaba por los verdugos y para que todos los cristianos perseveraran en la fe.

EL MILAGRO QUE LO HIZO FAMOSO
Luego de ser tomado como prisionero, el despótico emperador Dioclesiano, viendo que el santo no dejaba de proclamar su fe en Dios, decretó que le cortaran la cabeza. Y cuando lo llevaban al sitio de su martirio iba bendiciendo por el camino a la inmensa multitud que lo miraba lleno de admiración. Y su bendición obtenía la curación de muchos.

Pero hubo una curación que entusiasmó a todos. Una pobre mujer tenía a su hijo agonizando porque se le había atravesado una espina de pescado en la garganta. Corrió hacia un sitio por sonde debía pasar el santo. Se arrodilló y le presentó al enfermito que se ahogaba. San Blas le colocó las manos sobre la cabeza y rezó por él. Inmediatamente la espina desapareció y el niño recobró su salud. El pueblo lo proclamó entusiasmado.

Lo decapitaron por el año 316. Y después de su muerte empezó a obtener muchos milagros de Dios en favor de los que le rezaban. Se hizo tan popular que en sólo Italia llegó a tener 35 templo dedicados a él. Su país, Armenia, se hizo cristiano pocos años después de su martirio.

Era invocado como patrono de los cazadores y las personas le tenían gran fe como eficaz protector contra las enfermedades de la garganta. El 3 de febrero bendecían dos velas en honor de san Blás y las colocaban en la garganta de las personas diciendo: "Por intercesión de san Blas, te libre Dios de todos los males de la garganta". Cuando los niñitos se enfermaban de la garganta, las mamás repetían: "San Blas bendito, que se ahoga el angelito".