jueves, 30 de junio de 2016

DIÁCONO JORGE NOVOA: CUANDO CONTEMPLO EL CIELO, OBRA DE TUS MANOS...


La Creación es obra del Amor de Dios, sus huellas están impresas en su Obra y nos mueven a bendecir y alabar el nombre del Señor . Aquí podes escuchar y bajar esta Catequesis, que se emitió por Radio María en Uruguay...

miércoles, 29 de junio de 2016

DISCURSO DE BENEDICTO AL PAPA FRANCISCO

SAN AGUSTÍN: PEDID Y SE OS DARÁ...


Hemos oído la exhortación de nuestro Señor, maestro celeste y fidelísimo consejero, que nos exhorta a que le pidamos y nos da cuando le pedimos. Le hemos escuchado en el evangelio, donde nos exhortaba a pedir con insistencia y a llamar hasta parecer impertinentes. En esa dirección nos puso un ejemplo. «Si uno de vosotros tuviese un amigo a quien pidiese tres panes por habérsele presentado en casa otro amigo que viene de viaje, y hallarse sin nada que ofrecerle, si aquél le respondiera que ya está descansando y con él sus criados y que por tanto, no ha de molestarle; si, con todo, él insiste y persevera llamando, sin acobardarse por la indelicadeza, al contrario, forzado por la necesidad, el otro se levantará, sino por la amistad, al menos por su tozudez y le dará cuantos panes quisiere» ¿Cuántos quiso? Solamente tres. El Señor añadió una exhortación a la parábola; en ella nos estimuló ardientemente a pedir, buscar y llamar hasta conseguir lo que pedimos, lo que buscamos y aquello por lo que llamamos, sirviéndose de un ejemplo, por contraste: El del juez que, a pesar de no temer a Dios ni sentir respeto alguno por los hombres, ante la insistencia cotidiana de cierta viuda, vencido por el cansancio, le dio refunfuñando lo que no supo otorgar como favor.

Nuestro Señor Jesucristo, que con nosotros pide y con el Padre da, no nos exhortaría tan insistentemente a pedir si no quisiera dar. Avergüéncese la desidia humana: está más dispuesto él a dar que nosotros a recibir; más ganas tiene él de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias. Y quede bien claro: si nos exhorta, lo hace para nuestro bien.

lunes, 27 de junio de 2016

BENEDICTO XVI: SAN PABLO PERFIL DEL HOMBRE Y DEL APÓSTOL


Hoy comenzamos a tratar sobre las figuras de otros personajes importantes de la Iglesia primitiva. También ellos entregaron su vida por el Señor, por el Evangelio y por la Iglesia. Se trata de hombres y mujeres que, como escribe san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, "entregaron su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo" (Hch 15, 26).

El primero de estos, llamado por el Señor mismo, por el Resucitado, a ser también él auténtico Apóstol, es sin duda Pablo de Tarso. Brilla como una estrella de primera magnitud en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes. San Juan Crisóstomo lo exalta como personaje superior incluso a muchos ángeles y arcángeles (cf. Panegírico 7, 3). Dante Alighieri, en la Divina Comedia, inspirándose en la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 9, 15), lo define sencillamente como "vaso de elección" (Infierno 2, 28), que significa: instrumento escogido por Dios. Otros lo han llamado el "decimotercer apóstol" -y realmente él insiste mucho en que es un verdadero apóstol, habiendo sido llamado por el Resucitado-, o incluso "el primero después del Único".

Ciertamente, después de Jesús, él es el personaje de los orígenes del que tenemos más información, pues no sólo contamos con los relatos de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino también con un grupo de cartas que provienen directamente de su mano y que, sin intermediarios, nos revelan su personalidad y su pensamiento. San Lucas nos informa de que su nombre original era Saulo (cf. Hch 7, 58; 8, 1 etc.), en hebreo Saúl (cf. Hch 9, 14. 17; 22, 7. 13; 26, 14), como el rey Saúl (cf. Hch 13, 21), y era un judío de la diáspora, dado que la ciudad de Tarso está situada entre Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para estudiar a fondo la Ley mosaica a los pies del gran rabino Gamaliel (cf. Hch 22, 3). Había aprendido también un trabajo manual y rudo, la fabricación de tiendas (cf. Hch 18, 3), que más tarde le permitiría proveer él mismo a su propio sustento sin ser una carga para las Iglesias (cf. Hch 20, 34; 1 Co 4, 12; 2 Co 12, 13-14).

Para él fue decisivo conocer a la comunidad de quienes se declaraban discípulos de Jesús. Por ellos tuvo noticia de una nueva fe, un nuevo "camino", como se decía, que no ponía en el centro la Ley de Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a quien se le atribuía el perdón de los pecados. Como judío celoso, consideraba este mensaje inaceptable, más aún, escandaloso, y por eso sintió el deber de perseguir a los discípulos de Cristo incluso fuera de Jerusalén. Precisamente, en el camino hacia Damasco, a inicios de los años treinta, Saulo, según sus palabras, fue "alcanzado por Cristo Jesús" (Flp 3, 12).

Mientras san Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles -la manera en que la luz del Resucitado le alcanzó, cambiando radicalmente toda su vida-, él en sus cartas va a lo esencial y no habla sólo de una visión (cf. 1 Co 9, 1), sino también de una iluminación (cf. 2 Co 4, 6) y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado (cf. Ga 1, 15-16). De hecho, se definirá explícitamente "apóstol por vocación" (cf. Rm 1, 1; 1 Co 1, 1) o "apóstol por voluntad de Dios" (2 Co 1, 1; Ef 1, 1; Col 1, 1), como para subrayar que su conversión no fue resultado de pensamientos o reflexiones, sino fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes tenía valor para él se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura (cf. Flp 3, 7-10). Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Desde entonces su vida fue la de un apóstol deseoso de "hacerse todo a todos" (1 Co 9, 22) sin reservas.

De aquí se deriva una lección muy importante para nosotros: lo que cuenta es poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, por la comunión con Cristo y con su palabra. A su luz, cualquier otro valor se recupera y a la vez se purifica de posibles escorias.

Otra lección fundamental que nos da san Pablo es la dimensión universal que caracteriza a su apostolado. Sintiendo agudamente el problema del acceso de los gentiles, o sea, de los paganos, a Dios, que en Jesucristo crucificado y resucitado ofrece la salvación a todos los hombres sin excepción, se dedicó a dar a conocer este Evangelio, literalmente "buena nueva", es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás. Desde el primer momento había comprendido que esta realidad no estaba destinada sólo a los judíos, a un grupo determinado de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos, porque Dios es el Dios de todos.

El punto de partida de sus viajes fue la Iglesia de Antioquía de Siria, donde por primera vez se anunció el Evangelio a los griegos y donde se acuñó también la denominación de "cristianos" (cf. Hch 11, 20. 26), es decir, creyentes en Cristo. Desde allí en un primer momento se dirigió a Chipre; luego, en diferentes ocasiones, a las regiones de Asia Menor (Pisidia, Licaonia, Galacia); y después a las de Europa (Macedonia, Grecia). Más importantes fueron las ciudades de Éfeso, Filipos, Tesalónica, Corinto, sin olvidar Berea, Atenas y Mileto.

En el apostolado de san Pablo no faltaron dificultades, que afrontó con valentía por amor a Cristo. Él mismo recuerda que tuvo que soportar "trabajos..., cárceles..., azotes; muchas veces peligros de muerte. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias" (2 Co 11, 23-28).

En un pasaje de la carta a los Romanos (cf. Rm 15, 24. 28) se refleja su propósito de llegar hasta España, el extremo de Occidente, para anunciar el Evangelio por doquier hasta los confines de la tierra entonces conocida. ¿Cómo no admirar a un hombre así? ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un Apóstol de esta talla? Es evidente que no hubiera podido afrontar situaciones tan difíciles, a veces desesperadas, si no hubiera tenido una razón de valor absoluto ante la que ningún límite podía considerarse insuperable. Para san Pablo, como sabemos, esta razón es Jesucristo, de quien escribe: "El amor de Cristo nos apremia al pensar que (...) murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 14-15), por nosotros, por todos.

