martes, 30 de abril de 2013

PAPA FRANCIASCO: PREGÚNTALE A JESÚS, QUÉ QUIERE DE TÍ?

DIÁCONO JORGE NOVOA: EL ESPÍRITU SANTO NOS CONSUELA EN EL CAMINO


A medida que nos acercamos a la solemnidad de la Ascensión, las lecturas bíblicas
manifiestan un binomio, que refleja la tensión presente en la vida de los discípulos de Jesús. Es frecuente, que el Señor hable de su partida, cosa que congela los corazones de los discípulos, es cierto que la meta de su partida es “el Padre” o “la casa del Padre”, y ello trae cierto consuelo, porque siempre Jesús ha expresado como meta de su existencia, el retornar la casa del Padre. Pero no resulta extraño, que ellos se inquieten y pregunten por la suerte que correrían, luego de la partida del maestro.

Los discursos de Jesús también comprenden un anuncio a modo de promesa, se menciona una y otra vez, el advenimiento “del Paráclito”, que tendría la misión de consolar y defender (recordando y enseñando) .

Quién puede consolar el corazón humano, ante el vació dejado por Dios? Únicamente Dios puede ocupar, en el corazón del hombre, el vacío dejado por Dios. Solamente el Espíritu Santo puede “consolar” de la desazón generada por la partida del Hijo de Dios.

Jesús sabe que luego de gustar de su compañía y amistad, sería muy difícil, ante su ausencia, continuar la misión encomendada. Pero ahora, el Paráclito; les “enseñará y recordará todo”, porque consuela no con la medida humana, sino con la vida que brota de la Pascua del Señor.

Sabe Jesús que necesitamos del Espíritu Santo para nuestra peregrinación, Él sostiene nuestra esperanza, permitiéndonos por la gracia, experimentar realmente el amor del Señor que nos consuela y anima en el camino.

El Padre y el Hijo, en Pentecostés, responden de modo superabundante a las inquietudes del corazón humano, vienen y nos constituyen como morada suya, por la presencia del Espíritu Santo, ahora la nostalgia encuentra el consuelo deseado, comunicándonos interiormente el misterio de Jesús: camino, verdad y vida. El destino del Hijo, en el Espíritu, se vuelve destino de los discípulos, vividos en la fe, esperanza y caridad. 

P.FORTEA: NUNCA SE DEBE IR A UN BRUJO

Sea cual sea el fenómeno que sufra o crea estar sufriendo lo que nunca, jamás, se debe hacer es ir a un brujo para acabar con cualquiera de estos fenómenos (sea posesión, mal de ojo, etc, etc). Y cuando digo brujo me refiero también a videntes, curanderos, santones, etc. Sólo se debe ir a sacerdotes o a grupos de oración de la renovación carismática. Ir a un brujo no sólo no solucionará nada, sino que puede poner una influencia maligna donde no la hay.

No se debe uno fiar de los brujos porque tengan en su casa imágenes de la Virgen o de Jesús. Jamás por ese camino vendrá la solución sino el empeoramiento de su problema. Todo poder en esta materia fue entregado a los Apóstoles y quien busque la solución por una vía torcida comprobará que este mundo de poderes invisibles es real y que nunca debió sumergirse en él a experimentar a su propia costa. 

(El p. Fortea es el exorcista de la diócesis de Madrid)

lunes, 29 de abril de 2013

RP. HORACIO BOJORGE: EL DEMONIO DE LA ACEDIA 1/13

Volvemos a presentarte en capítulos, el programa realizado en EWTN por el RP. Horacio Bojorge sobre la acedia, esta serie consta de 13 capítulos que te iremos presentando en el correr del mes de mayo...Qué es la acedia?

 

viernes, 26 de abril de 2013

SAN JUAN CRISÓSTOMO: USTEDES SON SAL Y LUZ (Mt 15,6-7)


Vosotros sois la sal de la tierra (Mt 5, 13). Vosotros no habéis de preocuparos sólo de vuestra propia vida, sino de la de toda la tierra. A vosotros no os envío, como hice con los profetas, a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte, ni siquiera a una entera nación. No. Vuestra misión se extenderá a la tierra y al mar, sin más límites que los del mundo mismo. Y a una tierra que encontraréis mal dispuesta.

BENEDICTO XVI: HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR...


Después de esto sigue la tercera reacción, la respuesta esencial de María: su simple «sí». Se declara sierva del Señor. «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).  

Bernardo de Claraval describe dramáticamente en una homilía de Adviento la emoción de este momento. Tras la caída de nuestros primeros padres, todo el mundo queda oscurecido bajo el dominio de la muerte. Dios busca ahora una nueva entrada en el mundo. Llama a la puerta de María. Necesita la libertad humana. No puede redimir al hombre, creado libre, sin un «sí» libre a su voluntad. Al crear la libertad, Dios se ha hecho en cierto modo dependiente del hombre. Su poder está vinculado al «sí» no forzado de una persona humana. Así, Bernardo muestra cómo en el momento de la pregunta a María el cielo y la tierra, por decirlo así, contienen el aliento. ¿Dirá «sí»? Ella vacila... ¿Será su humildad tal vez un obstáculo? «Sólo por esta vez —dice Bernardo— no seas humilde, sino magnánima. Danos tu “sí”.» Éste es el momento decisivo en el que de sus labios y de su corazón sale la respuesta: «Hágase en mí según tu palabra.» Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana.  

