martes, 14 de octubre de 2008

Mons. Julio César TERÁN DUTARI, S.I., Obispo de Ibarra (ECUADOR)

En América Latina ha surgido la llamada 'teología de la liberación' que pretendía basarse en una exégesis bíblica desde la propia situación de pobreza, orientada a los anhelos múltiples de liberación en nuestros pueblos. Bien acertadamente el Magisterio ha llamado la atención repetidas veces sobre errores y peligros de estos ensayos. Pero no ha dejado tampoco de alentar a los teólogos, para que la Escritura Sagrada ilumine los nuevos itinerarios que la Palabra de Dios quiere cumplir, respondiendo a las esperanzas y desafíos de hoy; hay que recoger de allí los puntos siguientes:

1. La reflexión teológica debe ubicarse en el contexto de la propia comunidad cristiana, sujeto privilegiado para comprender el sentido profundo de la Escritura, superando interpretaciones subjetivas, reduccionistas o ideológicas; se trata no de una 'iglesia paralela' ni de una iglesia exclusiva de los pobres, sino de la Iglesia particular que, dentro del misterio de Cristo, está constituida jerárquicamente

2. Esta lectura comunitaria de la Escritura debe confrontarse con los signos de pecado y de gracia que configuran el mundo globalizado y, en América Latina, ha de prestar una especial atención a los pobres con sus muchos rostros y voces, en las nuevas y lacerantes formas de pobreza, y en las nuevas y esperanzadoras vías de liberación integral, atendiendo también al testimonio de quienes dan su vida día a día, a veces hasta derramar la sangre, en el seguimiento de Jesús pobre y humilde de corazón (Cf. Documento de Aparecida, 399-405).

3. Así, la elaboración de la reflexión teológica, sobre todo en las Universidades Católicas, no tendrá dificultad en articularse también con la exégesis científica, en conformidad con las oportunas indicaciones del Magisterio para impulsar ese nuevo espíritu misionero que requiere hoy la cambiante situación cultural de nuestro continente (Cf. Aparecida 124, 341,344).4. Como culminación del trabajo de los teólogos ha de ofrecerse siempre la persona misma del Señor de la Iglesia: ese Jesús histórico que aparece en los Evangelios y que es el mismo Cristo resucitado, realmente presente en la Iglesia por el misterio de su Pascua.

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