viernes, 27 de febrero de 2015

MEDJUGORJE 25 DE FEBRERO 2015

"Queridos hijos, en este tiempo de gracia, os invito a todos: orad más y hablad menos. En la oración buscad la voluntad de Dios y vividla según los Mandamientos a los que Dios os invita. Yo estoy con vosotros y oro con vosotros. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada!"

DIÁCONO JORGE NOVOA: CUÉNTALES LO QUE EL SEÑOR HA HECHO CONTIGO

Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con él.
Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti.» El se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados. (Mc 5,19-20)


Jesús liberó a este hombre, que vivía en la zona de los Gerasenos, poseído por un espíritu inmundo. Son muchas las narraciones evangélicas que dan cuenta de las liberaciones obradas por el Señor. Ya lo había anunciado en la sinagoga de Nazaret, el Espíritu del Señor lo capacita para liberar a los cautivos. Como expresa san Cirilo:"Observemos el invencible poder de Cristo: castiga a Satanás, para el cual son fuego y llama sus palabras, según el salmista: "Derritiéronse como cera los montes a la presencia del Señor" ( Sal 96,5), esto es, los poderes sublimes y magníficos". Como una rayo, venido desde el cielo, irrumpe la orden del Señor : "Sal, espíritu inmundo, de ese hombre".

Algunos han afirmado, que estos exorcismos realizados por el Señor, eran en realidad  trastornos mentales de sus interlocutores. Seguramente, existieron muchos hombres con trastornos mentales, al igual que hoy. No parece razonable pensar que Jesús, equivocara sus diagnósticos, y diera una orden como la que aparece aquí, a un transtorno mental. La orden claramente está orientada a un ser personal. Incluso el testimonio, que el Señor le pide que dé, seguramente sería por la liberación que alcanzó por medio de su Palabra.

Cuál es el final de esta historia? Jesús qué le propone? El hombre ha recibido tanto, que quiere irse con Jesús, pero el Señor le revela los planes que tiene para él. Estamos ante un caso claro, de uno que no ha sido llamado a ser de los círculos más cercanos, ni de los 12 o los 72 ( según san Lucas), ha sido llamado a dar testimonio en la región en que vive.

Lo envía a su casa y a los suyos, para que les cuente la compasión que tuvo el Señor con él. Cuánto bien puede obrar el Señor  por un testimonio! Cuántos corazones se abren al anuncio del Evangelio,por alguien que nos cuenta lo que el Señor ha hecho en su vida! Que poderosa Palabra se esconde en el testimonio!

Seguramente te cueste compartir con otros lo que Dios ha hecho en tu vida, a veces sentimos sobre nuestras espaldas un peso que nos agobia, creemos no estar capacitados, buscamos como hacerlo de la mejor manera, nos comparamos con otros y concluimos abandonando el intento de dar testimonio.

En realidad, todo es más sencillo, Jesús nos dice que le contemos a los nuestros, en una conversación sencilla, sin buscar palabras especiales, con un diálogo que  brote de un corazón agradecido.Cristo va contigo. Tu testimonio vuela hacia el corazón de el otro,  custodiado por el Espíritu Santo, que lo potencia.

El endemoniado de Gerasa pudo poner muchos reparos, para realizar lo que le pidieron, ha sido enviado a dar testimonio, lo demás, lo que ocurre con esa palabra al ser escuchada, eso ya corresponde al ámbito de Dios. Únicamente los testigos podrán contar las maravillas de Dios.

miércoles, 25 de febrero de 2015

DIÁCONO JORGE NOVOA: BUSCA LAS HUELLAS DE DIOS!!!

Decía también a la gente: «Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: “Va a llover”, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: “Viene bochorno”, y así sucede.¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?«¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?

Los hombres naturalmente, con las sensibilidades propias de cada uno , por la comprensión de lo que está ocurriendo en el presente, intuimos las realidades que vendrán. Algo que acontece, "nubes en el Occidente" o" cuándo "sopla el viento sur", son señales que anuncian lo que vendrá, la "lluvia" o" el "bochorno". Y esta lectura la hacemos utilizando nuestras capacidades.

San Basilio al valorar esta realidad en la existencia humana, realiza la siguiente pregunta, "¿quién  ignora las ventajas que trae a la vida la conjetura de estos sucesos?".

El adjetivo hipócritas refiere a la simulación, muchas señales Dios envió, para que pudieran los hombres preparase adecuadamente a vivir el tiempo presente, el tiempo de la salvación inaugurado por Cristo. La Antigua Alianza estaba destinada a dar señales, luces que pudieran disponer de la mejor manera a los hombres para vivir en el día de la salvación. Explícita san  Cirilo, que  "los profetas anunciaron por muchos oráculos el misterio de Cristo" e incluso  san Beda va más allá, si los "ignorantes de la enseñanza profética, supusieran que no podían conocer el curso de los tiempos, muy oportunamente añadió: "¿Y por qué no juzgáis por vosotros mismos, lo que es justo?" Dando a entender que aun cuando ellos desconocían la ciencia, podían, sin embargo, comprender por la razón natural, que el que hacía cosas que ninguno otro hacía, estaba sobre el hombre y era Dios. Y por consiguiente que, después de las injusticias de esta vida, habría de venir el justo juicio del Creador."

