miércoles, 15 de octubre de 2008

Mons. Ramzi GARMOU, Arzobispo de Teherán de los Caldeos, Presidente de la Conferencia Episcopal Administrador Patriarcal de Ahwaz de los Caldeos (IRÁN

Toda la Biblia, desde el libro del Génesis hasta el Apocalipsis, nos dice que la fidelidad a la Palabra de Dios conduce a la persecución. El primer perseguido, por excelencia, es el mismo Jesucristo, que vivió la persecución desde los primeros días de su nacimiento hasta su muerte en la cruz. Según el Evangelio, la persecución se considera el signo más elocuente de la fidelidad a la Palabra de Dios. El crecimiento de la Iglesia y su avance en el camino de la evangelización de los pueblos son fruto de la persecución que ha sufrido en cada lugar y en cada tiempo. Jesús, en el Evangelio, nos habla muy claramente de la persecución (Lc 21, 12-19). Recemos al Espíritu Santo a fin de que conceda a la Iglesia del tercer milenio, en este Año Paulino, la gracia y la alegría de hacer una experiencia auténtica de la persecución a causa de su fidelidad a la Palabra de Dios.

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