De hecho, el Apóstol dio el testimonio supremo con su sangre bajo el emperador Nerón aquí, en Roma, donde conservamos y veneramos sus restos mortales. San Clemente Romano, mi predecesor en esta Sede apostólica en los últimos años del siglo I, escribió: "Por la envidia y rivalidad mostró Pablo el galardón de la paciencia. (...) Después de haber enseñado a todo el mundo la justicia y de haber llegado hasta el límite de Occidente, sufrió el martirio ante los gobernantes; salió así de este mundo y marchó al lugar santo, dejándonos el más alto dechado de perseverancia".

Que el Señor nos ayude a poner en práctica la exhortación que nos dejó el apóstol en sus cartas: "Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo" (1 Co 11, 1).

Miércoles 25 de octubre de 2006

sábado, 25 de junio de 2016

BENEDICTO XVI: SAN PEDRO, APÓSTOL


Hemos dicho que la Iglesia vive en las personas y, por eso, en la última catequesis, comenzamos a meditar en las figuras de cada uno de los Apóstoles, comenzando por san Pedro. Hemos visto dos etapas decisivas de su vida: la llamada a orillas del lago de Galilea y, luego, la confesión de fe: "Tú eres el Cristo, el Mesías".

Como dijimos, se trata de una confesión aún insuficiente, inicial, aunque abierta. San Pedro se pone en un camino de seguimiento. Así, esta confesión inicial ya lleva en sí, como un germen, la futura fe de la Iglesia. Hoy queremos considerar otros dos acontecimientos importantes en la vida de san Pedro: la multiplicación de los panes —acabamos de escuchar en el pasaje que se ha leído la pregunta del Señor y la respuesta de Pedro— y después la llamada del Señor a Pedro a ser pastor de la Iglesia universal.

Comenzamos con la multiplicación de los panes. Como sabéis, el pueblo había escuchado al Señor durante horas. Al final, Jesús dice: están cansados, tienen hambre, tenemos que dar de comer a esta gente. Los Apóstoles preguntan: "Pero, ¿cómo?". Y Andrés, el hermano de Pedro, le dice a Jesús que un muchacho tenía cinco panes y dos peces. "Pero, ¿qué es eso para tantos?", se preguntan los Apóstoles. Entonces el Señor manda que se siente la gente y que se distribuyan esos cinco panes y dos peces. Y todos quedan saciados. Más aún, el Señor encarga a los Apóstoles, y entre ellos a Pedro, que recojan las abundantes sobras: doce canastos de pan (cf. Jn 6, 12-13).

A continuación, la gente, al ver este milagro —que parecía ser la renovación tan esperada del nuevo "maná", el don del pan del cielo—, quiere hacerlo su rey. Pero Jesús no acepta y se retira a orar solo en la montaña. Al día siguiente, en la otra orilla del lago, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús interpretó el milagro, no en el sentido de una realeza de Israel, con un poder de este mundo, como lo esperaba la muchedumbre, sino en el sentido de la entrega de sí mismo: "El pan que yo voy a dar es mi carne por la vida del mundo" (Jn 6, 51). Jesús anuncia la cruz y con la cruz la auténtica multiplicación de los panes, el Pan eucarístico, su manera totalmente nueva de ser rey, una manera completamente opuesta a las expectativas de la gente.

Podemos comprender que estas palabras del Maestro, que no quiere realizar cada día una multiplicación de los panes, que no quiere ofrecer a Israel un poder de este mundo, resultaran realmente difíciles, más aún, inaceptables para la gente. "Da su carne": ¿qué quiere decir esto? Incluso para los discípulos parece algo inaceptable lo que Jesús dice en este momento. Para nuestro corazón, para nuestra mentalidad, eran y son palabras "duras", que ponen a prueba la fe (cf. Jn 6, 60).

Muchos de los discípulos se echaron atrás. Buscaban a alguien que renovara realmente el Estado de Israel, su pueblo, y no a uno que dijera: "Yo doy mi carne". Podemos imaginar que las palabras de Jesús fueron difíciles también para Pedro, que en Cesarea de Filipo se había opuesto a la profecía de la cruz. Y, sin embargo, cuando Jesús preguntó a los Doce: "¿También vosotros queréis marcharos?", Pedro reaccionó con el entusiasmo de su corazón generoso, inspirado por el Espíritu Santo. En nombre de todos, respondió con palabras inmortales, que también nosotros hacemos nuestras: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (cf. Jn 6, 66-69).

Aquí, al igual que en Cesarea, con sus palabras, Pedro comienza la confesión de la fe cristológica de la Iglesia y se hace portavoz también de los demás Apóstoles y de nosotros, los creyentes de todos los tiempos. Esto no significa que ya hubiera comprendido el misterio de Cristo en toda su profundidad. Su fe era todavía una fe inicial, una fe en camino; sólo llegaría a su verdadera plenitud mediante la experiencia de los acontecimientos pascuales. Si embargo, ya era fe, abierta a la realidad más grande; abierta, sobre todo, porque no era fe en algo, era fe en Alguien: en él, en Cristo. De este modo, también nuestra fe es siempre una fe inicial y tenemos que recorrer todavía un largo camino. Pero es esencial que sea una fe abierta y que nos dejemos guiar por Jesús, pues él no sólo conoce el camino, sino que es el Camino.

Ahora bien, la generosidad impetuosa de Pedro no lo libra de los peligros vinculados a la debilidad humana. Por lo demás, es lo que también nosotros podemos reconocer basándonos en nuestra vida. Pedro siguió a Jesús con entusiasmo, superó la prueba de la fe, abandonándose a él. Sin embargo, llega el momento en que también él cede al miedo y cae: traiciona al Maestro (cf. Mc 14, 66-72). La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidad que hay que renovar todos los días. Pedro, que había prometido fidelidad absoluta, experimenta la amargura y la humillación de haber negado a Cristo; el jactancioso aprende, a costa suya, la humildad. También Pedro tiene que aprender que es débil y necesita perdón. Cuando finalmente se le cae la máscara y entiende la verdad de su corazón débil de pecador creyente, estalla en un llanto de arrepentimiento liberador. Tras este llanto ya está preparado para su misión.

En una mañana de primavera, Jesús resucitado le confiará esta misión. El encuentro tendrá lugar a la orilla del lago de Tiberíades. El evangelista san Juan nos narra el diálogo que mantuvieron Jesús y Pedro en aquella circunstancia. Se puede constatar un juego de verbos muy significativo. En griego, el verbo filéo expresa el amor de amistad, tierno pero no total, mientras que el verbo “agapáo” significa el amor sin reservas, total e incondicional.

La primera vez, Jesús pregunta a Pedro: "Simón..., ¿me amas" (agapâs-me) con este amor total e incondicional? (cf. Jn 21, 15). Antes de la experiencia de la traición, el Apóstol ciertamente habría dicho: "Te amo (agapô-se) incondicionalmente". Ahora que ha experimentado la amarga tristeza de la infidelidad, el drama de su propia debilidad, dice con humildad: "Señor, te quiero (filô-se)", es decir, "te amo con mi pobre amor humano". Cristo insiste: "Simón, ¿me amas con este amor total que yo quiero?". Y Pedro repite la respuesta de su humilde amor humano: "Kyrie, filô-se", "Señor, te quiero como sé querer". La tercera vez, Jesús sólo dice a Simón: "Fileîs-me?", "¿me quieres?". Simón comprende que a Jesús le basta su amor pobre, el único del que es capaz, y sin embargo se entristece porque el Señor se lo ha tenido que decir de ese modo. Por eso le responde: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero (filô-se)".

Parecería que Jesús se ha adaptado a Pedro, en vez de que Pedro se adaptara a Jesús.
Precisamente esta adaptación divina da esperanza al discípulo que ha experimentado el sufrimiento de la infidelidad. De aquí nace la confianza, que lo hace capaz de seguirlo hasta el final: "Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme"" (Jn 21, 19).