Y tú, y yo, que nos admiramos del conocimiento científico, y  de los emprendimiento que el hombre realiza en el espacio o en las profundidades del mar, reconociendo claramente que hay un orden establecido y una finalidad, responderemos a todos esto, "azar y casualidad". Nosotros que ponemos la inteligencia al servicio de la investigación, dedicando años de estudio fatigoso, y que siempre llegamos a un punto en el que las palabras conducen al silencio, inventaremos teorías tan increíbles solamente por no pronunciar la palabra Dios... Hipócritas, que otra palabra define mejor nuestra postura, que la dicha por Jesús.

Muchos hombres de ciencia, luego de las tragedias que sufrió la humanidad, comprendieron que  la ciencia, por razón de su método, no puede ser una instancia rectora de la vida humana.  Husserl reflexionaba: "El mundo de la objetividad científica —escribió— es un mundo cerrado e inhóspito. La forma en que el hombre moderno se dejó, en la segunda mitad del siglo XIX, determinar totalmente por las ciencias positivas y cegar por la prosperidad a ellas debida, significó dejar de lado las cuestiones decisivas para una humanidad auténtica. Ciencias que solo contemplan puros hechos, hacen hombres que solo ven puros hechos".

En esta misma dirección afirmaba Benedicto XVI: "A partir de estas ineludibles preguntas, surge como un mundo de la planificación, del cálculo exacto y de la experimentación, en una palabra, el conocimiento de la ciencia, que si bien son importantes para la vida humana, no es suficiente. Nosotros necesitamos no solo el pan material, necesitamos amor, sentido y esperanza, de un fundamento seguro, de un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico, incluso en la crisis, en la oscuridad, en las dificultades y en los problemas cotidianos".

Mira a tu alrededor, Dios deja huellas, señales de su existencia y de su presencia cercana, el hombre puede encontrar a Dios detrás de cada puerta que intenta abrir. Si puedes por determinadas señales reconocer acontecimientos que sucederán, como no ves las señales de Dios que quieren ayudarte en tu búsqueda.

viernes, 20 de febrero de 2015

Vía crucis: PRIMERA Y SEGUNDA ESTACIÓN


I Estación: Jesús condenado a muerte

La sentencia de Pilato fue dictada bajo la presión de los sacerdotes y de la multitud. La condena a muerte por crucifixión debería de haber satisfecho sus pasiones y ser respuesta al grito: «¡crucifícale! ¡crucifícale! » (Mc 15, 13 -14, etc.),. El pretor romano pensó que podría eludir el dictar sentencia lavándose las manos, como se había desentendido antes de las palabras de Cristo cuando éste identificó su reino con la verdad, con el testimonio de la verdad (Jn 18, 38). En uno y otro caso Pilato buscaba conservar la independencia, mantenerse en cierto modo al «margen». Pero era sólo en apariencias. La cruz a la que fue condenado Jesús de Nazaret (Jn 18,36-37), debía afectar profundamente el alma del pretor Romano. Esta fue y es una Realeza, frente a la cual no se puede permanecer indiferente o mantenerse al margen.

El hecho de que a Jesús, Hijo de Dios, se le pregunte por su Reino, y que por esto sea juzgado por el hombre y condenado a muerte, constituye el principio del testimonio final de Dios que tanto amó al mundo (cf. Jn 3,16). También nosotros nos encontramos ante este testimonio, y sabemos que no nos es lícito lavarnos las manos.

II Estación: Jesús carga con la cruz


Empieza la ejecución, es decir, el cumplimiento de la sentencia. Cristo, condenado a muerte, debe cargar con la cruz como los otros condenados que van a sufrir la misma pena: «Fue contado entre los pecadores» (Is 53,12). Cristo se acerca a la cruz con el cuerpo entero terriblemente magullado y desgarrado, con la sangre que le baña el rostro, cayéndole de la cabeza coronada de espinas. Ecce homo! (Jn 19,5). En el se encierra toda la verdad del Hijo del hombre predicha por los profetas, la verdad sobre el siervo de Yavé anunciada por Isaías: «Fue traspasado por nuestras iniquidades... y en sus llagas hemos sido curados» (Is 53,5). Está también presente en el una cierta consecuencia, que nos deja asombrados, de lo que el hombre ha hecho con su Dios. Dice Pilato: «Ecce Homo» (Jn 19,5): «¡Mirad lo que habéis hecho de este hombre!». En esta afirmación parece oírse otra voz, como queriendo decir: «¡Mirad lo que habéis hecho en este hombre con vuestro Dios!».

Resulta conmovedora la semejanza, la interferencia de esta voz que escuchamos a través de la historia con lo que nos llega mediante el conocimiento de la fe. Ecce homo!
Jesús, «el llamado Mesías» (Mt 27, 17), carga la cruz sobre sus espaldas (Jn 19,17). Ha empezado la ejecución.

El Camino de la Cruz escrito por el Card. Karol Wojtyla

miércoles, 18 de febrero de 2015

MONSEÑOR JOSÉ IGNACIO MUNILLA: AYUNAR DE CRÍTICAS Y MURMURACIONES



 ¿A eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?... Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, liberar a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento (...)” (cf. Isaías 58, 5-7). A este conocido texto del profeta Isaías, bien podríamos añadir, en plena sintonía con su mismo espíritu: ¡El ayuno que agrada a Dios es controlar nuestra lengua!

