viernes, 30 de noviembre de 2012

TESTIMONIO DE CARLOTA RUIZ

Carlota Ruiz de Dulanto sufrió un accidente grave que la dejó parapléjica con apenas 25 años. Estaba trabajando en Michigan (EEUU) y durante un tornado le cayó un árbol en la espalda y le rompió la columna vertebral a nivel de las lumbares. Ella asegura que “no hago ningún esfuerzo extra. Hago lo que buenamente puedo. Yo tengo la suerte de que el Señor me mantiene. Tengo al Padre del Cielo que me quiere, me cuida, me ayuda y en los momentos duros me lleva en sus brazos. Es lo único que puedo decir”. FUENTE: http://bloggoyaproducciones.com/2012/09/18/la-historia-de-carlota-ruiz-paraplejica-su-marido-murio-y-descubre-a-dios/

PBRO. MIGUEL PASTORINO, EL AMOR DE DIOS

El Pbro Miguel Pastorino nos invita a meditar sobre el amor de Dios...
 SI TÚ SUPIERAS- 770 AM- RADIO ORIENTAL- 18 A 19 hs

MONSEÑOR JOSÉ IGNACIO MUNILLAS: ESPERANZA Y ESPERANZAS

El 24 de abril tuvimos entre nosotros la visita del Obispo de San Sebastián, Mons. Uriarte, invitado a nuestra Diócesis para hacer una presentación de la encíclica “Spe Salvi” (Salvados en la Esperanza). Sus reflexiones nos ayudaron a comprender hasta qué punto la felicidad del hombre está condicionada a la vivencia intensa de esta virtud, a pesar de que, al decir de algunos, la esperanza parece haber sido relegada a la condición de “cenicienta” de las virtudes teologales.

La primera constatación es que nuestra sociedad occidental padece una notable crisis de esperanza. Afirmaba Mons. Uriarte que “nuestro mundo occidental es muy rico en medios y muy pobre en fines”, hasta el punto de que “la depresión se ha convertido en la dolencia psíquica característica de nuestro tiempo”. Paradójicamente, los países desarrollados padecen con especial intensidad la desesperanza. Es un contraste que el hombre haya alcanzado cotas tan altas en el dominio del mundo, y que al mismo tiempo no tengamos claro adónde nos dirigimos y cuál es el sentido de la existencia.

No cabe duda de que hoy muchas personas construyen sus vidas persiguiendo solamente metas “parciales”, tales como abrirse paso en la profesión, sacar la familia adelante, ganar en calidad de vida, etc. Incluso parecen no necesitar de un sentido profundo y trascendente que dé una unidad a su vida. Pero, sin embargo, también los hay que se hacen la pregunta por el sentido definitivo de la vida: “¿es esto todo lo que da de sí la vida y todo lo que puedo hacer en ella?”.

El drama del hombre consiste en comprobar amargamente que, si no hay una “esperanza” definitiva, nuestras “esperanzas” están abocadas, tarde o temprano, a la frustración. Con fina ironía, Mons. Uriarte citaba en su conferencia las palabras del cómico Groucho Marx: “Vamos de victoria en victoria, hasta la derrota absoluta”. En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ilusionarse en las metas parciales, si al final todo queda reducido a la nada? El hombre que no piensa en el sentido último de la existencia, es como un empresario al que no le preocupara el balance de su negocio.

El verdadero opio del pueblo

La teoría marxista acusó a la religión en general, y al cristianismo en particular, de ser el “opio del pueblo”. La esperanza en el más allá sería una manipulación de las clases dominantes a los pobres, de manera que pospongan su deseo de justicia en esta vida, a un destino eterno. La acusación de Karl Marx a la religión se resume en que ésta pretende que el hombre se evada de sus “esperanzas humanas”, para consolarlo con la “esperanza teologal”.

Sin embargo, han pasado muchos años desde que el marxismo formulase aquella ideología y, entre tanto, hemos sido testigos –por poner un ejemplo emblemático- de cómo los obreros católicos de Polonia comunista se apoyaban en la esperanza teologal, para ver realizadas sus esperanzas de un mundo más justo. Su testimonio, así como el de otros muchísimos cristianos, nos demostró que -como afirma el mismo Benedicto XVI en “Spe Salvi”- la esperanza en Dios no es sólo “informativa” sino “preformativa”; o dicho de otro modo, nuestra fe fundamenta y sostiene todos y cada una de las esperanzas de la vida en curso. En otras palabras, la experiencia cristiana ha superado la sospecha hacia una esperanza alienante: el presente carece de futuro, si el futuro no transforma el presente.

En realidad, lo que hoy estamos comprobando es que, el verdadero opio del pueblo es el materialismo –“pan y circo”-, ya que conduce al hombre a la renuncia de sus ideales más nobles en servicio a los demás, para encerrarlo en un egoísmo feroz. La falta de una “ESPERANZA” con mayúsculas, ha motivado que las esperanzas terrenas se hayan diluido en el bazar de nuestros egoísmos. Como apuntaba Mons. Uriarte en su conferencia, “muchos idealistas de ayer son los escépticos vividores de hoy, porque les ha faltado la esperanza teologal para sustentar sus esperanzas”.

Nuestras “esperanzas” abiertas a la “esperanza”

Esperar es inherente al ser humano. Es imposible vivir sin esperanzas. Pero el gran reto está en integrar “esperanzas” y “esperanza”. Es cierto que no tendría sentido una esperanza teologal que no se tradujera en esperanzas concretas. Pero también es verdad que el mundo presente corre el grave riesgo de devaluar tantas “esperanzas”, si no las abre a la trascendencia.

Para que nuestras esperanzas sean verdaderamente “humanas”, han de estar abiertas al infinito… Así lo afirmaba Mons. Uriarte: “El hombre es insaciable, y permanentemente insatisfecho. Cuando logramos una meta esperada, al poco surge espontáneamente en nosotros una inquietud por una meta más elevada. En realidad, el corazón humano es un ser limitado con un ansia ilimitada (…) Esta desproporción entre su ser limitado y su aspiración ilimitada, este “desajuste”, ¿no será signo de una llamada de Dios, portadora de una promesa en plenitud?” (…) El análisis del deseo humano puede ayudar a descubrir la radical vocación trascendente del hombre”.

Por todo ello, a pesar de que hayamos comenzado diciendo que nuestra sociedad occidental padece una crisis de esperanza, en realidad, debemos rechazar tanto la tentación del pesimismo, como la del optimismo ingenuo. Ninguno de los dos son cristianos. La esperanza cristiana consiste en vivir el presente con intensidad de “amor”, desde la “fe” en el futuro que nos ha sido regalado en Cristo.

jueves, 29 de noviembre de 2012

JOSÉ LUIS IRABURU: CRECIMIENTO EN LAS VIRTUDES

El crecimiento en las virtudes -que es crecimiento en Cristo- consiste en que el cristiano asume en sí mismo cada vez más profundamente esos hábitos sobrenaturales, inherentes y operativos (STh I-II, 52,1-2; II-II, 24,5). Conocer bien los principios que rigen tal crecimiento tiene una gran importancia para la vida espiritual.

