lunes, 31 de octubre de 2016

JUAN PABLO II:TODA LA LITURGIA DE HOY HABLA DE SANTIDAD

"La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Señor, por los siglos de los siglos" (Ap 7, 12).Con actitud de profunda adoración a la santísima Trinidad nos unimos a todos los santos que celebran perennemente la liturgia celestial para repetir con ellos la acción de gracias a nuestro Dios por las maravillas que ha realizado en la historia de la salvación.

Alabanza y acción de gracias a Dios por haber suscitado en la Iglesia una multitud inmensa de santos, que nadie puede contar (cf. Ap 7, 9). Una multitud inmensa: no sólo lo santos y los beatos que festejamos durante el año litúrgico, sino también los santos anónimos, que solamente Dios conoce. Madres y padres de familia que, con su dedicación diaria a sus hijos, han contribuido eficazmente al crecimiento de la Iglesia y a la construcción de la sociedad; sacerdotes, religiosas y laicos que, como velas encendidas ante el altar del Señor, se han consumido en el servicio al prójimo necesitado de ayuda material y espiritual; misioneros y misioneras, que lo han dejado todo por llevar el anuncio evangélico a todo el mundo. Y la lista podría continuar.

¡Alabanza y acción de gracias a Dios, de modo particular, por la más santa de entre todas las criaturas, María, amada por el Padre, bendecida a causa de Jesús, fruto de su seno, y santificada y hecha nueva criatura por el Espíritu Santo! Modelo de santidad por haber puesto su vida a disposición del Altísimo, "precede con su luz al peregrinante pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo" (Lumen gentium, 68)....

Toda la liturgia de hoy habla de santidad. Pero para saber cuál es el camino de la santidad, debemos subir con los Apóstoles a la montaña de las bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. También hoy nos repite: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El Maestro divino proclama "bienaventurados" y, podríamos decir, "canoniza" ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de prejuicios y condicionamientos y, por tanto, están dispuestos a cumplir en todo la voluntad divina. La adhesión total y confiada a Dios supone el desprendimiento y el desapego coherente de sí mismo.

Bienaventurados los que lloran. Es la bienaventuranza no sólo de quienes sufren por las numerosas miserias inherentes a la condición humana mortal, sino también de cuantos aceptan con valentía los sufrimientos que derivan de la profesión sincera de la moral evangélica.
Bienaventurados los limpios de corazón. Cristo proclama bienaventurados a los que no se contentan con la pureza exterior o ritual, sino que buscan la absoluta rectitud interior que excluye toda mentira y toda doblez.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. La justicia humana ya es una meta altísima, que ennoblece el alma de quien aspira a ella, pero el pensamiento de Jesús se refiere a una justicia más grande, que consiste en la búsqueda de la voluntad salvífica de Dios: es bienaventurado sobre todo quien tiene hambre y sed de esta justicia. En efecto, dice Jesús: "Entrará en el reino de los cielos el que cumpla la voluntad de mi Padre" (Mt 7, 21).
Bienaventurados los misericordiosos. Son felices cuantos vencen la dureza de corazón y la indiferencia, para reconocer concretamente el primado del amor compasivo, siguiendo el ejemplo del buen samaritano y, en definitiva, del Padre "rico en misericordia" (Ef 2, 4).

Bienaventurados los que trabajan por la paz. La paz, síntesis de los bienes mesiánicos, es una tarea exigente. En un mundo que presenta tremendos antagonismos y obstáculos, es preciso promover una convivencia fraterna inspirada en el amor y en la comunión, superando enemistades y contrastes. Bienaventurados los que se comprometen en esta nobilísima empresa.
Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús. Creyeron que su "felicidad" vendría de traducirlas concretamente en su existencia. Y comprobaron su verdad en la confrontación diaria con la experiencia: a pesar de las pruebas, las sombras y los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo. En él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del reino de Dios.

Esto lo descubrió, de modo particular, María santísima, que vivió una comunión única con el Verbo encarnado, entregándose sin reservas a su designio salvífico. Por esta razón se le concedió escuchar, con anticipación respecto al "sermón de la montaña", la bienaventuranza que resume todas las demás: "¡Bienaventurada tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!" (Lc 1, 45)...

DIÁCONO JORGE NOVOA: BAJA ZAQUEO, HOY VOY A ENTRAR EN TU CASA...

Zaqueo vivía inmerso en su rutina, y el nombre de Jesús, comenzó a sobrevolar su existencia. Sabiendo que iba a pasar por un lugar, fue a verlo, y como había mucha gente, lo aguardó sobre un Sicómoro..

Podés escuchar y bajar la Catequesis, que se emitión por Radio María en Uruguay..

domingo, 30 de octubre de 2016

MONS. HÉCTOR AGUER: HALLOWEEN, OBSERVANCIA EXTRAVAGANTE.

“Desde hace varios años se ha tomado la costumbre, en muchos ambientes, de celebrar Halloween y tengo la impresión de que quienes adoptan esta moda no saben bien de qué se trata”.

“Para remontarnos a los orígenes hay que decir que en la antigüedad era la celebración del Año Nuevo Celta. Se la ubica en Gran Bretaña e Irlanda, en épocas antiquísimas”.

“Se pensaba que en la noche del 31 de octubre al 1º de noviembre el espíritu de los muertos regresaba a su casa a visitar a sus hogares y que, además, esa noche vagaban diablos de toda especie, hadas, duendes, brujas y toda clase de espíritus extraños”.

“Era una celebración ligada al ritmo de la naturaleza, que tenía que ver con el término del verano y con los cambios propios de la cultura agropecuaria”.

“Luego, con el tiempo, se fue perdiendo el sentido religioso-pagano y, en épocas cristianas, esas observancias se mezclaron con los ritos católicos. En la Edad Media ha habido muchos sincretismos, análogos a los que hoy todavía encontramos en algunos sectores de América Latina o de África”.

“Lo cierto es que los irlandeses que emigraron a Estados Unidos, en la segunda mitad del Siglo XIX, llevaron esta antigua celebración y allí, en América del Norte, tomó características diversas: invadir casas para romper ventanas, reclamar la entrega de regalos y, muchas veces, quedó convertida simplemente en una diversión para los niños que se disfrazaban e iban pidiendo golosinas”.

“Como en este mundo globalizado las modas se estandarizan y cruzan rápidamente los continentes, desde hace unos años tenemos aquí que también entre nosotros se festeja Halloween”.


Halloween y escuela católica

“Me extraña comprobar que hasta en jardines de infantes de escuelas católicas encontramos esta observancia, y me pregunto ¿qué sentido tiene? Recuerdo muy bien que, cuando era niño, la celebración de Todos los Santos -el 1º de noviembre- y la conmemoración de los Fieles Difuntos, el día siguiente, tenían un arraigo cultural consistente. Eran días feriados y, por ejemplo, la visita al cementerio era un gesto de piedad arraigado en una larga tradición católica”.

“Entonces, habría que pensar muy bien qué sentido tiene que incorporemos estos hechos culturales cuyo significado originario se ha perdido, y que se mezclan indebidamente y, de algún modo, desplazan las celebraciones cristianas que corresponde observar en estos días”.

“Habría que recuperar, por ejemplo, el sentido que tiene en lo religioso, catequístico y cultural la Solemnidad de Todos los Santos, que nos recuerda nuestra comunión con la Patria Celestial. Ese dogma fundamental de nuestra fe que profesamos en el Credo cuando decimos ‘creo en la comunión de los santos’ y que nos muestra también la dimensión inmensa de la Iglesia, que no se agota en este mundo peregrino sino que incorpora también a los santos del cielo y a las almas del Purgatorio”.

“Debiéramos recuperar la antiquísima Novena de Ánimas, preparando la celebración del 2 de noviembre; recordar la indulgencia plenaria por los difuntos; recuperar el sentido de la visita al cementerio como un gesto religioso y profundamente humano, e incluso habría que ir elaborando nuevas proyecciones culturales de estas verdades cristianas”.