María se convierte en madre por su «sí». Los Padres de la Iglesia han expresado a veces todo esto diciendo que María habría concebido por el oído, es decir, mediante su escucha. A través de su obediencia la palabra ha entrado en ella, y ella se ha hecho fecunda. En este contexto, los Padres han desarrollado la idea del nacimiento de Dios en nosotros mediante la fe y el bautismo, por los cuales el Logos viene siempre de nuevo a nosotros, haciéndonos hijos de Dios. Pensemos por ejemplo en las palabras de san Ireneo: «¿Cómo podrán salvarse si no es Dios aquel que llevó a cabo su salvación sobre la tierra? ¿Y cómo el ser humano se acercará a Dios, si Dios no se ha acercado al hombre? ¿Cómo se librarán de la muerte que los ha engendrado, si no son regenerados por la fe para un nuevo nacimiento que Dios realice de modo admirable e impensado, cuyo signo para nuestra salvación nos dio en la concepción a partir de la Virgen?» (Adv haer IV, 33,4; cf. H. Rahner, Symbole der Kirche, p. 23).  
  
Pienso que es importante escuchar también la última frase de la narración lucana de la anunciación: «Y el ángel la dejó» (Lc 1,38). El gran momento del encuentro con el mensajero de Dios, en el que toda la vida cambia, pasa, y María se queda sola con un cometido que, en realidad, supera toda capacidad humana. Ya no hay ángeles a su alrededor. Ella debe continuar el camino que atravesará por muchas oscuridades, comenzando por el desconcierto de José ante su embarazo hasta el momento en que se declara a Jesús «fuera de sí» (Mc 3,21; cf. Jn 10,20), más aún, hasta la noche de la cruz. 

En estas situaciones, cuántas veces habrá vuelto interiormente María al momento en que el ángel de Dios le había hablado. Cuántas veces habrá escuchado y meditado aquel saludo: «Alégrate, llena de gracia», y sobre la palabra tranquilizadora: «No temas.» El ángel se va, la misión permanece, y junto con ella madura la cercanía interior a Dios, el íntimo ver y tocar su proximidad.  

miércoles, 24 de abril de 2013

ENCUENTROS CON JESÚS- 27 DE ABRIL

              ENCUENTROS CON JESÚS
                      27 de abril 2013- 16 hs

       "SOY UN PECADOR PERDONADO"

San Pablo le manifiesta a Timoteo el motivo de su acción de gracias y la verdad de la salvación que ha realizado Jesucristo...

16 -          Santo Rosario y adoración
16.45       Predicación de la Palabra. (Diác. Jorge)
17.30       Comunidades
18.15        Paseo con el Santísimo Sacramento
19-            Santa Misa ( P. Raúl)

Retiro abierto y gratuito
Confesiones

Luego de la Misa habrá imposición de manos...

SANTA TERESITA DE LISIEUX: LOS SECRETOS DE JESÚS


Hermana querida, tú querrías escuchar los secretos que Jesús confía a tu hijita. Yo sé que esos
secretos te los confía también a ti, pues fuiste tú quien me enseñó a acoger las enseñanzas divinas. Sin embargo, trataré de balbucir algunas palabras, aunque siento que a la palabra humana le resulta imposible expresar ciertas cosas que el corazón del hombre apenas si puede vislumbrar...

No creas que estoy nadando entre consuelos. No, mi consuelo es no tenerlo en la tierra. Sin mostrarse, sin hacerme oír su voz, Jesús me instruye en secreto; no lo hace sirviéndose de libros, pues no entiendo lo que leo. Pero a veces viene a consolarme una frase como la que he encontrado al final de la oración (después de haber aguantado en el silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te doy, él te enseñará todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la vida, donde está contenida la ciencia del amor».

¡La ciencia del amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella todas mis riquezas, me parece, como a la esposa del Cantar de los Cantares, que no he dado nada todavía... Comprendo tan bien que, fuera del amor, no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que ese amor es el único bien que ambiciono.

Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina . Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre... «El que sea pequeñito, que venga a mí», dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón. Y ese mismo Espíritu de amor dijo también que «a los pequeños se les compadece y perdona». Y, en su nombre, el profeta Isaías nos revela que en el último día «el Señor apacentará como un pastor a su rebaño, reunirá a los corderitos y los estrechará contra su pecho». Y como si todas esas promesas no bastaran, el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundía ya en las profundidades de la eternidad, exclama en nombre del Señor: «Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en brazos y sobre las rodillas os acariciaré».