1.-Las virtudes crecen por actos intensos, y no por actos remisos. Por eso las situaciones de prueba que la Providencia dispone no deben ser temidas, sino agradecidas, y en cierto modo buscadas: las necesitamos para crecer en Cristo. Sólo el cristiano perfecto, en fuerza de su amor, realiza actos intensos por necesidad interior. Pero el principiante sólo actúa intensamente cuando se ve forzado a ello por la necesidad -enfermedades, ofensas, tentaciones-.


No basta la mera repetición de actos para formar un hábito. Un campesino que en el pueblo fue siempre a misa los domingos, sin casi saber por qué ni para qué, cuando emigró a la ciudad dejó totalmente de ir a misa sin mayores problemas de conciencia. Un seminarista que durante ocho años hizo meditación por la mañana temprano, ya de cura ni madrugó ni continuó haciendo la meditación diaria. Una cosa es el hábito-costumbre, que se adquiere por mera repetición de actos, que se contrae sin claras motivaciones conscientes, que se pierde fácilmente cuando cambian las circunstancias, y que incluso puede restringir la libertad de la persona (necesito leer un rato antes de dormir; necesito fumar tantos cigarrillos al día; etc.), y otra muy distinta el hábito-virtud. Esos hábitos-costumbres, que más que adquirirse, se contraen, apenas perfeccionan la persona, facilitan sí la ejecución automática de ciertas acciones, sin necesidad de pensarlas, lo que simplifica no poco la vida; pero a veces, si no son buenos, estropean la persona, y cuando la atan, disminuyen la libertad en una materia, y a veces, aunque se quiera, no se quitan fácilmente.

Mucho más precioso y excelente es el hábito-virtud. Este no se contrae sin empeño de la persona, o casi inadvertidamente, sino que sólamente puede adquirirse por actos intensos, conscientes y voluntarios. Creciendo en la virtud, el hombre es cada vez más libre, más dueño de sus actos. La virtud nunca ata la libertad del hombre a la posición automática de ciertos actos (si hoy no conviene que haga la oración a primera hora, la haré a otra, o no la haré; si no conviene que esta noche lea, me dormiré igual). Por otra parte, el hábito de la virtud tiene raíces tan profundas en la persona que no se pierde con las dificultades, sino que con ellas se arraiga más (sigo yendo a misa donde apenas va nadie).

Hablando del hábito de la caridad, dice Santo Tomás: «No por cualquier acto de caridad aumenta la misma caridad. Si bien es cierto que cualquier acto de caridad dispone para el aumento de la misma, en cuanto que por un acto de caridad el hombre se hace más pronto a seguir obrando por caridad; y, creciendo esta habilidad y prontitud, el hombre produce un acto más ferviente de amor por el que se esfuerza a crecer en caridad: y entonces aumenta de hecho la caridad» (STh II- II,24,6; I-II,52,3).

Los actos intensos son personales y conscientemente motivados. Estos son los actos que forman y acrecientan virtudes, y desarraigan vicios. Una persona que quiere afirmar en sí misma el hábito de la oración, y que para ello repite sólamente en su conciencia el decreto volitivo de orar (mañana no fallaré, me levantaré antes; aunque donde voy de vacaciones nadie ore, yo seguiré con mi hora de oración), no adelantará mucho, e incluso defenderá con dificultad la conservación de su oración. Pero el que activa una y otra vez su fe y su caridad para hacer oración (Cristo me llama, no le puedo faltar; no debo entristecer al Espíritu Santo; mi Padre celestial quiere estar conmigo, y en él yo he de hallar mi fuerza y mi paz), ése afirmará en sí mismo el hábito de orar, y crecerá en él aunque sea en un medio adverso.

2.-Un solo acto puede acrecentar una virtud, si es suficientemente intenso. Es cierto que, normalmente, la virtud se elabora en repetición de actos buenos, algunos de los cuales, al menos, son intensos. Pero a veces un solo acto intenso puede vencer un vicio y desarraigarlo, formar una virtud o acrecentarla notablemente. Esta posibilidad está en la naturaleza humana; actualizarla no requiere de suyo necesariamente un milagro de Dios, sino la asistencia ordinaria de su gracia. Como decía San Ignacio, «vale más un acto intenso que mil remisos, y lo que no alcanza un flojo en muchos años, un diligente suele alcanzar en breve tiempo» (Cta. 7-V-1547, 2). Un hombre, por ejemplo, que trabajaba en exceso, se corrige para siempre de su excesiva laboriosidad después de que ve a su hermano morir de un infarto. Un solo acto intenso, de convicción y decisión, ha tenido la fuerza precisa para constituir un hábito nuevo, virtuoso y duradero: trabajar moderadamente.

Esto nos muestra, entre otras cosas, la inmensa importancia que ciertas gracias actuales pueden tener en la vida espiritual de un cristiano: un sacramento, un retiro, una lectura, un encuentro, una peregrinación... Y de ahí también la necesidad depedir a Dios esas gracias que son capaces de arrancar bruscamente un vicio, instaurando prontamente la virtud deseada.

((Muchos piensan que sólo se puede crecer en la virtud muy poco a poco, y con su vida concreta confirman día a día tal convicción. Se dicen, «genio y figura, hasta la sepultura», y siguen siempre en las mismas, o adelantan muy lentamente. Quienes así piensan, andan por el camino de la perfección a paso de buey, y rechazan cualquier otra invitación como antinatural e ilusa. Pero sin algunos cambios rápidos -no siempre y en todo, pero sí a veces y en tal cosa-, sin crecimientos decisivos, la vida cristiana no va adelante, e incluso difícilmente puede siquiera mantenerse. El crecimiento en la virtud requiere una gran fe en el poder de la gracia de Dios -pensemos concretamente en la eficacia de las gracias actuales- y una gran fe en las posibilidades reales del hombre, bajo el auxilio de la gracia.

Otro error, que suele estar relacionado con el anterior, y que igualmente implica una visión pesimista acerca de lo que verdaderamente una virtud puede y debe dar de sí, es el de aquellos que no creen que la virtud produzca una inclinación real para obrar el bien. La virtud de la castidad, por ejemplo, ha de dar una positiva inclinación hacia los actos honestos que le son propios, y ha de producir una repugnancia creciente hacia los actos que le son contrarios. Por tanto, el que cae en pecados contra la castidad, no piense que sólamente muy poco a poco, y al paso de mucho tiempo, podrá ir venciendo tales pecados: si así piensa, corre el peligro de que su vida confirme en la práctica tal errónea convicción. Virtus en latín significa fuerza, y es propio y natural de la virtud de la castidad vencer el pecado con una prontitud y facilidad cada vez mayor, y dar una inclinación cada vez más fuerte y eficaz hacia la vida honesta. Muy mala señal sería -a no ser que medien deficiencias psicosomáticas notables- que una persona llevara en el campo de la castidad un combate inacabable. ¿Qué clase de virtud es aquélla que no tiene fuerza para vencer en la tentación; que no crea una verdadera repugnancia hacia el pecado y una fuerte inclinación hacia el bien honesto propio; que no desarraiga del corazón humano la atracción hacia lo abyecto?...))

