sábado, 18 de octubre de 2008

Card. Stanisław RYŁKO, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos (CIUDAD DEL VATICANO)


Uno de los frutos más preciosos del Concilio Vaticano II fue, sin duda, la mayor difusión de la Sagrada Escritura y el conocimiento más profundo que el pueblo de Dios adquirió, según las orientaciones teológicas y pastorales dadas por la constitución dogmática Dei Verbum.. Lo que significó también el redescubrimiento del munus propheticum como dimensión sustancial de la identidad del fiel laico (cfr. Lumen gentium, n.35).



El redescubrimiento del lugar de la Palabra de Dios en la vida de los bautizados fue especialmente favorecido por los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. De hecho, los carismas que con tanta prodigalidad el Espíritu Santo suscitó en nuestro tiempo, como respuesta oportuna a los desafíos que el mundo lanza a la misión de la Iglesia, han generado trayectos pedagógicos y caminos de iniciación cristiana centrados, justamente, en la Palabra de Dios leída, meditada, celebrada y anunciada (kerygma) -, que se muestran extraordinariamente eficaces. Para multitudes de laicos, los movimientos y las nuevas comunidades, se transformaron en verdaderos “talleres de la Palabra de Dios” en los cuales se adquiere familiaridad con la Sagrada Escritura, se aprende a gustar la Palabra de Dios y a vivirla en las ordinarias circunstancias de la vida laical , en el corazón del mundo.

Para la relación de los bautizados con la Palabra de Dios, otro gran signo de esperanza surge de las generaciones jóvenes. Las Jornadas mundiales de la juventud han dado y continúan dando una notable contribución para la difusión del conocimiento de la Palabra de Dios entre los jóvenes. En el Mensaje a la Jornada mundial de la juventud 2006, Benedicto XVI escribía a los jóvenes: “Construir la vida sobre Cristo, acogiendo con alegría la palabra y poniendo en práctica la doctrina: ¡he aquí, jóvenes del tercer milenio, cuál debe ser vuestro programa!”

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