Sí, madrina querida, ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar de agradecimiento  y de amor... Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo XLIX: «No aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños, pues las fieras de la selva son mías y hay miles de bestias en mis montes; conozco todos los pájaros del cielo... Si tuviera hambre, no te lo diría, pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos?...Ofrece a Dios sacrificios de alabanza y de acción de gracias».
He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...
Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!
Hermana querida, ¡dichosas nosotras que comprendemos los íntimos secretos de nuestro Esposo! Si tú quisieras escribir todo lo que sabes acerca de ellos, ¡qué hermosas páginas podríamos leer! Pero ya lo sé, prefieres guardar «los secretos del Rey» en el fondo de tu corazón, mientras que a mí me dices que «es bueno publicar las obras del altísimo». Creo que tienes razón en guardar silencio, y sólo por complacerte escribo yo estas líneas, pues siento mi impotencia para expresar con palabras de la tierra los secretos del cielo; y además, aunque escribiera páginas y más páginas, tendría la impresión de no haber empezado todavía... Hay tanta variedad de horizontes, matices tan infinitamente variados, que sólo la paleta del Pintor celestial podrá proporcionarme, después de la noche de esta vida, los colores apropiados para pintar las maravillas que él descubre a los ojos de mi alma.
Hermana querida, me pedías que te escribiera mi sueño y «mi doctrinita», como tú la llamas... Lo he hecho en las páginas que siguen; pero tan mal, que me parece imposible que consigas entender nada. Tal vez mis expresiones te parezcan exageradas... Perdóname, eso se debe a mi estilo demasiado confuso. Te aseguro que en mi pobre alma no hay exageración alguna: en ella todo es sereno y reposado...

martes, 23 de abril de 2013

ROMANO GUARDINI :El Espíritu es gozo que enjuga las lágrimas


“Tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas,
y reconforta en los duelos”

Todas estas líneas expresan la misma realidad con diversas palabras. Los embates de las olas de la vida interior se reflejan en ellas. Cuando uno de nosotros está atormentado la cercanía de Dios le dará paz. Si es una pasión la que le está dando contra el suelo, Dios, que todo lo sabe, se la calmará. Si la ansiedad y el sufrimiento le producen angustia, el Creador lo aliviará. El hombre, más que las cosas, tiene necesidad de Dios.

Estas palabras del himno parecen de otro mundo y a duras penas podemos traducirlas. Su valor expresivo está en el conjunto, que ha previsto el lugar de cada palabra y el sonido de cada sílaba.

“Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos”.

Que la claridad sea, a la vez, intimidad y valentía, amor y plenitud creadora, luz, es un misterio que reside en Dios. Nos alegramos que sea así! Hay hombres de aguda inteligencia y voluntad exacta , claros, fríos y tajantes como un día invernal. Otros, en cambio, son cálidos, pero desordenados, rudos o limitados…¿Te das cuenta del misterio que resuena en este cántico? El corazón se enciende y la inteligencia se ilumina, el amor y la verdad se ha fusionado en algo que no tiene nombre. No es verdad que no tenga nombre. Sí, tiene un nombre: Dios!

(En la barra lateral del blog, tenés realizados por Guardini, otros comentarios de la secuencia)

lunes, 22 de abril de 2013

RENÉ LAURENTIN: FUNCIÓN DE LAS APARICIONES

Su función no es, en absoluto, completar el Evangelio, en el que Cristo ha dicho ya todo lo que es necesario para la Salvación, sino solamente volverlo a poner ante nuestros ojos ciegos y nuestros oídos sordos; actualizarlo en función de tiempos y lugares nuevos, manifestar nuevas vi rtualidades del Evangelio, manifestar su vitalidad. Las apariciones conciernen menos a la fe que a la esperanza, decía Tomás de Aquino. Orientan el porvenir. Vivifican el Evangelio en situaciones históricas o geográficas nuevas. Estos signos sensibles vuelven a expresar su proximidad, su presencia, su familiaridad y su potencia, que ellos hacen fructificar.

Las apariciones tienen así bien acreditado un papel que jugar, y, una vez comprendido ese papel, se las debería acoger con alegría, como una gracia de Dios, como una estrella en la noche de la fe. Si Dios, compadecido por la negligencia de los hombres, envía a su Hijo o a Nuestra Señora para volverles a decir, con dardos de fuego y de luz, lo que ellos han olvidado, para convertirlos, para comprometerlos proféticamente en la historia de la Salvación, esto es una Buena Noticia, y quizá una noticia urgente en esta hora del mundo.
Entonces, ¿por qué tantas desconfianzas, tanta agresividad, tanta represión ante la sola contemplación de las apariciones? Será la historia la que responda estas preguntas con ejemplos bastante esclarecedores.

SECUENCIA AL ESPÍRITU SANTO


Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre, Don, en tus dones espléndido.

Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, Dulce Huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, si no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Amén. Aleluya

sábado, 20 de abril de 2013

RANIERO CANTALAMESSA: LA CURACIÓN DEL CIEGO DE NACIMIENTO


La curación del ciego de nacimiento nos toca de cerca, porque en cierto sentido todos somos... ciegos de nacimiento. El mundo mismo nació ciego. Según lo que nos dice hoy la ciencia, durante millones de años ha habido vida sobre la tierra, pero era una vida en estado ciego, no existía aún el ojo para ver, no existía la vista misma. El ojo, en su complejidad y perfección, es una de las funciones que se forman más lentamente. Esta situación se reproduce en parte en la vida de cada hombre. El niño nace, si bien no propiamente ciego, al menos incapaz todavía de distinguir el perfil de las cosas. Sólo después de semanas empieza a enfocarlas. Si el niño pudiera expresar lo que experimenta cuando empieza a ver claramente el rostro de su mamá, de las personas, de las cosas, los colores, ¡cuántos "oh" de maravilla se oirían! ¡Qué himno a la luz y a la vista! Ver es un milagro, sólo que no le prestamos atención porque estamos acostumbrados y lo damos por descontado. He aquí entonces que Dios a veces actúa de forma repentina, extraordinaria, a fin de sacudirnos de nuestro sopor y hacernos atentos. Es lo que hizo en la curación del ciego de nacimiento y de otros ciegos en el Evangelio.

¿Pero es sólo para esto que Jesús curó al ciego de nacimiento? En otro sentido hemos nacido ciegos. Hay otros ojos que deben aún abrirse al mundo, además de los físicos: ¡los ojos de la fe! Permiten vislumbrar otro mundo más allá del que vemos con los ojos del cuerpo: el mundo de Dios, de la vida eterna, el mundo del Evangelio, el mundo que no termina ni siquiera... con el fin del mundo.

Es lo que quiso recordarnos Jesús con la curación del ciego de nacimiento. Ante todo, Él envía al joven ciego a la piscina de Siloé. Con ello Jesús quería significar que estos ojos diferentes, los de la fe, empiezan a abrirse en el bautismo, cuando recibimos precisamente el don de la fe. Por eso en la antigüedad el bautismo se llamaba también «iluminación» y estar bautizados se decía «haber sido iluminados».En nuestro caso no se trata de creer genéricamente en Dios, sino de creer en Cristo. El episodio sirve al evangelista para mostrarnos cómo se llega a una fe plena y madura en el Hijo de Dios. La recuperación de la vista para el ciego tiene lugar, de hecho, al mismo tiempo que su descubrimiento de quién es Jesús. Al principio, para el ciego, Jesús no es más que un hombre: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro...». Más tarde, a la pregunta: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?», responde: «Que es un profeta». Ha dado un paso adelante; ha entendido que Jesús es un enviado de Dios, que habla y actúa en nombre de Él. Finalmente, encontrando de nuevo a Jesús, le grita: «¡Creo, Señor!», y se postra ante Él para adorarle, reconociéndole así abiertamente como su Señor y su Dios.

Al describirnos con tanto detalle todo esto, es como si el evangelista Juan nos invitara muy discretamente a plantearnos la cuestión: «Y yo, ¿en qué punto estoy de este camino? ¿Quién es Jesús de Nazaret para mí?». Que Jesús sea un hombre nadie lo niega. Que sea un profeta, un enviado de Dios, también se admite casi universalmente. Muchos se detienen aquí. Pero no es suficiente. Un musulmán, si es coherente con lo que halla escrito en el Corán, reconoce igualmente que Jesús es un profeta. Pero no por esto se considera un cristiano. El salto mediante el cual se pasa a ser cristianos en sentido propio es cuando se proclama, como el ciego de nacimiento, Jesús «Señor» y se le adora como Dios. La fe cristiana no es primariamente creer algo (que Dios existe, que hay un más allá...), sino creer en alguien. Jesús en el Evangelio no nos da una lista de cosas para creer; dice: «Creed en Dios; creed también en mí» (Jn 14,1). Para los cristianos creer es creer en Jesucristo.

jueves, 18 de abril de 2013

DIÁCONO JORGE NOVOA: SOY UN PECADOR PERDONADO (1 Tim 1, 12-17)

Este archivo de audio, corresponde al programa que se emite por Radio Oriental, Si tú supieras...

JOSÉ PEDRO MANGLANO: EL CURA DE ARS


 El Cura de Ars  fue un excelente conocedor del alma humana, pues entró en tantísimas intimidades, escuchó tantos desahogos. Y afirmaba rotundamente que la alegría que muestran los 'mundanos' es falsa: "No he encontrado nadie que se queje tanto como esas pobres gentes mundanas. Tienen sobre las espaldas un abrigo cubierto de espinas: no pueden hacer un movimiento sin pincharse; mientras que los buenos cristianos tienen un abrigo forrado de piel". (P-XXXI)

 "¿No es una verdadera locura poder gustar las alegrías del cielo, uniéndose a Dios por amor, y preferir el infierno? ¡No se puede entender esta locura, no se puede llorarla bastante!" Y repetía con palabras parecidas esta idea para gravarla en aquellas almas: "Hay que compadecerse de estas pobres gentes del mundo. Tienen sobre sus espaldas un abrigo forrado de espinas: no pueden hacer un movimiento sin pincharse; mientras que los buenos cristianos tienen un abrigo forrado de piel de conejo". (F-IX)

 Le gustaba buscar parábolas o comparaciones cercanas a la vida de los que le escuchaban; por ejemplo, éstas: "Dios actúa en nuestras almas según el grado de nuestros deseos. Un vaso recibe agua de una fuente según su capacidad". (MJ 128)

 "Los santos son como multitud de pequeños espejos en los que Jesucristo se contempla." (MJ 128).
· Quería que quienes le escuchaban se decidiesen a ser santos. Continuamente les animaba y les orientaba con imágenes sencillas: "Los santos tenían un buen corazón, un corazón líquido", en el sentido de que no eran duros, de piedra, insensibles; sino que, por el contrario, los santos se adaptan como el líquido a cada persona con la que están.