3.-Las virtudes crecen todas juntamente, como los dedos de una mano, puesto que, radicadas en la gracia, y formadas e imperadas por la caridad, cuando una crece por el ejercicio más intenso de su acto propio, aumenta gracia y caridad, y a su vez este crecimiento redunda necesariamente en aumento de los hábitos de virtudes y dones. Pero, advirtámoslo bien, lo que necesariamente aumentan son los hábitos en cuanto tales, y no siempre, como en seguida veremos, la facilidad para que ejercitarlos en sus actos propios.

Por tanto, no es necesario ejercitarse en cada una de las virtudes para que todas crezcan como hábitos. Así por ejemplo, un hombre próspero, que nunca ha tenido que ejercitar su confianza en Dios por la escasez de medios económicos, pero que ha practicado fielmente la oración, la caridad, la prudencia y las otras virtudes, sabrá acomodarse a una situación de ruina, sobrevenida bruscamente, pues las virtudes para ella precisas ya las tenía crecidas como hábitos, aunque nunca hubiera tenido ocasión de ejercitarlas en actos.

Por eso precisamente puede aprovecharnos leer la vida de cualquier santo -ermitaño, misionero, madre de familia, es igual-, por distante que su situación vital esté de la nuestra, y aunque las virtudes por él más ejercitadas, apenas puedan ser actuadas por nosotros. Un casado y padre de familia, administrativo contable, mejora su vida cuando lee y admira la fidelidad claustral de San Bernardo o la entrega misionera de San Francisco Javier. En el fondo -en los hábitos- él estáviviendo lo mismo. «Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere», y todos hemos «bebido del mismo Espíritu» (1 Cor 12,11. 13).

Según esto, la riqueza del Espíritu de Jesús que vive en nosotros es mucho mayor y más variada de lo que puede apreciarse por el ejercicio concreto de nuestras virtudes. Viven en nosotros San Bernardo, San Francisco de Javier y todos los santos. Si estamos viviendo en Cristo, tenemos muchas más virtudes de las que ejercitamos, conocemos y mostramos.

4.-No se identifica el grado de una virtud como hábito y el grado de su capacidad de ejercitarse en actos. Es importante tener esto claro. Puede fortalecerse una virtud sin que necesariamente aumente la facilidad para ejercitarla en actos. Un hombre que acrecentó mucho la virtud de la paciencia estando enfermo durante años en un hospital, habrá fortalecido necesariamente también el hábito de la prudencia, pero quizá, después de tantos años de vida reclusa, no tenga expedita esta virtud para ejercitarla en actos, por falta de información y de experiencia.

Enseña Santo Tomás: «Ocurre a veces que uno que tiene un hábito encuentra dificultad en el obrar y, por consiguiente, no siente deleite ni complacencia en ejercitarlo [como sería lo natural], a causa de algún impedimento de origen extrínseco -como el que posee un hábito de ciencia y padece dificultad en entender, por la somnolencia o alguna enfermedad-. De modo semejante, los hábitos de las virtudes morales infusas experimentan a veces dificultades en ejercitarse en obras, debido a las disposiciones contrarias que quedan de los actos precedentes. Esta es una dificultad que no se da en las virtudes morales adquiridas, porque el ejercicio de los actos por el cual se adquirieron, hace desaparecer también las disposiciones contrarias» (STh I-II, 65,3 ad 2m). Por eso en la vida espiritual tiene tanta importancia la fuerza expiatoria y sanante de la penitencia, pues ella hace desaparecer lastres procedentes del pecado, que traban el ejercicio y crecimiento de las virtudes. Sin quitar por la penitencia las consecuencias del pecado, muchas virtudes quedan trabadas en su ejercicio.

((Identificar sin más grado de virtud y grado de ejercicio en obras trae grandes perturbaciones en la vida espiritual, trae muchos discernimientos erróneos, muchas exhortaciones vanas, muchas correcciones inoportunas, muchos esfuerzos inútiles, y no pocos sufrimientos. Así, por ejemplo, un hombre con gran espíritu de oración (virtud como hábito), que por lo que sea tiene muy poca capacidad para ejercitarla en actos concretos (ratos largos de oración), puede, como dice Santa Teresa, «atormentar el alma a lo que no puede» (Vida 11,16), y ser también atormentado por su director. Estas cosas «aunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra miseria y bajo natural, mejor que nosotros mismos, y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en El y amarle. Esta determinación es la que quiere; ese otro afligimiento que nos damos, no sirve de más que para inquietar el alma; y si había de estar inhábil para aprovechar una hora, lo está cuatro» (ib.), o en vez de un año, diez. Con razón dice San Juan de la Cruz que «hay muchas almas que piensan no tienen oración y tienen muy mucha, y otras que tienen mucha y es poco más que nada» (prólogo Subida 6).))

5.-Las virtudes infusas no pueden alcanzar la perfección sino en los dones del Espíritu Santo. Esta doctrina teológica, enseñada principalmente por Santo Tomás, es confirmada por los grandes místicos, como un San Juan de la Cruz, para el cual «por más que el principiante en mortificar en sí ejercite todas estas sus acciones y pasiones [al modo humano], nunca del todo ni con mucho puede [llegar a la unión perfecta con Dios], hasta que Dios lo hace en él [al modo divino], habiéndose él pasivamente» (1 Noche 7,5; +3,3).

Por lo demás, esta doctrina va siendo tan comúnmente recibida, que la Iglesia la integra hoy en su Catecismo. En él enseña, en efecto, que los dones del Espíritu Santo «completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben» (n.1831).

Royo Marín lo explica así: «No es que las virtudes infusas sean imperfectas en sí mismas. Al contrario, de suyo son realidades perfectísimas, estrictamente sobrenaturales y divinas. Las virtudes teologales son incluso más perfectas que los dones mismos del Espíritu Santo, como dice Santo Tomás (STh I-II,68,8). Pero las poseemos imperfectamente todas ellas-como dice también el mismo Angélico Doctror (I-II,68,2)- a causa precisamente de la modalidad humana, que se les pega inevitablemente por su acomodación al funcionamiento psicológico natural del hombre, cuando son regidas por la simple razón iluminada por la fe... De ahí la necesidad de que los dones del Espíritu Santo vengan en ayuda de las virtudes infusas, disponiendo las potencias de nuestra alma para ser movidas por un agente superior, el Espíritu Santo mismo, que las hará actuar de un modo divino, esto es, de un modo totalmente proporcionado al objeto perfectísimo de las virtudes infusas» (Teología de la perfección cristiana n. 131).

miércoles, 28 de noviembre de 2012

DIÁCONO JORGE NOVOA: NO QUEDARÁ PIEDRA SOBRE PIEDRA...


En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:
-Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Ellos le preguntaron:
-Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?
El contestó:
-Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mí nombre, diciendo: «Yo soy», o bien «el momento está cerca»; no vayáis tras ellos.

Este discurso profético de Jesús, anuncia la destrucción del Templo  de Jerusalén, que acontecerá en el año 70, por los romanos. La belleza e imponente obra del Templo, que rebozaba de solidez, anuncia Jesús, será totalmente destruida. La frase es elocuente y lapidaria :" no quedará piedra sobre piedra". La profecía sobre la ruina del Templo, es contrastada con su majestuosa presencia, su imagen sólida y firme, que le auguraban largos años de presencia.