Comencemos por reconocer que llama la atención la “cruzada” que el Papa Francisco ha emprendido contra el vicio de la crítica y el cotilleo: “Las murmuraciones matan, igual o más que las armas”; “Los que viven juzgando y hablando mal del prójimo son hipócritas, porque no tienen la valentía de mirar los propios defectos”; “Cuando usamos la lengua para hablar mal del prójimo, la usamos para matar a Dios” ; “El mal de la cháchara, la murmuración y el cotilleo, es una enfermedad grave que se va apoderando de la persona hasta convertirla en sembradora de cizaña, y muchas veces en homicida de la fama de sus propios colegas y hermanos”; “Cuidado con decir solo esa mitad de la realidad que nos conviene”; “¡Cuántos chismorreos hay en el seno de la propia Iglesia!”… Ciertamente, no creo que haya habido nunca un Papa tan comprometido con la denuncia y la erradicación de esta lacra.

La crítica y el cotilleo están tan extendidos en nuestra sociedad —sin que la Iglesia sea una excepción—, que no son pocos quienes consideran que se trata de un mal insuperable, cuando no necesario. A esto contribuye el hecho de que la percepción suele cambiar dependiendo de que seamos sujetos activos o pasivos de dicha práctica. El cotilla y el murmurador tiende a justificarse diciendo que se limitan a informar, y que en esta vida es necesario tener un juicio crítico.

Pues bien, para dejar de murmurar no solo se requiere controlar la lengua, sino que hay que cambiar la mentalidad. No estamos ante un vicio superficial o epidérmico, como a veces solemos suponer equivocadamente. Bajo las críticas y los cotilleos se camuflan pecados como el rencor, la envidia o la vanidad. Pero no solo esto, sino que también se esconden nuestros complejos, inseguridades y heridas. En realidad, lo moral y lo psicológico suelen caminar por el mismo carril. O dicho de otro modo, el demonio sabe dónde nos aprieta el zapato, y tiende a pisarnos en el mismo lugar…

Todos sabemos que la crítica esconde con frecuencia envidia y celos, y que estos encierran falta de autoestima. Y si pudiésemos remontarnos al origen de esa falta de autoestima, muy posiblemente nos encontraríamos con la carencia de amor… No cabe duda de que los males morales, psicológicos y educacionales están implicados. Así, por ejemplo, decía San Francisco de Sales: “Cuanto más nos gusta ser aplaudidos por lo que decimos, tanto más propensos somos a criticar lo que dicen los demás”.

Dicho lo cual, no es de recibo tomar excusa de las implicaciones psicológicas y educacionales, para eludir nuestra lucha contra este vicio. Nuestra responsabilidad moral puede estar condicionada, ciertamente, pero no hasta el punto de estar determinada. Somos sujetos libres, aunque nuestra libertad esté herida; y por lo tanto, somos responsables de las palabras que salen de nuestra boca. Sin olvidar que en no pocas ocasiones las críticas y los cotilleos son puestos al servicio, con notable malicia, de la ideología de quien los utiliza, con el objetivo de denigrar a quienes no piensan como nosotros.




Me viene a la memoria una cita evangélica que suele pasar inadvertida, en la que queda patente la indisimulada incomodidad del Señor Jesús ante este vicio moral. Me refiero a Juan 21, 23. El contexto de este episodio es el encuentro final entre Jesús y Pedro, en el que este es perdonado por su triple negación, además de confirmado en su misión. A punto de concluir el diálogo, cuando Jesús ha revelado a Pedro su futuro martirio, este vuelve su mirada a Juan —el discípulo al que el Señor amaba especialmente— y le pregunta a Jesús: “Señor, y este, ¿qué?”. A lo que el Señor, en una respuesta sin precedentes, contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. ¡¡Es impresionante escuchar a Jesús decirle a Pedro: “¿a ti qué?” (expresión equivalente a nuestro popular “¿a ti qué te importa?”)!! Y es que, mientras estamos pendientes indebidamente de los demás, podemos permanecer ciegos ante nuestros problemas y responsabilidades. ¡Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro! (cfr. Mt 7, 3).



Concluyo con un texto evangélico tan clarificador como incómodo, de esos a los que solemos poner sordina, por resultarnos demasiado exigente: “Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca (…) En verdad os digo que el hombre dará cuenta en el día del juicio, de cualquier palabra inconsiderada que haya dicho.


Porque por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado” (cfr. Mt 12, 34-37). Será por eso, tal vez, que le escuché a un hermano obispo decir que se podría elevar a los altares, sin necesidad de proceso de canonización, a aquel de quien pudiera decirse: “nunca le escuchamos hablar mal de nadie”. Ciertamente, ¡el ayuno que agrada al Señor es controlar nuestra lengua!

PAPA FRANCISCO: LA CUARESMA...

lunes, 16 de febrero de 2015

EL CAMINO CUARESMAL: LA VENERACIÓN DEL CRUCICFICADO


El camino cuaresmal termina con el comienzo del Triduo pascual, es decir, con la celebración de la Misa In Cena Domini. En el Triduo pascual, el Viernes Santo, dedicado a celebrar la Pasión del Señor, es el día por excelencia para la "Adoración de la santa Cruz".

Sin embargo, la piedad popular desea anticipar la veneración cultual de la Cruz. De hecho, a lo largo de todo el tiempo cuaresmal, el viernes, que por una antiquísima tradición cristiana es el día conmemorativo de la Pasión de Cristo, los fieles dirigen con gusto su piedad hacia el misterio de la Cruz.
Contemplando al Salvador crucificado captan más fácilmente el significado del dolor inmenso e injusto que Jesús, el Santo, el Inocente, padeció por la salvación del hombre, y comprenden también el valor de su amor solidario y la eficacia de su sacrificio redentor.

