jueves, 30 de enero de 2014

PADRE DIEGO JARAMILLO: ¿QUÉ SON LOS SEMINARIOS DE VIDA EN EL ESPÍRITU?


El Seminario de Vida en el Espiritu es una experiencia de evangelización. En él se proclama el amor de Dios,se anuncia de modo claro e inequívoco a Jesús y se invita a los cristianos a llevar una vida nueva, dinamizada por la presencia del Espíritu Santo. El Seminario de Vida en el Espíritu pretende que los cristianos puedan vivir plenamente la vida abundante que da Jesús (Jn 10,10).

Se suele denominar “vida en el Espíritu” a la vida cristiana para aludir el papel fundamental que en ella desempeña el Espíritu Santo, y para indicar que quienes tratan de vivirla ya no pueden transitar por las rutas del pecado y de la carne, sino por las de la gracia y de la justicia. En esta experiencia espiritual ocupan un lugar primordial “el bautismo en el Espíritu Santo”, llamado tambien “la efusión del Espiritu”, “La liberación del Espiritu” o la “Renovacion en el Espirítu”, que es como un darse cuenta de la extraordinaria gracia que Dios hace al hombre, al querer vivir en nuestros corazones como en su templo, entrega libre que el hombre hace para que sea Dios quien le guíe y le conduzca en todo, y respuesta que da Dios al derramar su amor en nuestros corazones y al renovarnos cada día, haciéndonos crecer en su gracia y en su conocimiento.

El seminario de vida en el Espíritu desea lograr que cada cristiano viva la vida abundante mediante la presentación y la vivencia de los siguientes objetivos:

1. El descubrimiento progresivo de Dios.

2. La aceptación personal de Jesucristo.

3. La apertura a la acción carismática del Espíritu Santo.

4. El compromiso del cristiano con el hombre y con el mundo.

5. La formación de la comunidad cristiana.

DIÁCONO JORGE NOVOA: LAS ESPOSAS, "SOCIAS SILENCIOSAS DEL PADRE"


Muchas veces, aparecen esposas preocupadas por la fe de sus esposos, o por la poca participación de éstos en las eucaristías dominicales. Basta dar una mirada general en nuestros templos, y constatar rápidamente, la desproporción de participación que existe entre varones y mujeres. Este deseo nacido en el corazón de las esposas, manifiesta como el uno para el otro, son la “ayuda adecuada”.

Dios es quien las ha movido, no solamente a reparar en esta situación, sino a orar con cierta perseverancia al Señor, para que mueva sus corazones. El Espíritu Santo es quien les muestra el camino adecuado, fecundando la espera, porque sin el auxilio divino muchas veces viene el desánimo.

La oración perseverante de las esposas abre puertas y libera de obstáculos. He sido testigo, en un sinnúmero de casos, de este compromiso de amor de las esposas como “socias silenciosas” del Padre Eterno que busca al hijo alejado, sumidas en la oración perseverante. La espera supone por momentos una carga pesada, que se incrementa, en la medida en que los años pasan y la eternidad comienza a palpitar con mayor intensidad en sus corazones. Soportar el peso de la espera, es colaborar activamente con la obra de Dios en los esposos. El amor adquiere su dimensión oblativa.

Estás dispuesta a ofrecerte como socia silenciosa del Padre Eterno? Qué buena ocasión es realizar la novena a san José! Cuánto silencio fecundo en la vida de este santo varón! Él como varón justo supo custodiar los caminos de la salvación, esos que hoy, Dios quiere que transite tu esposo.

viernes, 24 de enero de 2014

DIÁCONO JORGE NOVOA : SAULO ES ALCANZADO POR EL SEÑOR...