La historia ha contemplado la caída de muchas realidades que en apariencia eran inamovibles. Imperios, modas,  liderazgos, monarquías, dictaduras , en fin, enumerarlas  sería imposible, con ellas presentamos algunas  a modo de ejemplo. Jesús instruye a sus discípulos sobre "lo que no pasará", en un discurso contrapone el cielo y la tierra( que pasarán) a sus palabras ( que no pasarán),San Pablo dirá lo mismo en la carta a los corintios para el amor, la Iglesia que está edificada sobre Pedro, enfrentará el poder del infierno que no podrá con ella. Qué es verdaderamente sólido? Las palabras  y el amor de Jesús son la roca sobre la que el hombre debe edificar su existencia.

También tiene el Señor, para nosotros, una advertencia, cuidado con los embusteros, que se aprovechan de la curiosidad de la gente, engañándola con anuncios y vaticinios sobre el fin. Muchos vendrán en mi nombre, dice el Señor,  toda palabra que exceda las anunciadas por él, son mentiras y engaño.

Dos son las armas que utilizan los embusteros, y que se consignan en el texto con estas fórmulas, "Yo soy" y el "momento está cerca" , la primera parece referirse a la falsificación o invocación de la autoridad del Mesías, mientras que la segunda expresa claramente que la temática será " el fin del mundo". La forma del "yo soy", ha sido diversa, unos invocando ser el Mesías, otros, trayendo fechas más precisas de parte de él. El criterio de discernimiento, se realiza, al confrontar lo expresado por Él, y consignado en la revelación pública, con las novedades que traen los pseudo maestros.

Jesús nos exhorta, a no ir tras estas falsas profecías que llenan nuestro corazón de curiosidades malsanas dañando nuestra vida espiritual. Crecemos en la verdad si nos abandonamos en Él, si ponemos en sus manos nuestro futuro y nuestras incertidumbres.

JULIO ALONSO AMPUERO: LECTURAS DOMINICALES DEL ADVIENTO

FUENTE- GRATIS DATE
Domingo I de Adviento

«Se acerca vuestra liberación»
Lc 21,25-28.34-36
«Se salvará Judá». Es notable que la mayor parte de los textos bíblicos de la liturgia de Adviento nos hablan de la salvación del pueblo entero. «Cumpliré mi promesa que hice a la casa de Israel». Hemos de ensanchar nuestro corazón y dejar que se dilate nuestra esperanza al empezar el Adviento. Debemos evitar reducir o empequeñecer la acción de Dios: nuestra mirada debe abarcar a la Iglesia entera, que se extiende por todo el mundo. No podemos conformarnos con menos de lo que Dios quiere darnos.
«Santos e irreprensibles». Lo mismo hemos de tener presente en cuanto a la intensidad de la esperanza. Si Cristo viene no es sólo para mejorarnos un poco, sino para hacernos partícipes de la santidad misma de Dios. Y esta obra suya de salvación quiere ser tan poderosa que se manifestará ante todo el mundo que él es nuestra santidad, que no somos santos por nuestras fuerzas, sino por la gracia suya, hasta el punto de que a la Iglesia se le pueda dar el nombre de «Señor-nuestra-justicia».
«Se acerca vuestra liberación». Toda venida de Cristo es siempre liberadora, redentora. Viene para arrancamos de la esclavitud de nuestros pecados. Por eso, nuestra esperanza se convierte en deseo apremiante, en anhelo incontenible, exactamente igual que el prisionero que contempla cercano el día de su liberación. La auténtica esperanza nos pone en marcha y desata todas nuestras energías.



Domingo II de Adviento

Acontece Dios
Lc 3,1-6
«Vino la palabra de Dios sobre Juan». Lucas, con su mentalidad de historiador, tiene mucho interés en precisar los datos históricos de la predicación del Bautista. La palabra de Dios acontece. No se nos habla de algo irreal, abstracto o ajeno a nuestra historia. Dios interviene en momentos concretos y en lugares determinados de la historia de los hombres. También de la tuya. Quizá ahora mismo, en este preciso instante...
«Un bautismo de conversión». La misión de Juan ha estado marcada por esta llamada incesante a la conversión. También la Iglesia ha recibido este encargo. Y esta invitación no siempre nos resulta grata; nos escuece, nos molesta... Y sin embargo, la llamada a la conversión es llamada a la vida: sólo mediante la conversión será realidad que «todos verán la salvación de Dios». Convertirnos es en realidad despojarnos del vestido de luto y aflicción y vestirnos las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da (1ª lectura: Bar 5,1).
«Elévense los valles, desciendan los montes y colinas». La esperanza del adviento quiere levantarnos de los valles de nuestros desánimos y cobardías, y abajarnos de los montes de nuestros orgullos y autosuficiencias. Quiere ponernos en la verdad de Dios y en la verdad de nosotros mismos. Quiere conducirnos a no esperar nada de nosotros mismos, y al mismo tiempo a esperarlo todo de Dios, a esperar cosas grandes y maravillosas porque Dios es grande y maravilloso.


Domingo III de Adviento

¡Alégrate!
Sof 3, 14
La liturgia de este domingo quiere infundirnos una alegría desbordante: «Regocíjate... Grita de júbilo... Alégrate y gózate de todo corazón...» ¿La razón? La Iglesia presiente la inminencia de Cristo –«el Señor será el rey de Israel en medio de ti»– y no puede contener su gozo; la esperanza,, el deseo de Cristo, se transforma en júbilo porque ya viene, está a la puerta. He ahí la gran certeza de la esperanza cristiana.
Y con la presencia de Cristo, la salvación que trae: «El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos». No sólo es la alegría por la presencia del Amado, sino también el entusiasmo por la victoria: «El Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva». Los males que nos rodean tienen, por fin, remedio, porque llega Cristo, Salvador del mundo.
Se nos regala un nuevo Adviento para que aprendamos a vivir esta realidad: «¡Gritad jubilosos...! ¡Qué grande es en medio de ti el santo de Israel!» Y eso que la salvación que experimentamos ya es sólo el comienzo, pues es Jesús viene a bautizarnos con Espíritu Santo y fuego. Este es su don, el don mesiánico por excelencia. Jesús anhela sumergirnos en su Espíritu. El Adviento nos abre no sólo a Navidad, sino también a Pentecostés.