Desde aquel día, Pedro "siguió" al Maestro con la conciencia clara de su propia fragilidad; pero esta conciencia no lo desalentó, pues sabía que podía contar con la presencia del Resucitado a su lado. Del ingenuo entusiasmo de la adhesión inicial, pasando por la experiencia dolorosa de la negación y el llanto de la conversión, Pedro llegó a fiarse de ese Jesús que se adaptó a su pobre capacidad de amor. Y así también a nosotros nos muestra el camino, a pesar de toda nuestra debilidad. Sabemos que Jesús se adapta a nuestra debilidad. Nosotros lo seguimos con nuestra pobre capacidad de amor y sabemos que Jesús es bueno y nos acepta. Pedro tuvo que recorrer un largo camino hasta convertirse en testigo fiable, en "piedra" de la Iglesia, por estar constantemente abierto a la acción del Espíritu de Jesús.

Pedro se define a sí mismo "testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse" (1 P 5, 1). Cuando escribe estas palabras ya es anciano y está cerca del final de su vida, que sellará con el martirio. Entonces es capaz de describir la alegría verdadera y de indicar dónde se puede encontrar: el manantial es Cristo, en el que creemos y al que amamos con nuestra fe débil pero sincera, a pesar de nuestra fragilidad. Por eso, escribe a los cristianos de su comunidad estas palabras, que también nos dirige a nosotros: "Lo amáis sin haberlo visto; creéis en él, aunque de momento no lo veáis. Por eso, rebosáis de alegría inefable y gloriosa, y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas" (1 P 1, 8-9).

AUDIENCIA GENERAL, Miércoles 24 de mayo de 2006

viernes, 24 de junio de 2016

SAN JERÓNIMO: COMENTARIO AL ELOGIO DE JUAN BAUTISTA

Es superior a todos los hombres nacidos de mujeres y del concurso del hombre, mas no es preferido a Aquel que nació de una Virgen y del Espíritu Santo. Aunque en las palabras "No se levantó entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan", no puso a Juan por encima de los demás profetas y patriarcas y de todos los hombres, sino que lo igualó. Porque, de que otros no sean mayores que él, no se sigue inmediatamente que él sea mayor que los otros.

Mas nosotros comprendemos simplemente que todo santo que está ya con el Señor es más grande que aquel que aún está en medio de los combates, porque una cosa es ceñir la corona de la victoria y otra luchar aún en el combate.

DIÁCONO JORGE NOVOA: SAN JUAN BAUTISTA

24 de junio es sinónimo de san Juan Bautista, recordarlo y profundizar en su misión profética iluminará los caminos de la evangelización del tercer milenio. Recorramos la Escritura con una mirada contemplativa, hurgando en los distintos pasajes bíblicos donde aparece esta emblemática figura, para "gustar y ver que bueno es el Señor". 

"Contemplar significa mirar prolongada y detenidamente un objeto o un paisaje, experimentando con ello admiración, asombro, fascinación, interés". La mirada creyente no busca solamente altura sino profundidad, descubre una realidad que al tiempo de trascenderlo lo atrae con irresistible fuerza. El que contempla no es un espectador pasivo, aquello que lo atrae, le manifiesta una verdad que lo convoca desde lo profundo de su ser.

Juan Bautista es un santo, agrega San Jerónimo, "también sacerdote", era de linaje sacerdotal (Lc 1,5-8). Su padre Zacarías, oficiaba en el Templo de Jerusalén cuando el arcángel Gabriel le anunció que su oración había sido escuchada ¿Cuál sería la oración de Zacarías? ¿Qué deseos albergaría en su corazón?

Es de suponer que la oración de un sacerdote del Pueblo de Israel, estaría vinculada con la llegada del Mesías, o tal vez, dado que Isabel era estéril, le pediría un hijo a Dios. Para los israelitas la esterilidad era humillante. Si esta era su oración, ella se cumpliría plenamente, Isabel iba a dar a luz un hijo que sería el precursor del Mesías.

Isabel, su madre, es al igual que su padre de tribu sacerdotal, ambos son presentados en la Sagrada Escritura como justos (dikaioi). A ellos, el salmo 1 los llama bienaventurados, se describen con una serie de verbos los comportamientos de los justos, primero bajo la imagen de la renuncia; halak ( no camina),'amad ( no se detiene) y yashab (no se sienta) y luego los que manifiestan positivamente sus acción vinculada a la Ley del Señor; se complace y susurra.

"Feliz el hombre que no camina según el consejo de los impíos
y en el sendero de los pecadores no se detiene
y en la reunión de los depravados no se sientamas se complace en la Ley de Yahveh
su ley susurra día y noche.
Es como un árbol plantado
Junto a corrientes de agua
Que da a su tiempo fruto
Y jamás se amustia su follaje
Todo lo que hace sale bien…"(Sal 1)


Los justos viven con una gran rectitud de corazón bajo la ley del Señor alabándolo: "aclamad justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos"(Sal 32) .La conducta del justo consiste en una gran rectitud interior que se manifiesta en la vida exterior; el justo se complace en la Ley (Torah), la lee (y medita) asiduamente, de día y de noche. La existencia de los justos, como el árbol plantado junto a la acequia, tendrá fecundidad oportuna, vigor perenne y bendición en sus empresas. Evidentemente que las raíces de Juan son profundas, su vida, como la del árbol plantado junto al río, será fecunda (Sal 1), arraigado en Dios, se nutre del "río de agua viva" que es la ley del Señor.

Dios en los santos corona su propia obra, lo primero que reconocemos en ellos, es el proyecto de Dios que se manifiesta en todas las dimensiones de su existencia. Al tiempo que también descubrimos, el Sí de estos hombres a Dios, un sí provocado y acompañado por la gracia. Cuando ambas coordenadas se encuentran, Dios se manifiesta con tal profundidad, que si nos encontrásemos con estos hombres, le rogaríamos como en la ciudad de Gadara, le rogaron a Jesús, "retírate". Dios se manifiesta en ellos con sencillez y profundidad, a través de ellos y de su mirada limpia, penetra nuestras existencias cuestionándola. Dios por ellos, oportuna e inoportunamente nos manifiesta la primacía del amor, "que todo lo espera, que todo lo soporta". El velo del vientre materno de Isabel no impidió el saludo de aquel que había sido presentado por el Ángel, como "lleno del Espíritu Santo desde el seno" de su madre.

El Bautista es un mártir

La Palabra de Dios en los mártires es rechazada violentamente, hasta el extremo de mostrarse aparentemente vencida. La sangre derramada, no silencia el eco de la Voz de Dios, que se da por sus testigos. En su sentido etimológico, el mártir es un testigo. El Bautista es mártir, no ha medido las consecuencias de su compromiso en favor de la Palabra. Juan es la Voz, el Señor la Palabra. Ignacio de Antioquía, exclama poco antes de morir "trigo soy de Dios y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo".

El Bautista nos habla de un testimonio que se torna molesto para los "poderosos de este mundo". Herodes es demasiado pequeño para enfrentar un instante tan medular, es un hombre "disoluto, violento, corrompido por el poder y la falta de fortaleza espiritual", su imagen aparentemente poderosa se debilita ante la danza insinuante de Salomé (Mc 6,21-29). Herodes no está a la altura del momento histórico, el poder arbitrario y demagógico, siempre queda enredado en su propia vanidad.

La voz de Dios en el Bautista está encarcelada, pero no silenciada, ella como el grano de trigo debe morir, al caer en la tierra producirá frutos abundante. Dios recoge la fidelidad de esta entrega y espera el tiempo en que se cosechará lo que se ha sembrado. La sangre "derramada" por los mártires se convierte en semilla de cristianos

El martirio es una gracia, una verdad solamente comprensible desde el interior de la vida cristiana. Cuando aceptan ser "llevados donde no quieren ir", se apoyan en la solidez del amor del Señor. Las preguntas que Jesús realiza a Pedro luego de la traición, no son únicamente reveladoras del corazón de Pedro, son reveladoras del Corazón de Jesús. 

Canta la Santa Iglesia, en la celebración del martirio de Juan el Bautista:

Varón feliz de méritos excelsos,
que mantienes sin mancha tu pureza
santo eremita, mártir esforzado,
magno profeta.
Hoy, cuando triunfas valeroso, arranca
de nuestro pecho el corazón de piedra
el camino torcido guía, allana las asperezas.