“No tenemos que darnos por vencidos y, además es preciso criticar con toda claridad, serenamente, estas observancias extravagantes, completamente ajenas a la fe católica de nuestro pueblo y a nuestra tradición cultural”.

lunes, 24 de octubre de 2016

G.K.CHESTERTON: LOS SANTOS VIVEN EN LA ETERNIDAD Y EN EL TIEMPO

Los santos son ante todo hombres; la santidad, que es del orden sobrenatural, se apoya en el orden natu­ral. El hombre es el único ser de la creación que puede ser santo, pero no hay dos santos iguales porque cada uno singulariza su santidad según los dones recibidos. A pesar de estar tan cercanos entre sí en el tiempo, santos como Domingo de Guzmán, Tomás de Aquino, Luis rey de Francia y Francisco de Asís, son muy dis­tintos en su santidad.

Los santos viven en la eternidad y en el tiempo, par­ticipan de Dios y de la historia, pero la intemporalidad de San Francisco es más evidente porque su lenguaje, que es el del amor y del corazón, llega a lo más profun­do del ser humano. La santidad es la plenitud en el amor, pero en la unión con el Amor hay moradas y creemos que el hombre Francisco llegó a la más cerca­na.

Su figura en el siglo XX adquiere contornos y di­mensiones similares a las que tuvo hace 800 años por­que el siglo que termina está sediento de amor. Ha be­bido el agua en fuentes envenenada y necesita fuentes puras. Se nos ocurre que el Amor lo ha elegido nueva­mente para acercarnos el mensaje de su Hijo, el Verbo Encarnado, nos entregó hace 20 siglos. Las palabras del mensaje son sencillas: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado", "Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué tiene de particular, no lo hacen también los gentiles?. Amad a los que no os aman". "Dad de beber al sediento", "Lo que hiciéreis con el más pe­queño de vosotros conmigo lo estáis haciendo" y "El que quiere ir en pos de mí que tome su cruz y mi siga". Palabras extrañas al hombre moderno pero palabras de unión y de gozo que debemos empezar a balbucear y practicar como si fuéramos niños recién nacidos.

viernes, 21 de octubre de 2016

DIÁCONO JORGE NOVOA: NO LLORES...

Y sucedió que a continuación se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre.Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad.
Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores.» Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: «Joven, a ti te digo: Levántate.»El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre.
El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.


El texto narra lo ocurrido a la viuda de Naím, ha perdido a su hijo único, en el momento en que lo sacan de la ciudad para enterrarlo, más precisamente en la puerta de la ciudad,  se encuentran con Jesús y sus discípulos que llegan a Naím.

Jesús al ver lo ocurrido sintió "compasión". Qué supone esta pasión en ÉL? Jesús percibe el sufrimiento de la viuda y lo comparte como propio, padece (pasión) con (com) ella, no permanece indiferente ante el sufrimiento humano. También aparece esto en Él, cuando la multitud anda como ovejas sin pastor, se compadece de su desorientación y vulnerabilidad. Jesús por este movimiento se inclina ante el hombre  que padece el mal, expresando  en este y otros hechos, la acción de Dios para con la humanidad, la venida de Jesús es expresión de la compasión del Padre.  Dios  aparece en la Antigua Alianza escuchando el clamor de su pueblo y bajando para liberarlo,  ahora se visibiliza esta acción en los gestos de la vida de Jesús. Dios se compadece de la humanidad pecadora, y no permanece indiferente ni se distancia de ella, sino que se inclina, envía a su Hijo único para solidarizarse con el sufrimiento humano y conducirlo a la casa paterna.

El término compasión no tiene "buena prensa" en la cultura actual, el hombre vanidoso rechaza esta realidad, entendiendo que se trata de algo poco noble. Compadecerse es amar y solidarizarse con el  sufrimiento del otro.

No llores,  dice a la viuda, y a otra mujer, fuera del sepulcro le preguntará, por qué lloras?Jesús vino a consolar a la humanidad doliente, Él trae una promesa de esperanza de parte de Dios, anuncia que el mal no tiene la última palabra, hoy lo visibilizarán en el hijo de la viuda.Dice san Beda:"
 No le llores ya como muerto porque dentro de muy poco lo verás resucitar".

Levántate, Jesús dice al joven y a toda la humanidad que vive con diversas postraciones, recobra el ánimo  para enfrentar las dificultades de la vida, y reemprende el camino con esperanza. " Dios ha visitado a su pueblo" para permanecer con el,hasta el fin del mundo.

Dios te visita si sufres, y se inclinan ante tu dolor para ayudarte a cargarlo, te anima y consuela, pronunciando sobre tantas realidades dolorosas que vivimos su palabra de esperanza. No llores..., el mal no tiene la última palabra. Ahora en nuestro llanto hay esperanza, la fe ilumina nuestro dolor y podemos a pesar de los padecimientos, confiar en la palabra de esperanza de nuestro Señor.

DIÁCONO JORGE NOVOA: NO LLORES...

Y sucedió que a continuación se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre.Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad.
Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores.» Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: «Joven, a ti te digo: Levántate.»El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre.
El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.


El texto narra lo ocurrido a la viuda de Naím, ha perdido a su hijo único, en el momento en que lo sacan de la ciudad para enterrarlo, más precisamente en la puerta de la ciudad,  se encuentran con Jesús y sus discípulos que llegan a Naím.

Jesús al ver lo ocurrido sintió "compasión". Qué supone esta pasión en ÉL? Jesús percibe el sufrimiento de la viuda y lo comparte como propio, padece (pasión) con (com) ella, no permanece indiferente ante el sufrimiento humano. También aparece esto en Él, cuando la multitud anda como ovejas sin pastor, se compadece de su desorientación y vulnerabilidad. Jesús por este movimiento se inclina ante el hombre  que padece el mal, expresando  en este y otros hechos, la acción de Dios para con la humanidad, la venida de Jesús es expresión de la compasión del Padre.  Dios  aparece en la Antigua Alianza escuchando el clamor de su pueblo y bajando para liberarlo,  ahora se visibiliza esta acción en los gestos de la vida de Jesús. Dios se compadece de la humanidad pecadora, y no permanece indiferente ni se distancia de ella, sino que se inclina, envía a su Hijo único para solidarizarse con el sufrimiento humano y conducirlo a la casa paterna.

El término compasión no tiene "buena prensa" en la cultura actual, el hombre vanidoso rechaza esta realidad, entendiendo que se trata de algo poco noble. Compadecerse es amar y solidarizarse con el  sufrimiento del otro.

No llores,  dice a la viuda, y a otra mujer, fuera del sepulcro le preguntará, por qué lloras?Jesús vino a consolar a la humanidad doliente, Él trae una promesa de esperanza de parte de Dios, anuncia que el mal no tiene la última palabra, hoy lo visibilizarán en el hijo de la viuda.Dice san Beda:"
 No le llores ya como muerto porque dentro de muy poco lo verás resucitar".

Levántate, Jesús dice al joven y a toda la humanidad que vive con diversas postraciones, recobra el ánimo  para enfrentar las dificultades de la vida, y reemprende el camino con esperanza. " Dios ha visitado a su pueblo" para permanecer con el,hasta el fin del mundo.

Dios te visita si sufres, y se inclinan ante tu dolor para ayudarte a cargarlo, te anima y consuela, pronunciando sobre tantas realidades dolorosas que vivimos su palabra de esperanza. No llores..., el mal no tiene la última palabra. Ahora en nuestro llanto hay esperanza, la fe ilumina nuestro dolor y podemos a pesar de los padecimientos, confiar en la palabra de esperanza de nuestro Señor.

miércoles, 19 de octubre de 2016

SAN AGUSTÍN: LOS MUERTOS QUE EL SEÑOR RESUCITA Y SU ENSEÑANZA

 Jn 11,1-45
Os he dicho esto con el fin de convenceros de que nuestro Señor Jesucristo realizó los milagros para significar algo con ellos, de forma que, exceptuando su ser algo admirable, grande y divino, aprendiésemos otra cosa con ellos.