Encuentro con Cristo
“Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” Él respondió: “¿Quién eres, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.” Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco. Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber.”
El versículo tres es riquísimo en sugerencias. Nos dice “yendo de camino”. En uno de tantos momentos que tiene la vida o, lo que es lo mismo, en lo cotidiano de su vida. El Señor lo “alcanza”, en un momento del trayecto que realiza desde Jerusalén a Damasco. Cuando su corazón estaba totalmente excitado, a punto de ser saciado en su sed, pues “estaba cerca de Damasco”. Y sin pedirle autorización, Dios entró en su vida, sin ningún tipo de aviso previo. Dios irrumpió en la vida de Saulo como una saeta disparada del cielo. Él no se había preparado, pero Dios lo había elegido. Nos dirá el texto, “de repente”, imprevistamente. Dios es Dios y siempre toma la iniciativa.
Dios también llega hoy imprevistamente a muchas vidas. Nos visita en una enfermedad, en un momento de frustración, en un viaje, en la visita a un cottolengo o a una casa de salud. En ocasiones, ciertos conflictos en nuestras relaciones familiares o laborales nos acercan a Dios. Y a veces, nuestros proyectos, que lo habían desplazado absolutamente, parecen frustrarse totalmente. Y en estas coordenadas intrincadas, a veces aparece su luz. Cuando menos lo esperamos, y en el lugar más imprevisible. También nos visita en tiempos de paz, de consuelo, a través de una amistad, o en el encuentro con algún familiar. Sus caminos son múltiples, porque expresan un amor ingenioso que no da nunca nada por perdido.
La presencia de Cristo, en el camino de Damasco, se manifiesta en dos elementos: luz y voz. El encuentro con el Señor es revelador, ilumina toda su existencia, incluso las zonas privadas de su existencia, esas que son visitadas únicamente por él. La voz se presenta amigable, lo llama por su nombre: “Saúl, Saúl…” No es una voz acusadora que lo quiere desalentar o alejar; quiere atraerlo. Es la voz de la Verdad que se le manifiesta como luz para su existencia.
El mal espíritu es presentado como “padre de la mentira.” Su acción presenta una diversidad de estrategias, pero hay dos variantes que son muy consecuentes: su voz es acusadora (Jb 1,6-11; 2,4-5; Ap 12,10) y desalentadora. No se levanta como el dedo del Bautista para indicar a Cristo: camino, verdad y vida. Nos señala para acusarnos o acusar a otros, mostrándonos que no hay camino posible. Como es “homicida desde el principio” inunda nuestras vidas de desaliento para que bajemos los brazos. Cuando sientas en tu interior una voz que te invita a bajar los brazos, ella viene del mal espíritu. San Agustín estaba totalmente perdido para muchos de su tiempo, y muchos habrán bajado los brazos, pero no estaba perdido para Dios. Y la promesa de que para Dios no hay nada imposible encontró albergue en el corazón de su madre Santa Mónica. Y ella la hizo su bandera, y por ella derramó lágrimas y permanentes plegarias. Y el Señor le respondió fielmente a su promesa, con el sí de Agustín.
¡Qué consolador resulta saber que Jesús nos hace uno con Él! Ante el desconcierto de Saulo, el Señor se identifica con sus discípulos, se hace uno con ellos. Cuando un discípulo es perseguido, el Señor es perseguido, y es Él quien tarde o temprano pedirá cuentas a los perseguidores. Saulo se muestra desconcertado; desconoce la voz que lo interpela. Y entonces, pregunta: ¿Quién eres, Señor?
Tal vez somos o fuimos perseguidores de los discípulos del Señor. O, lo que es peor, tal vez seamos discípulos y perseguidores a la vez, "falsos discípulos”, quiera Dios que inculpablemente, y por lo tanto, hayamos inconscientemente albergado en nuestro corazón y en nuestras obras, seguimiento y persecución. Muchos santos han sufrido persecución intraeclesial.
El Señor le revela su nombre: Jesús. El nombre Jesús es un anuncio: Yahvéh salva. Un nombre prohibido (Hch 4,18;[7] 5,28)[8] por el Sanedrín, que había ordenado a los discípulos no invocarlo. Y, los apóstoles, por ser obedientes a Dios (Hch 4,19; 5,29), habían padecido muchas amenazas y azotes (Hch 5,40).[9] El nombre 'Jesús', considerado en su significado etimológico, quiere decir 'Yahvéh libera', salva, ayuda.[10] Ésta es la invitación que recibe Saulo de parte de Dios: Jesús viene a liberarlo, salvarlo y ayudarlo. Dios le revela a Saulo al Mesías esperado en su Gloria. Saulo, el viejo fariseo, está ciego, como el legalismo que no ha reconocido al Mesías, y ahora es invitado a dar un paso en dirección del hombre nuevo que es Pablo. Debe, según el designio de Dios, entrar en Damasco como Pablo.
Tres son las indicaciones que recibe: levántate, entra en la ciudad y obedece. De ellas, me detendré en la segunda. El que ha salido de Jerusalén decidido a entrar a Damasco “pisando fuerte”, como dice el dicho popular, ahora entrará allí, no como lo había imaginado o deseado, sino de la forma que Dios se lo ordene. En realidad, “le hicieron entrar”; el que se bastaba a sí mismo entra necesitado y vulnerable. Nos dice el texto que “lo llevaron de la mano”. El que con mano firme iba a traer a los discípulos del Señor “hombre y mujeres a Jerusalén”, ahora necesita ser conducido. ¡Así entra Pablo en Damasco! No como lo había soñado, ni como lo había previsto. Dios lo había llamado cambiándole el curso a su historia.
“Aunque tiene los ojos abiertos está ciego…” ¡Cuánto podríamos reflexionar a partir de esta expresión! Diría Jesús: “viendo no ven y oyendo no oyen”. Pablo estaba convencido de que veía, pero el Señor le muestra su ceguera. La ceguera engendra prepotencia, ésa de la que hacía gala; por el contrario, el amor es servicial, sin envidia, no quiere aparentar, ni se hace el importante, no actúa con bajeza, ni busca su propio interés (cfr. 1Cor 13).
Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber (v. 9).Finalmente este versículo nos muestra a Pablo atravesando el umbral del pórtico cristiano. Creía conocer a Dios, estaba seguro de reconocer su voluntad, quería ansiosamente enfrentar a ese grupo de hombres y mujeres peligrosos. Pero ha recibido un golpe durísimo, ha sido impactado en los fundamentos mismos donde edificaba su existencia. Los pilares que sostenían su existencia han sido duramente conmovidos. Nada ha quedado en pie, todo ha sido demolido. Ha sido alcanzado por un tsunami de Dios. Se sentía tan seguro en posesión de la verdad, y ahora espera una luz nueva que le permita encontrarla realmente. Está sumido una y otra vez en ese acontecimiento que sobrevuela permanentemente en su mente, del que no podrá salir por sus propios medios. Experimentará la salvación como rescate. Si la interpretación de la Ley y los profetas lo conducían a perseguir a los discípulos del Señor, luego del encuentro con Él no puede quedar nada más que “piedra sobre piedra”. Ha experimentado en su propia vida la destrucción del Templo de Jerusalén. En lugar del Templo antiguo y la interpretación farisaica de la ley ha comenzado a levantarse el Cuerpo de Cristo. Pablo fue conquistado por la gracia divina en el camino de Damasco y de perseguidor de los cristianos se convirtió en Apóstol de los gentiles. Después de encontrarse con Jesús en su camino, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio.