"Para ser santo hay que estar loco, haber perdido la cabeza.Por allí por donde pasan los santos, Dios pasa con ellos.A los amigos del buen Dios se les conoce a la legua".

El Cura de Ars sabía que la grandeza del cristiano está en la felicidad íntima del alma que elige el bien y trata con el buen Dios. Sin embargo, muchos buscaban lo espectacular del milagro para creer. En septiembre de 1843, Margarita Humbert, prima del Cura, le hizo una visita. En la conversación que mantuvieron, ella se quejaba de la falta de milagros. El Cura le respondió: "¡Dios es siempre todopoderoso; siempre puede hacer milagros; y los haría como en los antiguos tiempos, pero falta la fe!" (MTR-591)

·       El Cura de Ars hizo algunos milagros bastante evidentes en vida. La fama se corrió por aquellos pueblos. Cuando algunos venían de otros lugares y le pedían hiciese un milagro, lo único que pedía era fe, como lo hizo Jesucristo en sus tres años de vida pública; pero la pedía con exigencia. Un día, una mujer de Montfreur fue a Ars a pedirle que hiciese un milagro, pues un pariente suyo había caído enfermo; el cura de Ars le dijo: "Bien. Haga usted una novena de oraciones, pero no sé si Dios la escuchará, pues en esa casa hay tanta fe como en un establo de caballos". Por desgracia, el Cura de Ars estaba en lo cierto. Cuando la mujer acabó la novena de oraciones por su difunto, éste murió.

lunes, 15 de abril de 2013

PAPA FRANCISCO: HIJOS DE DIOS ( CATEQUESIS)

MONSEÑOR JOSÉ IGNACIO MUNILLA: EL VASO, EL AGUA y EL ELEFANTE

La Iglesia Católica se encuentra en plena celebración del Año de la Fe. Los obispos hemos recibido el ministerio de guardar la integridad de la fe. Se trata de una encomienda que abarca tres niveles: Tener una fe coherente, predicar con pedagogía y rebatir los errores contrarios. Pues bien, tengo que confesar que me preocupa cómo se difunden en nuestros días algunas imágenes sobre la religiosidad y la espiritualidad, que son claramente incompatibles con nuestra fe católica. Me refiero en concreto a las dos siguientes:

“El vaso y el agua”: Se pretende diferenciar entre la religión y la espiritualidad sirviéndose del referido símil. Las religiones serían como el vaso (hay muchos vasos); mientras que la espiritualidad sería como el agua. Se puede beber agua en diversos tipos de vasos o sin necesidad de ellos. Así ocurriría también con las religiones; todas ellas serían igualmente válidas para beber el agua de la espiritualidad.

“El elefante”: Se representa a un elefante rodeado de una serie de personajes vestidos con los atuendos típicos de diferentes religiones; todos ellos con los ojos totalmente vendados: Un obispo católico toca con sus manos la trompa; un monje budista palpa un colmillo del elefante; un imán acaricia una de las patas traseras; un rabino manosea una de las orejas del elefante... Y en la parte baja inferior de esta viñeta se puede leer: “Dios es mayor que lo que las religiones dicen sobre Él”. Es obvio que la conclusión a la que pretende hacernos llegar esta imagen del elefante es que todas las religiones se reducen a un intento infructuoso del hombre de alcanzar a Dios.

Alguien dijo que el relativismo es el ‘santo y seña’ más característico de la cultura occidental secularizada. Y sin lugar a dudas, la reflexión teológica no está al margen de este riesgo. La teoría del “pluralismo religioso” —es decir, la presentación de todas las religiones como igualmente verdaderasno es sino la lectura del hecho religioso a la luz del relativismo. La Nueva Era ha resultado ser una aliada inestimable para la penetración del relativismo en el campo religioso. Lo que hoy en día se lleva es el sincretismo y el esoterismo, como distintivo de una espiritualidad que está abierta a “todo”, sin necesidad de creer en “nada” en concreto.


Sin embargo, quienes piensan que por este camino están descubriendo una espiritualidad moderna, están muy equivocados. En el fondo, nos encontramos ante una reedición del paganismo del Imperio Romano con el que se tuvo que enfrentar el cristianismo. Pongo un ejemplo ilustrativo muy concreto; el debate entre Simanco y San Ambrosio en el siglo IV:


Un presidente del Senado romano, de nombre Simanco, colocó un “ara de la Victoria” en el aula del Senado. Cada uno de los senadores debía quemar incienso en ese altar, independientemente de sus creencias, porque a juicio de Simanco tanto el cristianismo como el paganismo eran igualmente válidos. En su opinión todas las religiones son igualmente válidas al tratarse de caminos de búsqueda de una realidad que nos supera y que nunca podremos alcanzar. Su disertación se resume en la siguiente frase: “A tan gran Misterio es imposible que se pueda llegar por un solo camino”.