128. Las expresiones de devoción a Cristo crucificado, numerosas y variadas, adquieren un particular relieve en las iglesias dedicadas al misterio de la Cruz o en las que se veneran reliquias, consideradas auténticas, del lignum Crucis. La "invención de la Cruz", acaecida según la tradición durante la primera mitad del siglo IV, con la consiguiente difusión por todo el mundo de fragmentos de la misma, objeto de grandísima veneración, determinó un aumento notable del culto a la Cruz.
En las manifestaciones de devoción a Cristo crucificado, los elementos acostumbrados de la piedad popular como cantos y oraciones, gestos como la ostensión y el beso de la cruz, la procesión y la bendición con la cruz, se combinan de diversas maneras, dando lugar a ejercicios de piedad que a veces resultan preciosos por su contenido y por su forma.

No obstante, la piedad respecto a la Cruz, con frecuencia, tiene necesidad de ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al acontecimiento de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración evangélica y en el designio salvífico de Dios. En la fe cristiana, la Cruz es expresión del triunfo sobre el poder de las tinieblas, y por esto se la presenta adornada con gemas y convertida en signo de bendición, tanto cuando se traza sobre uno mismo, como cuando se traza sobre otras personas y objetos.
129. El texto evangélico, particularmente detallado en la narración de los diversos episodios de la Pasión, y la tendencia a especificar y a diferenciar, propia de la piedad popular, ha hecho que los fieles dirijan su atención, también, a aspectos particulares de la Pasión de Cristo y hayan hecho de ellos objeto de diferentes devociones: el "Ecce homo", el Cristo vilipendiado, "con la corona de espinas y el manto de púrpura" (Jn 19,5), que Pilato muestra al pueblo; las llagas del Señor, sobre todo la herida del costado y la sangre vivificadora que brota de allí (cfr. Jn 19,34); los instrumentos de la Pasión, como la columna de la flagelación, la escalera del pretorio, la corona de espinas, los clavos, la lanza de la transfixión; la sábana santa o lienza de la deposición.
Estas expresiones de piedad, promovidas en ocasiones por personas de santidad eminente, son legítimas. Sin embargo, para evitar una división excesiva en la contemplación del misterio de la Cruz, será conveniente subrayar la consideración de conjunto de todo el acontecimiento de la Pasión, conforme a la tradición bíblica y patrística.

viernes, 13 de febrero de 2015

MNSEÑOR JOSÉ IGNACIO MUNILLA: ARREPENTIMIENTO Y PERDÓN

En este tiempo de Cuaresma la Iglesia reitera la llamada de Jesucristo en el inicio de su ministerio en Galilea: “Convertíos y creed en el Evangelio” (cf. Mc 1, 15). Afortunadamente, en nuestros días el concepto de “conversión” goza de una notable salud, en la medida en que es entendido como una reorientación positiva de nuestras opciones personales. Por el contrario, existe una indisimulada alergia hacia el concepto de “arrepentimiento”, por cuanto la autoinculpación suele ser percibida como un retroceso al pasado, contradictorio con la mirada al futuro, incluso como una humillación.

Ahora bien, ¿es posible la “conversión” sin el “arrepentimiento” del mal cometido? La pregunta podría parecer superflua, ya que la respuesta negativa es obvia. Sin embargo, cuando la Iglesia ha predicado la importancia del arrepentimiento por la violencia generada en nuestro pasado reciente, hemos escuchado con perplejidad algunas voces que afirman que en el Evangelio, el perdón de Jesucristo en ningún caso está condicionado al arrepentimiento del pecador. Se trata de una devaluada interpretación del Evangelio, según la cual el anuncio del amor de Dios a todos -buenos y malos-, así como el mandamiento de Cristo de perdonar a nuestros enemigos, habría que entenderlos en el sentido de una declaración de indulto colectivo, independiente de todo posible arrepentimiento o cambio de vida.

En primer lugar, es muy importante leer el Evangelio en su integridad, sin caer en la tentación de seleccionar las palabras de Jesucristo según nuestra conveniencia. En efecto, el mismo Jesús que dijo “amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 44), afirmó igualmente: “Si no os convertís, todos pereceréis” (Lc 13, 3). La parábola de la higuera estéril, en la que se plantea la cuestión de si se debe arrancar la higuera que no da fruto, concluye integrando la misericordia y la justicia de Dios: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás” (Lc 13, 8-9).

Por lo tanto, no es cierto que el perdón no esté condicionado al arrepentimiento. Una cosa es el amor incondicional de Dios anunciado por Cristo; y otra muy distinta, que ese amor sea acogido o rechazado por cada uno de nosotros, según la propia conversión u obstinación. Dicho de otra forma: el arrepentimiento es la apertura del hombre al perdón de Dios. Por el contrario, la falta de arrepentimiento es el rechazo del perdón de Dios.

La presentación del amor incondicional de Dios, a modo de un indulto general indiscriminado, no solamente choca con los abundantes pasajes evangélicos que hablan de la posibilidad real de la perdición del hombre (cf. Mt 25, 31ss); sino que tampoco se compagina con la imagen de un Dios que respeta la libertad y la dignidad del hombre. Decía San Agustín: “El que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Es decir, siendo cierto que la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven, sin embargo, para ello es necesario que cada uno coopere libremente, abriéndose a la gracia de la conversión. No olvidemos que Cristo crucificado ofrece su perdón incondicional a los dos ladrones que compartían su suplicio; pero mientras uno de ellos acoge su misericordia con un profundo arrepentimiento, el otro la rechaza reafirmándose en su obstinación, (bien entendido que a nosotros no nos corresponde juzgar el destino eterno de aquel ladrón).

