martes, 30 de junio de 2009

CHUS VILLARROEL O.P: PEREGRINANDO A MEDJUGORJE (1)


En Junio de 1981 un grupo de niños se presentaron una tarde en sus casas diciendo a sus padres que habían visto a la Virgen. Uno tras otro llegaron a casa gritando: “Mamá, he visto a la Gospa”. Las familias y casi todo el pueblo, de gente muy sencilla, creyeron a los niños y a los pocos días eran ya multitud los que se acercaban al monte de las apariciones. Sucedió este hecho en un pueblito de la antigua Yugoslavia llamado Medjugorje. Hoy después de muchas convulsiones políticas y de las guerras que se han sucedido, Medjugorje queda enclavado en la federación Bosnia, en la parte de Herzegovina. Su población es croata y, aunque Bosnia no pertenece políticamente a Croacia, parte de la población, por lengua, raza y religión se siente croata. Fue en ese mes de junio cuando un niño de diez años y otros cinco adolescentes un poco mayores afirmaron un día haber visto a la Virgen.
Como es lógico y ante el movimiento masivo de gente, las autoridades civiles se inquietaron. En 1981 Yugoslavia estaba dominada todavía por el duro régimen comunista que, aun después de muerto el dictador Tito, estaba intentando crear una gran nación compuesta por seis estados menores no fáciles de aglutinar. Este régimen marxista, ateo y perseguidor, vio en estos sucesos una estratagema contrarrevolucionaria de la Iglesia. Desde esa convicción comenzó pronto a tomar parte en el asunto.

La zozobra e inquietud no se limitó a la parte civil. Ocurrió lo mismo en la parte religiosa. La parroquia de Medjugorje, regida por franciscanos, temió que estos sucesos, como tantas veces, no fueran más que una nueva trampa que el régimen político se inventaba para burlarse de la Iglesia y torpedear su misión. El párroco, padre Jozo, sólo llevaba unos meses en dicha parroquia y apenas conocía a la gente y menos a los videntes, máxime cuando alguno de ellos ni siquiera vivía en ese pueblo.

El tema es que pronto comenzaron los interrogatorios a los niños por ambas partes. La policía, a veces, con los padres de los niños llorando, les sometió a continuas vejaciones, halagos y toda clase de inventos para hacerles confesar el engaño. El párroco, ayudado por otros franciscanos, hizo también por su parte lo indecible para que los niños desistieran de propalar embustes semejantes. Los niños, más tarde, llegaron a decir que la policía había sido menos dura que los sacerdotes.

Nadie pudo con ellos. Como decía una de las niñas: “Lo veo, y lo veo”. A otra que le preguntaron: “¿Estás segura de que ves a la Virgen?”, respondió: “Estoy más segura que todos los seguros”. Su convicción y firmeza no se limitó a aquellos primeros años. Hace 26 años que sucedieron los primeros eventos y los seis, ahora ya mayores, casados y con familia, siguen firmes en su convicción y afirmaciones. No sólo afirman que la Virgen se les apareció sino que se les sigue apareciendo muy frecuentemente.

La lucha por la autenticidad de las apariciones sigue viva. Hoy es el día que el obispo de Mostar, al que pertenece la parroquia de Medjugorje, no las admite y más bien habla de estafa. Dicha parroquia está actualmente sin párroco porque el obispo no quiere nombrar a nadie. Por su parte, la orden franciscana, oficialmente, además de no reconocerlas, ha puesto en entredicho a los padres que han llevado adelante la dirección espiritual y la atención al creciente número de peregrinos que acuden a rezar allí en peregrinación.

Es un tema teológicamente muy serio. Al fin y al cabo, al obispo es al que pertenece discernir estas cosas. Por otra parte, si es cierto el dicho de que “por sus frutos los conoceréis”, hay que admitir que ninguna pastoral en el mundo es capaz de reunir a tantos miles de jóvenes, ninguna es capaz de hacer que tantos desheredados de la vida se sientan salvados con un rosario en la mano. El obispo no lo admite pero en esta semana pasada ningún día concelebramos menos de cuarenta sacerdotes. Lo mismo pasa con los franciscanos: sus autoridades no lo admiten, pero la cantidad de franciscanos, ellos y ellas, que hemos visto, sobre todo jóvenes, pone muy en duda el discernimiento de sus superiores.

La pequeña peregrinación de Madrid con la que he venido no es quién ni le interesa juzgar la autenticidad de estos hechos. Los que viven en esta tierra y se conocen bien a sí mismos son los que deben hacerlo. Nos preguntamos, sin embargo, ¿qué significa en este caso autenticidad? Los que niegan las apariciones, a veces con tanto furor, ¿qué entienden por aparecerse la Virgen? Niegan la sobrenaturalidad de estos hechos. ¿Tienen tan bien catalogados los modos y maneras con los que puede hacerse presente lo sobrenatural entre nosotros? ¿De qué burdo realismo nos están hablando? Por otra parte, ¿es posible que seis niños sean capaces de formar este revuelo durante veinticinco años? El obispo apela a una obediencia a rajatabla porque él no cree en las apariciones, pero ¿quién pone compuertas al mar?, ¿qué conflictos personales hay debajo de todo esto? Dada la realidad, ¿no sería mejor que todos se guardaran de pronunciar palabras duras y dejar que el tiempo resuelva el conflicto? ¿No fue condenado Santo Tomás de Aquino por el obispo de París? ¿No llevaron al dominico Savonarola a sus cuarenta y seis años a la hoguera por predicar contra la curia romana? Pues bien, ahora le quieren canonizar. Todo parece indicar que el asunto de Medjugorje es uno más entre tantos episodios que a lo largo de los siglos han enfrentado a la institución con el carisma.

Nuestra peregrinación llega aquí de una manera privada, atraída por la experiencia espiritual que muchas personas han sacado en anteriores visitas. Lo que el peregrino puede percibir en Medjugorje es que, teológicamente, tanto al culto como a la palabra que se predica, no se le pueden poner peros. Lo que suceda por dentro en cada peregrino pertenece a otro orden de cosas. De internis non judicat Ecclesia. Hay dos cosas muy claras: que las experiencias personales son muy reales y que este humilde lugar atrae cada vez a mayor número de peregrinos. La semana anterior a la nuestra se reunieron 670 sacerdotes de todo el mundo, venidos voluntariamente, atraídos, tal vez, por la fama del P. Cantalamessa, predicador del Papa, que les iba a dar unos ejercicios. El obispo no le permitió a Cantalamessa dar estos ejercicios; los dio otro predicador, testigo de todo lo que ha sucedido aquí desde el principio. Varios de estos sacerdotes con los que pude hablar estaban contentísimos con la experiencia.

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