Veamos ahora qué quiso enseñarnos en los tres muertos que resucitó. Resucitó a la hija del jefe de la Sinagoga, cuya curación se le había pedido cuando estaba aún enferma. Hallándose en camino a casa se le anuncia su muerte. Y como si su fatiga fuese ya vana, se le comunica al padre: La niña ha muerto, ¿por qué molestas todavía al maestro? Jesús prosiguió su camino y dijo al padre de la joven: No temas, cree solamente. Cuando llegó a casa lo encontró todo dispuesto para los funerales. No lloréis, les dijo; la joven no está muerta, sino que duerme. Y dijo la verdad: dormía, pero sólo para quien tenía el poder de resucitarla. Una vez resucitada se la devuelve viva a sus padres.

También resucitó a un joven, hijo de una viuda... Se acercaba el Señor a la ciudad cuando sacaban al muerto de la casa. Conmovido de misericordia por las lágrimas de la madre viuda y privada de su único hijo, hizo lo que habéis oído diciendo: Joven, yo te lo ordeno, levántate (Lc 7;14). Resucitó el difunto, comenzó a hablar y se lo entregó a su madre. Resucitó igualmente a Lázaro, pero del sepulcro. A los discípulos con quienes hablaba, que sabían que Lázaro, amado con predilección por el Señor, estaba enfermo, les dice: Lázaro, nuestro amigo, duerme. Pensando en el sueño reparador de la salud, le responden: Señor, si duerme, está curado. Y él, de forma ya más clara: Nuestro amigo Lázaro ha muerto (Jn 11,11-14). Dijo la verdad una y otra vez: para vosotros está muerto, mas para mí duerme.

Estos tres géneros de muertos corresponden a las tres clases de pecadores que Cristo resucita también hoy. La hija del jefe de la sinagoga se hallaba muerta dentro de casa; aún no la habían sacado al exterior. Allí la resucitó y entregó viva a sus padres. El joven ya no estaba en casa, pero tampoco en el sepulcro; había salido de la casa, pero aún no había sido sepultado. Quien resucitó a la difunta en la casa, resucitó a quien había salido ya de ella, pero aún no había sido sepultado. Sólo faltaba el tercer caso: que fuera resucitado estando en el sepulcro; esto lo realizó en Lázaro.

Hay personas que han pecado ya en su corazón, pero el pecado aún no se ha hecho realidad exterior. 
Un tal se sintió afectado por cierto deseo. El mismo Señor dice: Quien viere a una mujer, deseándola, ya adulteró con ella en su corazón (Mt 5,28). Todavía no ha habido contacto corporal, pero ya consintió en su corazón. Tiene el muerto en su interior; aun no lo ha sacado fuera. Pues bien, eso acontece, según sabemos, y a diario lo experimentan en sí los hombres cuando, oyendo en alguna ocasión como que la palabra de Dios les dice: Levántate, se condena el consentimiento al pecado y se respira salud y justicia. Resucita el muerto en la casa y se respira salud y justicia. Resucita el muerto en la casa y revive el corazón en lo secreto de la conciencia. Esta resurrección del alma muerta se produjo en el secreto de la conciencia; caso idéntico a aquel que resucitó dentro de su casa.

Hay otros que, después de haber consentido pasan a la acción; es el caso paralelo a quienes sacan fuera al muerto, para que aparezca a las claras lo que permanecía oculto. ¿Han de perder la esperanza éstos que pasaron a la acción? ¿No se le dijo a aquel joven: Yo te lo ordeno, levántate? (Lc 7,14). ¿No fue devuelto a su madre? Luego así también quien pecó de hecho, si amonestado y afectado por la palabra de la verdad se levanta ante la palabra de Cristo, resucita también. Pudo avanzar en el pecado, pero no perecer para siempre.

Quienes a fuerza de obrar mal se enredan en la mala costumbre de forma que esa misma mala costumbre no les deja ver el mal, se convierten en defensores de sus malas acciones, comportándose como los sodomitas, que en otro tiempo replicaron al justo que les reprendía su perverso deseo: Tu viniste a vivir con nosotros, no a dar leyes (Gn 19,9). Tan arraigada estaba allí la costumbre de la nefanda torpeza, que la maldad les parecía justicia hasta reprender antes al que la prohibía que al que la obraba. Los tales, sometidos a tan perversa costumbre, están como sepultados. Pero, ¿qué he de decir, hermanos? De tal forma sepultados que se les podría aplicar lo que se dijo de Lázaro: Ya hiede (Jn 11,39). La piedra colocada sobre el sepulcro es la fuerza oprimente de la costumbre que aprisiona al alma y no la permite ni levantarse ni respirar.

De Lázaro se dijo que llevaba cuatro días muerto. En efecto, el alma llega a esta costumbre de que estoy hablando como en cuatro etapas. La primera consiste en la seducción del placer en el corazón. La segunda en el consentimiento. La tercera es ya la realización y la cuarta la costumbre. 

Hay quienes rechazan tan radicalmente con sus mismos pensamientos las cosas ilícitas que ni siquiera se deleitan en ellas. Hay quienes se deleitan, pero no consienten; habría que decir que la muerte no es plena, pero que en cierto modo se ha iniciado ya. Si el consentimiento sigue a la delectación, ahí está la condenación. Tras el consentimiento se procede al hecho y el hecho conduce a la costumbre, provocando una cierta pérdida de esperanza, por lo cual se dice: Lleva cuatro días, ya hiede.

Llega el Señor para quien todo es fácil y te presenta alguna dificultad. Se estremeció en su espíritu y mostró que quienes se han endurecido tienen necesidad del gran grito de la corrección. Sin embargo, ante la simple voz del Señor que llamaba, se rompieron los lazos de la necesidad. Tembló el poder del infierno y Lázaro fue devuelto vivo. También libera el Señor a los que por la costumbre llevan cuatro días muertos, pues para él, que quería resucitarle, Lázaro sólo dormía. Pero ¿qué dice? Observad cómo fue la resurrección. Salió vivo del sepulcro, pero no podía caminar. Y Jesús dice a sus discípulos: Desatadlo y dejadlo ir (.in 11,44). Él resucitó al muerto y los otros lo desataron. Ved que algo es propio de la majestad divina que resucita. Alguien, enfangado en la mala costumbre, es reprendido por la palabra de la verdad. Pero ¡cuántos no han sido reprendidos por ella y no la escuchan! ¿Quién actúa en el interior de quien la oye? ¿Quién comunica la vida interior? ¿Quién es el que aleja la muerte secreta y otorga la vida también secreta? ¿No es verdad que después de las reprensiones y recriminaciones quedan los hombres solos con sus pensamientos y comienzan a reflexionar sobre la mala vida que llevan y la opresión que, por la pésima costumbre, soportan? Después, descontentos de si mismos, deciden cambiar de vida. Resucitaron: revivieron quienes se hallaron descontentos de su vida anterior; mas, no obstante haber revivido, no pueden caminar. Les atan los lazos de sus culpas. Es, pues, necesario que quien ha recobrado la vida sea desatado y se le permita andar. Esta función la otorgó el Señor a sus discípulos cuando les dijo: Lo que desatareis en la tierra quedará desatado en el cielo (Mt 18,18).

Amadísimos, oigamos esto de forma que quienes están vivos sigan viviendo y quienes se hallan muertos recobren la vida. Si el pecado está en el corazón y aún no ha salido fuera, haga penitencia, corrija su pensamiento y resucite al muerto en el interior de la conciencia. No pierdas la esperanza ni siquiera en el caso de haber consentido a lo pensado. Si no resucitó el muerto dentro, resucite fuera. Arrepiéntase de lo hecho y resucite rápidamente; no vaya al fondo de la sepultura, no reciba sobre sí el peso de la costumbre. Quizá estoy hablando a quien se halla oprimido por la dura piedra de la costumbre, quien se ve atenazado por la fuerza de lo habitual, quien quizá ya hiede de cuatro días. Tampoco éste ha de perder la esperanza: es verdad que yace muerto en lo profundo, pero profundo es Cristo. Sabe quebrar con su voz los pesos terrenos, sabe vivificar interiormente y entregarlo a los discípulos para que lo desaten. Hagan penitencia también ellos, pues ningún hedor quedó a Lázaro, vuelto a la vida, a pesar de haber pasado cuatro días en el sepulcro. Por tanto, los que gozan de vida, sigan viviendo; si alguien se halla muerto, cualquiera que sea la muerte de las tres mencionadas en que se encuentre, haga lo posible por resucitar cuanto antes.