Juan es receptor de la gran tradición de Israel, en él, se concentran todas las expectativas de la Antigua Alianza. Está destinado a personificar de forma concentrada el núcleo ardiente de la primera Alianza, cuando se le preguntó, quién era, no pudo identificarse ni con "el profeta" (semejante a Moisés Dt 18,15), ni con Elías(Ml 3,23), ni con el Mesías, al que tenía que preparar el sendero (Ml 3,1 según Is 40,3)". Como todo enviado en la historia de la salvación, apenas sabe el lugar que ocupa. Dios lo dispone en su tablero de ajedrez, según el plan de la partida en su totalidad, que solo ÉL conoce. Su misión es la más grande que haya recibido ningún nacido de mujer(Mt 11,11), y por tanto la más difícil de comprender.

El Pueblo de Israel, tras la caída del Templo de Jerusalén y el destierro, percibe un gran silencio profético, hay como "un vacío" de quinientos años. Este silencio parece ser la respuesta de Dios a su Pueblo. Para algunos autores como J. Jeremías, "el Espíritu se ha extinguido", el pueblo siente nostalgia por la voz profética que esta ausente. El espíritu profético que se había extinguido, retorna después de una larga interrupción, Dios rompe su silencio y vuelve a hablar como antaño en día de los profetas. La historia de la salvación con la aparición del Bautista, recobra su curso con un arranque imprevisto.

La experiencia religiosa del resto fiel, se hace carne en la persona y las obra del Bautista. ÉL es, la imagen de la humanidad en total apertura a Dios, a quien es necesario ir descubriendo, rastreando e intuyendo. "Juan apareció, nuestro Dios existía" (S. Jerónimo) La Iglesia universal contempla a esta figura paradigmática. Su puesto es central en la historia de la salvación, porque allí, todo lo prometido se vuelve realidad. En la solemnidad de San Juan Bautista, la Iglesia nos invita a mirar esta realidad y sus repercusiones para nosotros.

Hay muchas características para destacar de este profeta privilegiado, otros anunciaron en la alborada del día, lo que Juan iba a contemplar con sus propios ojos. Así, este "más que un profeta", no solo debe anunciar, sino señalar al "cordero de Dios".

Se puso delante de mí...(Jn 1,30)

La representación que habitualmente nos hacemos de la misión de Juan es simplista. Muchos piensan que fue sencillo para Juan. Se adjudica al profeta una especie de clarividencia, una intuición tan luminosa que, "gracias a ella, él recibe la ciencia inmutable del Espíritu como si éste se apoderase de él en tal forma que desapareciera por completo toda vacilación". Según este modelo, habría un camino en el cual se deben ir preparando las cosas; dígase actitudes, realidades sociales, estructuras etc...para que al llegar el Salvador, camine por el.

Esta percepción inadecuada tiene algo de cierto, pero, vista la misión de Juan en su totalidad, esto resulta un tanto insignificante. Lo que hay que preparar es a la humanidad que debe abrirse a la irrupción de Dios en la historia. Un Dios que está a la puerta. Esto dimensiona la imagen de Juan Bautista en ese aspecto vital que es la fe, Juan prepara un camino que conduce hacia Jesús. No es un camino por el cual vaya a transitar el Salvador, sino, un camino que tiene como destino al Señor. La meta del pueblo que camina es Jesús, ante quien, el Bautista debe "desaparecer" para que Jesús "crezca". Juan hace un camino de fe en el conocimiento y la adhesión al proyecto de Dios. Que incluso ya en el final de su existencia deberá acrisolarse, cuando desde la cárcel manda que sus discípulos pregunten a Jesús; "Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?".

Debe estar atento a la irrupción de Dios, pero siempre en el claroscuro de la fe. Surgen así preguntas existenciales. ¿Por donde vendrá? ¿Dónde aparecerá? ¿Cómo lo reconoceremos? Este moverse intuitivamente, tras las huellas de Dios en la historia de su Pueblo, le permite reconocer la libertad de Dios. Aunque siempre  ha hablado por los profetas ahora lo realiza por su Hijo. La fe se deja sorprender por Dios, para Él no hay imposibles, sus caminos no son los nuestros.

Juan habrá escuchado las alabanzas que su padre y su madre dirigían a Dios, descubriéndole lo favorecidos que eran por esta elección, le habrán recordado, el trance misterioso y maravilloso del anuncio de su nacimiento y lo que vivieron a la hora de ponerle su nombre. Si hay algo, firmemente aceptable y constatable en la vida de Juan, es la libertad de Dios. ÉL camina en medio de ellos, interviniendo en la historia de su Pueblo para consolarlo con la salvación que ya llega. Juan acepta ser en la melodía de Dios, solamente un acorde, tal como Moisés ve "la tierra prometida" pero no entra en ella. Ha percibido que Dios los quiere liberar de esas falsas seguridades, como lo hizo con Abraham, "sal de tu tierra, de la casa de tu padre y ve a una que yo te daré" ¿Dónde esta? No hay respuestas. Así, Juan debe descubrir el proyecto de Dios tal como se le manifiesta e ir recorriendo el camino de la confianza, en el Dios que es Fiel a la Alianza. Por él, se pide "la antigua fidelidad a Dios, al sentido original de esa lealtad que revela la autenticidad de una conversión a Dios en el dar frutos(Mt 3,8) y una renuncia a toda seguridad frente a Dios.

Su figura austera se presenta en las afueras de la ciudad. No es una "caña que se lleva el viento". Anuncia y vive la posibilidad real de la salvación que ya llega, y de la cual ninguno queda excluido. La Palabra de Dios lo conduce al desierto, al comienzo recordábamos que el Bautista era de linaje sacerdotal, siendo que es sacerdote, y sabiendo que llega el Mesías, no lo busca en el Templo. Se deja conducir por la Verdad, puesto que la verdad que él profundiza y comunica, es la verdad revelada en la plenitud de los tiempos.

El sacerdocio antiguo ha pasado, el Mesías trae un sacerdocio nuevo y eterno. De la esterilidad de Israel (Isabel) y su silencio (Zacarías) Dios suscita un clamor fecundo que anuncia la llegada del Mesías. "El que me envió", no la carne estéril ni la mudez provocada por la falta de fe, sino Dios, el Dios de nuestros Padres, el que Es eternamente me conduce hacia Jesús.

El Bautista y la evangelización...

¿Puede este hombre de Dios, ayudarnos a encontrar pistas para la Nueva Evangelización? ¿Puede haber un punto de contacto, entre dos culturas que parecen tan diametralmente opuestas? Una voz clama en el tercer milenio, en continuidad con todas las voces que a lo largo de la historia han clamado, anunciando la necesidad de preparar los caminos del Señor. Una voz que anuncia el misterio oculto en Dios desde la eternidad, y ahora manifestado en Jesucristo. Señalando a nuestra sociedad, la plenitud de la Revelación de Dios en el Señor, una plenitud que trae la Verdad; sobre Dios, el mundo y el hombre.

El Bautista sabe lo que ocurre en Jerusalén, conoce las ambiciones y mezquindades del poder político y religioso de su tiempo, no está al margen del camino como el ciego del Evangelio, esta en el camino que conduce a la salvación. La verdad que proclama golpea con tal intensidad los corazones de sus oyentes, invitándolos a abandonar la vida antigua de pecado, que acude mucha gente al lugar donde se encuentra. Ni el número de los que se convierten, ni las lindas intenciones, lo mueven a seguir en su misión. Se encuentra en el lugar apropiado a la hora justa para cumplir la voluntad de Dios. Esa voluntad que no busca el halago fácil ni el reconocimiento masivo, vivida por Juan en la soledad del desierto, lo ha templado en una vida recta delante de Dios y los hombres.