El error teológico del que estamos tratando, tiene a mi juicio una cierta influencia protestante. Mientras que Lutero subrayaba que la salvación se alcanzaba por la “sola fides” (es decir, exclusivamente a través de la fe), el Concilio de Trento le respondía afirmando que la justificación del hombre requiere de la fe y de las buenas obras. Es muy ilustrativo el ejemplo que utilizó Lutero para explicar la justificación del hombre ante Dios: “De la misma forma en que la nieve cubre de blanco el montón de estiércol que está en medio del campo, así también la misericordia de Dios cubre la muchedumbre de nuestros pecados con su manto…”. Sin embargo, los católicos creemos que la gracia de Dios no se limita a “tapar” el estiércol, sino que produce el milagro de la sanación y santificación de nuestra condición pecadora. (Cabe matizar que en los últimos años se han dado grandes avances en esta cuestión, dentro del diálogo ecuménico con los protestantes).

Pero vamos a ser claros, porque todos somos conscientes de que si hoy estamos debatiendo esta cuestión, desgraciadamente no es porque hayamos entrado en la Cuaresma, sino por la aplicación política que se pretende extraer de la disociación entre perdón y arrepentimiento. La Iglesia no tiene ninguna intención de entrar en el terreno reservado a la legítima pluralidad política; pero tampoco puede permanecer callada cuando el Evangelio es deformado y puesto al servicio de las diferentes ideologías.

Me limito a añadir que la llamada al arrepentimiento para poder acoger el perdón, no es solamente una doctrina específica de los cristianos, sino que también está fundada en una ética natural, aplicable a todo ser humano. La práctica totalidad de los sistema judiciales, supeditan la aplicación de determinadas medidas de gracia a las muestras de arrepentimiento de los delincuentes. Lo contrario no sería ni justo, ni evangélico. De hecho, cuando aceptamos que las penas privativas de la libertad en un estado de derecho no deben tener una finalidad meramente punitiva, sino que también han de estar orientadas a la reeducación y a la reinserción social, estamos reconociendo implícitamente este principio. Tampoco debemos olvidar que aunque la conversión cristiana requiere del arrepentimiento, lo supera ampliamente: La conversión conlleva la apertura al don de la misericordia, la cual nos permite amar a todos –incluso a nuestros enemigos- con el mismo amor de Cristo. ¡Qué gran ocasión tenemos esta Cuaresma de abrirnos a la gracia de la conversión en el sacramento de la Penitencia! Es ahí donde recibimos el don de “nacer de nuevo” (cf. Jn 3).

jueves, 12 de febrero de 2015

PAPA FRANCISCO: MENSAJE DE CUARESMA 2015



MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2015
Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

Queridos hermanos y hermanas:


La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
 La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
 Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. 
Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

 También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.

Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente
También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.

Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

                                                                       Franciscus

martes, 10 de febrero de 2015

ALEXIS CARREL MÉDICO: MI VIAJE A LOURDES


Alexis Carrel premio Nobel de Medicina, y ateo; quiso reírse de lo que ocurría en Lourdes. Fue allí para demostrar que todo era una patraña, que aquello era mentira, que aquello era todo un fraude. Y así subió al tren de una peregrinación que iba a Lourdes.


En el tren iba una mujer enferma, que se llamaba Marie Ferrand Bayllie, en el viaje  su salud emperó y estaba a punto de morir. Piden un médico, y Alexis Carrel va a ver a aquella mujer, al parecer, era una peritonitis. Carrel vaticina que no llegará a Lourdes. No hay nada que hacer, sentenció. Está desahuciada. 

Comenta: -Bueno, si esta mujer se cura en Lourdes, entonces yo creería en Lourdes.



Dios le tomó la palabra. Aquella mujer llegó a Lourdes. Y ante los ojos atónitos de Alexis Carrel instantáneamente se curó de su enfermedad. Él cumple su palabra y se convierte. Tiene un libro muy bonito, que se llama Mi viaje a Lourdes, donde cuenta su conversión.  De esta experiencia de fe nació esta bellísima oración del médico, ahora creyente.

«Virgen Santa, socorro de los desgraciados que te imploran humildemente, sálvame. Creo que Tú has querido responder a mi duda con un gran milagro. No lo comprendo, y dudo todavía. Pero mi gran deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer, creer apasionadamente y ciegamente, sin discutir ni criticar nunca más.

 Tu nombre es más bello que el sol de la mañana. Acoge al inquieto pecador que, con el corazón turbado y la frente surcada por las arrugas, se agita corriendo tras las quimeras. Bajo los profundos y duros consejos de mi orgullo intelectual yace, desgraciadamente ahogado todavía, un sueño, el más seductor de todos los sueños: el de creer en Ti y de amarte como aman los monjes de alma pura».