Sermón 98,4-7   

martes, 18 de octubre de 2016

RETIRO ESPIRITUAL 22 DE OCTUBRE

Basta ya, Señor! (1 Re 19,3ss) Dice Elías, en su camino de huida hacia el Horeb, agotado y sin fuerzas, comienza a desearse la muerte. El Señor lo aguarda! Será su refugio, y el lugar para recuperar las fuerzas.

Estás cansado? Se ha instalado en tu mente la expresión, no aguanto más ?Basta, hasta aquí llegue?

El sábado  22 de octubre, el Señor te aguarda debajo de la retama (arbusto en el que encontró a Elías), en la parroquia María Reina de la Paz. Vamos a orar, adorar y compartir la Palabra de Dios,  para que el Señor sea nuestro refugio. Invita a los que sabes están con pensamientos similares a los de Elías. El Señor puede liberarnos de ellos, y lo hará, no dudes!

Parroquia María Reina de la Paz
Sábado 22 de octubre 16 a 20 hs
16 hs-Santo Rosario
17 hs-Predicación de la Palabra
18 hs-Paseo con el Santísimo Sacramento
19 hs-Santa Misa


Confesiones a lo largo del Encuentro, y al concluir, habrá oración de intercesión, con imposición de manos. Retiro abierto y gratuito. 

PRÓLOGO DE SAN LUCAS


El prólogo al Evangelio de Lucas (Lc 1,1-4) es un elegante parágrafo con el que Lucas introduce y presenta su obra, escrito al estilo de los grandes historiadores greco-romanos y en el que expone su método y su objetivo al escribir el libro. Él es el único de los cuatro evangelistas que comienza el libro con un prólogo en el que explica sus pretensiones y el modo de realizarlas.

El evangelio según san Marcos, comienza en realidad en plena acción; la introducción propiamente dicha no ocupa ni una línea. San Mateo da inicio a su narración, con una genealogía, según modelos veterotestamentarios; ya esta mera forma sitúa al escrito de Mt en relación con la literatura palestinense. El evangelio según San Juan abre con una composición de estilo hímnico. Al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles, la segunda parte de la obra de Lucas, otro prólogo, más breve, nos remite al primero (Hch 1,1-2).

El prólogo desde el punto de vista gramatical y literario consta de un solo período, algunas traducciones modernas rompen la longitud del párrafo, para facilitar su lectura; pero esto desvirtúa el carácter literario de la composición. Aunque presenta elementos parecidos, en Lc 3,1-2 y en Hch 1,1-2, aunque con una calidad literaria inferior, es evidente que la impronta lucana, despliega en ellos su propia capacidad literaria dentro de los moldes de la época.

Esta comparación con un escrito  de Flavio Josefo, historiador de la época, iluminará el entorno cultural. Al estudiar el prólogo, no se debe pasar por alto su equilibrada composición, tanto en la prótasis (vv.1-2) como en la apódosis (vv 3,4) (apódosis= retribución; es la proposición en que se completa el sentido de otra proposición condicional llamada prótasis). Este paralelismo aparece mejor en el texto griego, las traducciones no logran siempre plasmar el equilibrio. También aparecen una serie de contrastes de tipo formal entre "muchos" y "yo", entre "componer un relato ordenado" y "escribírtelo por su orden"

Ante todo Lucas anuncia que va a hablar de “los acontecimientos que han tenido lugar entre nosotros” (v. 1). Con estas palabras alude fundamentalmente a los hechos de la vida de Jesús, aunque también se incluyen obviamente los acontecimientos de la historia de la Iglesia, tal como son narrados en los Hechos de los Apóstoles. No es Lucas el primero que se ocupa en narrar estos sucesos (v. 3a). Existen otros que lo han hecho antes que él (es lógico pensar en el evangelio de Marcos). Lucas, un cristiano de la tercera generación, ha elaborado “lo que transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra” (v. 2); es decir, ha recogido en parte las tradiciones presentes en los evangelios de Marcos y Mateo, reflexionando sobre lo que se decía de Jesús y de su obra en la antigua comunidad cristiana. Sobre esta base de historia (“los acontecimientos que han tenido lugar entre nosotros”) y de tradición (“lo que transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra”) Lucas ha compuesto su evangelio en una forma original y cuidadosa, con un fondo religioso innegable y una expresión literaria de gran belleza. A continuación define su método: se ha informado “con todo cuidado” y ha pretendido escribir “con orden”. Él no es testigo ocular de lo que narra, pero se ha informado cuidadosamente para contarlo todo con exactitud. La lectura de su obra nos hará comprender que se trata más bien de un orden didáctico que cronológico, de la exposición pensada y reflexionada de los acontecimientos y de la enseñanza de Jesús. Lucas dedica su libro a Teófilo (cf. Hch 1,2), según la costumbre de los escritos helenísticos. Naturalmente que Lucas tiene en mente un público más amplio y lo que pretende es confirmar las enseñanzas que han recibido sus destinatarios, representados en Teófilo (v. 4).

Lc escribe como miembro de la tercera generación, de ahí que subraya cuidadosamente la distancia con respecto a "los acontecimientos" y "los testigos oculares y servidores de la Palabra". Enuncia claramente su propia contribución, ha realizado su trabajo a base de una investigación personal sobre la actividad de Jesús y su continuación. Reivindica  tres cualidades para su investigación : integridad ("todo"), exactitud ("cuidadosamente") y exhaustividad (" desde los orígenes").

Cuando dice “me pareció” no excluye la acción de Dios; porque Dios es quien prepara la voluntad de los hombres. No es una imitación servil, está en relación con los moldes estilísticos de la época, pero su lenguaje tiene una serie de matices peculiares, que no se pueden entender sino en términos de un relato del acontecimiento Cristo. No se limita exclusivamente a contar los hechos, como si fuera un historiador profano, ni a dar una interpretación  de los acontecimientos desde una neutralidad distante. Los hechos que narra, son los de la historia de la salvación, tienen un pasado que cae de lleno dentro de las promesas anunciadas por Dios en la AA. Su propósito es escribir, no repetir, un relato  de la actividad de Jesús y de su continuación.

En el prólogo encontramos, por tanto, los diversos elementos que componen el evangelio de Lucas y que tienen que ser tenidos en cuenta al momento de leerlo e interpretarlo. Como punto de partida están los hechos de la historia de Jesús, a través de los cuales Dios nos ha ofrecido su rostro y su palabra salvífica. Como interpretación de estos hechos aceptamos la experiencia de la iglesia primitiva que los ha reflexionado y los ha trasmitido. El punto final es el trabajo literario de Lucas que ha dado orden a todo el relato. La Dei Verbum en el n. 19 menciona estos tres momentos en la historia de la formación de los evangelios: (1) hechos y dichos de Jesús, (2) nueva inteligencia de la iglesia apostólica que medita, celebra y anuncia el misterio de Cristo y (3) la obra de síntesis, selección y redacción de los evangelistas al momento de escribir.

v.1. Puesto que (epeideper)
La primera palabra es una conjunción causal, expresa el motivo de un hecho o una situación ya conocida. Esta es la única vez que sale en toda la Biblia de los LXX.
  
     Muchos (polloi)
No es fácil determinar con precisión quienes y cuántos son esos muchos a los que se refiere Lc. Al mencionar a sus predecesores, admite su dependencia y el intento de realizarlo, evidentemente, que esto  le viene por el don del Espíritu Santo, de ser uno de los evangelistas.

       Han emprendido la tarea (epicheirein)
Se puede traducir también: "han intentado", "se propusieron", epicherein= poner manos a 
la obra. En general es utilizado para describir los esfuerzos que exige.

      Componer un relato ordenado Anatassesthai, significa poner en orden, poner en formación, recopilar y, sobre todo, componer. Este sentido es el que mejor cuadra, Lc tiene la intención de emprender esa tarea.

Etimológicamente "diegesis"(relato) tiene el sentido de una composición que se desarrolla progresivamente hasta su desenlace.

