jueves, 16 de octubre de 2008

Mons. Javier Augusto DEL RÍO ALBA, Arzobispo de Arequipa (PERÚ)

La misión de la Nueva Evangelización, que Cristo nos ha confiado, como Iglesia, en este tercer milenio, requiere que recuperemos y difundamos la conciencia sobre algunos elementos que tal vez durante algún tiempo de la Cristiandad los dimos por supuestos y, en algún caso, podemos incluso haberlos olvidado.
Permítanme enunciar brevemente algunos de ellos:

1. La Iglesia es depositaria de la Verdad Revelada. El Evangelio no es una oferta más, entre muchas que hoy puede haber en el mercado de las post-modernidad.

2. La Palabra de Dios es eficaz y tiene en sí misma la "dynamis", la potencia de reengendrar al ser humano y hacer de él una "nueva creación" (l P 1,3; St 1,18; Jn 1,12-13).

3. El Kerygma es, ante todo, una "palabra de salvación", capaz de romper, en quien la acoge, las cadenas de la esclavitud a los ídolos y suscitar en él el anhelo de participar en la Vida que Dios le ofrece.

4. La iniciación cristiana, sea pre-bautismal o post-bautismal, es instrumento idóneo para gestar la vida divina en el creyente.

5. La formación permanente en el seno de una pequeña comunidad tiene la ventaja de facilitar que el fiel cristiano pueda ver "encarnada" la Palabra de Dios en su Cuerpo Místico que es la Iglesia.

6. La centralidad de las Sagradas Escrituras en la vida y el ministerio de los obispos y presbíteros, de modo que podamos ser "hombres de la Palabra".Pienso que estos elementos y otros que se pueda añadir están siendo recuperados por los nuevos movimientos y pequeñas comunidades suscitadas por el Espíritu Santo en tomo al Concilio Vaticano II. En este sentido, me permito proponer que este Santo Sínodo se haga eco de la invitación que hace unos meses nuestro querido Santo Padre hizo a los pastores, diciéndonos que acojamos con amor a estas nuevas realidades eclesiales.

Finalmente, pienso también que es preciso revisar, a la luz de la Pastores dabo vobis, la formación que se viene impartiendo en nuestros seminarios, de modo que se dé una mayor importancia a la oración, el silencio y la lectio divina, y haya una mayor unidad entre la dimensión académica y aquella espiritual en la preparación de nuestros futuros pastores.

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