Puedes leer más acerca del tema en la siguiente dirección: http://www.arbil.org/90alex.htm

sábado, 7 de febrero de 2015

HANS URS VON BALTHASAR: QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO B)

Para eso he venido. Este evangelio nos muestra que el trabajo que Jesús  hizo sobre la tierra era tarea que, dada la situación espiritual y religiosa  del país, era imposible de llevar a cabo y la que no obstante él se entrega con todas sus fuerzas. Cuando cura a la suegra de Pedro, la población entera se agolpa a la puerta de la casa; entonces cura a muchos enfermos y expulsa a muchos demonios. Jesús  se levanta de madrugada para poder por fin orar a solas. Pero sus discípulos le siguen y cuando le encuentran le  dicen  : Todo el mundo te busca. Le buscaban los mismos  de la noche  anterior . Jesús no se excusa diciendo que ahora quiere rezar, sino que evita encontrarse de nuevo con la multitud alegando otro trabajo: en las aldeas cercanas, para predicar también allí, que para eso he venido. Y las aldeas son sólo el comienzo: así recorrió toda Galilea. El auténtico apóstol cristiano puede tomar ejemplo del celo incansable de Jesús: aunque la tarea que tenga ante sí le parezca irrealizable desde el punto de vista humano, trabajará tanto como le permitan sus fuerzas; el resto será completado por su sufrimiento o al menos por su obediencia interior. Pero esta interioridad nunca puede ser una excusa para no hacer todo lo que pueda.

Esclavo de todos. Pablo, en la segunda lectura, sigue el ejemplo del Señor en la medida de lo posible. Ha recibido de Dios la tarea de anunciar el evangelio, y eso es para él un deber, no lo hace por su propio gusto. Pablo  puede, para mostrar a Dios su libre obediencia, renunciar a su paga, pero nada le exime del deber estricto de comprometerse en la tarea que le ha sido confiada. No se presenta como el gran señor que está en posesión de la verdad, sino como el esclavo que está al servicio de todos. El apóstol dice que se hace esclavo de los judíos ( se introduce en la mentalidad judía para hablar a los judíos del Mesías), esclavo de los paganos (para anunciarles al redentor del mundo) y finalmente  esclavo de los débiles 8aunque él se considera fuerte) para ganar también para Cristo, en la medida de lo posible, a los poco inteligentes, a los inseguros, indecisos y versátiles. No se olvida a nadie: me he hecho todo a todos, y esto no con la seguridad del que es ya partícipe de la promesa del evangelio, sino con la esperanza del que participa también él en lo que anuncia a los demás.

Como un servicio (militar): así define el pobre Job, en la primera lectura, la vida del hombre sobre la tierra. El hombre no es un señor, sino un esclavo que “suspira por la sombra”; no es un amo (el amo es Dios), sino un “jornalero”. Se trata de una característica general de la efímera vida del hombre. Cristo y su apóstol no contradicen esta descripción de la vida humana. Sólo que la inquietud, la desazón de que habla Job, se ha convertido en la Nueva Alianza en el celo indomeñable de trabajar por Dios y su reino, ya se realice esto mediante una actividad exter ior  o mediante la oración. Porque también la oración es un compromiso del cristiano por el  mundo, y  ciertamente tan fecundo o incluso más fecundo que la actividad externa.

PAPA FRANCISCO: EL EVANGELIO AL ALCANCE DE LA MANO

 El Evangelio al alcance de la mano
Martes 3 de febrero de 2015

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 6, viernes 6 de febrero de 2015

Leer cada día una página del Evangelio durante «diez, quince minutos y no más», teniendo «fija la mirada en Jesús» para «imaginarme en la escena y hablar con Él, como surge de mi corazón»: estas son las características de la «oración de contemplación», auténtica fuente de esperanza para nuestra vida. Es la sugerencia dada por el Papa durante la misa que celebró el martes 3 de febrero, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

En la primera lectura, destacó el Papa Francisco, «el autor de la Carta a los Hebreos (12, 1-4) hace memoria de los primeros días después de la conversión, después del encuentro con Jesús, y hace memoria también de nuestros padres: “Cuánto sufrieron a lo largo del camino”». Precisamente «mirando a estos padres dice que también nosotros estamos rodeados de “una nube tan ingente de testigos”». Así, pues, «es el testimonio de nuestros antepasados» que «él trae a la memoria». Y «hace referencia también a nuestra experiencia, cuando éramos muy felices en el primer encuentro con Jesús». Esta «es la memoria, de la que hemos hablado como una referencia de la vida cristiana».

Pero hoy, destacó el Papa, «el autor de la Carta habla de otra referencia, es decir, de la esperanza». Y «nos dice que debemos tener el valor de seguir adelante: “Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca”». Luego «dice cuál es precisamente el núcleo de la esperanza: “teniendo fijos los ojos en Jesús”». He aquí el punto: «si nosotros no tenemos la mirada fija en Jesús difícilmente podremos tener esperanza». Tal vez «podremos tener optimismo, ser positivos, ¿pero la esperanza?».

Por lo demás, explicó el Papa Francisco, «la esperanza se aprende sólo mirando a Jesús, contemplando a Jesús; se aprende con la oración de contemplación». Y «de esto quiero hablar hoy» confesó, alimentando su reflexión a través de una pregunta: «Os puedo preguntar: ¿cómo rezáis?». Alguno, dijo, podría responder: «Yo, padre, rezo las oraciones que aprendí siendo niño». Y comentó: «Está bien, eso es bueno». Otro podría añadir: «Rezo también el rosario, pero todos los días». 

Y el Papa: «Es bueno rezar el rosario todos los días». Por último está quien podría decir: «Hablo también con el Señor, cuando tengo una dificultad, o con la Virgen o con los santos...». Y también «esto es bueno».