     Acontecimientos(Pragmata)
Son los hechos, los sucesos, que constituyen el centro de interés primario de todo historiador, pero, esos acontecimientos no tienen el sentido trivial de puros hechos fácticos, se trata de acontecimientos de la historia de la salvación.
    
Que se han cumplido
La expresión griega, según el significado del perfecto griego, designa los hechos ocurridos en el pasado que siguen desarrollándose en el presente por medio de sus efectos. Los acontecimientos tienen una dimensión actual en la vida de la comunidad cristiana. El verbo pleroporein significa, "colmar la medida" "llevar a su plenitud"
      
Entre nosotros
Este plural es todo el pueblo de la nueva historia de la salvación. El nosotros del v.1 incluye no sólo  a los muchos predecesores de Lc y a los que "desde el principio, fueron testigos oculares y servidores de la Palabra" sino incluso al propio Lc y a los demás cristianos de la tercera generación.

v.2   Como nos
Con este plural Lc  se refiere a sus propia generación, distinguiéndola de "los testigos oculares....

       han trasmitido
El aoristo paredosan, que Lc emplea precisamente aquí, y que aparece en ningún otro texto del NT, es la forma literaria clásica del verbo paradidonai, este verbo es una palabra técnica que se utiliza en el NT para describir el proceso de transmisión en la comunidad primitiva, parece que se refiere a la tradición oral, por contraste con los relatos de los predecesores que acaba de indicar.

      Los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra
Describe al grupo de los discípulos de Cristo, recordemos los requisitos para pertenecer al grupo de los doce.

v3.Yo también...he decidido
La traducción literal sería "a mi también me ha parecido".

     Después de investigarlo todo cuidadosamente
¿En qué sentido se emplea aquí, concretamente parekolouthekoti? Se entiende que la expresión designa el "seguir el desarrollo de los acontecimientos, o  investigarlos ", evidentemente, significa "seguir de cerca" o estar "íntimamente vinculado" a los sucesos.

    Todo cuidadosamente
La expresión incluye todos los acontecimientos y los relatos de los muchos predecesores de Lc. En este todo toma cuerpo la primera de las tres características que Lc reclama para su obra, es decir, la integridad. Su investigación ha sido completa.
Con akribos, a cuenta de la segunda característica de su investigación: la exactitud.

    Desde el principio
Tercera característica lucana, la exhaustividad. El verbo anothen significa, literalmente, significa, desde arriba; usado en sentido temporal, puede ser equivalente de ap'arches (Lc 1,2). El comienzo al que se hace alusión aquí parece ser a la tradición apostólica.

    Excelentísimo Teófilo
A partir del siglo III a.C, el nombre de Teófilo es relativamente frecuente en la onomástica de papiros encontrados en Egipto y Grecia, no era exclusivamente un nombre pagano, había judíos que también lo levaban. El personaje del prólogo, vuelve a aparecer en Hch, luego desaparece totalmente. No hay razón para poner en duda la existencia histórica de ese  personaje, tampoco hay razones convincentes para atribuir una interpretación simbólica del nombre. Dado el calificativo que utiliza Lc, kratistos, se puede decir que Teófilo pertenecía probablemente a una clase acomodada. Según la Tradición  probablemente Teófilo, fuera un catecúmeno.

v.4 Para que comprendas

Significa, "reconocer", "caer en la cuenta" de un hecho, o también "averiguar" "comprobar", como verbo compuesto que lleva la preposición "epi", tiene un matiz intensivo : "conocer profundamente".

DÓNDE ESTÁN LOS RESTOS DEL EVANGELISTA SAN LUCAS?

La ciencia confirma la autenticidad de las reliquias de san Lucas. Desvelado el enigma del cuerpo del autor del tercer Evangelio

Gracias a largos estudios interdisciplinares, encargados por el arzobispo de Padua, monseñor Antonio Malttiazzo, un grupo de científicos están de acuerdo en sostener que el cuerpo conservado dentro de una caja de plomo (se trata de un esqueleto sin cabeza al que le falta sólo el cúbito derecho y el astrágalo izquierdo) pertenecía al autor del tercer Evangelio, médico de profesión, que murió a los 84 años en Beocia y sepultado en Tebe.
El cuerpo del evangelista, que escribió en griego con un léxico refinado en torno al año 63, fue trasladado a Constantinopla, en la época del emperador Constancio, en el siglo IV, y luego a Padua durante las Cruzadas. Desde entonces se conserva en la iglesia de Santa Justina. El cráneo fue en cambio trasladado en 1354 de Padua a Praga a la catedral de San Vito por voluntad del emperador Carlos IV.
En esta laboriosa operación científica, que ha durado años, los atestados de autenticidad son obra de prestigiosos genetistas, historiadores, biólogos y antropólogos. Los datos recogidos, además, coincidirían con un documento de finales del siglo II que habla de la muerte de Lucas y que afirma que murió en edad avanzada. Ha sido sin embargo el examen del carbono 14 el que ha eliminado definitivamente cualquier duda: la datación del esqueleto se remonta al primer siglo de la era cristiana.
El esqueleto depositado en Santa Justina fue causalmente descubierto en 1177, en una caja de plomo marcada con tres cabezas de ternero y la inscripción «S. L. Evang». En torno al 1460, llega a Venecia sin embargo otro cuerpo de San Lucas procedente de Bosnia. Nace así entre Padua y Venecia una controversia sobre la autenticidad de las respectivas reliquias. En 1980, una consulta en el archivo metropolitano de Praga indicó que los restos la cabeza del Evangelista que está en la catedral de San Vito fueron traídos en 1364 de Padua para enriquecer la colección de Carlos IV de Luxemburgo.
Las lecciones de Lucas, según Juan Pablo II

En estos días está teniendo lugar en la misma ciudad de Padua un Congreso Internacional dedicado al evangelista. Con este motivo el Papa ha enviado un mensaje al arzobispo de esa ciudad. En el texto, Juan Pablo II se detiene a analizar los rasgos fundamentales de la narración de Lucas. Sobre todo, hace énfasis en la acción del Espíritu Santo que guía a los primeros testigos de la fe hacia Roma y luego hacia el mundo entero a través de un recorrido plagado de amenazas. Un sendero que se hacía más difícil porque –escribe el Papa– Cristo «camina por un camino difícil, pone condiciones extremamente exigentes y se dirige hacia un destino paradójico, el de la Cruz». Y sin embargo, añade, al seguirlo, la Iglesia es confortada por su perenne y constante presencia.

Otro rasgo fundamental del tercer Evangelio, dice el Papa, es la atención por la figura de la Madre de Cristo: según una tradición, san Lucas tenía también el talento de la pintura y sería autor de diversas imágenes de la Virgen. Lo que sí es cierto es que sus páginas están llenas de descripciones casi visuales de la vida de la Virgen, desde la Anunciación a Pentecostés, y que en los siglos han proporcionado motivo a las obras de diversos artistas.
Por último, según las reflexiones del Pontífice, Lucas destaca un aspecto especialmente actual de la Iglesia, es decir, su carácter misionero basado sobre el punto firme de la «unicidad y la universalidad de la salvación realizada por Cristo». Un anuncio de gracia, del que –concluye Juan Pablo II– «nuestro tiempo tiene necesidad más que nunca».
Las sorpresas de un estudio científico

El Congreso Internacional de Padua, que ha recibido las palabras del Papa, tiene por tema: «San Lucas Evangelista, testigo para el 2000 de la fe que une». El acontecimiento se propone celebrar la obra y la figura del santo, patrono de los médicos y los pintores, a través de documentación, estudios, testimonios de la historia y de la tradición litúrgica.