Los cristianos se negaron en redondo a quemar incienso en ese altar pagano. San Ambrosio, obispo de Milán, fue el encargado de responder a Simanco: Ciertamente el misterio de Dios es inaccesible al ser humano por sus solas fuerzas, pero este misterio se nos ha hecho accesible por la Revelación de Dios. La religión cristiana no es el camino del hombre a Dios, sino el camino de Dios al hombre. Por lo tanto, en palabras de San Ambrosio, los caminos de acceso a Dios no son múltiples, sino uno solo: el camino por el que Dios se ha acercado al hombre.

El senador pagano Simanco y con él, los defensores del pluralismo religioso en nuestros días— piensan que “a tan gran Misterio es imposible que se pueda llegar por un solo camino”. Sin embargo, San Ambrosio mantiene que el politeísmo es irracional, y que Dios nos ha librado de él gracias a la Revelación. A diferencia de otras religiones, la religión cristiana no es una gnosis, una salvación por el conocimiento, sino que nace del hecho histórico de la Encarnación, Muerte y Resurrección de Cristo, gracias a las cuales Dios nos ha abierto el camino de acceso a su Misterio de vida. Aquí reside la originalidad del cristianismo: El acontecimiento central de la historia humana ha sido la venida de Dios, quien en Cristo, ha salido al encuentro del hombre. La teoría del pluralismo religioso es totalmente incompatible con nuestra fe en la Encarnación. Las tendencias relativistas y sincretistas ligadas en mayor o menor medida a la Nueva Era, tienen muy poco de “nuevas”, ya que en el fondo son una reedición del paganismo romano, que no podía soportar que Jesucristo fuese presentado como el “único mediador entre Dios y los hombres” (1 Tm 2, 5). Y es que, después de dos mil años de historia, ¡es muy difícil inventar una herejía original!

Pasados cincuenta años, estamos ante una buena oportunidad de redescubrir el Concilio Vaticano II, en el que de una forma muy equilibrada, se afirma por una parte, que en las diversas religiones podemos encontrar semillas de verdad, e incluso una cierta preparación para el Evangelio (cfr. LG 16). Pero al mismo tiempo se recuerda que solamente en Cristo y en su Iglesia se pueden encontrar la Revelación de Dios y la plenitud de los medios de la salvación (cfr. UR 3).

En definitiva, Jesucristo no solo es el agua, sino que también es el vaso. Y es que, en el cristianismo no se puede distinguir entre religiosidad y espiritualidad; de la misma forma que en el ser humano no se pueden separar las venas de la carne, sin acabar con su vida. 

jueves, 11 de abril de 2013

JUAN PABLO II: SALMO 66 "EI SEÑOR TE BENDIGA..."


1. Acaba de resonar la voz del antiguo salmista que elevó al Señor un gozoso canto de acción de gracias. Es un texto breve y esencial, pero que abarca un inmenso horizonte hasta alcanzar a todos los pueblos de la tierra.

Esta apertura universal refleja probablemente el espíritu profético de la época sucesiva al exilio en Babilonia, cuando se auspiciaba el que incluso los extranjeros fueran guiados por Dios a su monte santo para ser colmados de alegría. Sus sacrificios y holocaustos habrían sido gratos, pues el templo del Señor se convertiría en «casa de oración para todos los pueblos» (Isaías 56,7).
También en nuestro Salmo, el 66, el coro universal de las naciones es invitado a asociarse a la alabanza que Israel eleva en el templo de Sión. En dos ocasiones, de hecho, se pronuncia la antífona: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben» (versículos 4.6).

2. Incluso los que no pertenecen a la comunidad escogida por Dios reciben de Él una vocación: están llamados a conocer el «camino» revelado a Israel. El «camino» es el plan divino de salvación, el reino de luz y de paz, en cuya actuación quedan asociados también los paganos, a quienes se les invita a escuchar la voz de Yahvé (Cf. versículo 3). El resultado de esta escucha obediente es el temor del Señor «hasta los confines del orbe» (v. 8), expresión que no evoca el miedo sino más bien el respeto adorante del misterio trascendente y glorioso de Dios.

3. Al inicio y en la conclusión del Salmo, se expresa un insistente deseo de bendición divina: «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros... Nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga» (versículos 2.7-8).

Es fácil escuchar en estas palabras el eco de la famosa bendición sacerdotal enseñada, en nombre de Dios, por Moisés y Aarón a los descendientes de la tribu sacerdotal: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 24-26).

Pues bien, según el Salmista, esta bendición sobre Israel será como una semilla de gracia y de salvación que será enterrada en el mundo entero y en la historia, dispuesta a germinar y a convertirse en un árbol frondoso.

El pensamiento recuerda también la promesa hecha por el Señor a Abraham en el día de su elección: «De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición... Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra» (Génesis 12, 2-3).