DIÁCONO JORGE NOVOA: LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO (Hch 9,1-9)

San Pablo se dirigía a Damasco con órdenes bien precisas, sabía lo que debía realizar, pero algo imprevisto ocurrió, el Señor se le apareció en el camino y su vida cambió....

Get this widget | Track details | eSnips Social DNA

miércoles, 22 de enero de 2014

SAN AMBROSIO: ÁBRELE TU ALMA AL SEÑOR...

"Yo y el Padre vendremos y haremos morada en él".  Que cuando venga encuentre, pues, tu puerta abierta, ábrele tu alma, extiende el interior de tu mente para que pueda contemplar en ella riquezas de rectitud, tesoros de paz, suavidad de gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna que alumbra a todo hombre. Esta luz verdadera brilla para todos, pero el que cierra sus ventanas se priva a sí mismo de la luz eterna. También tú, si cierras la puerta de tu alma, dejas afuera a Cristo. Aunque tiene poder para entrar, no quiere, sin embargo, ser inoportuno, no quiere obligar a la fuerza.

Él salió del seno de la Virgen como el sol naciente, para iluminar con su luz todo el orbe de la tierra. Reciben esta luz los que desean la claridad del resplandor sin fin, aquella claridad que no interrumpe noche alguna. En efecto, a este sol que vemos cada día suceden las tinieblas de la noche; en cambio, el Sol de justicia nunca se pone, porque a la sabiduría no sucede la malicia.

Dichoso, pues, aquel a cuya puerta llama Cristo. Nuestra puerta es la fe, la cual, si es resistente, defiende toda la casa. Por esta puerta entra Cristo. Por esto, dice la Iglesia en el Cantar de los cantares: Oigo a mi amado que llama a la puerta. Escúchalo cómo llama, cómo desea entrar: ¡Ábreme, mi paloma sin mancha, que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos, del relente de la noche!