Domingo IV de Adviento

Heme aquí
Lc 1,39-45
Cerca ya de la Navidad, la liturgia de este domingo nos invita a clavar nuestros ojos en el misterio de la encarnación: Cristo entrando en el mundo. Y en este acontecimiento central de la historia, la obediencia. Desde el primer instante de su existencia humana, Cristo ha vivido en absoluta docilidad al plan del Padre: «Aquí estoy para hacer tu voluntad». Y así hasta el último momento, cuando en Getsemaní exclame: «No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». Y gracias a esta voluntad todos quedamos santificados, pues «así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos» (Rom 5,19).
Y, además de la obediencia, Cristo vive desde el primer instante de su existencia humana en actitud de ofrenda: «No quieres sacrificios... Pero me has preparado un cuerpo... Aquí estoy». La entrega de Cristo en la cruz no es cosa de un momento. Es que ha vivido así toda su vida humana, en oblación continua, como ofrenda permanente. Su ser de Hijo ha de expresarse necesariamente en esta manera de vivir dándonos al Padre.
Y en el misterio de la encarnación está María. Más aún, la misma encarnación es posible gracias a la fe de María que se fía de Dios y acepta totalmente su plan. Por eso se le felicita: «¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!» Este acto de fe tan sencillo y aparentemente insignificante ha sido la puerta por la que ha entrado toda la gracia en el mundo.

martes, 27 de noviembre de 2012

IVÁN DRAGICEVIC (MEDJUGORJE) EN MARZO EN URUGUAY

Los días 8 y 9 de marzo de 2013 estará visitando Uruguay el vidente de Medjugorje Ivan Dragicevic. Sin duda que es un gran regalo de Dios el poder contar con la visita de Ivan en nuestro país, ya que todas las personas que no conocen Medjugorje podrán disfrutar de escuchar su testimonio.

lunes, 26 de noviembre de 2012

MEDJUGORJE 25 DE NOVIEMBRE


Mensaje del 25 de noviembre de 2012 en Medjugorje, Bosnia-Herzegovina



“¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, los invito a todos ustedes a renovar la oración. Ábranse a la Santa Confesión, para que cada uno de ustedes pueda aceptar mi llamada con todo el corazón. Yo estoy con ustedes y los protejo de la perdición del pecado, y ustedes deben abrirse al camino de la conversión y de la santidad, para que vuestro corazón arda de amor por Dios. Concedan-Le tiempo, y Él se donará a ustedes, y así, en la voluntad de Dios, podrán descubrir el amor y la alegría de vivir. Gracias por haber respondido a mi llamado.”

domingo, 25 de noviembre de 2012

MONS. HÉCTOR AGUER: ADVIENTO TIEMPO DE ESPERANZA


Queridos amigos nos encontramos en pleno tiempo de Adviento que es el período durante el cual los cristianos nos preparamos para celebrar la Navidad. En los umbrales de este tiempo, mas precisamente el 30 de noviembre, el Santo Padre Benedicto XVI ofreció a toda la Iglesia una Carta Encíclica sobre la esperanza cristiana titulada “Spe Salvi”.

Esta enseñanza pontificia comienza con una frase del Apóstol San Pablo: “en esperanza hemos sido salvados”. En esta expresión del Apóstol se encuentra resumida la realidad de la esperanza cristiana”.

Esto quiere decir, en primer lugar, que nosotros podemos esperar y esperar una meta futura, total, definitiva, porque en el tiempo el Hijo Eterno de Dios se ha hecho Hombre, nos ha mostrado el camino y ha muerto y resucitado por nosotros. Es decir, la esperanza cristiana se funda en un acontecimiento real que modifica nuestra vida concreta y la vida concreta de todos los hombres a lo largo de toda la historia.

Pero hay algo más. Ese fundamento real de la esperanza nos permite confiar en el futuro, no en un futuro intrahistórico solamente, temporal, sino en un futuro trascendente y eterno porque la meta, el objeto de la esperanza cristiana, es precisamente la vida eterna.

La Encíclica de Benedicto XVI define de algún modo la vida eterna mostrándonos que se trata de la posesión total y perfecta de la vida interminable y que esa grande esperanza, a la cual se dirige la vida de todo ser humano y el recorrido de la historia de la humanidad entera, es el fundamento de todas las legítimas esperanzas humanas que pueden referirse a un horizonte terreno.
Tenemos derecho a esperar muchas cosas. Nuestro deseo tiende a la consecución de muchas realidades temporales, históricas, de tantas cosas que necesitamos y que son el complemento de nuestra vida y que nos ayuda a aspirar a la felicidad pero esa grande esperanza es el fundamento de todas ellas.

Esa dirección hacia la vida eterna es la fuerza que asume, purifica y eleva todas las legítimas esperanzas humanas y es, además, la reserva que permanece aún cuando esas legítimas esperanzas humanas no alcancen a conseguir su objeto porque tenemos que reconocer que la vida del hombre es imperfecta y que estamos rodeados de precariedad, que muchas veces nuestras aspiraciones, nuestros deseos no se cumplen.

En nuestra vida puede insinuarse, también, la frustración y la tragedia pero, aún, en las peores circunstancias queda reservada y firme esa grande esperanza porque ella se refiere al amor de Dios, Nuestro Creador y Nuestro Padre.

Y podemos aferrarnos al amor de Dios, Nuestro Creador y Nuestro Padre, porque Él ha enviado a su Hijo y a eso se refiere nuestra próxima Navidad. Lo ha enviado para ser uno de nosotros, para indicarnos el camino y para, con su muerte y su resurrección, conseguirnos el don del Espíritu Santo que es el que nos permite aspirar a esa realidad total y definitiva de la vida eterna.

Aunque la cultura moderna haya eclipsado esa gran esperanza y haya querido reemplazar el Reino de Dios por el reino del hombre, en este momento de desconcierto cultural donde el hombre se ve dueño de tantas fuerzas para transformar el mundo pero al mismo tiempo con tanto vacío interior, con tanta duda acerca de su capacidad ética para conducir el progreso hacia un fin realmente humano, lo que queda es la reserva de esa grande esperanza.

Este es el aporte que nosotros, los cristianos, tenemos que brindar a nuestros contemporáneos. Por eso, de acuerdo a la enseñanza de Benedicto XVI debemos reelaborar una auténtica espiritualidad de la esperanza. Que esto nos ayude a preparar una feliz Navidad.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

viernes, 23 de noviembre de 2012

MONSEÑOR LUIS MOLLAGHAN: LA FE Y LOS SACRAMENTOS SANAN

El arzobispo de Rosario, monseñor José Luis Mollaghan, celebró la misa por el Día Nacional del Enfermo en la parroquia Nuestra Señora de la Salud, donde encomendó a la Santísima Virgen tanto a los enfermos como a los agentes sanitarios, médicos, enfermeras y a todo aquel que tiene la misión de cuidar a quienes padecen enfermedad.

Los fieles de la populosa parroquia en la periferia de la ciudad de Rosario, colmaron el templo, hasta donde se acercaron para recordar la importancia del cuidado de la vida, la prevención de las enfermedades -y en especial de las adicciones-, la petición por los agentes de la salud y por los que cuidan enfermos en las familias, lugares de internación o geriátricos.

El prelado recordó “la importancia de la fe para quienes, sobrellevando la enfermedad se acercan al Señor. En el encuentro con Él, pueden experimentar realmente que quien cree no está nunca solo. Dios por medio de su Hijo, no nos abandona en nuestras angustias y sufrimientos, está junto a nosotros, nos ayuda a llevarlas y desea curar nuestro corazón en lo más profundo”.