4. En la tradición bíblica, uno de los efectos de la bendición divina es el don de la vida, de la fecundidad y de la fertilidad.

Nuestro Salmo hace referencia explícitamente a esta realidad concreta, preciosa para la existencia: «La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios» (versículo 7). Esta constatación ha llevado a los expertos a poner en relación el Salmo con el rito de acción de gracias por una abundante cosecha, signo del favor divino y testimonio para los demás pueblos de la cercanía del Señor a Israel.

La misma frase llamó la atención de los Padres de la Iglesia, que del horizonte agrícola pasaron a un nivel simbólico. De este modo, Orígenes aplicó el versículo a la Virgen María y a la Eucaristía, es decir, a Cristo que proviene de la flor de la Virgen y se convierte en fruto que puede ser comido. Desde este punto de vista, «la tierra es santa María, que procede de nuestra tierra, de nuestra semilla, de este fango, de este barro, de Adán». Esta tierra ha dado su fruto: lo que perdió en el paraíso, lo ha vuelto a encontrar en el Hijo. «La tierra ha dado su fruto: primero produjo una flor..., después esta flor se convirtió en fruto para que pudiéramos comerlo, para que comiéramos su carne. ¿Queréis saber qué es este fruto? Es el Virgen de la Virgen, el Señor de la esclava, Dios del hombre, el Hijo de la Madre, el fruto de la tierra» («74 Homilías sobre el libro de los Salmos» - «74 Omelie sul libro dei Salmi»; Milán 1993, p. 141).

5. Concluimos con las palabras de san Agustín en su comentario al Salmo. Identifica el fruto germinado en la tierra con la novedad provocada en los hombres gracias a la venida de Cristo, una novedad de conversión y un fruto de alabanza a Dios.

De hecho, «la tierra estaba llena de espinas», explica. Pero «se acercó la mano de aquel que quita las raíces, se acercó la voz de su majestad y de su misericordia; y la tierra comenzó a cantar alabanzas. Ahora la tierra ya sólo da frutos». Ciertamente no daría su fruto, «si antes no hubiera sido regada» por la lluvia, «si no hubiera venido antes de lo alto la misericordia de Dios». Pero ahora asistimos a un fruto maduro en la Iglesia gracias a la predicación de los Apóstoles: «Enviando la lluvia a través de sus nubes, es decir, a través de los apóstoles que han anunciado la verdad, la tierra ha dado su fruto más copiosamente, y esta mies ha llenado ya al mundo entero» («Comentarios sobre los Salmos», «Esposizioni sui Salmi»; II, Roma 1970, p. 551).

Audiencia del Miércoles 9 de octubre del 2002

martes, 2 de abril de 2013

lunes, 1 de abril de 2013

MONSEÑOR JAIME FUENTES: MENSAJE PASCUAL


JESUCRISTO VIVE PARA SIEMPRE
¡ALELUYA!

Nos ha hecho hijos de Dios y nos llama hermanos suyos ¡aleluya! ¡No tengan miedo, estoy con ustedes!, ¡aleluya!

Si Dios está con nosotros, ¿quién está contra nosotros? Digamos, pues, con alegría:
¡Viva la vida que crece en tu vientre, Mujer, y vivan las madres y los padres de familia! ¡Vivan sus hijos y vivan los que creen en el amor del matrimonio para siempre!

Porque Jesús resucitó ¡aleluya!, ruega a Dios, Madre nuestra  ¡aleluya!, que sepamos contagiar su amor sin dilaciones ¡aleluya!, que en Cristo todos somos hermanos ¡aleluya!