Considera cuándo es principalmente que llama a tu puerta el Verbo de Dios, siendo así que su cabeza está cuajada del rocío de la noche. Él se digna visitar a los que están tentados o atribulados, para que nadie sucumba bajo el peso de la tribulación. Su cabeza, por tanto, se cubre de rocío o de relente cuando su cuerpo está en dificultades. Entonces, pues, es cuando hay que estar en vela, no sea que cuando venga el Esposo se vea obligado a retirarse. Porque, si estás dormido y tu corazón no está en vela, se marcha sin haber llamado; pero, si tu corazón está en vela, llama y pide que se le abra la puerta.

Hay, pues, una puerta en nuestra alma, hay en nosotros aquellas puertas de las que dice el salmo: ¡Portones! alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. Si quieres alzar los dinteles de tu fe, entrará a ti el Rey de la gloria, llevando consigo el triunfo de su pasión. También el triunfo tiene sus puertas, pues leemos en el salmo lo que dice el Señor Jesús por boca del salmista: Abridme las puertas del triunfo.

Vemos, por tanto, que el alma tiene su puerta, a la que viene Cristo y llama. Ábrele, pues; quiere entrar, quiere hallar en vela a su Esposa.

lunes, 20 de enero de 2014

MIGUEL ÁNGEL FUENTES: DONDE ESTA JESÚS ¿ESTÁ MARÍA?


Jesús y María están indisolublemente unidos. Lo afirma toda la tradición: 'la Santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo' (Pío IX, bula Ineffabilis Deus).

La presencia física no es el único modo de presencia de un ser. Un ser puede estar también presente en un lugar en la medida en que actúa en él; así están presentes los ángeles en las diversas partes del mundo (Santo Tomás, Suma Teológica, I, q. 52, a.1). Lo mismo puede decirse análogamente de la presencia de María en el mundo. Ella está presente allí donde interviene con su poder.

Ahora bien, Ella está presente (actuando) donde está presente Jesucristo. Lo afirma con toda fuerza San Luis María Grignion de Montfort: 'habiendo querido Dios comenzar y terminar sus más grandes obras por la Santísima Virgen desde que la formó, es para creer que no cambiará de conducta en los siglos de los siglos, pues es Dios y no cambia en sus sentimientos ni en su conducta' (Tratado de la Verdadera Devoción, n. 15). Esto no es por necesidad de naturaleza (no lo exige la naturaleza de María, ni el poder divino, el cual podría actuar sin Ella; pero es así por libre disposición divina).

Por tanto, allí donde Jesús se hace presente y donde Jesús actúa en las almas, está presente María con su poder, en cuanto dispositiva de los corazones para que reciban a Jesucristo.

Por eso dice también el mismo santo que el Espíritu Santo 'aunque no tenga absolutamente necesidad, reduce al acto su fecundidad produciendo en Ella y por Ella a Jesucristo y a sus miembros' (ibid., n. 21). Y también: 'La conducta que las tres Personas de la Santísima Trinidad han observado en la Encarnación y el primer advenimiento de Jesucristo, la observan todos los días, de una manera invisible, en la Santa Iglesia y la observarán hasta la consumación de los siglos en el último advenimiento de Jesucristo' (Ibid., n. 22).

sábado, 4 de enero de 2014

JUAN PABLO II: LA ORACIÓN A MARÍA


A lo largo de los siglos el culto mariano ha experimentado un desarrollo ininterrumpido. Además de las fiestas litúrgicas tradicionales dedicadas a la Madre del Señor, ha visto florecer innumerables expresiones de piedad, a menudo aprobadas y fomentadas por el Magisterio de la Iglesia.

Muchas devociones y plegarias marianas constituyen una prolongación de la misma liturgia y a veces han contribuido a enriquecerla, como en el caso del Oficio en honor de la Bienaventurada Virgen María y de otras composiciones que han entrado a formar parte del Breviario.

La primera invocación mariana que se conoce se remonta al siglo III y comienza con las palabras: «Bajo tu amparo (Sub tuum praesidium) nos acogemos, santa Madre de Dios...». Pero la oración a la Virgen más común entre los cristianos desde el siglo XIV es el «Ave María».

Repitiendo las primeras palabras que el ángel dirigió a María, introduce a los fieles en la contemplación del misterio de la Encarnación. La palabra latina «Ave», que corresponde al vocablo griego xaire, constituye una invitación a la alegría y se podría traducir como «Alégrate». El himno oriental «Akáthistos» repite con insistencia este «alégrate». En el Ave María llamamos a la Virgen «llena de gracia» y de este modo reconocemos la perfección y belleza de su alma.