Ante todo esto el Pontífice hizo otra pregunta: «Pero, ¿haces tú la oración de contemplación?». Un interrogante, tal vez, un poco desconcertante, tanto que alguno podría decir: «¿Qué es eso, padre? ¿Cómo es esa oración? ¿Dónde se compra? ¿Cómo se hace?». La respuesta del Papa Francisco es clara: «Se puede hacer sólo con el Evangelio en la mano». En concreto, sugirió, «tomas el Evangelio, eliges un pasaje, lo lees una vez, lo lees dos veces; imagina, como si tú vieses lo que sucede y contempla a Jesús».

Para dar una indicación práctica, el Papa tomó como ejemplo el pasaje del Evangelio de san Marcos (5, 21-43) propuesto por la liturgia, que «nos enseña muchas cosas 
hermosas». 

Partiendo de esta página, preguntó: «¿Cómo hago la contemplación con el Evangelio de hoy?». Y al compartir su experiencia personal, propuso una primera reflexión: «Veo que Jesús estaba en medio de la multitud, a su alrededor había mucha gente. Cinco veces dice este pasaje la palabra “multitud”. Pero, ¿Jesús no descansaba? Puedo pensar: ¡siempre con la gente! La mayor parte de su vida Jesús la pasó por la calle, con la multitud. ¿Y no descansaba? Sí, una vez: el Evangelio dice que dormía en la barca, pero sucedió que llegó la tormenta y los discípulos lo despertaron. Jesús estaba continuamente entre la gente». Por ello, sugirió el Papa, «se mira a Jesús así, contemplo a Jesús así, me imagino a Jesús así. Y le digo a Jesús lo que me viene en mente decirle».

El Papa Francisco continuó su meditación con estas palabras: «Luego, en medio de la multitud, estaba esa mujer enferma y Jesús se dio cuenta. ¿Cómo hace Jesús, en medio de tanta gente, para darse cuenta de que una mujer lo tocó?». Es Él mismo, en efecto, quien hace la pregunta directa: «¿Quién me ha tocado?». Por su parte, los discípulos dijeron a Jesús: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». La cuestión, indicó el Papa, es que «Jesús no sólo comprende a la multitud, siente la multitud, siente el latido del corazón de cada uno de nosotros, de cada uno: nos cuida a todos, a cada uno, siempre».

El Papa, al seguir releyendo el pasaje de san Marcos, explicó que la misma situación se repite también cuando se acerca a Jesús «el jefe de la sinagoga, a contarle sobre su hija gravemente enferma. Y Él dejando todo se ocupa de esto: Jesús en lo grande y en lo pequeño, ¡siempre!». Luego, continuó, «podemos seguir adelante y ver cómo llega a la casa, ve todo el alboroto, a las mujeres llamadas para llorar cuando se vela un muerto: gritos, llantos». Pero Jesús dice: «Estad tranquilos: ¡duerme!». Ante estas palabras, alguno comenzó incluso a reírse de Él. Pero «Él permaneció en silencio» y con su «paciencia» logró soportar la situación, no responder a quienes se reían de Él.
El relato evangélico termina con «la resurrección de la niña». Y Jesús, «en lugar de decir: “¡Ánimo!”, les dice: “Por favor, dadle de comer”». Porque Jesús, es la conclusión del Papa, «tiene siempre pequeños detalles».

«Lo que hice con este Evangelio —explicó el Papa Francisco— es precisamente la oración de contemplación: tomar el Evangelio, leer e imaginarme la escena, imaginarme lo que sucede y hablar con Jesús, como surge del corazón». Y «así hacemos crecer la esperanza, porque tenemos fija la mirada en Jesús». De aquí la propuesta: «haced esta oración de contemplación». E incluso en medio de muchas ocupaciones, sugirió, se puede siempre encontrar el tiempo, tal vez quince minutos en casa: «Toma el Evangelio, un pasaje breve, imagina lo sucedido y habla con Jesús sobre eso». Así, «tu mirada estará fija en Jesús, y no tanto en la telenovela, por ejemplo; tu oído estará atento a las palabras de Jesús y no tanto a los comentarios del vecino, de la vecina».

«La oración de contemplación nos ayuda en la esperanza» y nos enseña a «vivir de la esencia del Evangelio», recordó el obispo de Roma. Por esto hay que «rezar siempre: rezar las oraciones, rezar el rosario, hablar con el Señor, pero también hacer esta oración de contemplación para tener nuestra mirada fija en Jesús». De aquí «viene la esperanza». Y así también «nuestra vida cristiana se mueve en ese marco, entre memoria y esperanza: memoria de todo el camino pasado, memoria de tantas gracias recibidas del Señor; y esperanza, mirando al Señor, que es el único que puede darme la esperanza». Y «para mirar al Señor, para conocer al Señor, tomemos el Evangelio y hagamos esta oración de contemplación».

Al concluir, el Papa Francisco volvió a proponer la experiencia de la oración de contemplación: «Hoy por ejemplo —sugirió— buscad diez minutos, quince y no más: leed el Evangelio, imaginad y decid algo a Jesús. Y nada más. Así, vuestro conocimiento de Jesús será más grande y vuestra esperanza crecerá. No olvidéis, teniendo fija la mirada en Jesús». Precisamente por esto se llama «oración de contemplación».

miércoles, 4 de febrero de 2015

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT: MARÍA Y LOS ÚLTIMOS TIEMPOS



María en los últimos tiempos de la Iglesia.


