jueves, 16 de octubre de 2008

Mons. Juan Abelardo MATA GUEVARA, S.D.B., Obispo de Estelí (NICARAGUA)



El centro de atención del breve relato de la vocación de Jeremías (Jer 1,10-10.17ss) se fija en la Palabra de Yahvé, cuya importancia llena toda la narración, y en Dios mismo de quien dimana dicha palabra.


En las palabras que Yahvé pronuncia en el encuentro y que apuntan derechamente a la realidad última de las cosas, a la voluntad ordenadora de Dios (cfr.Gn 1), Jeremías queda inmediatamente situado en su condición de creatura. En efecto, la expresión "antes de que te plasmara (yazar) formula la relación de dependencia total del hombre con respecto a su Creador. Es Dios quien modela no solamente la sustancia, sino también la existencia, el ser y el devenir. Este aspecto se expresa mediante un verso netamente hebreo, conocer (yada), que implica una intensa connotación volitiva. De suyo el verbo no dice nada más y podría aplicarse a todos los hombres.

Frente a esta magnífica visión teocèntrica del hombre y de su quehacer en el mundo, ha venido creciendo a una visión cada vez más antropocéntrica interesada en lo inmediato, lo singular y lo concreto: se trata de un ateísmo práctico que postula que el hombre no necesita recurrir a Dios para explicar su ser en el mundo y menos para que le diga lo que puede o no puede hacer. Este modo "secular" de comprender al hombre, caracterizado por la ausencia de una reflexión metafísica de la realidad y de normas éticas objetivas que surgen del ser de ésta, se manifiesta en una actitud escéptica del hombre frente a la existencia de Dios, por una parte, y a la posibilidad de conocer verdades absolutas, por otra.

Este hecho ha traído dos consecuencias: La primera es que va despertando un marcado interés por lo fenomenológica y lo empíricamente verificable, como claves hermenéuticas para comprender la realidad.
La segunda es que va generando una mentalidad donde lo éticamente correcto se resume en asumir lo que la colectividad demanda. Ello nos obliga a un gran esfuerzo intelectual que se nos presenta como reto, según las palabras de Juan Pablo II, cuando nos dice: "Un gran reto tenemos al final de este milenio es el de saber realizar el paso, tan necesario como urgente, del fenómeno al fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia..." (fides et Ratio, 83). Los temas éticos se desarrollan cada vez más, usando palabras de Juan Pablo II, en las arenas movedizas de un escepticismo general y en una desconfianza frente a la posibilidad de alcanzar la verdad (cfr. Fides et Ratio 5).

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