En el curso del Congreso se han presentado los resultados del reconocimiento de las reliquias del santo. En el origen de esta investigación antropológica está la petición hecha hace algunos años por el arzobispo ortodoxo Hyeronimos, metropolita de la ciudad de Tebe, de un fragmento de las reliquias de san Lucas para colocarlo en el que la tradición considera el lugar donde fue sepultado originariamente.
Tras dos años de estudio, llegan los resultados de la investigación sobre los restos que se conservan en Padua. ¿Cuál es la actitud de la Iglesia? «Ciertamente la ciencia no podrá decirnos con certeza absoluta la credibilidad –responde el padre Gianandrea Di Donna, secretario general del Congreso, en declaraciones a «Zenit»–. Pero podemos decir que los resultados obtenidos gracias a este estudio científico no niegan la tradición secular respecto a los restos del santo».
Fuente : ROMA, 18 oct (ZENIT.org).-

SAN JUAN PABLO II: EL CUERPO DE SAN LUCAS EN PADUA

MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

CON OCASIÓN DEL RECONOCIMIENTO
DEL CUERPO DE SAN LUCAS

1. Entre las glorias de esa Iglesia, es muy significativa la relación particular que la une a la memoria del evangelista san Lucas, cuyas reliquias, según la tradición, conserva en la espléndida basílica de Santa Justina: tesoro precioso y don verdaderamente singular, que ha llegado a través de un camino providencial. En efecto, san Lucas, según antiguos testimonios, murió en Beocia y fue enterrado en Tebas. Desde allí, como refiere san Jerónimo (cf. De viris ill. VI, I), sus huesos fueron transportados a Constantinopla, a la basílica de los Santos Apóstoles. Sucesivamente, según las fuentes que las investigaciones históricas van explorando, fueron trasladados a Padua.

El reconocimiento del cuerpo del santo evangelista y el Congreso internacional dedicado a él ofrecen ahora una ocasión propicia para renovar la atención y la veneración a esta "presencia", arraigada en la historia cristiana de esa ciudad. Se ha querido dar al congreso una significativa dimensión ecuménica, subrayada por el hecho de que el arzobispo ortodoxo de Tebas, Hieronymos, ha pedido un fragmento de las reliquias para depositarlo en el lugar donde aún hoy se venera el primer sepulcro del evangelista.

Las celebraciones que se desarrollan con ocasión de dicho congreso brindan un nuevo estímulo, para que esa amada Iglesia que está en Padua redescubra el verdadero tesoro que san Lucas nos dejó: el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. Al alegrarme por el empeño puesto en esta dirección, deseo considerar brevemente algunos aspectos del mensaje lucano, para que esa comunidad encuentre orientación y aliento en su camino espiritual y pastoral.

2. San Lucas, ministro de la palabra de Dios (cf. Lc 1, 2), nos introduce en el conocimiento de la luz discreta, y al mismo tiempo penetrante, que ella irradia iluminando la realidad y los acontecimientos de la historia. El tema de la palabra de Dios, hilo de oro que atraviesa los dos escritos que componen la obra lucana, unifica también las dos épocas que él contempló: el tiempo de Jesús y el de la Iglesia. Casi narrando la "historia de la palabra de Dios", el relato de san Lucas sigue su difusión desde Tierra Santa hasta los confines del mundo. El camino propuesto por el tercer evangelio está profundamente marcado por la escucha de esta palabra que, como semilla, se ha de acoger con bondad y prontitud de corazón, superando los obstáculos que le impiden echar raíces y dar fruto (cf. Lc 8, 4-15).

Un aspecto importante que san Lucas pone de relieve es el hecho de que la palabra de Dios también crece y se consolida misteriosamente a través del sufrimiento y en un ambiente de oposiciones y persecuciones (cf. Hch 4, 1-31; 5, 17-42; passim). La palabra que san Lucas indica está llamada a transformarse, para cada generación, en un acontecimiento espiritual capaz de renovar la existencia. La vida cristiana, suscitada y sostenida por el Espíritu, es diálogo interpersonal que se funda precisamente en la palabra que nos dirige el Dios vivo, pidiéndonos que la acojamos, sin reservas, en la mente y el corazón. Se trata, en definitiva, de convertirse en discípulos dispuestos a escuchar con sinceridad y disponibilidad al Señor, siguiendo el ejemplo de María de Betania, que "eligió la mejor parte", porque, "sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra" (cf. Lc 10, 38-42).

Desde esta perspectiva, deseo animar, en la programación pastoral de esa amada Iglesia, el plan de las "Semanas bíblicas", el apostolado bíblico y las peregrinaciones a Tierra Santa, el lugar donde la Palabra se hizo carne (cf. Jn 1, 14). También quisiera estimular a todos, presbíteros, religiosos, religiosas y laicos, a practicar y promover la lectio divina, hasta que la meditación de la sagrada Escritura llegue a ser un elemento esencial de su vida.

3. "El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Lc 9, 23). Para san Lucas ser cristianos significa seguir a Jesús por el camino que él recorre (cf. Lc 19, 57; 10, 38; 13, 22; 14, 25). Jesús mismo es quien toma la iniciativa e invita a seguirlo, y lo hace de modo decidido e inconfundible, mostrando así su identidad completamente fuera de lo común, su misterio de Hijo, que conoce al Padre y lo revela (cf. Lc 10, 22). La decisión de seguir a Jesús nace de la opción fundamental por su persona. A quien no se siente fascinado por el rostro de Cristo le resulta imposible seguirlo con fidelidad y constancia, entre otras cosas porque Jesús camina por una senda difícil, pone condiciones muy exigentes y se dirige hacia un destino paradójico: la cruz. San Lucas subraya que Jesús no acepta componendas y exige el compromiso de toda la persona, un decidido desapego de toda nostalgia del pasado, de los condicionamientos familiares y de la posesión de los bienes materiales (cf. Lc 9, 57-62; 14, 26-33).

El hombre siempre estará tentado de atenuar estas exigencias radicales y adaptarlas a sus propias debilidades, o de renunciar al camino emprendido. Pero precisamente aquí se muestran la autenticidad y la calidad de vida de la comunidad cristiana. Una Iglesia que viviera de componendas sería como la sal que pierde el sabor (cf. Lc 14, 34-35).

Es necesario abandonarse a la fuerza del Espíritu, capaz de infundir luz y, sobre todo, amor a Cristo; es preciso abrirse a la fascinación interior que Jesús ejerce en los corazones que aspiran a la autenticidad, rechazando las medias tintas. Desde luego, esto es difícil para el hombre, pero resulta posible con la gracia de Dios (cf. Lc 18, 27). Por otra parte, si el seguimiento de Cristo implica llevar a diario la cruz, esta, a su vez, es el árbol de la vida que lleva a la resurrección. San Lucas, que acentúa las exigencias radicales del seguimiento de Cristo, es también el evangelista que describe la alegría de quienes se convierten en discípulos de Cristo (cf. Lc 10, 20; 13, 17; 19, 6. 37; Hch 5, 41; 8, 39; 13, 48).

4. Es conocida la importancia que san Lucas da en sus escritos a la presencia y a la acción del Espíritu, desde la Anunciación, cuando el Paráclito desciende sobre María (cf. Lc 1, 35), hasta Pentecostés, cuando los Apóstoles, impulsados por el don del Espíritu, reciben la fuerza necesaria para anunciar en todo el mundo la gracia del Evangelio (cf. Hch 1, 8; 2, 1-4). El Espíritu Santo es el que forja a la Iglesia. San Lucas delineó en los rasgos de la primera comunidad cristiana el modelo en el que debe reflejarse la Iglesia de todos los tiempos: es una comunidad unida con "un solo corazón y una sola alma", y asidua en la escucha de la palabra de Dios; una comunidad que vive de la oración, comparte con alegría el Pan eucarístico y abre su corazón a las necesidades de los pobres hasta compartir con ellos sus bienes materiales (cf. Hch 2, 42-47; 4, 32-37). Toda renovación eclesial deberá hallar en esta fuente inspiradora el secreto de su autenticidad y de su lozanía.

Desde la Iglesia madre de Jerusalén, el Espíritu ensancha los horizontes e impulsa a los Apóstoles y a los testigos hasta Roma. En el ámbito de estas dos ciudades se desarrolla la historia de la Iglesia primitiva, una Iglesia que crece y se dilata a pesar de las oposiciones que la amenazan desde fuera y las crisis que frenan su camino desde dentro. Pero en todo este recorrido, lo que realmente interesa a san Lucas es presentar a la Iglesia en la esencia de su misterio, constituido por la presencia perenne del Señor Jesús, el cual, actuando en ella con la fuerza de su Espíritu, la consuela y la anima en las pruebas de su camino en la historia.