Solamente bosquejamos algunas pistas para la Evangelización, creo, que ellas pueden ayudarnos. No caben dudas, que el Bautista comprende y vive en profundidad la hora que le toca vivir. Un segundo aspecto a contemplar, es apreciar como esta hora del Bautista lo ubica en un cruce de caminos singular, es decir un lugar para el encuentro. Ambos aspectos pueden orientarnos al meditar en la vida de Juan dándonos pistas para la Nueva Evangelización. Las dos pistas que hemos tomado expresan claramente los motivos que fueron causa de gozo para su padre Zacarías (Lc 1,68-79) y por lo tanto son causa de alegría para nosotros.

" Y será lleno del Espíritu Santo, aún desde el vientre de su madre. Y a muchos de los hijos de Israel convertirá al Señor, que es el Dios de ellos. Y marchará delante de Él con el espíritu y la virtud de Elías, para convertir el corazón de los padres a los hijos, y los incrédulos a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un Pueblo perfecto" ( Lc 1,15-17)

El Bautista será portador de una santidad extraordinaria, estará lleno del Espíritu profético de la Antigua Alianza ( es más que profeta), asemejándose a Elías, convirtiendo a muchos israelitas al Señor, para preparar un Pueblo que acoja al Mesías.

La hora presente

Juan tenía conciencia de haber sido enviado en la última hora, antes del inminente juicio de Dios (Mt 3,10), para exhortar a la penitencia (Mt 3,8) y para bautizar a los penitentes. Es el pregonero de la salvación de Dios que en camino está a punto de irrumpir, en una última posibilidad de conversión radical, en la imposibilidad de subsistir delante de Dios por medio de algo que no sea esta radical conversión que transforme, desde su raíz, la totalidad de la vida humana hasta el presente.

En nuestras vidas, hay horas buenas y malas, momentos difíciles y otros sencillos, alegrías y tristezas, hay encuentros y desencuentros. Experimentamos, cuanta verdad encierra aquel pasaje bíblico, "todo tiene un momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo" como dice el "Cohélet"(Qo 3,1).

Frente a las cuales, podemos tener dos actitudes; vivir o vivirla(s). El infinitivo en los verbos nunca determina al sujeto en su ubicación histórica, no se pude enunciar una frase como esta; yo morir de pena. El depositario de esta confesión no sabría, si consolar, aconsejar o lamentarse con su confidente, pues la acción no declara si le ocurrió en el pasado, si aún está presente, o si (cree que)le ocurrirá en el futuro. No debemos vivir en infinitivo nuestra existencia, con ello corremos el riesgo de estar, como dice el Concilio Vaticano II, presentes físicamente pero no con el corazón. En el lenguaje del Evangelio más atrayente, "viendo no ven y oyendo no oyen".

Juan es un hombre de su tiempo, su vida está arraigada en Dios, y por ello es un hombre de su tiempo, ve el tiempo según el designio de Dios. Ello capacita su mirada para reconocer la presencia o ausencia de Dios en la vida de su Pueblo.

Anunciar que el hacha esta puesta en la raíz (Mt 3,10), descarta cualquier pensamiento superficial que quiera justificar una especie de misión llevada adelante inconscientemente. Para poder gritar sobre la inconsciencia de su Pueblo, primero debe gritar sobre sus ambigüedades e incoherencias. Debe primero recibir la Palabra que Dios le dirige evidenciándole la necesidad de recibir el "perdón de los pecados" por medio del arrepentimiento. Esa pesada responsabilidad es mayor aún, cuanto el Bautista, no reniega de su Pueblo, sufre con Él. Su palabra quiere rescatar cualquier signo de vida por frágil e insignificante que sea, no viene a apagar "la mecha humeante, ni a quebrar la caña cascada". Cualquier indicio de dignidad puede ser una realidad potencial para la conversión. Su propuesta no nace de una debilidad, nace de la experiencia de Dios en su Pueblo Israel.

"Los tiempos de crecimiento y de progreso en la vida de la salvación son infinitamente diversos. Algunas cosas que unos entienden inmediatamente, otros la entienden después de muchos años, después de decenios. En todo hay una extraña Sabiduría, que hasta nos podría parecer fatalismo; y, sin embargo, el hecho de que Jesús vivió y aceptó estas maduraciones lentas nos debe hacer reflexionar: ¡cada cosa a su debido tiempo! No por esto debemos intencionalmente retardar los tiempos y evitar un compromiso total, si no que se trata de reconocer que hay leyes misteriosas que gobiernan el desarrollo, en la naturaleza como en el espíritu, como en los pueblos y en las sociedades. Y hay que poner atención a estas leyes, para que, por una parte, no se nos escape el tiempo justo a causa de su propia pereza, sino que, por otra, ni siquiera creamos poder apresurar y producir rápidamente lo que, en cambio, requiere madurez profunda y personal. Lo que se realiza fuera del tiempo, será siempre algo artificial y postizo, que no podrá menos de ser rechazado, antes o después, por aquel organismo que lo ha integrado en sí mismo. Es cierto que, adhiriendo al designio de Dios, se hace infinitamente más de lo que no se haría si los tiempos fueran establecidos por nosotros". Basta pensar en ese período oculto, pero sumamente fecundo, tanto del Bautista, como de Jesús en Nazaret.

En un cruce de caminos

Los caminos de Dios en Cristo se hacen caminos para el hombre, todo cruce se vuelve lugar para el encuentro, porque Él camina con nosotros. Juan se encuentra en un cruce singular, en su existencia hay dos polos que están ordenados el uno al otro, atrayéndose mutuamente.

Uno de los polos es Dios; quien funda toda la experiencia de Juan, es el "que lo envió" y le dijo "cuando veas". Una serie de signos evidentes le indicarían al destinatario de su confesión, ciertamente que no lo conoce, pero, Aquel que lo envió le aseguró una asistencia especial para que pudiera reconocerlo. La misión recibida de "lo alto" debe ser realizada en "lo bajo". No hay misiones que no tengan nada que ver con el hombre. "Por consiguiente, la "misión" y la "donación" en Dios son exclusivamente temporales(Santo Tomás). La misión que cada uno de nosotros deba realizar tiene su origen en la prolongación de las misiones del Hijo y del Espíritu. Estas misiones son siempre eclesiales, no somos nosotros enviados aisladamente, brota en nosotros por nuestra pertenencia al cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

El otro polo, esta dado por esas palabras que volaron permanentemente sobre la cabeza de Juan, "Este es… " .Esta destinado a Jesús, toda su existencia pende de aquel instante, está totalmente orientado hacia ÉL. Permanentemente ha vivido deseoso de cumplir con este designio, es la Hora del gran consuelo, no se trata de protagonismos menores, es la hora definitiva, Dios visita a su Pueblo.

Nosotros somos portadores de una Buena Noticia. Podemos reconocer al Señor, vivimos permanentemente en medio de lo cotidiano con la capacidad de reconocer al Señor, de reconocer su Reino o las semillas del Verbo presentes en nuestra cultura. Nosotros estamos en ese cruce de caminos de Juan Bautista, entre el que nos "envió" con la posibilidad de "indicar" a otros al Cordero de Dios. Nos nutrimos de una vida que no tiene su origen en nosotros, y que esta destinada, por y en nosotros a comunicarse, a darse a conocer. Somos Testigo y servidores del Reino, como Juan, nuestras vidas estan toda orientadas por el anuncio explícito y el ejemplo, hacia el que nos rescató de la muerte.

El beato Juan Pablo II, desgrana una serie de elementos en la encíclica "Redenptoris missio", que nos permiten reflexionar sobre lo que supone servir al Reino. Estamos al servicio del Reino, en nosotros y por nosotros para el prójimo (que somos Iglesia) cuando encarnamos en nosotros y exhortamos a todos a la conversión. La salvación empieza, ya desde ahora, con la novedad de vida en Cristo. Servimos al reino, difundiendo los valores evangélicos que son expresión del Reino, reconociendo que la realidad incipiente del Reino puede hallarse fuera de los confines de la Iglesia. "La Iglesia, finalmente, sirve también al Reino con su intercesión, al ser este por su naturaleza don y obra de Dios. Nosotros debemos pedirlo, hacerlo crecer dentro de nosotros; pero también debemos cooperar para que el reino sea acogido y crezca entre los hombres".