MONSEÑOR ALBERTO SANGUINETTI: MENSAJE PASCUAL



MENSAJE DE PASCUA 2013
Escuchemos el llamado del Señor: vivamos en la verdad.
A todos mis hermanos: esperanza y paz en la Pascua de Resurrección.
           La celebración anual de la Pascua nos acerca la presencia de Jesucristo. Él nos amó hasta entregarse por nosotros y nos revela el amor del Padre. Su resurrección es el comienzo definitivo de la humanidad nueva, iluminada por la esperanza de la vida eterna.
1. El anuncio de Cristo resucitado: déjate iluminar por Él.
            Este Año de la Fe nos impulsa en primer lugar a escuchar el anuncio gozoso del Evangelio: ¡Cristo resucitó! ¡en verdad resucitó!
            Jesús, que ofrece el sacrificio de sí mismo y resucita glorioso, es el comienzo real de la novedad absoluta de la existencia humana: ha vencido el reino del pecado y sobreabunda la gracia y la misericordia; donde impera la muerte brilla la luz de la vida eterna.
            A cada uno de nosotros el Señor Jesús nos dice: ¡déjate iluminar por mí! ¡acércate para que te cure, te guíe, te eleve a la plenitud de la vida!
2. El lugar de Dios y la relación con él en la vida social.
            Para la inmensa mayoría de la humanidad su racionalidad incluye la trascendencia y lo eterno. El principio y fundamento del hombre y de la sociedad no es él mismo, sino Dios.
Aunque parezca chocar con la vulgata del pensamiento considerado políticamente correcto, afirmar la vida eterna¸ el juicio de Dios y el carácter trascendente de la libertad humana no es cosa menor: ilumina la conciencia, fundamenta la civilización, ordena toda la existencia humana.
A la común certeza de todos los hombres religiosos, la fe cristiana agrega la proclamación de la novedad de lo eterno introducido en la historia: la resurrección de Cristo.
3. La dictadura del relativismo: la libertad de la verdad.
El ‘laicismo militante’, con fervor de cruzada, ha luchado y lucha por imponer una cosmovisión en que se viva ‘como si Dios no existiera’. Pretende hacer irrelevante el hecho religioso, y, aunque sea una minoría relativa, trata de imponerse como pensamiento social global, queriendo relegar la afirmación de Dios al ámbito de lo privado o de lo intrascendente.
Ha contribuido así a la dictadura del relativismo. Este oscuro relativismo inficiona también la vida social, política y jurídica.
Ante él hay que proponer con autonomía la proclamación libre de que hay verdad.  Se ha de promover que, como sostiene la mayoría, – respetando a los demás – se viva ‘como que hay Dios’.
4. El apremio del aborto.
            Ese relativismo impositivo, con la pérdida de la luz de la verdad, como un mensaje de desesperanza, produjo la ley que no sólo ha despenalizado elaborto, sino que ha hecho de él un derecho. Ha pretendido convertir a la muerte provocada de una criatura de tres meses en una mera prestación sanitaria. De una concesión ha hecho una obligación para los que deben salvar vidas. Se cambian los términos y la razón, y así se llama salud a dar muerte.
¡Qué triste desconocer al niño en las entrañas! ¡Qué falso comunicarles a los jóvenes ese mensaje de desesperanza y de muerte! ¡Al aprobar un derecho a dar muerte, se destruyen los fundamentos de la vida personal y social!
En cambio Cristo resucitado, el mismo que se entregó en la cruz, nos proclama el valor infinito de cada ser humano y la dignidad de sufrir, de despojarse por él, para salvar la vida de todos, hasta del más débil, con una amor más grande que el arquetípico amor de madre (cf. Is.49,15).
5. La negación del matrimonio de varón y mujer.
            Es una  pérdida de la luz de la verdad, un mensaje de desesperanza, el proyecto de ley que destruye legalmente al matrimonio y por lo mismo a la familia, que es fundamento de la educación y de la vida social.
            Es bueno evitar las discriminaciones injustas y, por cierto, respetar a todas las personas. Ese respeto llega a los homosexuales, no como concesión, sino como a todos los demás.
            La dictadura del relativismo no encuentra otro camino para respetar a los homosexuales que negar la realidad diferente del matrimonio, constituido por varón y mujer, que a ojos vista, es otra cosa que una unión de seres humanos del mismo sexo. Para alcanzar su meta se suprimen los términos de marido y mujer, esposo y esposa, padre y madre, queriendo destruir por decreto una de las realidades más obvias, cuya aceptación diversa fundamenta la vida psíquica y moral.
¿Dónde queda el respeto por la realidad, por la diversidad de los que, siguiendo la naturaleza, se casan  como varón y mujer, quieren tener una unión estable, y formar una familia en la que procrear y educar a sus hijos? ¿Hay que hacer abstracción de esta realidad que es la mayoritaria y la que funda las familias, base de la sociedad? ¿Por qué no se reconoce el matrimonio – de varón y mujer – como lo que es: diferente, diverso, de una unión homosexual? ¿Por qué no se reconoce el deber de ayudar a que los niños que necesitan ser  adoptados a tener la figura paterna y materna?
En último término, ¿por qué no se ayuda a la mayoría para que pueda formar un mejor matrimonio, fundar una familia con mejores valores y más estable? ¿No es éste el fundamento de la educación por la que tanto se debe luchar?
Cristo resucitado ilumina la vocación al matrimonio, que viene de la creación de varón y mujer. Él rescata el valor de la fidelidad, la entrega, el gozo, la generosidad en la procreación y educación, la esperanza de eternidad para el amor conyugal y para los hijos.
6. La puerta de la esperanza.
En todas las épocas los hombres y las mujeres – a veces por caminos difíciles – han procurado seguir la voz de la conciencia, han distinguido entre el bien y el mal, se han esforzado por vivir la aventura humana más allá de los oscuridades propias y ajenas. Siempre hay lugar para la esperanza. Siempre cada uno, cada grupo, cada familia, cada pueblo, puede enderezarse, levantarse, luchar por una vida, una convivencia que esté fundada en ciertos valores que son permanentes, en realidades que son fundamentales.
La Pascua nos anuncia la esperanza. Nos abre una puerta para animarnos a buscar la verdad, abrirnos a Dios, liberarnos de lo que se impone como ‘obvio’, como ‘novedoso’, a fin de encontrar los caminos de superación, que también incluyen el reconocimiento del error, la entrega, la fidelidad, el sufrimiento y la conversión al esplendor de la verdad, tanto conocida, como vivida.
Para todos felices y santas Pascuas.
+ Alberto Sanguinetti Montero
      Obispo de Canelones