domingo, 28 de agosto de 2016

CARD. GIACOMO BIFFI: SAN AGUSTÍN UN MAESTRO PARA ESCUCHAR


Es una circunstancia providencial, que no queremos dejar pasar. Agustín -con sus escritos admirables, con su figura de Pastor ejemplar y, ante todo, con su inquieta actitud de búsqueda de Dios- sigue siendo para todos un maestro que siempre vale la pena escuchar.
"Fuimos bautizados, y se disipó en nosotros la inquietud de la vida pasada" (Confesiones 9, 6, 4).

Con estas palabras simples y breves, Agustín evoca la conclusión de una larga y enmarañada aventura interior. El renacimiento "del agua y del Espíritu" tiene lugar durante la Vigilia pascual, la noche entre el 24 y el 25 de abril del año 387, en el baptisterio octagonal que Ambrosio, el gran obispo de Milán, recientemente había terminado de erigir. Finalmente había llegado "a casa", porque había llegado al conocimiento vivo del Señor Jesús y a la comunión con Él; lo cual, aún en los años más turbios y confusos, había sido el anhelo casi inconsciente de todo su ser.

En su larga dispersión, en medio de la diversidad de las opiniones, y en la maraña de los vicios, había mantenido una especie de inconsciente atracción hacia la persona de Cristo. "Aquel nombre de mi Salvador, de tu Hijo, mi corazón aún tierno lo había absorbido en la leche misma de mi madre, y lo conservaba en lo profundo. Así que cualquier obra en la que Él faltase, así fuese docta y limpia y verdadera, no podía conquistarme totalmente" (Confesiones 3,4,8)


Uno de los momentos decisivos de su conversión se produce cuando se da cuenta de que Cristo no es un personaje literario o una idea filosófica, sino que es el Señor vivo que palpita, respira, enseña y ama en la liturgia y en la vida de la Iglesia, su Esposa y su Cuerpo. Por lo tanto, no es con la investigación erudita y solitaria del intelectual como se puede llegar a Él, sino con la cordial participación en el misterio eclesial, que no es otro que el misterio del Hijo de Dios crucificado y resucitado que se entrega a los suyos. En tal comunión de vida, el individuo se trasciende a sí mismo y verdaderamente realiza de manera integral su naturaleza humana como ha sido querida y pensada por el Padre desde toda la eternidad: "Nos hemos transformado en Cristo. En efecto, si Él es la cabeza y nosotros los miembros, el hombre total es Él y nosotros" (Tract. In Ioan. 21, 8), dice audazmente Agustín.

Esta activa pertenencia eclesial, sean cuales fueren las virtudes y la santidad de los hombres de Iglesia, funda la certeza salvífica de los creyentes. "Lo he dicho frecuentemente y lo repito insistentemente - dice el obispo de Hipona a los fieles "cualquier cosa que seamos nosotros, vosotros estáis seguros, tenéis a Dios por Padre y a la Iglesia por madre" (Contra litt. Pet. 3, 9, 10). Los escolásticos le darán un nombre tosco ("ex opere operato"), pero en verdad, no hay nada más misericordioso de parte de Dios, ni más consolador para nosotros que esta certeza: la certeza de que en la Iglesia que enseña, que actúa, que celebra está siempre operante la inmanencia salvífica de Cristo. Quizá fue ésta justamente el provecho más fuerte de su estancia en Milán. Ambrosio no fue para Agustín un interlocutor disponible para coloquios personales, pacientes y clarificadores; tanto menos se prestó a hacerle de director espiritual. Sin embargo su aporte a la conversión del maestro africano fue decisivo, justamente porque aquel obispo era un "liturgo" excepcional, que con su presidencia homilética y ritual, sabía verdaderamente comunicar el sentido de la presencia activa del Salvador en todos los actos religiosos comunitarios. Posidio, el biógrafo del obispo de Hipona, recapitula todo con una frase lacónica y convincente: "de Ambrosio recibió la enseñanza salvífica de la Iglesia Católica y los sacramentos divinos" (Vita Agustini 1, 6).

De Ambrosio, Agustín había aprendido que "hablamos con Cristo cuando oramos y lo escuchamos cuando se lee la Palabra de Dios" (cf. De oficiis 1, 20, 88) De Ambrosio había aprendido a traspasar las "imágenes" (aquello que los ojos ven) para llegar a captar la "verdad" (el Cristo que bajo las imágenes está siempre actuante).

"Oh Señor Jesús - había exclamado el obispo de Milán el día de Pascua del año 381 - en nuestra sede has hoy bautizado mil. Y cuántos has bautizado en la Urbe de Roma, cuántos en Alejandría, en Antioquía, en Constantinopla... Pero no han sido Dámaso ni Pedro ni Ambrosio ni Gregorio quienes han bautizado: nosotros te prestamos nuestros servicios, pero tuyas son las acciones sacramentales" (Cf. De Spiritu Sancto I, 17.18: "nostra enim sercitia sed tua sunt sacramenta"). Nosotros podemos celebrar en los ritos el misterio de Cristo, porque es Cristo quien antes celebra en los ritos, el misterio de la salvación del mundo; y en esta celebración, que es Suya, nos compromete y nos renueva.

Jesús es un hombre de palabra. Cada día, mas allá de toda espera, su última promesa se realiza realmente: "He aquí que estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del tiempo" (Mt. 28, 20). Es una frase de una sencillez absoluta, pero bajo cierto punto de vista es el centro y el sentido de todo el evento cristiano. Al tomarla en serio, todo cambia: nuestro modo de pensar, de celebrar, de vivir, se hace diferente. No es una expresión retórica, como cuando se dice que los héroes de la patria, los gigantes de la cultura y de la ciencia, los grandes filántropos, viven eternamente en medio de su pueblo; que en el fondo es una manera gentil de decir que están muertos. Jesús está realmente con nosotros: aquí está la fuente de nuestra inalterable serenidad en medio de las oposiciones y los conflictos, de aquí mana la energía de nuestro dinamismo apostólico.

Es justamente esta actualidad del único Sacerdote de la Nueva Alianza la que congrega a la Iglesia y garantiza su fidelidad. Él la atrae y la enamora, de manera que ninguna estrella mundana alcanza a apresarla y ningún sortilegio de encantadoras ideologías logra seducirla. Como dice Ambrosio: "No valen de nada los encantadores donde el cántico de Cristo se canta cada día; ella tiene ya su encantador, el Señor Jesús..." (Hexamerón IV, 33). Una Iglesia que se absorbiera de tal manera en el trabajo -sin duda meritorio- a favor de los seres humanos, que no elevara más el himno cotidiano de alabanza a su Señor, se parecería más a la Cruz Roja Internacional que a la Nueva Eva, la Esposa fiel del Nuevo Adán y la Madre de los nuevos vivientes; y terminaría por dedicar sus canciones a los aventureros de turno. Pues necesitaría cantar para alguien.

Jesús está siempre con nosotros, pero no ha sido dicho que nosotros estemos siempre con Él. Nos es garantizada la fidelidad de Cristo: nuestra fidelidad sin embargo se comprueba y consolida en los hechos, cada día. Pero esto es otro discurso.