Asimismo, destacó que “la fe nos mueve a dar todo por el enfermo; la fe nos ayuda a sobrellevar la enfermedad, la fe nos da esperanza, y nos dice ‘levántate’”, porque, explicó, “la fe está en relación con la vida, no sólo para pensar en Él, para alcanzar un conocimiento suyo más hondo, sino para encontrarnos con Jesús y vivir como cristianos”.

El arzobispo rosarino aseguró que el amor y la generosidad de dar todo “brotan de la fe” y ayuda a “motivar y apreciar la entrega de quienes trabajan en la Pastoral de la Salud, y a quienes tienen la misión de cuidar enfermos”.

“En el encuentro con Jesús, experimentamos lo que el Papa repite frecuentemente: ‘¡quien cree no está nunca solo!’ Porque Dios está junto a nosotros. Esto se experimenta por la Palabra de Dios, la oración y la acción de los sacramentos”, indicó.

Por último, monseñor Mollaghan se refirió a la tarea de los sacerdotes que administran “las medicinas de Dios” de la Reconciliación, la Unción de los Enfermos y la Comunión, al exclamar: “Qué importante es llamar y recibir la visita del sacerdote que se acerca a los enfermos, como el buen samaritano que nos levanta y nos ayuda a creer, con la actitud de misericordia y de perdón. Necesitamos revitalizar la atención espiritual a los enfermos; y acudir con prontitud al enfermo que nos llama y nos necesita”.+ 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

MONSEÑOR JAIME FUENTES: MATRIMONIO IGUALITARIO


La Iglesia tiene varias cosas para decir acerca del mal llamado “matrimonio igualitario”: una, que el hombre y la mujer no se inventaron a sí mismos, sino que son una creación de Dios, tal como viene relatado en el libro del Génesis, el primero de la Biblia, que es común a judíos y cristianos. De los capítulos 1 y 2, se desprende claramente que Dios formó al varón y a la mujer como seres iguales en dignidad –los dos, hechos a imagen de Dios, es decir, con capacidad de amar, de libertad para elegir el bien y seguirlo voluntariamente- y sexualmente diferentes.



En segundo lugar, la diferenciación sexual tiene una finalidad natural obvia: es la expresión física del amor de los dos, encaminada no sólo al placer sino también a la procreación de otro ser.
El matrimonio es la unión contraída libremente entre un hombre y una mujer, y abierta a la procreación. Como su mismo nombre indica, el matrimonio es apertura a la maternidad (mater es madre, en latin, y munuses oficio, papel: papel de madre).
Entiendo que en distintas épocas la mujer ha sufrido abusos por parte del hombre y, en consecuencia, que hayan nacido corrientes feministas que reclaman, con razón, cambio de roles en el matrimonio: ya pasó la época del “macho” que no podía lavar pañales, por ejemplo. Pero de ahí a pretender cambiar la naturaleza misma del matrimonio y que sea lo mismo una unión homosexual que el matrimonio, hay un abismo.
Se puede preguntar, ¿qué pasa con dos personas del mismo sexo que se quieren y desean compartir su vida? Parecería lógico que tengan también un reconocimiento civil, pero no puede ser igual al que regula el matrimonio. Equiparar esta clase de uniones al matrimonio, entiendo que sería una grave discriminación hacia el hombre y la mujer casados, puesto que éste lleva consigo una serie de obligaciones y derechos mutuos que no se dan en otra clase de uniones. Asimismo, los niños tienen derecho a tener un padre y una madre, naturales o adoptivos, para crecer como personas. Está más que demostrado que no puede suplirse esta necesidad por los cuidados que puedan darle dos hombres o dos mujeres.
Pienso que la filosofía de género que alimenta estos planteos, es una auténtica ideología que, invocando la libertad sin límites y a cualquier precio, pretende, en la práctica, arrasar con los fundamentos mismos sobre los que está construida la sociedad. No es buen camino. Si la libertad no está ordenada según lo que dicta la razón, el sentido común, la persona no será más libre ni será mejor la sociedad. El artículo 40 de nuestra Constitución es muy claro: la familia es la base de la sociedad. Y el concepto de familia no se puede cambiar con votos. Si lo fuera, habrá que legislar también sobre los “matrimonios de a tres o de a cuatro”, seguir con la poligamia, con los andróginos…Un poco de sensatez, por favor

ENCUENTROS CON JESÚS: SÁBADO 24 DE NOVIEMBRE

Como todos los cuartos sábados de mes, te invitamos a participar de este retiro espiritual abierto y gratuito, que llamamos Encuentros con Jesús, la palabra que iluminará nuestro encuentro es el diálogo que mantienen Jesús con Nicodemo,  tomada del evangelio según san Juan.

Nicodemo no comprende cómo se realizará el nuevo nacimiento que Jesús le propone. Hay que nacer de nuevo...

SÁBADO  24 DE NOVIEMBRE- VÍSPERAS DE MARÍA REINA DE LA PAZ

16.00- ADORACIÓN Y SANTO ROSARIO
17.00- PREDICACIÓN DIÁC. JORGE NOVOA (Jn 3)
18.00- PASEO CON EL SANTÍSIMO SACRAMENTO
19.00- SANTA MISA

Luego de la misa, se realizará la oración con imposición de manos.

Te esperamos...

CAPILLA MARÍA REINA DE LA PAZ

BENEDICTO XVI: JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO



En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, una fiesta de institución relativamente reciente, pero que tiene profundas raíces bíblicas y teológicas. El título de "rey", referido a Jesús, es muy importante en los Evangelios y permite dar una lectura completa de su figura y de su misión de salvación. Se puede observar una progresión al respecto: se parte de la expresión "rey de Israel" y se llega a la de rey universal, Señor del cosmos y de la historia; por lo tanto, mucho más allá de las expectativas del pueblo judío. En el centro de este itinerario de revelación de la realeza de Jesucristo está, una vez más, el misterio de su muerte y resurrección. Cuando crucificaron a Jesús, los sacerdotes, los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: "Es el rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él" (Mt 27, 42). En realidad, precisamente porque era el Hijo de Dios, Jesús se entregó libremente a su pasión, y la cruz es el signo paradójico de su realeza, que consiste en la voluntad de amor de Dios Padre por encima de la desobediencia del pecado. Precisamente ofreciéndose a sí mismo en el sacrificio de expiación Jesús se convierte en el Rey del universo, como declarará él mismo al aparecerse a los Apóstoles después de la resurrección: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra." (Mt28, 18).

Pero, ¿en qué consiste el "poder" de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino "para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su "bandera", según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola. Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio.


Queridos hermanos y hermanas, cuando el ángel Gabriel llevó el anuncio a María, le predijo que su Hijo heredaría el trono de David y reinaría para siempre (cf. Lc 1, 32-33). Y la Virgen santísima creyó antes de darlo al mundo. Sin duda se preguntó qué nuevo tipo de realeza sería la de Jesús, y lo comprendió escuchando sus palabras y sobre todo participando íntimamente en el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a seguir a Jesús, nuestro Rey, como hizo ella, y a dar testimonio de él con toda nuestra existencia.