5. Según una tradición piadosa, san Lucas es considerado el pintor de la imagen de María, la Virgen Madre. Pero el verdadero retrato que san Lucas realiza de la Madre de Jesús es el que aparece en las páginas de su obra: en escenas ya familiares para el pueblo de Dios, traza una imagen elocuente de la Virgen. La Anunciación, la Visitación, el Nacimiento, la Presentación en el templo, la vida en la casa de Nazaret, la disputa con los doctores y la pérdida de Jesús en el templo, así como Pentecostés, han proporcionado un amplio material, a lo largo de los siglos, para la creatividad incesante de pintores, escultores, poetas y músicos.

Por esta razón, el Congreso internacional ha programado oportunamente una reflexión sobre el tema del arte y a la vez ha organizado una exposición de obras de gran valor.
Sin embargo, lo más importante es captar que, a través de escenas de vida mariana, san Lucas nos introduce en la interioridad de María, permitiéndonos descubrir al mismo tiempo su función única en la historia de la salvación.

María es quien pronuncia el fiat, un sí personal y pleno a la propuesta de Dios, definiéndose "esclava del Señor" (Lc 1, 38). Esta actitud de adhesión total a Dios y de disponibilidad incondicional a su Palabra constituye el modelo más alto de fe, la anticipación de la Iglesia como comunidad de los creyentes. La vida de fe crece y se desarrolla en María mediante la meditación sapiencial de las palabras y los acontecimientos de la vida de Cristo (cf. Lc 2, 19. 51). Ella "meditaba en su corazón", para comprender el sentido profundo de las palabras y de los hechos, asimilarlo y luego comunicarlo a los demás.
El cántico del Magníficat (cf. Lc 1, 46-55) manifiesta otro rasgo importante de la "espiritualidad" de María: ella encarna la figura del pobre, capaz de poner plenamente su confianza en Dios, que derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes.
San Lucas nos delinea también la figura de María en la Iglesia de los primeros tiempos, mostrándola presente en el Cenáculo en espera del Espíritu Santo: "Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús y de sus hermanos" (Hch 1, 14).

El grupo reunido en el Cenáculo constituye como la célula germinal de la Iglesia. Dentro de él María desempeña un papel doble: por una parte, intercede en favor del nacimiento de la Iglesia por obra del Espíritu Santo; y, por otra, comunica a la Iglesia naciente su experiencia de Jesús.

Así, la obra de san Lucas ofrece a la Iglesia que está en Padua un estímulo eficaz para valorar la "dimensión mariana" de la vida cristiana en el camino del seguimiento de Cristo.

6. Otra dimensión esencial de la vida cristiana y de la Iglesia, sobre la cual la narración lucana proyecta una luz intensa, es la de la misión evangelizadora. San Lucas indica el fundamento perenne de esta misión, es decir, la unicidad y la universalidad de la salvación realizada por Cristo (cf. Hch 4, 12). El acontecimiento salvífico de la muerte-resurrección de Cristo no concluye la historia de la salvación, sino que marca el comienzo de una nueva fase, caracterizada por la misión de la Iglesia, llamada a comunicar a todas las naciones los frutos de la salvación realizada por Cristo. Por esta razón san Lucas ofrece después del evangelio, como consecuencia lógica, la historia de la misión. Es el mismo Resucitado quien da a los Apóstoles el "mandato" misionero: "Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: "Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén.

Vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto"" (Lc 24, 45-48).

La misión de la Iglesia comienza en Pentecostés "desde Jerusalén", para extenderse "hasta los confines de la tierra". Jerusalén no indica sólo un punto geográfico. Significa más bien un punto focal de la historia de la salvación. La Iglesia no parte desde Jerusalén para abandonarla, sino para injertar en el olivo de Israel a las naciones paganas (cf. Rm 11, 17).

La tarea de la Iglesia consiste en introducir en la historia la levadura del reino de Dios (cf. Lc 13, 20-21). Se trata de una tarea ardua, descrita en los Hechos de los Apóstoles como un itinerario fatigoso y accidentado, pero encomendado a "testigos" llenos de entusiasmo, de iniciativa y de alegría, dispuestos a sufrir y a dar su vida por Cristo. Reciben esta energía interior de la comunión de vida con el Resucitado y de la fuerza del Espíritu que él les da. ¡Qué gran recurso puede constituir para la Iglesia que está en Padua la confrontación continua con el mensaje del Evangelista, cuyos restos mortales custodia!

7. Espero que esa comunidad diocesana, a la luz de esta visión lucana, con plena docilidad a la acción del Espíritu, testimonie con audacia creativa a Jesucristo, tanto en su propio territorio, como, según su hermosa tradición, mediante la cooperación misionera con las Iglesias de África, América Latina y Asia.

Ojalá que este compromiso misionero reciba un ulterior impulso en este Año jubilar, que celebra el bimilenario del nacimiento de Cristo e invita a la Iglesia a una profunda renovación de vida.

Precisamente el evangelio de san Lucas recoge el discurso con el que Jesús, en la sinagoga de Nazaret, proclama el "año de gracia del Señor", anunciando a los pobres la salvación como liberación, curación y buena nueva (cf. Lc 4, 14-20). El mismo evangelista presentará también la fuerza sanante del amor misericordioso del Salvador en páginas conmovedoras, como las de la oveja perdida y del hijo pródigo (cf. Lc 15).

Nuestro tiempo tiene más necesidad que nunca de este anuncio. Por tanto, aliento encarecidamente a esa comunidad para que su compromiso por la nueva evangelización sea cada vez más fuerte y eficaz. La exhorto asimismo a proseguir y desarrollar las iniciativas ecuménicas de colaboración que ha emprendido con algunas Iglesias ortodoxas en el ámbito de la caridad, de la cultura teológica y de la pastoral. Que el Congreso internacional sobre san Lucas represente una etapa significativa en el camino de esa Iglesia, ayudándole a arraigarse cada vez más en la tierra de la palabra de Dios y a abrirse con renovado impulso a la comunión y a la misión.

Con estos sentimientos, le imparto de corazón a usted, venerado hermano, y a cuantos han sido confiados a su cuidado pastoral, una especial bendición apostólica.
                                                                                         Vaticano, 15 de octubre de 2000


lunes, 17 de octubre de 2016

SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA (+107)

Lo único que para mi habéis de pedir es fuerza interior y exterior, a fin de que no sólo de palabra, sino también de voluntad me llame cristiano y me muestre como tal... Escribo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco que estoy presto a morir de buena gana por Dios, si vosotros no lo impedís. A vosotros os suplico que no tengáis para conmigo una benevolencia intempestiva. Dejadme ser alimento de las fieras, por medio de las cuales pueda yo alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios que ha de ser molido por los dientes de las fieras, para ser presentado como pan limpio de Cristo. En todo caso, más bien halagad a las fieras para que se conviertan en sepulcro mío sin dejar rastro de mi cuerpo: así no seré molesto a nadie ni después de muerto. Cuando mi cuerpo haya desaparecido de este mundo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo. Haced súplicas a Cristo por mí para que por medio de esos instrumentos pueda yo ser sacrificado para Dios... Hasta el presente yo soy esclavo: pero si sufro el martirio, seré liberto de Jesucristo, y resucitaré libre en él. Y ahora, estando encadenado, aprendo a no tener deseo alguno.


(Carta a los Efesios)

BENEDICTO XVI: SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA


Hoy hablamos de san Ignacio, que fue el tercer obispo de Antioquia, del año 70 al 107, fecha de su martirio.En aquel tiempo, Roma, Alejandría y Antioquia eran las tres grandes metrópolis del Imperio Romano. El Concilio de Nicea habla de los tres «primados»: el de Roma, pero también el de Alejandría y Antioquia participan, en cierto sentido, en un «primado».

San Ignacio era obispo de Antioquia, que hoy se encuentra en Turquía. Allí, en Antioquia, como sabemos por los Hechos de los Apóstoles, surgió una comunidad cristiana floreciente: el primer obispo fue el apóstol Pedro, como dice la tradición, y allí «fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”» (Hechos 11, 26).