Cuanta enseñanza para nosotros, que cantidad de proyectos desearíamos ver con mayor claridad. Cuantas veces nos asalta la tentación de querer ver o conocer el desenlace final de nuestras vivencias para resolver si debemos hacer tal o cual cosa.

Conclusión

La Nueva Evangelización siempre exige una aguda mirada sobre la realidad, que penetre hasta los mismos fundamentos culturales que la dirigen, para reconocer su orientación medular. Una mirada creyente, que busque otear en la civilización actual las huellas del Señor, que busque en la identidad fundacional del pueblo, la matriz cristiana que poseen la mayoría de nuestros pueblos latinoamericanos.

Preguntaban a Hans Urs von Balthasar como definía su Teología, y respondía, es "como el dedo indicador de Juan Bautista que remite a la plenitud de la Revelación en Jesucristo". Podemos apropiándonos de esta frase responder, la Iglesia levanta una y otra vez, a tiempo y a destiempo, el dedo indicador de la fe para confesar a Jesucristo, alfa y omega, el mismo ayer, hoy y siempre.

Ante algunas vacilantes preguntas que surgen muchas veces en nuestro horizonte, debemos indicar:

"No se trata, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia, hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celestial. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz" (TMI 29)

Textos utilizados
Teología del Nuevo Testamento, J. Jeremías.
Suma Teológica, Tomo II,1q.43 a.1 Santo Tomás.
Gloria Vol.7 ; Hans Urs von Balthasar.
El Evangelio según San Juan, Carlo María Martini.
Pan para el pueblo, Carlo María Martini.
Los salmos ,Horacio Bojorge SJ.
Evangelio según San Marcos ,San Jerónimo.

Textos del Magisterio de Juan Pablo II




viernes, 10 de junio de 2016

CARTA DEL PADRE PÍO (17/11/1914)

Jesús la consuele siempre y la guarde en su santo amor. Así sea. Bendigo, amo y ruego siempre al Señor y en todo momento de mi vida le doy las gracias por tantos favores como ha concedido a Ud. y a su hermana. Sea, por siempre, jamás, bendecido el Padre de los huérfanos por haber devuelto en su bondad la vida a Juana. No les oculto el peligro extremo que corrió: fue arrebatada de las fauces de la muerte: había sido destinada a unirse con sus padres allá arriba. Solamente las numerosas oraciones pudieron suspender la ejecución. Les digo esto no para despertar en Ud. espanto y terror y sí para excitarles al agradecimiento y a una mayor confianza en el Autor de todo bien. ¡Cuán bueno es nuestro Dios! El quiso evitarles semejante desgracia.

Vuelvo a exhortarles a confiar siempre en Dios y a no abandonarse a sí mismas como por desgracia suele ocurrir: No den lugar a la tristeza en el alma que impide la libre operación del Espíritu Santo. Entristezcámonos, sí, pero con santa tristeza al ver el mal que tanto se propaga y las muchas almas que apartaban de la fe. Ese no querer someter el propio juicio al de los demás, ni siquiera al del muy experto en la cuestión, es signo de poca docilidad y signo de soberbia. Uds. mismas lo reconocen, Uds. mismas están de acuerdo. Pues bien, anímense y eviten el caer en ello; sean todo ojos al respecto; el Señor está con Uds. atento siempre a escuchar sus secretas confidencias.

Si yo realmente he presionado y presiono al Corazón del Padre celestial por la salud de Juana y por la de Uds., El lo sabe. La curación perfecta de la enfermedad que martiriza a la pobre Juana no serviría a dar gloria a Dios, ni a la salvación de su alma, ni a la edificación de las personas que viven del espíritu de Jesús; por lo cual no puedo continuar, no puedo importunar más a su divina Majestad para que se la conceda. Rezaré, sí, y no la olvidaré, dondequiera que esté y en cualquier estado que me encuentre, para que el Señor quiera concederle habitualmente la salud que necesita para cumplir su oficio. Tengo la esperanza de que el Señor, siempre bondadoso, no rechazará la oración de su siervo y de que me concederá en favor de la pobre enferma más aún de lo que me atrevo a pedirle.

El otro motivo por el cual me retraigo de pedir la curación perfecta de Juana, es porque su enfermedad le sirve de medio muy eficaz en el ejercicio de la virtud, y yo no puedo privar a esta alma generosa de tantos tesoros, por una piedad y un amor que Uds. entienden equivocadamente. Y Ud. recuerde que si hoy se encuentra en el buen camino es por aquella gracia que la Virgen de Pompeya le obtuvo en favor de su hermana. Consideren esto y no pretendan lo que el Señor no querría ni haría, porque se trata de imperfección en la fe por parte de Uds. Piensen en lo que les he dicho; que el Señor sé lo haga comprender. Manténganse fuertes en la fe y quedarán rechazadas todas las malas artes del enemigo. Esta es la advertencia que nos da San Pedro, Príncipe de los apóstoles: "Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, os acorrala buscando presa; resistidles firmes en la fe," y para dar mayores ánimos añade: "Sabiendo que lo mismo tienen que sufrir vuestros hermanos que pueblan el mundo." Sí, querida, en el momento de la lucha recuerden su fe en las verdades cristianas y de modo singular reaviven su fe en las promesas de vida eterna que el Señor ha hecho a quienes combatan con ánimo y fortaleza. Que les infunda ánimo y valor el saber que no se está solo cuando se sufre, ya que todos los cristianos del mundo sufren las mismas penas y se hallan expuestos a las mismas tribulaciones. Recordemos también que el destino de las almas elegidas es el sufrimiento, condición a la que Dios, autor de todo y de todos los dones conductores a la salvación, ha fijado para darnos la gloria.

Arriba los corazones llenos de confianza en solo Dios. Humillémonos bajo su mano poderosa, aceptando con buena cara las tribulaciones que nos manda, para que pueda exaltarnos el día de su llegada. Toda nuestra solicitud la ponemos en su amor más de lo que se pueda decir o imaginar.

Padre Pío, Capuchino

jueves, 9 de junio de 2016

DIÁCONO JORGE NOVOA: TU VIDA ESTÁ MÁS SEGURA EN MIS MANOS QUE EN LAS TUYAS..


“Tu vida está más segura en mis manos que en las tuyas ¿Crees esto?” Todo discípulo en su caminar, junto al  maestro, en algún momento de su vida siente que  en esta frase  se encuentra  el núcleo de  la propuesta del Señor. Alguno puede pensar, que esto encierra cierta pasividad,  lejos está la palabra del Señor de proponernos una actitud irresponsable.

La Iglesia custodia, interpreta y enseña la Revelación de Dios. Allí aprendemos a escuchar “la voz del Señor”, y rápidamente comprendemos que sus  caminos difieren de los nuestros, decía Isaías, como dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los tuyos…

Los caminos de Dios nos invitan a confiar, a no temer, incluso al cruzar valles oscuros nos tranquilizan anunciándonos, que su cayado nos protege. Confía. Esta es la experiencia primera en el camino de la santificación, si no te animas a confiar, siempre estarás atascado en tus propias seguridades. Dios es los único sólido, su amor es fiel y permanece a tu lado invitándote a confiar…“Tu vida está más segura en mis manos que en las tuyas ¿Crees esto? 

martes, 7 de junio de 2016

Claudio La Colombière, S.I. (1641-1682): APÓSTOL DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


Claudio La Colombière, tercer hijo del notario Beltrán La Colombière y Margarita Coindat, nació el  2 de febrero de 1641 en St. Symphorien, Delfinado. Trasladada la familia a Vienne, aquí recibió Claudio la primera educación escolar, que después completó en Lyón con el estudio de la Retórica y la Filosofía. En este último período precisamente se sintió llamado a la vida religiosa en la Compañía de Jesús, si bien no conocemos los motivos que le llevaron a esta decisión. En cambio, sí nos ha dejado esta confesión en uno de sus escritos: "Sentía enorme aversión a la vida que abrazaba".