Plaza de San Pedro,Domingo 22 de noviembre de 2009

viernes, 16 de noviembre de 2012

GIOGIO SERNANI: MARÍA REINA

María es Reina; Reina y Señora de todo lo creado. A través de los siglos los cristianos así la reconocieron en Oriente y Occidente. Al Papa Pío XII correspondió el honor de fundamentar la doctrina sobre la Realeza de María e instituir su fiesta, en su magna encíclica Ad Coeli Reginam, uno de los hechos dominantes del primer Año Mariano Universal.

En ella nos dice: Hemos recogido de los monumentos de la antigüedad cristiana, de las oraciones de la liturgia, de la innata devoción del pueblo cristiano, de las obras de arte, de todas partes, expresiones y acentos según los cuales la Virgen Madre de Dios está dotada de la dignidad real, y hemos demostrado también que las razones sacadas por la Sagrada Teología del tesoro de la fe divina, confirman plenamente esta verdad. De tantos testimonios aportados se forma un concierto, cuyo eco llega a espacios extensísimos, para celebrar la suma alteza de la dignidad de la Madre de Dios y de los hombres, la cual ha sido exaltada a los reinos celestiales por encima de los coros angélicos.

Pío XII, Encíclica Ad Coeli Reginam
11 de octubre de 1954


El 1º de noviembre del mismo año, en la Basílica Santa María la Mayor, ante 450 delegaciones de los santuarios marianos más importantes del mundo, que llevaban sus estandartes con las Imágenes de sus advocaciones, el Papa Pío XII proclamó la Realeza de María, y coronó a la Virgen como Reina del Mundo en su Icono Salus Populi Romani, y explicó el sentido de esa realeza:

La realeza de María es una realeza ultraterrena, la cual, sin embargo, al mismo tiempo penetra hasta lo más íntimo de los corazones y los toca en su profunda esencia, en aquello que tienen de espiritual y de inmortal. El origen de las glorias de María, en el momento culmen que ilumina toda su persona y su misión, es aquél en que, llena de gracia, dirigió al arcángel Gabriel el Fiat que manifestaba su consentimiento a la divina disposición, de tal forma que Ella se convertía en Madre de Dios y Reina, y recibía el oficio real de velar por la unidad y la paz del género humano.

Pío XII, Alocución Le testimonianze
1º de noviembre de 1954

María es coronada como Reina del Cielo, por la Santísima Trinidad. Su corona es el Amor de las tres Divinas Personas.

Su corona son las doce estrellas que nos muestra el Apocalipsis, que simbolizan las doce tribus de Israel y los doce Apóstoles, con todos nosotros, sus hijos.

Su corona es también el conjunto de dones, privilegios y glorias que le ha regalado el Creador, sólo concedidos a Ella, su obra perfectísima.

La Virgen Santísima también es coronada en la tierra por nuestro amor de hijos, cada vez que le rezamos el Rosario. Continuamente, en todo el mundo, se ofrecen a María infinidad de Rosarios, coronas de amor que el mismo Dios nos da para que coronemos a su Madre.

HANS URS VON BALTHASAR: EL DÍA Y LA HORA NADIE LO SABE...

“El día y la hora nadie lo sabe”. El evangelio del fin del mundo es extrañamente complejo y heterogéneo. No se trata de un reportaje sobre los acontecimientos venideros, son de un texto que reúne diversos aspectos que nosotros no acertamos a conciliar. Primero se anuncia la angustia del fin de los tiempo con imágenes de catástrofes cósmicas, y después la venida del Hijo del Hombre para el juicio, con motivo del cual los ángeles reúnen a los elegidos (extrañamente sólo a ellos). A continuación se habla de los signos precursores, por los que se debe reconocer que el fin está cerca, y luego de su inminencia; pero inmediatamente después se dice que nadie conoce el día y la hora: ni los ángeles, ni siquiera el Hijo, sino sólo el Padre. Y sin embargo las palabras de Jesús sobrevivirán a la destrucción del cielo y de la tierra. Deberíamos dejar a cada afirmación su significación propia, y no querer englobar todo esto en un sistema unitario. Ante todo la perenne inminencia del fin, válida para cualquier generación. Estas palabras son más imperecederas que nosotros y que todas las generaciones. Y también la posibilidad de discernir los signos precursores: no amenazas o catástrofes históricas, sino un estado del mundo como tal anuncia su fin. Nosotros no podemos calcular nada, pues ni siquiera el Hijo sabe el día y la hora”.
Muchos despertarán”. Daniel (en la primera lectura) es el primer apocalíptico que conocemos, el modelo, en varios aspectos, de los apocalípticos posteriores. También en él las líneas se entrecruzan: extrema angustia y al mismo tiempo protección del pueblo de Dios, operándose también aquí una separación: los elegidos y los que no lo son; los primeros resucitarán para la vida eterna y los segundos para perpetua ignominia. Tampoco aquí se ofrece un reportaje; sino una llamada de atención a las conciencias sobre la última decisión del hombre por Dios y de Dios por el hombre.
“Un solo sacrificio”. Más allá de toda la incertidumbre en la que se ha de dejar necesariamente al hombre si éste ha de permanecer realmente en vela, aparece (en la segunda lectura) la única certeza de que Jesús ha ofrecido el sacrificio único, irrepetible y perpetuo por los pecados del mundo, una certeza que, sin embargo, nosotros no podemos manipular. La acción sacrificial de Cristo es hasta tal punto única e irrepetible que se puede hablar de su “espera… hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies”. Y sin embargo se nos priva de nuevo de todo acomodo, de toda seguridad adormecedora, pues se dice que este sacrificio que basta para siempre es ofrecido por “los que van siendo consagrados”: se puede decir también por los que dejan realizarse en ellos esta consagración por la acción amorosa de Dios y no se resisten a ella. De este modo se nos concede una auténtica esperanza cristiana (en caso de que reconozcamos la acción sacrificial de Dios) pero no una certeza, pues ésta no es conveniente para el hombre peregrino en la tierra.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

ACI/EWTN NOTICIAS: SERIE TELEVISIVA LOS BORGIA....

ROMA, 13 Nov. 12 / 04:20 am (ACI/EWTN Noticias).- Barbara Fralle, la oficial del Archivo Secreto del Vaticano experta en los documentos originales del Papa Alejandro VI, asegura que todo cuanto muestra la serie de televisión Los Borgia sobre sexo, corrupción, y violencia se basa en leyendas negras.

En una entrevista concedida a ACI Prensa el 6 de noviembre, Fralle explicó que hay muchas leyendas negras sobre el Papa Alejandro VI, y consideró que a este polémico personaje se le puede agradecer la defensa de la dignidad de los indígenas cuando Colón descubrió las Américas y el mecenazgo de gran parte del legado artístico del Renacimiento que posee hoy Italia.

La experta en los documentos custodiados en el archivo y la biblioteca apostólica del Vaticano sobre  la dinastía de los Borgia, explicó que la figura de Alejandro VI ha sido tergiversada por la leyenda negra, oscura, tenebrosa, que tiene su base en una pequeña parte de verdad, porque sus personajes y el contexto histórico que los rodea se prestan al romance.

Al referirse a la serie de televisión, indicó que “quien escribe estas ficciones condimenta la verdad con una dosis abundante de chismes escandalosos, de amor, y adulterio, para dar este gusto picante que atrae al público. Pero es necesario recordar que se trata de ficción”.