La expresión «El Señor está contigo» revela la especial relación personal entre Dios y María, que se sitúa en el gran designio de la alianza de Dios con toda la humanidad. Además, la expresión «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús», afirma la realización del designio divino en el cuerpo virginal de la Hija de Sión.

Al invocar a «Santa María, Madre de Dios», los cristianos suplican a aquella que por singular privilegio es inmaculada Madre del Señor: «Ruega por nosotros pecadores», y se encomiendan a ella ahora y en la hora suprema de la muerte.

También la oración tradicional del Ángelus invita a meditar el misterio de la Encarnación, exhortando al cristiano a tomar a María como punto de referencia en los diversos momentos de su jornada para imitarla en su disponibilidad a realizar el plan divino de la salvación. Esta oración nos hace revivir el gran evento de la historia de la humanidad, la Encarnación, al que hace ya referencia cada «Ave María». He aquí el valor y el atractivo delÁngelus, que tantas veces han puesto de manifiesto no sólo teólogos y pastores, sino también poetas y pintores.

En la devoción mariana ha adquirido un puesto de relieve el Rosario, que a través de la repetición del «Ave María» lleva a contemplar los misterios de la fe. También esta plegaria sencilla, que alimenta el amor del pueblo cristiano a la Madre de Dios, orienta más claramente la plegaria mariana a su fin: la glorificación de Cristo.

El Papa Pablo VI, como sus predecesores, especialmente León XIII, Pío XII y Juan XXIII, tuvo en gran consideración el rezo del rosario y recomendó su difusión en las familias. Además, en la exhortación apostólicaMarialis cultus, ilustró su doctrina, recordando que se trata de una «oración evangélica, centrada en el misterio de la Encarnación redentora», y reafirmando su «orientación claramente cristológica» (n. 46).

A menudo, la piedad popular une al rosario las letanías, entre las cuales las más conocidas son las que se rezan en el santuario de Loreto y por eso se llaman «lauretanas». Con invocaciones muy sencillas, ayudan a concentrarse en la persona de María para captar la riqueza espiritual que el amor del Padre ha derramado en ella.

Como la liturgia y la piedad cristiana demuestran, la Iglesia ha tenido siempre en gran estima el culto a María, considerándolo indisolublemente vinculado a la fe en Cristo. En efecto, halla su fundamento en el designio del Padre, en la voluntad del Salvador y en la acción inspiradora del Paráclito.

La Virgen, habiendo recibido de Cristo la salvación y la gracia, está llamada a desempeñar un papel relevante en la redención de la humanidad. Con la devoción mariana los cristianos reconocen el valor de la presencia de María en el camino hacia la salvación, acudiendo a ella para obtener todo tipo de gracias. Sobre todo, saben que pueden contar con su maternal intercesión para recibir del Señor cuanto necesitan para el desarrollo de la vida divina y a fin de alcanzar la salvación eterna.

Como atestiguan los numerosos títulos atribuidos a la Virgen y las peregrinaciones ininterrumpidas a los santuarios marianos, la confianza de los fieles en la Madre de Jesús los impulsa a invocarla en sus necesidades diarias.Están seguros de que su corazón materno no puede permanecer insensible ante las miserias materiales y espirituales de sus hijos.

Así, la devoción a la Madre de Dios, alentando la confianza y la espontaneidad, contribuye a infundir serenidad en la vida espiritual y hace progresar a los fieles por el camino exigente de las bienaventuranzas.

Finalmente, queremos recordar que la devoción a María, dando relieve a la dimensión humana de la Encarnación, ayuda a descubrir mejor el rostro de un Dios que comparte las alegrías y los sufrimientos de la humanidad, el «Dios con nosotros», que ella concibió como hombre en su seno purísimo, engendró, asistió y siguió con inefable amor desde los días de Nazaret y de Belén a los de la cruz y la resurrección.

DIÁCONO JORGE NOVOA: EXISTE DIOS? PODEMOS CONOCERLO?(2)

miércoles, 1 de enero de 2014

MARÍA, MADRE DE DIOS


Qué podría ser mejor para iniciar el año, de este calendario Gregoriano, que hacerlo contemplando a  María Madre de Dios!!! La Iglesia asistida por el Espíritu Divino clarificó  esta verdad, en medio de las controversias teológicas que aparecen siempre a lo largo de la historia.  Algunas más dañinas y virulentas, y otras más solapadas. 

