lunes, 13 de octubre de 2008

Card. Stanisław DZIWISZ, Arzobispo de Cracovia (POLONIA)

El Documento de Trabajo llama la atención sobre una cierta paradoja cuando afirma que “al hambre de la Palabra de Dios no siempre corresponde una predicación adecuada de parte de los Pastores de la Iglesia, por carencias en la preparación del seminario o en el ejercicio pastoral" (n. 27).




Tocamos aquí un importante problema para la vida y la misión de la Iglesia.Creemos que la plena verdad sobre la suerte del hombre está contenida en la Palabra de Dios. El problema elemental consiste en el hecho que esta Palabra necesita testigos ardientes, dispuestos a compartir con los demás la verdad que ha cambiado su vida.El periodo de la formación en el seminario es un tiempo especial de la preparación de estos testigos; pero parece que a veces los candidatos al sacerdocio tratan el texto de la Sagrada Escritura más bien como objeto de estudio, sin tener en cuenta su dimensión espiritual. La Escritura no se convierte para ellos en la Palabra de su vida. No deja que emane de la Escritura la fuerza de la Palabra capaz de cambiar al hombre, de convertirlo.

Tendremos que reflexionar sobre el papel de la Palabra de Dios en la formación impartida en los seminarios y, por consiguiente, en la formación permanente de los sacerdotes. En los seminarios se han elaborado diversas formas del encuentro personal y comunitario con la Sagrada Escritura.

Veo que es existe la necesidad de compartir las experiencias en este campo en el diálogo entre nuestros seminarios.El Documento de Trabajo señala esta necesidad cuando subraya que la formación en los seminarios tiene que favorecer no sólo el aprendizaje de conocimientos bíblicos adecuados sino también ''una verdadera iniciación a la espiritualidad bíblica” y “una gran pasión por la Palabra al servicio del pueblo de Dios” (n. 49).El Pueblo de Dios necesita sacerdotes apasionados por la Palabra y el servicio. Ésta es una de las condiciones indispensables de la nueva evangelización que tanto preocupaba al Siervo de Dios Juan Pablo II.

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