Eusebio de Cesarea, un historiador del siglo IV, dedica todo un capítulo de su «Historia Eclesiástica» a la vida y a la obra de Ignacio (3,36). «De Siria», escribe, «Ignacio fue enviado a Roma para ser pasto de fieras, a causa del testimonio que dio de Cristo. Viajando por Asia, bajo la custodia severa de los guardias» (que él llama «diez leopardos» en su Carta a los Romanos 5,1), «en las ciudades en las que se detenía, reforzaba a las Iglesias con predicaciones y exhortaciones; sobre todo les alentaba, de todo corazón, a no caer en las herejías, que entonces comenzaban a pulular, y recomendaba no separarse de la tradición apostólica».

La primera etapa del viaje de Ignacio hacia el martirio fue la ciudad de Esmirna, donde era obispo san Policarpo, discípulo de san Juan. Allí, Ignacio escribió cuatro cartas, respectivamente a las Iglesias de Éfeso, e Magnesia, de Tralles y de Roma.

«Al dejar Esmirna», sigue diciendo Eusebio, «Ignacio llegó a Troade, y allí envió nuevas cartas»: dos a las Iglesias de Filadelfia y de Esmirne, y una al obispo Policarpo. Eusebio completa así la lista de las cartas, que nos han llegado de la Iglesia del primer siglo como un tesoro precioso.
 
Al leer estos textos se siente la frescura de la fe de la generación que todavía había conocido a los apóstoles. Se siente también en estas cartas el amor ardiente de un santo. Finalmente, de Troade el mártir llegó a Roma, donde en el Anfiteatro Flavio, fue dado en pasto a las fieras feroces.

Ningún Padre de la Iglesia ha expresado con la intensidad de Ignacio el anhelo por la «unión» con Cristo y por la «vida» en Él. Por este motivo, hemos leído el pasaje del Evangelio sobre la viña, que según el Evangelio de Juan, es Jesús. En realidad, confluyen en Ignacio dos «corrientes» espirituales: la de Pablo, totalmente orientada a la «unión» con Cristo, y la de Juan, concentrada en la «vida» en Él.

A su vez, estas dos corrientes desembocan en la «imitación» de Cristo, proclamado en varias ocasiones por Ignacio como «mi Dios» o «nuestro Dios». De este modo, Ignacio implora a los cristianos de Roma que no impidan su martirio, pues tiene impaciencia por «unirse con Jesucristo».

Y explica: «Para mí es bello morir caminando hacia («eis») Jesucristo, en vez de poseer un reino que llegue hasta los confines de la tierra. Le busco a Él, que murió por mí, le quiero a Él, que resucitó por nosotros. ¡Dejad que imite la Pasión de mi Dios!» (Romanos 5-6). Se puede percibir en estas expresiones ardientes de amor el agudo «realismo» cristológico típico de la Iglesia de Antioquia, atento más que nunca a la encarnación del Hijo de Dios y a su auténtica y concreta humanidad: Jesucristo, escribe Ignacio a los habitantes de Esmirna, «es realmente de la estirpe de David», «realmente nació de una virgen», «fue clavado realmente por nosotros» (1,1).

La irresistible tensión de Ignacio hacia la unión con Cristo sirve de fundamento para una auténtica «mística de la unidad». Él mismo se define como «un hombre al que se le ha confiado la tarea de la unidad» (A los fieles de Filadelfia 8, 1). Para Ignacio, la unidad es ante todo una prerrogativa de Dios, que existiendo en tres Personas es Uno en una absoluta unidad.

Repite con frecuencia que Dios es unidad y que sólo en Dios ésta se encuentra en el estado puro y originario. La unidad que tienen que realizar sobre esta tierra los cristianos no es más que una imitación lo más conforme posible con el modelo divino. De esta manera, Ignacio llega a elaborar una visión de la Iglesia que recuerda mucho a algunas expresiones de la Carta a los Corintios de Clemente Romano. «Conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo, lo cual vosotros ya hacéis –escribe a los cristianos de Éfeso–. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta. Que cada uno de vosotros también se convierta en coro a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad y cantéis a una sola voz» (4,1-2).

Y después de recomendar a los fieles de Esmirna que no hagan nada «que afecte a la Iglesia sin el obispo» (8,1), confía a Policarpo: «Ofrezco mi vida por los que están sometidos al obispo, a los presbíteros y a los diáconos. Que junto a ellos pueda tener parte con Dios. Trabajad unidos los unos por los otros, luchad juntos, corred juntos, sufrid juntos, dormid y velad juntos como administradores de Dios, asesores y siervos suyos. Buscad agradarle a Él por quien militáis y de quien recibís la merced. Que nadie de vosotros deserte. Que vuestro bautismo sea como un escudo, la fe como un casco, la caridad como una lanza, la paciencia como una armadura» (6,1-2).

En su conjunto, se puede percibir en las Cartas de Ignacio una especie de dialéctica constante y fecunda entre dos aspectos característicos de la vida cristiana: por una parte la estructura jerárquica de la comunidad eclesial, y por otra la unidad fundamental que liga entre sí a todos los fieles en Cristo. Por lo tanto, los papeles no se pueden contraponer. Al contrario, la insistencia de la comunión de los creyentes entre sí y con sus pastores, se refuerza constantemente mediante imágenes elocuentes y analogías: la cítara, los instrumentos de cuerda, la entonación, el concierto, la sinfonía.

Es evidente la peculiar responsabilidad de los obispos, de los presbíteros y los diáconos en la edificación de la comunidad. A ellos se dirige ante todo el llamamiento al amor y la unidad. «Sed una sola cosa», escribe Ignacio a los Magnesios, retomando la oración de Jesús en la Última Cena:

«Una sola súplica, una sola mente, una sola esperanza en el amor… Acudid todos a Jesucristo como al único templo de Dios, como al único altar: él es uno, y al proceder del único Padre, ha permanecido unido a Él, y a Él ha regresado en la unidad» (7, 1-2). Ignacio es el primero que en la literatura cristiana atribuye a la Iglesia el adjetivo «católica», es decir, «universal»: «Donde está Jesucristo», afirma, «allí está la Iglesia católica» (A los fieles de Esmirna 8, 2). Precisamente en el servicio de unidad a la Iglesia católica, la comunidad cristiana de Roma ejerce una especie de primado en el amor: «En Roma, ésta preside, digna de Dios, venerable, digna de ser llamada bienaventurada… Preside en la caridad, que tiene la ley de Cristo, y lleva el nombre del Padre» (A los Romanos, «Prólogo»).

Como se puede ver, Ignacio es verdaderamente el «doctor de la unidad»: unidad de Dios y unidad de Cristo (en oposición a las diferentes herejías que comenzaban a circular y que dividían al hombre y a Dios en Cristo), unidad de la Iglesia, unidad de los fieles, «en la fe y en la caridad, pues no hay nada más excelente que ella» (A los fieles de Esmirna 6,1).

En definitiva, el «realismo» de Ignacio es una invitación para los fieles de ayer y de hoy, es una invitación para todos nosotros a lograr una síntesis progresiva entre «configuración con Cristo» (unión con Él, vida en Él) y «entrega a su Iglesia» (unidad con el obispo, servicio generoso a la comunidad y al mundo).

En definitiva, es necesario lograr una síntesis entre «comunión» de la Iglesia en su interior y «misión», proclamación del Evangelio a los demás, hasta que una dimensión hable a través de la otra, y los creyentes tengan cada vez más «ese espíritu sin divisiones, que es el mismo Jesucristo» (Magnesios 15).

Al implorar del Señor esta «gracia de unidad», y con la convicción de presidir en la caridad a toda la Iglesia (Cf. A los Romanos, «Prólogo»), os dirijo a vosotros el mismo auspicio que cierra la carta de Ignacio a los cristianos de Tralles: «Amaos los unos a los otros con un corazón sin divisiones. 

Mi espíritu se entrega en sacrificio por vosotros no sólo ahora, sino también cuando alcance a Dios… Que en Cristo podáis vivir sin mancha» (13). Y recemos para que el Señor nos ayude a alcanzar esta unidad y vivamos sin mancha, pues el amor purifica las almas.