Ella es la Teotokos, la Madre de Dios, éste título se aplica plenamente a la Virgen y esclarece el vínculo estrecho que se establece con su Hijo,  y con  la obra de la Redención. El Verbo Eterno del Padre, se encarnó en el vientre purísimo de María, y allí se fue formando esa naturaleza humana, que estaría unida a la persona Divina. Una persona divina y dos naturalezas, una divina eterna y otra humana, fruto del don de María. María no es la Madre de una parte, debido a la inexistencia de ella, como aquellos que querían llamarla Cristotokos, para atribuirle una relación exclusivamente con la naturaleza humana. 

María en orden a la misión de ser la Madre de Dios, recibe otras prerrogativas que se definirán dogmáticamente a lo largo del tiempo. Hay un vínculo estrecho y definitivo, que se estableció con la Encarnación, entre lo humano y lo divino y que tuvo en María un protagonismo esencial...

Te saludamos con la Iglesia María, Madre de Dios. Bendita hija del Padre Eterno. Madre bondadosa de Nuestro Señor y Bellísima esposa del Espíritu Divino...
  

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO: EL NOMBRE DE MARÍA


El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado para ella por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen.Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. "Del Tesoro de la divinidad -dice Ricardo de San Lorenzo- salió el nombre de María". De él salió tu excelso nombre; porque las tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodillla, en el cielo, en la tierra y en el infierno. Pero entre otras prerrogativas que el Señor concedió al nombre de María, veamos cuán dulce lo ha hecho para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte.

En cuanto a lo primero, durante la vida, "el santo nombre de María -dice el monje Honorio- está lleno de divina dulzura". De modo que el glorioso san Antonio de Padua, reconocía en el nombre de María la misma dulzura que san Bernardo en el nombre de Jesús. "El nombre de Jesús", decía éste; "el nombre de María", decía aquél, "es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos". Se cuenta del V. Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, que al pronunciar el nombre de María experimentaba una dulzura sensible tan grande, que se relamía los labios. También se refiere que una señora en la ciudad de Colonia le dijo al obispo Marsilio que cuando pronunciaba el nombre de María, sentía un sabor más dulce que el de la miel. Y, tomando el obispo la misma costumbre, también experimentó la misma dulzura. Se lee en el Cantar de los Cantares que, en la Asunción de María, los ángeles preguntaron por tres veces: "¿Quién es ésta que sube del desierto como columnita de humo? ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente? ¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias?" (Ct 3,6; 6,9; 8,5). Pregunta Ricardo de San Lorenzo: "¿Por qué los ángeles preguntan tantas veces el nombre de esta Reina?" Y él mismo responde: "Era tan dulce para los ángeles oír pronunciar el nombre de María, que por eso hacen tantas preguntas".

Pero no quiero hablar de esta dulzura sensible, porque no se concede a todos de manera ordinaria; quiero hablar de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre de María a los que lo pronuncian con fervor. Dice el abad Francón que, después del sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico de bienes, que ni en la tierra ni en el cielo resuena ningún nombre del que las almas devotas reciban tanta gracia de esperanza y de dulzura. El nombre de María -prosigue diciendo- contiene en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando es conveniente para los corazones que lo aman, produce en ellos un aroma de santa suavidad. Y la maravilla de este nombre -concluye el mismo autor- consiste en que aunque lo oigan mil veces los que aman a María, siempre les suena como nuevo, experimentando siempre la misma dulzura al oírlo pronunciar.

Hablando también de esta dulzura el B. Enrique Susón, decía que nombrando a María, sentía elevarse su confianza e inflamarse en amor con tanta dicha, que entre el gozo y las lágrimas, mientras pronunciaba el nombre amado, sentía como si se le fuera a salir del pecho el corazón; y decía que este nombre se le derretía en el alma como panal de miel. Por eso exclamaba: "¡Oh nombre suavísimo! Oh María ¿cómo serás tú misma si tu solo nombre es amable y gracioso!"

Contemplando a su buena Madre el enamorado san Bernardo le dice con ternura: "¡Oh excelsa, oh piadosa, oh digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte". Dice Ricardo de San Lorenzo: "Si las riquezas consuelan a los pobres porque les sacan de la miseria, cuánto más tu nombre, oh María, mucho mejor que las riquezas de la tierra, nos alivia de las tristezas de la vida presente".