Es fácil de comprender esta afirmación para quien se haya interesado por la vida de Claudio, cuya naturaleza, muy sensible a las relaciones familiares y de amistad, era también harto inclinada a la literatura y el arte, y a cuanto hay de más digno en la vida de sociedad. Pero no era hombre que se dejase guiar del sentimiento, por otra parte A los 17 años entró en el Noviciado de la Compañía de Jesús de Aviñón. En 1660 pasó del Noviciado al Colegio, en la misma ciudad, para concluir los estudios de Filosofía y pronunciar los primeros votos religiosos. Al terminar el curso fue nombrado profesor de Gramática y Literatura, función que desempeñó durante cinco años en dicho Colegio.

En 1666 se le envió a París, a estudiar Teología en el Colegio de Clermont; en la misma época se le confió una misión de gran responsabílidad. La notable aptitud demostrada por Claudio a los estudios humanísticos, unida a sus dotes de prudencia y finura, movieron a los Superiores a elegirlo preceptor de los hijos de Colbert, Ministro de Finanzas de Luis XIV.

Finalizados los estudios de Teología y ordenado Sacerdote, volvió de nuevo a Lyón en calidad de profesor durante un tiempo para dedicarse después enteramente a la predicación y a la dirección de la Congregación Mariana.
La predicación de La Colombière se distinguió siempre por su solidez y hondura; no se perdía en vaguedades sino que habilmente se dirigía al auditorio concreto y, con tan vigorosa inspiración evangélica, que infundía en todos serenidad y confianza en Dios. Las ediciones de sus sermones produjeron -y siguen produciendo hoy- abundantes frutos espirituales; porque, tenidos en cuenta el lugar y la duración de su ministerio, resultan menos envejecidos que los de otros oradores de mayor fama.

El año 1674 fue decisivo en la vida de Claudio. Hizo la Tercera Probación en la "Maison de Saint-Joseph" de Lyón y, en el mes de Ejercicios que es costumbre hacer, el Señor lo fue preparando a la misión que le tenía reservada. Los apuntes de este período nos permiten seguir paso a paso las luchas y triunfos de su espíritu, extraordinariamente sensible a los atractivos humanos, pero generoso con Dios.

El voto que hizo de observar todas las Constituciones y Reglas de la Compañía no tenía por objeto esencial la vinculación a una serie de observancias minuciosas, sino la realización del recio ideal de apóstol descrito por San Ignacio. Precisamente porque este ideal le pareció espléndido, Claudio lo asumió como programa de santidad. El subsiguiente sentimiento de liberación que experimentó junto con una mayor apertura de los horizontes apostólicos -testimoniados en su diario espiritual- prueban que ello había respondido a una invitación de Jesucristo mismo.

El 2 de febrero de 1675 hizo la Profesión solemne y fue nombrado Rector del Colegio de Paray-le-Monial. No faltó quien se sorprendiera de que un hombre tan eminente fuera destinado a una ciudad tan recóndita como Paray. La explicación se halla en el hecho de que los Superiores sabían que aquí, en el Monasterio de la Visitación, vivía en angustiosa incertidumbre una humilde religiosa, Margarita María Alacoque, a la que el Señor estaba revelando los tesoros de su Corazón; y esperaba que el mismo Señor cumpliese su promesa de enviarle un "siervo fiel y amigo perfecto suyo" que le ayudaría a cumplir la misión a que la tenía destinada: manifestar al mundo las insondables riquezas de su amor.

Una vez en su nuevo destino y mantenidos los primeros encuentros con Margarita María, ésta le abrió enteramente su espíritu y, por tanto, también las comunicaciones que ella creía recibir del Señor. El Padre dio su aprobación plena y le sugirió que pusiera por escrito lo que ocurría en su alma, a la vez que la orientaba y sostenía en el cumplimiento de la misión recibida. Cuando después, gracias a la luz divina que recibía en la oración y el discernimiento, estuvo seguro de que Cristo deseaba el culto de su Corazón, se entregó a él sin reservas, como atestiguan su dedicación y sus apuntes espirituales. En éstos aparece claro que, ya antes de las confidencias de Margarita María Alacoque y siguiendo las directrices de San Ignacio, Claudio había llegado a la contemplación del Corazón de Cristo como símbolo de su mismo amor.

Tras año y medio de permanencia en Paray, en 1676 el P. La Colombière salió hacia Londres, nombrado predicador de la Duquesa de York. Era una misión sumamente delicada, dados los sucesos que sacudían a Inglaterra en este momento; antes de finales de octubre del mismo año, el Padre ocupaba ya el apartamento a él reservado en el palacio de St. James. Ademas de predicar en la capilla y dedicarse a la dirección espiritual sin tregua, oral y escrita, Claudio pudo entregarse a la sólida instrucción religiosa de no pocas personas que habían abandonado la Iglesia Romana.

Y, si bien entre grandes peligros, gozó del consuelo de ver volver a muchos, hasta el punto de que al cabo de un año decía: "Podría escribir todo un libro sobre las misericordias de que he sido testigo desde que estoy aquí".

Esta intensidad de trabajo y el clima minaron su salud y comenzaron a manifestarse los primeros síntomas de una afección pulmonar. Pero el P. Claudio prosiguió con su mismo plan de vida. A finales de 1678 fue arrestado de repente, bajo la acusación calumniosa de conspiración papista.

A los dos días se le trasladó a la horrenda cárcel de King's Bench y allí permaneció tres semanas sometido a graves privaciones, hasta que se le expulsó de Inglaterra por Decreto real.

Todos estos padecimientos fueron minando aún más su saludad que fue empeorando con altibajos a su vuelta a Francia. Habiéndose agravado notablemente, se le envió de nuevo a Paray. El 15 de febrero de 1682, primer Domingo de Cuaresma, al atardecer le sobrevino una fuerte hemotisis que puso fin a su vida El 16 de junio de 1929, el Papa Pío XI beatificó a Claudio La Colombière, cuyo carisma según Santa Margarita María Alacoque, consistió en elevar las almas a Dios siguiendo el camino de amor misericordia que Cristo nos revela en el Evangelio.

viernes, 3 de junio de 2016

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS: OCÚPATE DE MÍ Y DE MIS COSAS , QUE YO ME OCUPARÉ DE TI Y DE LAS TUYAS (1)



La devoción al Sagrado Corazón de Jesús del P. Alcañiz, editada en forma de pequeño folleto en 1951 (20ª Edición) es un magnífico instrumento para llegar a la intimidad del amor de Jesucristo, que encontramos en su Sagrado Corazón.
II LA CONSAGRACIÓN

En efecto, la Consagración es la práctica fundamental de la devoción a mi Corazón divino. Pero ¡cuánta rutina se observa ya en este punto! Cuántas personas piadosas están haciendo cada día consagraciones que hallan en los libros piadosos, y, sin embargo, no son almas consagradas de verdad; más bien que hacer consagraciones las rezan, son rezadoras de consagraciones. Oye, hijo mío, en qué consiste la Consagración completa según Yo mismo enseñé a mis amigos más íntimos, según ellos lo explicaron en sus diversos escritos, y según lo dejaron confirmado con su ejemplo.
UN PACTO

La Consagración puede reducirse a un pacto: a aquel que Yo pedí a mi primer apóstol de España, Bernardo de Hoyos, y antes, en términos equivalentes, a mi sierva Santa Margarita: Cuida tú de mi honra y de mis cosas; que mi Corazón cuidará de ti y de las tuyas. También contigo desearía hacer este pacto. Yo, que como señor absoluto podría acercarme exigiendo sin ningunas condiciones, quiero pactar con mis criaturas. Y tú ¿no quieres pactar conmigo? No tengas miedo que hayas de salir perdiendo. Yo en los tratos con mis criaturas, soy tan condescendiente y benigno, que cualquiera pensaría que me engañan. Además, es un convenio que no te obligará de suyo ni bajo pecado mortal, ni bajo pecado venial; Yo no quiero compromisos que te ahoguen; quiero amor, generosidad, paz: no zozobras ni apreturas de conciencia.