49. La salvación del mundo comenzó por medio de María y por medio de Ella debe consumarse. María casi no se manifestó en la primera venida de Jesucristo, a fin de que los hombres poco instruidos e iluminados aún cerca de la persona de su Hijo, no se alejaran de la verdad aficionándose demasiado fuerte e imperfectamente a la Madre, como habría ocurrido seguramente, si Ella hubiera sido conocida, a causa de los admirables encantos que el Altísimo le había concedido aún en su exterior. Tan cierto es esto que San Dionisio Areopagita escribe que cuando la vio, la hubiera tomado por una divinidad, a causa de sus secretos encantos e incomparable belleza, si la fe en la que se hallaba bien cimentado no le hubiera enseñado lo contrario.

Pero, en la segunda venida de Jesucristo, María tiene que ser conocida y puesta de manifiesto por el Espíritu Santo, a fin de que por Ella Jesucristo sea conocido, amado y servido. Pues ya no valen los motivos que movieron al Espíritu Santo a ocultar a su Esposa durante su vida y manifestarla sólo parcialmente aun después de la predicación del Evangelio.

50. Dios quiere, pues, revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos.

a. Porque Ella se ocultó en este mundo y se colocó más baja que el polvo por su profunda humildad, habiendo alcanzado de Dios, de los Apóstoles y Evangelistas que no la dieran a conocer.

b. Porque Ella es la obra maestra de las manos de Dios, tanto en el orden de la gracia como en el de la gloria y El quiere ser glorificado y alabado en la tierra por los hombres.

c. Porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de Justicia, Jesucristo, y por lo mismo, debe ser conocida y manifestada, si queremos que Jesucristo lo sea.

d. Porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo a nosotros la primera vez y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente.

e. Porque Ella es el medio seguro y el camino directo e inmaculado para ir a Jesucristo y hallarlo perfectamente. Por ella deben resplandecer en santidad. Quien halla a María, halla la vida, es decir, a Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Ahora bien, no se puede hallar a María sino se la busca, ni buscarla si no se la conoce, pues no se busca ni desea lo que no se conoce. Es, por tanto, necesario que María sea mejor conocida que nunca, para mayor conocimiento y gloria de la Santísima Trinidad.

f. Porque María debe resplandecer más que nunca en los últimos tiempos en misericordia, poder y gracia:
  • En misericordia, para recoger y acoger amorosamente a los pobres pecadores y a los extraviados que se convertirán y volverán a la Iglesia católica;
  • En poder, contra los enemigos de Dios, los idólatras, cismáticos, mahometanos, judíos e impíos endurecidos que se rebelarán terriblemente para seducir y hacer caer, con promesas y amenazas, a cuantos se les opongan,
  • En gracia, finalmente, para animar y sostener a los valientes soldados y fieles servidores de Jesucristo, que combatirán por los intereses del Señor,

  • g. Por último, porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces "como un ejército en orden de batalla" sobre todo en estos últimos tiempos, porque el diablo sabiendo que le queda poco tiempo y menos que nunca para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará a en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás. 
  • martes, 3 de febrero de 2015

    MONSEÑOR DANIEL STURLA : CARTA A LOS FIELES DE LA ARQUIDIÓCESIS DE MONTEVIDEO

    Carta del Señor Arzobispo de Montevideo
    Montevideo, 21 de enero de 2015

    Queridos hermanos y amigos: 

    Tan sorprendido como ustedes, el pasado 4 de enero me llegó la noticia de que el Papa Francisco me había nombrado Cardenal. En unos días, parto hacia Roma junto con Mons. Milton, para recibir las insignias propias de este nuevo servicio, el sábado 14 de febrero.

    Recibo esta elección del Santo Padre con sencillez y gratitud. Mi nombramiento no es, ciertamente, un reconocimiento a mis diez meses de gestión como Arzobispo de Montevideo, sino  un gesto de benevolencia del Papa hacia la Iglesia que peregrina en Uruguay.

    Me gusta decir que somos una iglesia pobre y libre, rica de fe y misionera. No tenemos muchos recursos, pero tampoco ataduras. Hemos combatido “el buen combate de la fe” y aportamos a nuestra sociedad en diversos campos de la actividad nacional. Pero nuestro mayor aporte es aquello que está en el centro de nuestra identidad: somos la Iglesia Católica. Existimos para evangelizar: es decir, para anunciar el amor infinito de Dios revelado en su Hijo Jesucristo.

    No somos dueños de la verdad: queremos servirla. No somos custodios de un depósito cerrado: ofrecemos a todos el anuncio salvador. Creemos con pasión en la belleza de la vida, que es don de Dios, incluso en las vicisitudes tantas veces dramáticas en que se desarrolla nuestra irrepetible existencia en este mundo. Levantamos nuestros ojos hacia Dios y la esperanza firme en el Cielo que anhelamos hace aún más fuerte nuestro compromiso con la historia.

    Que el Papa se haya acordado de nosotros, designando al segundo cardenal en nuestra historia uruguaya, nos compromete como Iglesia “a mejor amar y servir”. Y esto lo queremos hacer en diálogo con hermanos cristianos y de otras religiones, con creyentes y no creyentes.

    Le pido al Espíritu Santo que me dé un corazón de buen pastor como el del Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera, para servir con alegría a este pueblo que él cuidó con tanto amor. El domingo 15 de marzo estamos invitados a reunirnos para dar gracias a Dios por este regalo que el Sucesor de Pedro ha hecho a nuestra Iglesia.

     Con mi cariño y mi bendición.

                                                                                                  Daniel Sturla sdb
                                                                                               Arzobispo de Montevideo