La serie Los Borgia de Tom Fontana ha conseguido una alta sintonía en 85 países del mundo, tiene millones de visitas en Internet y ha anunciado su tercera temporada para el año 2013.

La serie presenta una época de corrupción y depravación en la que Rodrigo Borgia –el Papa Alejandro VI-, ejerce de intermediario entre los conflictos de los reinos y los imperios del mundo.

Fralle señala que como todos los escenarios de televisión “hay algo de verdad, y mucha leyenda. Pero por otro lado, si la historia fuese presentada en el cine o en la televisión con sus connotaciones reales, no atraería a tantas personas”.

En aquel entonces “Roma era una ciudad corrupta, es decir, llena de costumbres inmorales, y delitos de estado…Estamos en los años que preceden al sisma de Lutero, que precisamente nace como una reacción a las costumbres morales de la Iglesia católica, pero no era solo la Iglesia Católica que estaba corrompida, sino que había un estilo de vida absolutamente libertino y lascivo en la sociedad”.

 “La mala suerte de Alejandro VI se debe a los delitos de su hijo Cesar Borgia, que fue un personaje realmente tenebroso y que tenía una ambición desmesurada, llegando al punto de matar a su hermano Juan por pura envidia”, recordó la experta.

Fralle indicó que en el Archivo Secreto Vaticano se conserva todavía la Bula llamada Inter Caetera, de Alejandro VI, por la cual fue consagrado el trato que debían de recibir los habitantes de sus tierras como hijos de Dios, así como el territorio que pertenecía a la Corona Española.

Según estas indicaciones “fue la misma reina Isabel I de Castilla, quien escribió dando órdenes muy exactas a Colón y a los demás sobre el hecho de que estos indígenas, no debían ser explotados. Debían ser empleados en los trabajos, por ejemplo del campo, pero a cambio de una recompensa justa”.

“Por tanto, en la cabeza del Papa, como de la Reina de España, nunca estuvo la idea de la esclavitud”, afirmó la historiadora.

La esclavitud “fue también usada por otros estados, como los portugueses o los franceses, que en sus colonias, permitieron la trata de esclavos y todos los horrores que conocemos, pero en nuestra documentación, está demostrado que la Reina de Castilla pensaba en una colonia habitada por súbditos que trabajasen a cambio de una recompensa y un salario”, concluyó.

En declaraciones a ACI Prensa, Mario Dal Bello, otro experto en la familia Borgia, y autor del libro “Los Borgia: La leyenda negra”, explicó que Alejandro VI también fue quien instauró “el ritual de la Puerta Santa”, el que marca el inicio del Año Santo, que es la ceremonia por la cual, los católicos dan comienzo a un año jubilar.

lunes, 12 de noviembre de 2012

MARTIN DESCLAZO: CARTA A DIOS


Gracias. Con esta palabra podría concluir esta carta, Dios "o, amor mío. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias. gracias. Si, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mi. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.

Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecilla! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie-- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.

Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platillo de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?

Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de sentirme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas. Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste. Supongo que fue absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura.

La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mi, como el plato de natillas que mamá pondría, infaliblemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría. Gracias a todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises.

Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mí eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.

A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mí no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez --en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a " mismo que la tengo.

Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes. Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo. También me gustaría presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aun en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.

Luego me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias ~ a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte. Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el ~ desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos.
¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María? He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte.

Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones: si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte. Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor! Me cuesta decir que aquí te damos gloria.

¡Eso seria demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más. Por todo eso, Dios mío, he querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis Razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.

viernes, 9 de noviembre de 2012

HANS URS VON BALTHASAR: LA POBRE VIUDA DEL EVANGELIO

Primero hazme a mí un panecillo”. La historia de Elías y la viuda de Sarepa (primera lectura) muestra toda la grandeza de la Antigua Alianza. Se trata de una obediencia hasta la muerte. El profeta reclama de la mujer lo poco que a ésta le queda, un puñado de harina y un poco de aceite con lo que la pobre viuda había pensado hacer un pan para comerlo con su hijo antes de morir – a causa del hambre predicho por Elías -. El profeta se lo exige sin brusquedad. Comienza diciendo la mujer: “No temas”, las palabras que Dios emplea a menudo cuando se dirige a personas asustadas para transmitirles una orden. Entonces la mujer, aunque ciertamente está en una situación desesperada, se calma y se vuelve dócil. Primero recibe la orden de preparar un panecillo para Elías (lo mismo que había decidido preparar para ella y para su hijo) y después se produce la promesa de Dios de que sus provisiones no se agotarán hasta que cese la sequía. Lo decisivo en la narración es la prioridad de la obediencia de la viuda –que llega incluso a poner en juegos la propia vida- con respecto a la promesa que garantiza su vida y la de su hijo.

DIÁCONO JORGE NOVOA: NO SE PUEDE SERVIR A DIOS Y AL DINERO...

Los pasajes en los que Jesús advierte sobre los peligros que ocasiona el dinero son numerosos. Consideramos que esta expresión, " no se puede servir a Dios y al dinero", es la síntesis perfecta de los peligros que comporta, de allí la consideración que el Señor le dispensa, en orden a advertir a sus discípulos. 

 Es malo el dinero? No, no lo es. Como tantas cosas, lo central estará en la relación que mantengamos con el. Es cierto y no lo podemos omitir, que el "mundo" que nos ha tocado vivir gira entorno a el, y para muchos, las personas valen según lo que tienen. El "consumismo" es expresión de su forma voraz de dominio actual. Hay en las palabras de Jesús, un imposibilidad real de compatibilizar el servicio a Dios con el que exige el dinero...

 Comenta Beda : "Oiga esto el avaro y vea que no puede servir a la vez a Jesucristo y a las riquezas. Sin embargo, no dijo: quien tiene riquezas, sino el que sirve a las riquezas, porque el que está esclavizado por ellas las guarda como su siervo, y el que sacude el yugo de esta esclavitud, las distribuye como señor. Pero el que sirve a las riquezas sirve también a aquel que por su perversidad es llamado con razón dueño de las cosas terrenas y el príncipe de este siglo ( Jn 12; 2Cor 4)."

Jesús les advierte sobre los riesgos, que corren aquellos que van dándole en su vida, el lugar que no debe ocupar. Cuáles serían estos riesgos? El dinero,en muchas vidas, termina ocupando el lugar de Dios. Cuando el corazón del hombre se enferma, por la aceptación del decálogo (ley) que tiene, la avaricia se vuelve incontrolable y el hombre vive sirviendo al "dios dinero".Rápidamente se cambian los modos de pensar, y se comienza a ocupar la mayor parte del tiempo buscando como incrementar lo conseguido. Tener es poder. Promete incluso la felicidad, como la seguridad en orden al futuro que debamos vivir. De estas promesas falsas , y de su capacidad de seducción quiere liberarnos el Señor. 

Gobernemos nuestro corazón y evitemos que viva bajo la tiranía de la codicia, seamos servidores fieles, que administran el dinero en función de las necesidades que tenemos y comparten con los más necesitados.