Ya ves que el pacto tiene dos partes: una que me obliga a Mí, y otra que te obliga a ti. A Mí, cuidar de ti y de tus intereses; a ti, cuidar de Mí y de los míos, ¿Verdad que es un convenio muy dulce?
PRIMERA PARTE DE LA CONSAGRACIÓN
Comezaremos por la parte mía: Yo cuidaré de ti y de tus cosas. Para eso es necesario que todas, es a saber: alma, cuerpo, vida, salud, familia, asuntos, en una palabra: todo, lo remitas plenamente a la disposición de mi suave providencia y que me dejes hacer. Yo quiero arreglarlas a mi gusto y tener las manos libres. Por eso deseo que me des todas las llaves; que me concedas licencia para entrar y salir cuando Yo quiera; que no andes vigilándome para ver y examinar lo que hago; que no me pidas cuenta de ningún paso que dé, aunque no veas la razón y aun parezca a primera vista que va a ceder en tu daño; pues, aunque tengas muchas veces que ir a ciegas, te consolará el saber que te hallas en buenas manos. Y cuando ofreces tus cosas, no ha de ser con el fin precisamente de que Yo te las arregle a tu gusto, porque eso ya es ponerme condiciones y proceder con miras interesadas sino para que las arregle según me parezca a Mí; para que proceda en todo como dueño y como rey, con entera libertad aunque prevea alguna vez que mi determinación te haya de ser dolorosa. Tú no ves sino el presente, Yo veo lo porvenir; tú miras con microscopio, Yo miro con telescopio de inconmensurable alcance; y soluciones, que de momento parecerían felicísimas, son a veces desastrosas para lo que ha de llegar; fuera de que en ocasiones, para probar tu fe y confianza en Mí y hacerte merecer gloria, permitiré de momento, con intención deliberada, el trastorno de tus planes.
Mas con esto no quiero que te abandones a una especie de fatalismo quietista y descuides tus asuntos interiores. Debes seguir como ley aquel consejo que os dejé en el Evangelio: "Cuando hubiereis hecho cuanto se os había mandado, decid: siervos inútiles somos". Debes en cualquier asunto tomar todas las diligencias que puedas, como si el éxito dependiera de ti sólo, y después decirme con humilde confianza: "Corazón de Jesús, hice, según mi flaqueza, cuanto buenamente pude; lo demás ya es cosa tuya, el resultado lo dejo a tu providencia". Y después de dicho esto procura desechar toda inquietud y quedarte con el reposo de un lago en una tranquila tarde de otoño.
LO QUE SE DEBE OFRECER
Como dije, debes ofrecerme todo sin excluir absolutamente nada, pues sólo me excluyen algo las personas que se fían poco de Mí.
EL ALMA - Ponla en mis manos: tu salvación eterna, grado de gloria en el cielo, progreso en virtud, defectos, pasiones, miserias, todo. Hay algunas personas que siempre andan henchidas de temores, angustias, desalientos por las cosas del espíritu. Si esto es, hijo mío, porque pecas gravemente, está muy justificado. Es un estado tristísimo el del pecado mortal, que a todo trance debes abandonar en seguida, ya que te hace enemigo formal mío. Esfuérzate, acude a Mí con instancia, que Yo te ayudaré mucho, y sobre todo confiésate con frecuencia, cada semana, si puedes, que este es un excelente remedio. Caídas graves no es obstáculo para consagrarte a Mí, con tal que haya sincero deseo de enmienda, la Consagración será un magnífico medio para salir de este estado.
Hay otra clase de personas que no pecan mortalmente, y sin embargo, siempre están interiormente de luto, porque creen que no progresan en la vida espiritual. Esto no me satisface. Debes también aquí hacer cuanto buenamente puedas según la flaqueza humana, y lo demás abandonarlo a Mí. El Cielo es un jardín completísimo, y así debe contener toda variedad de plantas; no todo ha de ser cipreses, azucenas y claveles; también ha de haber tomillos; ofrécete a ocupar ese lugar. Todas esas amarguras en personas que no pecan gravemente nacen de que buscan más su gloria que la mía. La virtud, la perfección tiene dos aspectos: el de ser bien tuyo, y el de ser bien mío; tu debes procurarla con empeño, mas con paz, por ser bien mío, pues lo tuyo, en cuanto tuyo, ya quedamos en que debes remitirlo a mi cuidado. Además, debes tener en cuenta que si te entregas a Mí, la obra de tu perfección más bien que tú la haré Yo.
EL CUERPO - También Yo quiero encargarme de tu salud y tu vida, y por eso tienes que ponerlas en mis manos. Yo sé lo que te conviene, tú no lo sabes. Toma los medios que buenamente se puedan para conservar o recuperar la salud, y lo demás remítelo a mi cuidado, desechando aprensiones, imaginaciones, miedos, persuadido de que no de medicinas ni médicos, sino principalmente de Mí vendrá la enfermedad y el remedio.
FAMILIA - Padres, cónyuges, hijos, hermanos, parientes. Hay personas que no hallan dificultad en ofrecérseme a sí, pero a veces se resisten a poner resueltamente en mis manos algún miembro especial de su familia a quien mucho aman. No parece sino que voy a matar incontinenti todo cuanto a mi bondad se confíe. ¡Qué concepto tan pobre tienen de Mí! A veces dicen que en sí no tienen dificultad en sufrir, pero no quisieran ver sufrir a esa persona; creen que consagrarse a Mí y comenzar a sufrir todos cuantos les rodean, son cosas inseparables. ¿De dónde habrán sacado esa idea? Lo que sí hace la Consagración sincera, es suavizar mucho las cruces que todos tenéis que llevar en este mundo.
BIENES DE FORTUNA - Fincas, negocios, carrera, oficio, empleo, casa, etc. Yo no exijo que las almas que me aman abandonen estas cosas, a no ser que las llame al estado religioso. Todo lo contrario; deben de cuidar de ellas ya que constituyen una parte de las obligaciones de su estado. Lo que pido es que las pongan en mis manos, que hagan lo que buenamente puedan, a fin de que tengan feliz éxito; pero el resultado me lo reserven a Mí sin angustias ni zozobras, ni medio desesperaciones.
BIENES ESPIRITUALES - Ya sabes que todas las acciones virtuosas que ejecutes en estado de gracia, y los sufragios que después de tu muerte se ofrezcan por tu descanso, tienen una parte a la cual puedes renunciar en favor de otras personas ya vivas o ya difuntas. Pues bien, hijo mío, desearía que de esa parte me hicieras donación plena, a fin de que Yo la distribuya entre las personas que me pareciere bien. Yo sé, mejor que tú, en quienes precisa establecer mi reinado, a quienes hace más falta, en donde surtirá mejor efecto, y así podré repartirla con más provecho que tú. Pero esta donación no es óbice para que ciertos sufragios que o la obediencia o la caridad o la piedad piden en algunas ocasiones puedas ofrecerlos tú.
Todo, pues, has de entregármelo con entera confianza, para que Yo lo administre como me parezca y, aunque no debes hacerlo con miras interesadas ya verás cómo, a pesar de que en ocasiones sueltas pondré a prueba tu confianza haciendo que salgan mal, sin embargo, en conjunto, tus asuntos han de caminar mejor; tanto mejor, cuanto tú le tomes mayor interés por los míos. Cuanto más pienses tú en Mí, más pensaré Yo en ti; cuanto más te preocupes de mi gloria, más me preocuparé de la tuya; cuanto más trabajes por mis asuntos, más trabajaré por los tuyos. Tienes que procurar, hijo mío, ser más desinteresado. Hay algunas personas que sólo piensan en sí; su mundo espiritual es un sistema planetario, en el cual ellos ocupan el centro, y todo lo demás, incluso mis intereses, al menos prácticamente son especies de planetas que giran en derredor; este egocentrismo interior es mal sistema astronómico.

jueves, 2 de junio de 2016

SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE: PROMESAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

He aquí las promesas de Jesús que aparecen dispersas en los escritos de Santa Margarita, y por medio de ella a todos los devotos de su Sagrado Corazón:

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.

2. Pondré paz en sus familias.

3. Les consolaré en sus penas.

4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte.

5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.

6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.

7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano infinito de la misericordia.

8. Las almas tibias se volverán fervorosas.

9. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.

10. Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más empedernidos.

11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de El.

12. Les prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final; no morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel momento supremo.