Tu nombre, oh Madre de Dios -como dice san Metodio- está lleno de gracias y de bendiciones divinas. De modo que -como dice san Buenaventura- no se puede pronunciar tu nombre sin que aporte alguna gracia al que devotamente lo invoca. Búsquese un corazón empedernido lo más que se pueda imaginar y del todo desesperado; si éste te nombra, oh benignísima Virgen, es tal el poder de tu nombre -dice el Idiota- que él ablandará su dureza, porque eres la que conforta a los pecadores con la esperanza del perdón y de la gracia. Tu dulcísimo nombre -le dice san Ambrosio- es ungüento perfumado con aroma de gracia divina. Y el santo le ruega a la Madre de Dios diciéndole: "Descienda a lo íntimo de nuestras almas este ungüento de salvación". Que es como decir: Haz Señora, que nos acordemos de nombrarte con frecuencia, llenos de amor y confianza, ya que nombrarte así es señal o de que ya se posee la gracia de Dios, o de que pronto se ha de recobrar.

Sí, porque recordar tu nombre, María, consuela al afligido, pone en camino de salvación al que de él se había apartado, y conforta a los pecadores para que no se entreguen a la desesperación; así piensa Landolfo de Sajonia. Y dice el P. Pelbarto que como Jesucristo con sus cinco llagas ha aportado al mundo el remedio de sus males, así, de modo parecido, María, con su nombre santísimo compuesto de cinco letras, confiere todos los días el perdón a los pecadores. Por eso, en los Sagrados cantares, el santo nombre de María es comparado al óleo: "Como aceite derramado es tu nombre" (Ct 1,2). Comenta así este pasaje el B. Alano: "Su nombre glorioso es comparado al aceite derramado porque, así como el aceite sana a los enfermos, esparce fragancia, y alimenta la lámpara, así también el nombre de María, sana a los pecadores, recrea el corazón y lo inflama en el divino amor". Por lo cual Ricardo de San Lorenzo anima a los pecadores a recurrir a este sublime nombre, porque eso sólo bastará para curarlos de todos sus males, pues no hay enfermedad tan maligna que no ceda al instante ante el poder del nombre de María".

Por el contrario los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal manera a la Reina del cielo, que al oír su nombre, huyen de aquel que lo nombra como de fuego que los abrasara. La misma Virgen reveló a santa Brígida, que no hay pecador tan frío en el divino amor, que invocando su santo nombre con propósito de convertirse, no consiga que el demonio se aleje de él al instante. Y otra vez le declaró que todos los demonios sienten tal respeto y pavor a su nombre que en cuanto lo oyen pronunciar al punto sueltan al alma que tenían aprisionada entre sus garras.

Y así como se alejan de los pecadores los ángeles rebeldes al oír invocar el nombre de María, lo mismo -dijo la Señora a santa Brígida- acuden numerosos los ángeles buenos a las almas justas que devotamente la invocan.

Atestigua san Germán que como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre, añade Ricardo de San Lorenzo es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados.

Torre defensiva que no sólo libra a los pecadores del castigo, sino que defiende también a los justos de los asaltos del infierno. Así lo asegura el mismo Ricardo, que después del nombre de Jesús, no hay nombre que tanto ayude y que tanto sirva para la salvación de los hombres, como este incomparable nombre de María. Es cosa sabida y lo experimentan a diario los devotos de María, que este nombre formidable da fuerza para vencer todas las tentaciones contra la castidad. Reflexiona el mismo autor considerando las palabras del Evangelio: "Y el nombre de la Virgen era María" (Lc 1,27), y dice que estos dos nombres de María y de Virgen los pone el Evangelista juntos, para que entendamos que el nombre de esta Virgen purísima no está nunca disociado de la castidad. Y añade san Pedro Crisólogo, que el nombre de María es indicio de castidad; queriendo decir que quien duda si habrá pecado en las tentaciones impuras, si recuerda haber invocado el nombre de María, tiene una señal cierta de no haber quebrantado la castidad.

Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: "En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón". En todos los peligros de perder la gracia divina, pensemos en María, invoquemos a María junto con el nombre de Jesús, que siempre han de ir estos nombres inseparablemente unidos. No se aparten jamás de nuestro corazón y de nuestros labios estos nombres tan dulces y poderosos, porque estos nombres nos darán la fuerza para no ceder nunca jamás ante las tentaciones y para vencerlas todas. Son maravillosas las gracias prometidas por Jesucristo a los devotos del nombre de María, como lo dio a entender a santa Brígida hablando con su Madre santísima, revelándole que quien invoque el nombre de María con confianza y propósito de la enmienda, recibirá estas gracias especiales: un perfecto dolor de sus pecados, expiarlos cual conviene, la fortaleza para alcanzar la perfección y al fin la gloria del paraíso. Porque, añadió el divino Salvador, son para mí tan dulces y queridas tus palabras, oh María, que no puedo negarte lo que me pides.

En suma, llega a decir san Efrén, que el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción. Por eso tiene razón san Buenaventura a llamar a María "salvación de todos los que la invocan", como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna. También dice Ricardo de San Lorenzo que invocar este santo y dulce nombre lleva a conseguir gracias sobreabundantes en esta vida y una gloria sublime en la otra. Por tanto, concluye Tomás de Kempis: "Si buscáis, hermanos míos, ser consolados en todos vuestros trabajos, recurrid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María. Disfrutad con María, llorad con María, caminad con María, y con María buscad a Jesús. Finalmente desead vivir y morir con Jesús y María. Haciéndolo así siempre iréis adelante en los caminos del Señor, ya que María, gustosa rezará por vosotros, y el Hijo ciertamente atenderá a la Madre".

Muy dulce es para sus devotos, durante la vida, el santísimo nombre de María, por las gracias supremas que les obtiene, como hemos visto. Pero más consolador les resultará en la hora de la muerte, por la suave y santa muerte que les otorgará. El P. Sergio Caputo, jesuita, exhortaba a todos los que asistieran a un moribundo, que pronunciasen con frecuencia el nombre de María, dando como razón que este nombre de vida y esperanza, sólo con pronunciarlo en la hora de la muerte, basta para dispersar a los enemigos y para confortar al enfermo en todas sus angustias. De modo parecido, san Camilo de Lelis, recomendaba muy encarecidamente a sus religiosos que ayudasen a los moribundos con frecuencia a invocar los nombres de Jesús y de María como él mismo siempre lo había practicado; y mucho mejor lo practicó consigo mismo en la hora de su muerte, como se refiere en su biografía; repetía con tanta dulzura los nombres, tan amados por él, de Jesús y de María, que inflamaba en amor a todos los que le escuchaban. Y finalmente, con los ojos fijos en aquellas adoradas imágenes, con los brazos en cruz, pronunciando por última vez los dulcísimos nombres de Jesús y de María, expiró el santo con una paz celestial. Y es que esta breve oración, la de invocar los nombres de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, cuanto es fácil retenerla en la memoria, es agradable para meditar y fuerte para proteger al que la utiliza, contra todos los enemigos de su salvación.

¡Dichoso -decía san Buenaventura- el que ama tu dulce nombre, oh Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable tu nombre, que todos los que se acuerdan de invocarlo en la hora de la muerte, no temen los asaltos de todo el infierno.

Quién tuviera la dicha de morir como murió fray Fulgencio de Ascoli, capuchino, que expiró cantando: "Oh María, oh María, la criatura más hermosa; quiero ir al cielo en tu compañía". O como murió el B. Enrique, cisterciense, del que cuentan los anales de su Orden que murió pronunciando el dulcísimo nombre de María.

Roguemos pues, mi devoto lector, roguemos a Dios nos conceda esta gracia, que en la hora de la muerte, la última palabra que pronunciemos sea el nombre de María, como lo deseaba y pedía san Germán. ¡Oh muerte dulce, muerte segura, si está protegida y acompañada con este nombre salvador que Dios concede que lo pronuncien los que se salvan!

¡Oh mi dulce Madre y Señora, te amo con todo mi corazón! Y porque te amo, amo también tu santo nombre. Propongo y espero con tu ayuda invocarlo siempre durante la vida y en la hora de la muerte. Concluyamos con esta tierna plegaria de san Buenaventura: "Para gloria de tu nombre, cuando mi alma esté para salir de este mundo, ven tú misma a mi encuentro, Señora benditísima, y recíbela". No te desdeñes, oh María -sigamos rezando con el santo- de venir a consolarme con tu dulce presencia. Sé mi escala y camino del paraíso. Concédele la gracia del perdón y del descanso eterno. Y termina el santo diciendo: "Oh María, abogada nuestra, a ti te corresponde defender a tus devotos y tomar a tu cuidado su causa ante el tribunal de Jesucristo".